Francia nos vendió durante décadas la imagen de un país de bistrós, existencialismo y señores fumando en blanco y negro mientras discuten sobre la ausencia de Dios. Mentira. O media verdad.
Porque mientras la crítica oficial se masturbaba con la Nouvelle Vague, en algún sótano de la République alguien estaba afilando un bisturí. Y cuando por fin lo sacó, a principios de este siglo, el resto del mundo descubrió que los franceses no solo saben filosofar sobre la muerte: también saben filmarla con una crueldad que haría vomitar a un carnicero de Burgos.
Bienvenidos al terror francés. Traed bolsa.
Los abuelos: un mago, un cirujano y un señor obsesionado con vampiras en camisón
Conviene recordarlo antes de que algún listillo de Twitter os diga que el terror lo inventó Hollywood: la primera película de miedo de la historia suele atribuirse a un francés. Georges Méliès rodó Le Manoir du diable en 1896, tres minutos de murciélago, diablo y trucos de montaje. Ingenuo, sí. Pero el linaje empieza ahí, y no en Burbank.
Después llegó la etapa respetable, la que los académicos pueden citar sin sonrojarse. Henri-Georges Clouzot entregó Las diabólicas (1955), una lección de suspense tan cabrona que el propio cartel pedía al público que no destripara el final.
Y en 1960 Georges Franju firmó Los ojos sin rostro, un cuento de hadas quirúrgico sobre un cirujano que roba caras para su hija desfigurada. Poesía, máscara blanca y un trasplante de piel filmado con una frialdad que hoy sigue revolviendo estómagos. Es, probablemente, la mejor película de terror francesa jamás hecha. Y nadie en Francia supo muy bien qué hacer con ella.
Luego está Jean Rollin, el santo patrón del erotismo vampírico de bajo presupuesto. Castillos, playas de Dieppe, vampiras semidesnudas que recitan diálogos como si estuvieran drogadas y una atmósfera onírica que sus fans llaman poesía y sus detractores, aburrimiento. Ambos tienen razón. Rollin fue despreciado en vida por la crítica seria, lo cual, en Claqueta Ácida, es casi una carta de recomendación. Si os interesa, Le Frisson des vampires (1971) es buena puerta de entrada a nuestra sección Perros Verdes.
El problema es que, salvo estas islas, el terror en Francia fue durante décadas cosa de proscritos. La industria prefería comedias de enredo con Louis de Funès y dramas burgueses donde el mayor horror era un adulterio en Neuilly. Hasta que el nuevo siglo llegó con ganas de sangre.
La Nueva Extremidad Francesa: cuando el arte y la carnicería firmaron un pacto
En 2004 el crítico canadiense James Quandt publicó en Artforum un artículo indignado contra una ola de cine francés que, según él, confundía transgresión con provocación barata. Le puso nombre, New French Extremity, y con ello consiguió exactamente lo contrario de lo que pretendía: darle una marca comercial. Nada vende mejor que el desprecio de un crítico estirado. Lo sabemos bien.
Quandt apuntaba sobre todo al cine de autor: Gaspar Noé y su Irreversible (2002), con aquel plano de nueve minutos en un paso subterráneo que media sala no consiguió aguantar; Claire Denis y su Trouble Every Day (2001), donde el deseo y el canibalismo comparten cama. Pero el verdadero festín estaba en el género puro, y llegó en apenas cinco años:
- Alta tensión (2003), Alexandre Aja. Un slasher rural con una sierra mecánica, una Cécile de France rapada y un giro final tan tramposo que todavía hoy provoca peleas en los foros. Gore de primera, guion de tercera. Disfrutable igual.
- Ils (2006), David Moreau y Xavier Palud. Una casa en Rumanía, una pareja y unos asaltantes encapuchados. Seca, corta y desagradable. Hollywood la copió sin pudor en Los extraños dos años después.
- Frontière(s) (2007), Xavier Gens. Nazis caníbales en una granja. Así, sin anestesia. Lo más parecido a un La matanza de Texas pasado por el resentimiento político de la banlieue.
- À l'intérieur (2007), Julien Maury y Alexandre Bustillo. Una mujer embarazada, unas tijeras y Béatrice Dalle de Nochebuena. Si nunca habéis apartado la vista de una pantalla, esta es vuestra oportunidad.
- Martyrs (2008), Pascal Laugier. La cima, el abismo y el punto de no retorno. Empieza como una película de venganza y acaba como un tratado metafísico sobre el sufrimiento que te deja tirado en el sofá preguntándote por qué existes. Odiada, adorada, imprescindible. No hay término medio y no debería haberlo.
Vive la mort: el terror francés, o cómo el país de la baguette aprendió a abrirte en canal
Lo interesante es que esta ola no surgió de la nada. Era una Francia que acababa de ver a Le Pen en la segunda vuelta de 2002, que ardía en los disturbios de 2005 y que no sabía muy bien qué hacer con su propia rabia. Estas películas son eso: rabia filmada, cuerpos abiertos como metáfora de un país que se desgarraba. O quizá solo eran chavales que habían visto demasiado Fulci. Probablemente las dos cosas.
La fuga a Hollywood: o cómo domesticar a un lobo con un cheque
Y entonces pasó lo de siempre. Hollywood olió sangre fresca y sacó la chequera. El patrón es tan predecible que debería tener su propio subgénero: director europeo hace una obra salvaje con cuatro duros, los estudios lo fichan, le dan un remake y le quitan los colmillos en la sala de montaje.
Aja fue el alumno aventajado. Su remake de Las colinas tienen ojos (2006) es de los pocos que superan al original, y Piraña 3D (2010) es una gamberrada tetuda y sangrienta que se sabe basura y lo celebra. Hasta Infierno bajo el agua (2019), con caimanes y huracán, demostró que el tipo sabe rodar tensión en una bañera. Pero de la rabia de Alta tensión, poco queda. Ahora es un artesano. Un buen artesano. Que es justo lo que Hollywood quería.
Bustillo y Maury acabaron haciendo Leatherface (2017), una precuela que nadie pidió de una saga exprimida hasta el hueso. Xavier Gens pasó por Hitman y terminó, años después, metiendo un tiburón en el Sena para Netflix. Y Laugier, el más radical de todos, se llevó a Hollywood The Tall Man (2012), una película extraña y desigual que los estudios no supieron vender. Volvió a casa con el rabo entre las piernas y rodó Ghostland (2018), recordándonos que, cuando le dejan solo, sigue siendo un sádico de categoría.
La moraleja es vieja y amarga: el sistema no compra talento, compra marcas. Y cuando la marca es "extremo", lo primero que hace es limarle las aristas.
Las hijas del bisturí: Ducournau, Fargeat y la venganza del cuerpo
Si la primera ola fue cosa de chavales cabreados, la segunda la han firmado ellas. Y han hecho algo que sus predecesores nunca lograron: colar el gore en la alfombra roja de Cannes sin pedir perdón.
Julia Ducournau abrió la veda con Crudo (Grave, 2016), la historia de una estudiante de veterinaria vegetariana que descubre que la carne humana le sabe a gloria. En el TIFF hubo desmayos y ambulancias, y la promoción se frotó las manos. Cinco años después, Titane (2021) ganó la Palma de Oro con una mujer que se queda embarazada de un Cadillac.
Repito: una película donde la protagonista se queda preñada de un coche se llevó el premio más prestigioso del cine de autor.
Los mismos críticos que en 2004 se tapaban los ojos con Quandt aplaudían ahora de pie. El terror no cambió. Cambió la etiqueta que le pusieron.
Coralie Fargeat siguió el mismo camino. Primero Revenge (2017), un rape and revenge que convierte el desierto en una piscina de sangre y la mirada masculina en un chiste. Después La sustancia (2024), body horror de neón con Demi Moore despellejándose literalmente ante el espejo de Hollywood. Premio al mejor guion en Cannes, nominaciones a los Óscar y una sátira tan poco sutil como un martillazo. Que es justo lo que pedía el tema.
Y detrás vienen más. Just Philippot convirtió unas langostas en monstruos de granja en La Nuée (2020). Sébastien Vanicek llenó un bloque de la periferia de arañas en Vermin: La plaga (2023), la mejor película de bichos en años y, de paso, el retrato más honesto de la banlieue que ha dado el género. Hollywood ya le ha echado el lazo, claro. Ya sabemos cómo suele acabar esa historia. Ojalá nos equivoquemos.
Veredicto: el país que filma la carne como nadie
¿Qué tiene el terror francés que no tenga el americano? Fácil: no te pide perdón. Hollywood te asusta y luego te consuela con un final feliz, una secuela y un muñeco Funko. Francia te abre en canal, te mira a los ojos y se enciende un cigarro. No hay redención, no hay final girl que se salve por ser virgen, no hay moraleja de catequesis. Solo cuerpos: cuerpos que sangran, que mutan, que se rebelan contra quien los habita.
Y esa es, quizá, la gran lección. El terror francés nunca ha sido un género. Ha sido una postura. La de un país que se ha pasado siglos teorizando sobre el alma y que, de repente, decidió mirar debajo de la piel a ver qué había. Lo que encontró no era bonito. Pero era verdad.
Para empezar (si tenéis estómago)
| Película | Año | Director/a | Para quién |
| :--- | :--- | :--- | :--- |
| Los ojos sin rostro | 1960 | Georges Franju | Los que creen que el terror clásico es cosa de Universal |
| Alta tensión | 2003 | Alexandre Aja | Gorehounds con tolerancia a los giros tramposos |
| À l'intérieur | 2007 | Bustillo y Maury | Nadie embarazada. En serio |
| Martyrs | 2008 | Pascal Laugier | Los que quieren salir cambiados (o rotos) |
| Crudo | 2016 | Julia Ducournau | Vegetarianos con ganas de replanteárselo |
| Titane | 2021 | Julia Ducournau | Cinéfilos que aún creen que lo han visto todo |
| Vermin: La plaga | 2023 | Sébastien Vanicek | Aracnofóbicos masoquistas |
| La sustancia | 2024 | Coralie Fargeat | Cualquiera que se haya mirado al espejo con asco |
Nota de la casa: si solo vais a ver una, que sea Martyrs. Y luego no nos escribáis quejándoos. Avisados estáis. 💀