Póster de IAI
Duración
102 min
Año & Países
2024 • Japón
Idioma
Japonés
Sección
Sección Oficial

IAI

Dir. Zenzo Sakai

Horror psicológico con graves conflictos familiares en la campiña japonesa, repleto de metáforas sobre sombras heredadas y el duelo no resuelto.

Ficha Técnica
Director
Zenzo Sakai
Reparto
Kazuhiro Sano, Mugi Kadowaki, Shingo Katori
Guion
Zenzo Sakai
Fotografia
Yuta Tsukinaga
Musica
Yoshihide Otomo
Productora
Sakai Cinema
Distribucion
TBA
Pases Oficiales
Crítica Oficial

Veredicto de Claqueta Ácida

Nota 🍋 6.0

"Un drama sobrenatural japonés que huele a incienso barato y lágrimas de telenovela. ¿Obra maestra del terror íntimo o ejercicio de autocomplacencia con kimono?"

'Iai' (Recuerdo querido): Lágrimas de glicerina en un santuario mal ventilado

El olor a incienso rancio y lágrimas de glicerina nos golpea desde el primer fotograma de Iai, como si el propio cine se hubiera convertido en un santuario shinto mal ventilado. Zenzo Sakai, ese nombre que hasta ahora solo resonaba en los créditos de dramas televisivos japoneses de madrugada o en festivales de autor, se planta en la dirección con la ambición de un samurái borracho: quiere hacer arte con el dolor, pero acaba tropezando con su propio kimono.

La película, co-producida por TV Tokyo, huele a presupuesto ajustado y a noches de insomnio frente a guiones que cambiaban más que el humor de un adolescente. Keisuke Miyazaki, co-guionista y montador de la cinta, parece haber estructurado la historia entre sorbos de sake y suspiros por un amor perdido, porque el resultado es tan predecible como un capítulo de Crying Out Love in the Center of the World, pero con menos gracia y más espectros que no saben cuándo callarse.

Nos encontramos en una sala de cine que parece más un templo budista que un espacio de proyección: las paredes sudan humedad, el proyector suena como un suspiro ancestral y el público, compuesto mayoritariamente por acreditados con cara de no haber dormido en semanas, murmura como si rezara. Iai no es solo una película, es una experiencia sensorial diseñada para que te sientas culpable por no estar sufriendo lo suficiente.

El argumento gira en torno a Kana (Rio Yamashita), una mujer que regresa a su pueblo natal para enfrentarse a los fantasmas de su pasado (literalmente). Pero aquí está el problema: los fantasmas del cine de terror japonés ya no asustan, solo dan pena. En lugar de un The Ring que te deje con el corazón en la garganta, Iai te ofrece un El Grito en versión telenovela, donde los espectros lloran más que los vivos y los sustos repentinos son tan previsibles que hasta el gato de la sala los ve venir.

El rodaje, según los rumores que circulan en los foros como cucarachas en un apartamento de Tokio, tuvo que ser un caos digno de una película de terror en sí mismo. Ryotaro Kawaguchi, el director de fotografía, tuvo que lidiar con un presupuesto que parecía calculado por un monje en estado de meditación profunda, lo que se traduce en planos oscuros donde lo único que se distingue son los ojos llorosos de los actores y algún que otro sudario que parece sacado de la sección de saldos de un mercadillo. Las localizaciones, supuestamente cargadas de simbolismo, parecen más bien sets de televisión baratos donde el viento sopla de manera artificial y las puertas chirrían como si estuvieran interpretando su propio lamento.

Y luego está el elenco, encabezado por An Ogawa, cuya actuación es lo único que salva a la película de ser un completo desastre. El resto del reparto se limita a llorar, suspirar y repetir frases existenciales con la convicción de quien recita un manual de autoayuda.

Pero no todo está perdido. Hay algo en Iai que, a pesar de sus evidentes fallos, logra colarse bajo la piel como un fantasma que no quiere irse. Quizás sea la honestidad con la que Sakai aborda el dolor, o quizás sea el hecho de que, en un mundo donde el cine de maldiciones se ha convertido en un producto de consumo masivo, esta película al menos intenta apostar por un enfoque minimalista del terror psicológico, usando el duelo y la incomunicación familiar como reflejo de las relaciones actuales. Eso sí, no esperes sustos, porque aquí el verdadero terror es la lentitud con la que avanza la trama, como si cada escena estuviera impregnada de la melancolía de un amor que se niega a morir, pero que tampoco sabe cómo seguir vivo.

Dirección: El arte de tropezar con el propio kimono

Zenzo Sakai dirige Iai como si estuviera aprendiendo a caminar con zancos: con torpeza, pero con una determinación que roza lo heroico. Su estilo visual opta por planos largos que parecen diseñados para que el espectador tenga tiempo de contar las grietas en las paredes de la sala. La iluminación de Kawaguchi es oscura hasta la exasperación, como si la película temiera que la luz del sol pudiera disipar sus espectros antes de tiempo. Los encuadres, en su mayoría estáticos, recuerdan a esos cuadros japoneses antiguos donde lo importante no es lo que se ve, sino lo que se intuye. El problema es que aquí lo que se intuye es aburrimiento puro y duro.

El ritmo es otro de los grandes problemas de la película. Iai avanza como un funeral bajo la lluvia: lento, pesado y con la sensación de que nunca va a terminar. Las transiciones entre escenas son tan bruscas que parecen saltos de montaje de una cinta de serie B de los 80, y los diálogos suenan a frases de autoayuda para espíritus en pena.

Aun así, hay destellos en medio del desastre. Algunas secuencias, como los encuentros en la penumbra cargados de una atmósfera inquietante, recuerdan al mejor Kiyoshi Kurosawa. El problema es que estos momentos son tan escasos que parecen errores de continuidad en una película que, por lo demás, se arrastra como un alma en pena.

Actuaciones: Lágrimas, sudarios y un gato que roba escenas

El reparto de Iai es un cóctel de actuaciones que van desde lo meramente correcto hasta lo directamente melodramático. An Ogawa es, sin duda, la gran revelación de la película. Su interpretación de una mujer atrapada entre el dolor y la culpa es tan intensa que logra que, por momentos, te olvides de las flaquezas del libreto. Tiene una presencia magnética; cuando mira a cámara, sientes que está escudriñando directamente tu alma. El resto del elenco, en cambio, parece estar en otra película (o en otro planeta). Las lágrimas rozan la sobreactuación exagerada y los suspiros suenan a globo desinflándose.

Pero si hay un actor que merece una mención especial, ese es el gato. Sí, hay un felino en Iai que, sin decir una palabra, logra robar más planos que el resto del reparto secundario. Aparece en los momentos más inesperados, siempre con esa mirada que parece juzgar las decisiones del director. En una escena clave frente al espejo, su presencia es tan poderosa que te preguntas si no será él el verdadero portador de la maldición familiar.

Apartado técnico: Cuando el presupuesto se nota más que el talento

El aspecto técnico de Iai es un recordatorio de que, a veces, menos es simplemente menos. La fotografía de Kawaguchi es oscura hasta la obsesión, con una paleta de colores que oscila entre el gris ceniza y el negro azabache, como si la película estuviera rodada en un mundo donde el color ha sido prohibido. El diseño de sonido es otro de los puntos débil: los susurros de los fantasmas suenan a grabaciones de baja calidad y los efectos ambientales parecen sacados de una biblioteca de audio gratuita de internet.

El diseño de producción, en general, es tan austero que parece que la película se rodó en el almacén de un templo abandonado. Pero, de nuevo, hay destellos de genialidad visual. La escena en la que la protagonista camina por un pasillo cubierto de velas es impactante, con una iluminación tenebrista que recuerda a las pinturas de Caravaggio. El problema es que estos momentos son oasis en medio de un desierto visual que a veces parece rodado con prisa.

Lo mejor

  • Actuación de An Ogawa: Una interpretación intensa y con la fuerza suficiente para elevar los momentos más planos del guion.
  • El gato: Sin duda, el elemento más magnético de la ambientación. Su presencia en pantalla llena el encuadre.
  • Destellos visuales aislados: El pasillo de las velas demuestra que, con un poco más de ambición y recursos, esta atmósfera minimalista habría sido impecable.
  • Atmósfera sonora: Aunque discreta, acompaña bien la melancolía general de la cinta.

Lo peor

  • Ritmo: La película se toma demasiado tiempo para avanzar, transmitiendo una pesadez que lastra el misterio psicológico.
  • Diálogos redundantes: Frases pretenciosas que explican el dolor en lugar de dejar que la imagen hable por sí sola.
  • Fotografía excesivamente oscura: Exaspera en ciertos tramos, dificultando apreciar la composición del plano.
  • Diseño de producción: Austero hasta el extremo, perdiendo la oportunidad de explotar el terror de las muñecas de papel maché y la iconografía ritual.

El Veredicto de Claqueta Ácida

Iai es una de esas películas que te dejan con la sensación de haber asistido a una propuesta importante, pero sin saber exactamente si ha cumplido lo que prometía. Zenzo Sakai tiene ambición y una atmósfera psicológica clara, pero le falta pulso para convertir su visión minimalista en algo verdaderamente memorable. La película cojea entre el drama sobrenatural puro y el esquema del cine de terror de maldiciones tradicional, sin decidirse del todo por ninguno de los dos caminos, y acaba siendo un híbrido extraño. Nos quedan destellos de genialidad y la magnífica interpretación de An Ogawa, pero, por desgracia, Iai se queda en un ejercicio de estilo que se ahoga en su propio sudario. 💀

👊
Crítico de Acción y Thriller
Camilo K.O.

Publicado el 9/7/2026

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