Euphoria — El drama adolescente que HBO nos vendió como arte (y casi nos lo tragamos)
Sam Levinson convierte el sufrimiento adolescente en un espectáculo de neón y glitter, pero ¿es cine o un tutorial avanzado de cómo arruinar tu vida con estilo?
- The flashbacks: So overused they feel like emotional training wheels. “Oh no, a character is sad! Quick, show us their childhood trauma!”
The Verdict of Claqueta Ácida
Euphoria is the revisadaConIa: trueEuphoria: El teen drama que convirtió el sufrimiento en un look de pasarela (y por qué eso es un problema más grande que la adicción de Rue)
El celuloide se derrite como la cera de una vela barata en una fiesta de fraternidad cuando Euphoria irrumpe en la pantalla, escupiendo glitter y lágrimas de diseño como si el sufrimiento adolescente fuera un accesorio de moda más, cortesía de Gucci y el algoritmo de TikTok. Sam Levinson, el hijo pródigo de Barry Levinson —sí, ese que dirigió Rain Man y ahora parece obsesionado con demostrar que la genética no siempre es justa, ni siquiera en el talento—, se sube al carro del teen drama con la sutileza de un elefante en una cacharrería de porcelana rota. No es casualidad que esta serie nazca en la era de Instagram y TikTok, donde la autodestrucción ya no se vive en silencio, sino que se filtra, se edita, se recorta para que quepa en un Reel y se sube a Stories con un filtro de «vintage» para que parezca más auténtico. Euphoria no es una serie; es un mood board de la desesperación centennial, un catálogo de traumas envueltos en neón y servidos con una cuchara de plata bañada en cocaína barata. Bienvenidos a la adolescencia del siglo XXI, donde el dolor ya no duele si lo iluminas con suficiente ring light y un close-up dramático de lágrimas mezcladas con glitter rosa chicle.
El oportunismo como género cinematográfico: HBO y el negocio del dolor millennial
El proyecto huele a oportunismo desde el primer fotograma, como un influencer oliendo una crisis existencial a kilómetros de distancia. HBO, esa fábrica de sueños podridos que nos ha dado joyas como The Sopranos y basura premium como The Idol, vio en el vacío existencial de la generación Z un nicho de mercado tan jugoso como un filete de Kobe a precio de saldo en un outlet de lujo. Euphoria no surge de una necesidad artística original, sino de la reinterpretación estilizada de una serie israelí de 2012 (Euphoria, de Ron Leshem) y de un algoritmo implacable: «Adolescentes + drogas + sexo explícito + estética Tumblr reciclada = éxito garantizado». Levinson, que ya había coqueteado con el drama adolescente en Assassination Nation —una película tan sutil como un martillazo en la sien y tan profunda como un meme de Shrek—, encontró en este formato la excusa perfecta para regodearse en su obsesión por los cuerpos jóvenes, la autodestrucción y esa estética grunge de pasarela que huele a naftalina y a after de festival de música.
La serie es un collage de referencias visuales robadas a diestra y siniestra, como un mood board de Pinterest hecho por alguien que ha visto demasiado cine pero no ha vivido lo suficiente. Desde el cinéma vérité de Larry Clark en Kids —donde el sexo y las drogas se mostraban con una crudeza que al menos intentaba ser honesta— hasta el barroquismo visual de Spring Breakers —donde Harmony Korine convertía la decadencia en un espectáculo pop—, pasando por el glamour enfermizo de The Neon Demon —donde Nicolas Winding Refn reducía la belleza a una pesadilla de neón y sangre—. Pero aquí no hay homenaje, sino apropiación descarada, como si Levinson hubiera saqueado el armario de sus ídolos, hubiera mezclado todo en una licuadora y luego lo hubiera rociado con spray de purpurina para disimular el olor a falta de originalidad.
El contexto cultural en el que Euphoria emerge es tan tóxico como los vapores de pegamento que inhalan sus personajes. Vivimos en una época donde la salud mental ya no se esconde bajo la alfombra, sino que se exhibe en redes sociales como un trofeo de guerra, un badge de honor que demuestra que has sobrevivido a la batalla de ser joven en un mundo que te odia. La serie llega en el momento exacto en que la ansiedad, la depresión y los trastornos alimenticios se han convertido en trending topics, y HBO, astuta como un buitre sobrevolando un cadáver, decide capitalizar ese dolor. Pero hay algo profundamente cínico en convertir el sufrimiento real de una generación en un producto de consumo, especialmente cuando ese producto está tan estilizado que termina pareciendo un lookbook de Gucci dirigido por David Lynch en su fase más kitsch.
Euphoria no cuestiona el sistema; lo embellece. No critica la hipersexualización de los adolescentes; la exacerba. No denuncia la presión social; la convierte en un spectacle de luces, cámaras y lágrimas falsas. Es el equivalente audiovisual a esos influencers que se graban llorando en baños de mármol para luego venderte un curso de mindfulness por 99,99 euros. La serie no es una crítica a la cultura de la imagen; es su máxima expresión. No es una denuncia de la mercantilización del dolor; es su producto estrella.
La dirección: Cuando el estilo se come al fondo (y el fondo era basura de todos modos)
Sam Levinson dirige Euphoria como si estuviera compitiendo en un concurso de quién hace el plano más pretencioso del año, y la verdad es que tiene todas las papeletas para ganar. Cada episodio es una orgía visual donde el slow motion se usa con la misma moderación que un alcohólico en una bodega: sin mesura, sin propósito, solo por el placer de ver cómo las imágenes se deshacen en un éxtasis de pieles sudorosas, glitches digitales y lágrimas que brillan más que los diamantes de un rapper de Atlanta. La fotografía, comandada principalmente por Marcell Rév —junto a las aportaciones de Adam Newport-Berra y Drew Daniels—, es impecable en lo técnico: los close-ups de las lágrimas mezcladas con glitter, los travellings por pasillos de instituto iluminados como discotecas abandonadas, los planos detalle de uñas pintadas de negro mientras se clavan en la piel de un amante ocasional. Todo está calculado al milímetro para que cada fotograma parezca una portada de Vogue dirigida por un adolescente con un iPhone y un filtro de VHS.
Pero aquí está el problema: Euphoria confunde el estilo con la sustancia. Levinson parece creer que un plano secuencia de Rue vomitando en un baño —iluminado con la precisión de un anuncio de perfume— puede sustituir a un guion que, en realidad, no tiene nada interesante que decir. La serie está obsesionada con lo estético hasta el punto de que los personajes se mueven como marionetas en un escenario de club underground, iluminados por luces estroboscópicas que parpadean al ritmo de sus crisis existenciales. Es como si Levinson hubiera visto Enter the Void y Requiem for a Dream y hubiera decidido que la mejor manera de retratar la adolescencia era mezclando ambos estilos, añadiendo un poco de glitter y llamándolo «arte».
El mayor pecado de la dirección no es que sea visualmente deslumbrante —que lo es—, sino que esa obsesión por lo formal termina ahogando cualquier atisbo de profundidad. Los personajes no son personas; son mannequins en una pasarela de traumas, moviéndose al ritmo de una coreografía de sufrimiento diseñada para ser instagrameable. Levinson parece más interesado en filmar el cuerpo de Sydney Sweeney en topless que en explorar por qué su personaje, Cassie, se obsesiona con un hombre que la trata como basura. La serie está repleta de escenas que podrían ser gifs virales —la pelea en el estacionamiento con glitter volando, el striptease de Jules en la estación de tren, el baile de Maddy con un vestido de lentejuelas mientras suena un remix de un tema de los 2000—, pero pocas que realmente conmuevan o sorprendan. Euphoria no es cine; es contenido. No es una serie; es un mood board en movimiento.
Y luego está el uso de la música. Labrinth, el compositor de la banda sonora, parece haber recibido la orden directa de Levinson: «Haz que todo suene como si estuviéramos dentro de la cabeza de un adolescente drogado en un rave». Los temas son pegadizos, sí, pero también tan invasivos que terminan por ahogar cualquier matiz emocional. La música no acompaña a la escena; la domina, como si Levinson temiera que el espectador se aburriera si no le meten un beat electrónico en los oídos cada dos segundos. El resultado es una experiencia sensorial agotadora, donde el exceso de estímulos termina por anestesiar al espectador. Euphoria no es una serie; es un mashup de MTV y Tarkovski, un Frankenstein audiovisual que confunde el ruido con la emoción.
Las actuaciones: Cuando el método Stanislavski se encuentra con el influencer de Instagram
Zendaya es, sin duda, la estrella del reparto, pero incluso ella parece atrapada en la trampa de Euphoria: su Rue es una adicta con más carisma que credibilidad. La actriz hace lo que puede con un personaje escrito como un collage de clichés —la chica rota pero brillante, la rebelde con causa, la víctima con corazón de oro—, pero Levinson parece más interesado en filmar sus lágrimas que en explorar las razones detrás de su adicción. Zendaya brilla cuando la cámara se acerca a su rostro, capturando cada microexpresión con la precisión de un cirujano, pero fuera de esos close-ups, Rue es poco más que un arquetipo de manic pixie dream girl con síndrome de abstinencia. Su química con Hunter Schafer (Jules) es lo único que salva a la serie de caer en el más absoluto ridículo, pero incluso esa relación está tan sobrecargada de simbolismo y slow motion que termina pareciendo un fanfic de Tumblr hecho realidad.
El resto del reparto no corre mejor suerte. Sydney Sweeney borda el papel de Cassie, la chica que se obsesiona con un hombre que la trata como un juguete, pero su personaje es tan predecible que parece sacado de un afterschool special de los 90. Jacob Elordi, por su parte, interpreta a Nate Jacobs como si estuviera en un concurso de quién puede poner la mirada más intensa del mundo, pero su personaje es tan unidimensional —el típico bad boy con problemas de ira y un trauma paterno— que termina siendo poco más que un meme andante. Alexa Demie (Maddy) y Maude Apatow (Lexi) tienen momentos brillantes, pero sus personajes están tan encorsetados que a veces parecen sketches satíricos alargados hasta el infinito.
Y luego está el tema de la sobreactuación. En un intento por transmitir la intensidad emocional de la adolescencia, el reparto parece haber recibido la consigna de exagerar cada gesto, cada lágrima, cada grito. Las escenas de conflicto son tan histriónicas que parecen parodias de sí mismas, como si los actores estuvieran compitiendo por ver quién puede llorar más fuerte o gritar con más desesperación. El resultado es una serie que oscila entre lo brillante y lo ridículo, donde los momentos más emotivos terminan siendo los más cringe. Euphoria no captura la esencia de la adolescencia; la caricaturiza, la exagera y la convierte en un spectacle de emociones tan falsas como las uñas de acrílico de Maddy.
Pero el verdadero problema no es la sobreactuación, sino la falta de humanidad en los personajes. Levinson no explora la psicología de sus protagonistas; los reduce a tags de Instagram: #AdictaConCorazón, #ChicaTransConProblemasDePadre, #PsicópataConAbdominales. Los personajes de Euphoria no son personas; son aesthetics andantes, mood boards con piernas. No tienen matices, no tienen contradicciones, no tienen esa suciedad real que hace que los personajes de, por ejemplo, Skins o My So-Called Life se sientan auténticos. En Euphoria, hasta el sufrimiento más crudo parece diseñado por un stylist de Vogue.
El guion: Cuando el drama se convierte en melodrama (y el melodrama en parodia)
El guion de Euphoria es como un buffet de comida rápida: parece abundante, pero todo sabe igual. Sam Levinson asume de forma casi mesiánica la escritura en solitario de los libretos, hilando diálogos que oscilan entre lo poético y lo pretencioso, como si estuviera compitiendo consigo mismo por ver quién puede meter más metáforas sobre la soledad y el vacío existencial en un solo monólogo. Los personajes hablan como si estuvieran en una obra de teatro de off-Broadway, pero actúan como si estuvieran en un reality show de MTV. La serie está repleta de frases grandilocuentes —«El amor es una droga, y yo soy una adicta»—, pero pocas que suenen auténticas. Es como si Levinson hubiera confundido la profundidad con la verbosidad, como si creyera que un monólogo de cinco minutos sobre el dolor puede sustituir a un desarrollo de personaje coherente.
El mayor problema del guion es su falta de matices. Los personajes de Euphoria son tan extremos en sus emociones que terminan siendo caricaturas. Rue es una adicta que nunca parece estar realmente jodida, sino más bien artísticamente jodida. Nate es un psicópata que nunca parece realmente peligroso, sino más bien un bad boy de manual con un daddy issue mal resuelto. Jules es una chica trans cuya identidad parece reducirse a su relación con los hombres y a su estilo visual. La serie no explora la complejidad de sus personajes; los reduce a sus traumas, como si el sufrimiento fuera lo único que los define. El resultado es una narrativa que oscila entre lo conmovedor y lo ridículo, donde los momentos más dramáticos terminan siendo los más over-the-top.
Y luego están los flashbacks. Euphoria usa los flashbacks como un deus ex machina emocional, como si Levinson no confiara en que el espectador pudiera entender a sus personajes sin una escena de su infancia que lo explique todo. Cada vez que un personaje tiene un momento de crisis, la serie corta a un flashback de su niñez, como si el trauma infantil fuera la única razón por la que alguien podría sentirse triste o perdido. Es un recurso tan manido que termina por restarle peso a la narrativa, como si Levinson estuviera diciendo: «No os preocupéis, espectadores, todo tiene una explicación freudiana». El problema no es que los flashbacks existan; es que se usan como muletas para un guion que, en realidad, no sabe cómo desarrollar a sus personajes sin recurrir a clichés.
Pero el verdadero pecado del guion es su hipocresía. Euphoria quiere ser una crítica a la sociedad que destruye a los adolescentes, pero en el fondo no es más que un producto de esa misma sociedad. La serie no denuncia la hipersexualización de los jóvenes; la celebra. No critica la cultura de la imagen; la exacerba. No cuestiona el capitalismo del dolor; lo vende. Es como si Levinson hubiera leído un artículo de The Atlantic sobre la ansiedad millennial y hubiera decidido convertirlo en un teen drama con más glitter que ideas.
La representación: Cuando la diversidad se convierte en un accesorio de moda
Uno de los aspectos más problemáticos de Euphoria es su tratamiento de la diversidad. Sam Levinson, un hombre blanco de clase media-alta, se arroga el derecho de hablar en nombre de una generación diversa, como si el hecho de haber visto Skins y Degrassi lo convirtiera en una especie de antropólogo del dolor adolescente. La serie está repleta de personajes LGBTQ+, de minorías raciales y de jóvenes con problemas de adicción, pero todos ellos parecen salidos del mismo molde: son hermosos, están rotos y, sobre todo, son fotogénicos.
Jules (Hunter Schafer), una chica trans, es quizás el ejemplo más flagrante. Su personaje podría haber sido una oportunidad para explorar la complejidad de la identidad de género, pero en cambio se reduce a su wardrobe y a sus problemas con los hombres. Jules no es una persona; es un aesthetic, un mood board de lo que un hombre cisgénero cree que es una chica trans. Su relación con Rue es lo más cercano que la serie tiene a un momento de autenticidad, pero incluso eso está tan sobrecargado de simbolismo que termina pareciendo un fanfic de Tumblr.
Lo mismo ocurre con los personajes de color. Maddy (Alexa Demie) es una latina que podría haber sido una exploración interesante de la intersección entre raza, género y clase, pero en cambio se reduce a su relación tóxica con Nate y a su obsesión por la belleza. Kat (Barbie Ferreira) empieza con un arco empoderador sobre la gordofobia y el trabajo sexual digital, pero termina relegada a un chiste secundario en la segunda temporada.
Lo mejor
- La actuación de Zendaya: Aporta destellos de vulnerabilidad real y una intensidad desgarradora que trascienden los clichés del guion.
- La deslumbrante estética visual: La fotografía de Marcell Rév y la dirección de arte crean estampas de neón incontestables para la era de Instagram.
- La química entre Rue y Jules: Sus momentos más íntimos contienen la única fragilidad genuina de la serie.
Lo peor
- La pretenciosidad del guion: Sam Levinson confunde el exceso de diálogos melodramáticos y metáforas poéticas con verdadera profundidad.
- La glamurización del trauma: Convierte la autodestrucción y las adicciones en un catálogo estético vendible.
El Veredicto de Claqueta Ácida (7/10)
Euphoria es un deslumbrante envoltorio de neón, purpurina y música embriagadora que vende nihilismo juvenil a precio de saldo. Sam Levinson firma un espectáculo visualmente fascinante pero narrativamente vacuo, donde el sufrimiento se convierte en mercancía de pasarela. Vale la pena por la mirada desamparada de Zendaya y el despliegue técnico, aunque salgas de la experiencia empalagado por tanto glitter sin alma.🎬 Tráiler Oficial
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¿Qué significa el final de Euphoria?
Ficha de Daños Colaterales en Sala
Certificado de impacto psicofísico emitido por Dr. Cinismo
3 amagos en el tramo intermedio; pestañeo pesado en las transiciones más innecesarias.
Minuto 52 y minuto 66 (comprobando cuánto quedaba de suplicio).
2 espresso para no dejarse vencer por la mediocridad cómoda.
"A mitad del segundo acto cuando la subtrama secundaria empezó a pesar más de lo que aportaba."
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