🎬 CLAQUETA ÁCIDA
Series ⚡ Ácido Cítrico

La caída de la casa Usher — Mike Flanagan y su gótico corporativo bañado en sangre de accionista

Mike Flanagan convierte el cuento de Poe en un culebrón gótico con más esqueletos en el armario que en el sótano. ¿Obra maestra o telenovela de lujo? Claqueta Ácida disecciona el festín de culpa, dinero y putrefacción.

✍️ Por: Maximiliano Z.
🎬 Director: Mike Flanagan
⏱️ Lectura: 11 min
⚡ Ácido Cítrico 7.5/10
Crítica y fotograma de la película La caída de la casa Usher en Claqueta Ácida
Póster y cartel oficial de la película La caída de la casa Usher
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La caída de la casa Usher: Mike Flanagan y su gótico corporativo bañado en sangre de accionista 0:00 / --:--

La mansión Usher nunca había olido tanto a dinero podrido. Mike Flanagan, ese cirujano de lo macabro que ya nos regaló The Haunting of Hill House y Midnight Mass, vuelve a la carga con una miniserie que huele a Edgar Allan Poe pero sabe a Succession con gotero. Ocho episodios donde la avaricia farmacéutica se mezcla con el gótico sureño, y donde cada herencia es un cadáver más en el armario. Pero, ¿logra Flanagan trascender el pastiche o se queda en un culebrón de lujo con más esqueletos que un episodio de Bones? En Claqueta Ácida nos hemos sentado en el sillón de cuero de los Usher —ese que probablemente costó más que el PIB de un país pequeño— para diseccionar esta orgía de culpa, dinero y putrefacción con el bisturí bien afilado.

El proyecto nace en un momento extraño para el terror televisivo. Tras el éxito de The Haunting of Hill House (2018), Flanagan se convirtió en el niño mimado de Netflix, ese lugar donde el terror de autor se codea con el algoritmo y los thumbnails de caras gritando. Pero aquí hay un giro interesante: Intrepid Pictures, la productora detrás de esta serie, no es precisamente un gigante como A24 o Blumhouse. Es una compañía con un historial irregular, conocida por proyectos como The Strangers (2008) o Ouija (2014), que oscilan entre el éxito moderado y el desastre taquillero. Que Flanagan haya elegido este barco en lugar de uno más estable dice mucho de su ambición —o de su fe ciega en su propio talento—. Porque, seamos honestos, La caída de la casa Usher no es una serie cualquiera: es un manifiesto visual, una declaración de intenciones donde el director parece decir: "Puedo convertir un cuento de Poe en un thriller corporativo y que nadie note la costura".

El contexto cultural también es clave. Estrenada en 2023, la serie llega en un momento donde el público está más que acostumbrado a los true crime, a los documentales sobre estafas financieras y a las ficciones que exploran la podredumbre del capitalismo. Flanagan, astuto como un zorro en un gallinero de guionistas, no solo se sube a esa ola, sino que la cabalga con un látigo hecho de referencias literarias y jump scares bien colocados. Pero aquí está el problema: ¿es suficiente con ser oportuno? Porque, al final del día, La caída de la casa Usher no deja de ser un producto de su tiempo, un espejo deformado de nuestra Obsesión»" data-acid-interlink="obsesion-el-hechizo-que-convirtio-el-amor-en-pesadilla-de-plastico">obsesión por el dinero fácil y las consecuencias de jugar a ser Dios con la vida de los demás. Y eso, queridos lectores, es un terreno peligroso cuando tu serie depende tanto de la empatía con unos personajes que, seamos francos, son más repugnantes que un informe de la SEC.

Y luego está el tema del presupuesto. Porque, aunque Netflix no suelta cifras como si fueran confidenciales de la CIA, es evidente que Flanagan ha tenido recursos para jugar. La mansión Usher, ese personaje en sí misma, es una maravilla de diseño de producción, con sus pasillos laberínticos, sus espejos que reflejan más culpas que rostros y sus sótanos que huelen a dinero mal habido. Pero, como siempre en el cine y la televisión, el dinero no lo es todo. O, mejor dicho, el dinero puede comprar una mansión espectacular, pero no puede comprar alma. Y eso es, precisamente, lo que le falta a esta serie en algunos momentos: esa chispa de genialidad que convierta el melodrama en algo más que un ejercicio de estilo bien ejecutado. Porque, al final, La caída de la casa Usher es eso: un ejercicio de estilo. Y como todo ejercicio, puede ser brillante en algunos momentos y decepcionante en otros.

Dirección: El maestro de ceremonias de lo macabro

Mike Flanagan no es un director cualquiera. Es un coreógrafo de la angustia, un tipo que sabe cómo construir tensión con la precisión de un relojero suizo y la paciencia de un verdugo medieval. En La caída de la casa Usher, su dirección es, como siempre, impecable en lo técnico. Los planos secuencia que recorren los pasillos de la mansión Usher no son solo un alarde de virtuosismo, sino una declaración de principios: el espacio es un personaje más, y cada habitación guarda un secreto. Flanagan utiliza la arquitectura como un espejo de la psicología de sus personajes, y eso es algo que pocos directores logran hacer sin caer en el manierismo.

Pero donde Flanagan brilla de verdad es en su capacidad para dosificar el terror. No es un director de jump scares baratos —aunque los hay—, sino de esos momentos de tensión sostenida que te dejan con los nudillos blancos y el corazón en la garganta. La escena en la que Roderick Usher (Bruce Greenwood) confiesa sus pecados en un monólogo interminable, mientras la cámara se acerca lentamente a su rostro sudoroso, es un ejemplo perfecto de su estilo. Es un momento que podría haber sido ridículo en manos de otro director, pero Flanagan lo convierte en algo hipnótico, casi teatral en el mejor sentido de la palabra.

Sin embargo, no todo es perfecto. Hay momentos en los que la serie parece demasiado autoconsciente de su propia genialidad, como si Flanagan estuviera más preocupado por rendir homenaje a Poe que por contar una historia que funcione por sí misma. Los flashbacks constantes, aunque bien ejecutados, a veces rompen el ritmo de la narrativa, y hay episodios enteros que parecen estirados más allá de su utilidad dramática. Flanagan tiene la mala costumbre de enamorarse de sus propias ideas, y eso puede ser un problema cuando tu serie depende tanto de la economía narrativa.

Actuaciones: Un reparto de lujo en un banquete de culpas

Si hay algo que salva a La caída de la casa Usher de ser un simple ejercicio de estilo, es su reparto. Y aquí, queridos lectores, es donde la serie brilla con luz propia. Carla Gugino, en el papel de la misteriosa y letal Verna, es, sin duda, la estrella del espectáculo. Gugino tiene esa capacidad única de transmitir amenaza y vulnerabilidad al mismo tiempo, como si fuera una viuda negra con un doctorado en psicología. Su interpretación es tan buena que casi hace olvidar que el resto del reparto está interpretando a personajes que, seamos honestos, son más arquetipos que personas reales.

Bruce Greenwood, como Roderick Usher, hace lo que puede con un personaje que oscila entre el patetismo y la arrogancia. Greenwood es un actor excelente, pero aquí se ve limitado por un guion que a veces parece más interesado en los giros argumentales que en la profundidad de sus personajes. Mary McDonnell, como la matriarca de la familia, aporta ese toque de elegancia gótica que tanto necesita la serie, pero su personaje es tan opaco que cuesta empatizar con ella. Y luego están los hijos Usher, interpretados por un elenco de actores competentes pero que, en su mayoría, se ven obligados a representar versiones edulcoradas de los siete pecados capitales.

Pero el verdadero problema no son las actuaciones, sino los personajes. Porque, al final del día, La caída de la casa Usher es una serie sobre una familia de monstruos, y eso es algo que Flanagan parece olvidar en algunos momentos. Los Usher no son personas, son caricaturas de la avaricia, y aunque eso puede ser interesante desde un punto de vista alegórico, también hace que sea difícil conectar con ellos. ¿Cómo sentir pena por un tipo que ha pasado su vida explotando a los demás? Flanagan intenta humanizarlos con flashbacks y monólogos, pero al final, la serie se queda atrapada en su propia premisa: es difícil sentir lástima por unos personajes que, en el fondo, se lo han buscado.

Apartado técnico: Un banquete visual con algún plato frío

Si algo no se le puede negar a La caída de la casa Usher es su ambición visual. La serie es un festín para los ojos, con una fotografía que oscila entre el gótico sureño y el noir corporativo. Michael Fimognari, director de fotografía y coguionista, demuestra una vez más que es un maestro de la luz y la sombra. Los interiores de la mansión Usher están bañados en una paleta de colores que recuerda a los cuadros de Francis Bacon: tonos oscuros, rojos sangrientos y amarillos enfermizos que reflejan la podredumbre moral de sus habitantes. Y los exteriores, con esos paisajes brumosos y esos cielos plomizos, son pura poesía visual.

El diseño de producción es otro de los puntos fuertes de la serie. La mansión Usher no es solo un escenario, es un personaje en sí misma, con sus pasillos laberínticos, sus espejos que parecen reflejar más culpas que rostros y sus sótanos que huelen a dinero mal habido. El vestuario, por su parte, es impecable, con trajes que van desde lo elegante hasta lo grotesco, reflejando la evolución moral de los personajes. Y la banda sonora, compuesta por The Newton Brothers, es un acierto absoluto, con esos coros gregorianos que se mezclan con sonidos electrónicos para crear una atmósfera única.

Pero no todo es perfecto. El montaje, aunque competente, a veces parece demasiado acelerado, como si Flanagan tuviera miedo de que el espectador se aburriera. Hay escenas que podrían haber sido más impactantes con un ritmo más pausado, y los jump scares, aunque bien colocados, a veces rompen la tensión en lugar de aumentarla. Y luego está el problema de los efectos digitales. Aunque la mayoría son convincentes, hay momentos en los que la serie parece más un videojuego de terror que una producción de Netflix. El episodio final, en particular, sufre de un exceso de CGI que resta credibilidad a una historia que, hasta ese momento, se había apoyado en lo atmosférico.

Lo mejor

  • La actuación de Carla Gugino: Una interpretación magistral que roba cada escena en la que aparece. Gugino es pura amenaza elegante, como si Cruella de Vil y Hannibal Lecter hubieran tenido una hija.
  • La dirección de Mike Flanagan: Un ejercicio de tensión sostenida que demuestra, una vez más, que Flanagan es uno de los mejores directores de terror de la actualidad. Sus planos secuencia son pura coreografía del miedo.
La fotografía de Michael Fimognari: Una paleta de colores que oscila entre lo gótico y lo corporativo, con una iluminación que parece sacada de un cuadro de Caravaggio pero con toques de neo-noir*.
  • El diseño de producción: La mansión Usher es un personaje más, con una arquitectura que refleja la psicología de sus habitantes. Cada habitación guarda un secreto, y cada pasillo es un laberinto de culpas.
  • La banda sonora: The Newton Brothers logran una atmósfera única, mezclando coros gregorianos con sonidos electrónicos para crear una experiencia auditiva inolvidable.

Lo peor

  • Los personajes: Los Usher son más arquetipos que personas reales, y eso hace que sea difícil empatizar con ellos. ¿Cómo sentir lástima por unos tipos que han pasado su vida explotando a los demás?
  • El ritmo: Algunos episodios parecen estirados más allá de su utilidad dramática, y los flashbacks constantes a veces rompen la tensión en lugar de aumentarla.
  • El exceso de CGI: El episodio final sufre de un exceso de efectos digitales que restan credibilidad a una historia que, hasta ese momento, se había apoyado en lo atmosférico.
  • La autoconsciencia: Flanagan a veces parece más preocupado por rendir homenaje a Poe que por contar una historia que funcione por sí misma. La serie puede sentirse demasiado pretenciosa en algunos momentos.
Los giros argumentales: Algunos son predecibles, y otros parecen forzados, como si Flanagan hubiera querido meter con calzador un plot twist* donde no hacía falta.

El Veredicto de Claqueta Ácida

La caída de la casa Usher es un banquete gótico con más ambición que alma. Mike Flanagan demuestra, una vez más, que es un maestro del terror atmosférico, pero esta vez su obsesión por el estilo parece haberle jugado una mala pasada. La serie es visualmente deslumbrante, con actuaciones que van desde lo competente hasta lo magistral (gracias, Carla Gugino), pero también es demasiado larga, demasiado pretenciosa y, en algunos momentos, demasiado predecible. No es un fracaso, ni mucho menos, pero tampoco es la obra maestra que algunos esperaban. Es, en el mejor de los casos, un ejercicio de estilo bien ejecutado, y en el peor, una telenovela de lujo con más esqueletos en el armario que un episodio de CSI. Si lo que buscas es terror con clase, aquí lo encontrarás. Pero si lo que quieres es una historia que te conmueva, quizá debas buscar en otro sitio. Porque, al final del día, los Usher se lo merecían todo. Incluido el olvido. 💀

🎬 Tráiler Oficial

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¿Qué significa el final de La caída de la casa Usher?

En el clímax, Roderick Usher reúne a sus hijos supervivientes en la mansión condenada y les obliga a beber un vino envenenado mientras confiesa que toda su fortuna se construyó sobre la muerte masiva causada por su fármaco. La casa se derrumba literalmente sobre ellos, sepultándolos junto a los cadáveres de sus víctimas, mientras Auguste Dupin observa impasible desde fuera. Simbólicamente, el derrumbe final no es solo físico: representa el colapso inevitable del capitalismo necropolítico. La casa Usher, metáfora de un imperio farmacéutico levantado sobre cadáveres, se hunde bajo el peso de su propia podredumbre moral. Flanagan cierra con la idea de que el linaje tóxico no puede salvarse; solo la destrucción total purga el veneno. El gótico se funde con la crítica de clase: el dinero podrido siempre acaba devorando a sus dueños.
🩺

Ficha de Daños Colaterales en Sala

Certificado de impacto psicofísico emitido por Maximiliano Z.

🛡️ Supervivencia Épica
🥱 Bostezómetro

2 amagos en el tramo intermedio; pestañeo pesado en las transiciones más innecesarias.

⏱️ Miradas de Pánico al Reloj

Minuto 38 y minuto 66 (comprobando cuánto quedaba de suplicio).

😬 Índice de Cringe Ajeno 0/10
☕ Prescripción Terapéutica

2 espresso para no dejarse vencer por la mediocridad cómoda.

💥 Punto de Descarrilamiento

"A mitad del segundo acto cuando la subtrama secundaria empezó a pesar más de lo que aportaba."

💬 El Veredicto de la Comunidad

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Nota de Claqueta Ácida 7.5/10
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