The Last Jedi — La saga que cayó en la madriguera de los trolls intergalácticos
Análisis ácido de la mayor controversia fan de Star Wars: The Last Jedi, donde la Fuerza se ahoga en debates y memes.
The Last Jedi (2017) no es una película, sino un experimento sociológico disfrazado de blockbuster. Un intento desesperado de la Disney por demostrar que, incluso con un presupuesto de 300 millones de dólares y el legado de Star Wars en sus manos, pueden convertir el mito en un producto tan genérico como un café de Starbucks: caro, pretencioso y con un regusto amargo que te hace cuestionar por qué pagaste tanto por algo que sabe a agua sucia. Rian Johnson, el director elegido para "reinventar" la saga, abordó el proyecto con la misma delicadeza de un elefante en una tienda de porcelana Jedi, pisoteando décadas de lore con la excusa de "subvertir expectativas". Spoiler: la única expectativa que subvirtió fue la de que el cine de ciencia ficción pudiera tener algo de coherencia.
Un guion escrito en los márgenes de un cuaderno de secundaria
La trama de The Last Jedi es un laberinto de decisiones narrativas tan arbitrarias que parecen sacadas de un borrador rechazado de Lost. La película comienza con una secuencia de acción que intenta emular el ritmo frenético de A New Hope, pero termina pareciendo un episodio extendido de The A-Team en el espacio: mucho ruido, pocos resultados y una sensación constante de que los guionistas olvidaron conectar los puntos. La Resistencia, reducida a un puñado de personajes en una nave que parece un crucero de lujo con problemas de fontanería, pasa la primera hora huyendo de la Primera Orden en una persecución que recuerda más a un juego de Mario Kart que a una batalla épica. La tensión se diluye en cada escena, como si Johnson hubiera confundido "pausas dramáticas" con "momentos para que el público se pregunte qué diablos está pasando".
El conflicto central —la relación entre Rey (Daisy Ridley) y Kylo Ren (Adam Driver)— es el único hilo que mantiene cierta tensión, aunque no por los motivos que el guion pretende. Driver, en un alarde de sobreactuación controlada, logra que su personaje sea lo más interesante de la película: un villano con crisis existenciales tan profundas que hacen que Anakin Skywalker parezca un adolescente con rabietas por no salir en Instagram. Sin embargo, la dinámica Rey-Kylo se ve constantemente saboteada por diálogos que oscilan entre lo ridículo ("¡La Fuerza no pertenece a los Jedi!") y lo francamente embarazoso ("¿Sientes el conflicto dentro de mí?" susurra Kylo mientras se toca el pecho como si tuviera acidez). Es como si Johnson hubiera intentado escribir un drama shakespeariano, pero el resultado final sonaría más a un fanfic de Wattpad escrito a las 3 a.m.
Y luego está Luke Skywalker. Oh, Luke. El héroe que alguna vez inspiró a una generación reducido a un ermitaño amargado que tira sables de luz como si fueran latas de cerveza vacías. Mark Hamill, en una actuación que oscila entre lo conmovedor y lo desconcertante, parece estar interpretando a un Luke Skywalker que ha pasado los últimos años viendo Breaking Bad en bucle y cuestionando todas sus decisiones de vida. La justificación de su exilio —que vio el lado oscuro en Ben Solo y, en un momento de debilidad, consideró matarlo— es tan forzada que parece un plot twist sacado de una telenovela turca. ¿En serio? ¿El mismo Luke que se negó a matar a su padre, que creía en la redención por encima de todo, ahora se plantea asesinar a un adolescente dormido? La excusa de que "la Fuerza le mostró una visión" es tan vaga que bien podría haber sido un mal sueño después de comer tacos picantes. Y lo peor no es el giro en sí, sino que Johnson lo trata como si fuera un momento de profundidad filosófica, cuando en realidad es el equivalente narrativo de tropezar con el cable del micrófono en medio de un discurso importante.
La estética: cuando el product placement se come la galaxia
Visualmente, The Last Jedi es un batiburrillo de estilos que parece diseñado por un comité de marketing. Por un lado, tenemos la isla de Ahch-To, filmada en Irlanda con una paleta de colores que intenta emular la nostalgia de A New Hope pero termina pareciendo un screensaver de Windows 95. Los planos de Luke caminando entre las rocas con su túnica raída tienen un aire a El Señor de los Anillos, pero sin la épica: es como si Peter Jackson hubiera dirigido un spin-off de The Hobbit con un presupuesto de película estudiantil. Por otro lado, los interiores de la nave de la Resistencia son tan fríos y estériles que parecen sacados de un catálogo de IKEA. Las escenas en el planeta Crait, con su sal rosa y sus efectos de nieve digital, son lo más cercano a un anuncio de Coca-Cola que ha visto el cine de ciencia ficción. Incluso la batalla final, que debería ser el clímax de la película, se siente como un fan film de Star Wars hecho con Unreal Engine 4 en un fin de semana.
La fotografía, a cargo de Steve Yedlin, oscila entre lo pretencioso y lo directamente feo. Hay momentos en los que la iluminación es tan plana que parece que los personajes están siendo filmados bajo la luz de un fluorescente de oficina. Los colores saturados —esos rojos, azules y morados que parecen sacados de una paleta de My Little Pony— no ayudan a crear atmósfera, sino que distraen como un neon sign en medio de una biblioteca. Y no hablemos del CGI, que en 2017 ya debería haber superado la fase de "monstruos de plastilina digital". Los porgs (esos pájaros alienígenas diseñados para vender peluches) son tan innecesarios que parecen un chiste interno de los ejecutivos de Disney: "Pongamos algo que los niños quieran comprar, aunque arruine la escena". Y lo peor es que funcionó: los porgs se convirtieron en un fenómeno de merchandising, demostrando que la película no era más que un catálogo de productos con un hilo narrativo mínimo.
Actuaciones: cuando el carisma se queda en el dressing room
El reparto de The Last Jedi es un recordatorio de que incluso los actores más talentosos pueden ser saboteados por un guion que suena como si lo hubiera escrito un bot de Twitter. Daisy Ridley hace lo que puede con Rey, un personaje que oscila entre la determinación y la ingenuidad sin encontrar nunca un equilibrio. Hay momentos en los que Ridley logra transmitir la vulnerabilidad de Rey —como en la escena en la cueva de Ahch-To, donde se enfrenta a sus miedos—, pero son eclipsados por diálogos que suenan como si alguien hubiera traducido mal un poema de Neruda al klingon y luego lo hubiera vuelto a traducir al español. John Boyega, por su parte, tiene destellos de su carisma habitual como Finn, pero su arco narrativo —que lo lleva de ser un desertor de la Primera Orden a un casi héroe en una misión suicida— es tan confuso que parece un plot de relleno sacado de una serie cancelada.
Pero si hay un actor que merece un premio por salvar lo insalvable, ese es Adam Driver. Kylo Ren es, sin duda, el personaje más complejo y fascinante de la película, y Driver lo interpreta con una intensidad que roza lo teatral. Su química con Ridley es lo único que mantiene a flote las escenas entre Rey y Kylo, aunque el guion las sabotee constantemente con diálogos que parecen sacados de un manual de autoayuda para villanos. La escena en la que Kylo y Rey se unen para matar a Snoke es uno de los pocos momentos en los que la película logra generar tensión real, aunque sea a costa de convertir al Líder Supremo en un villano de cartón que muere como si fuera un miniboss de un videojuego de los 90.
Y luego está Carrie Fisher, cuya presencia en la película es agridulce. Leia Organa, ahora convertida en una general de la Resistencia, tiene momentos conmovedores —como cuando usa la Fuerza para salvarse en el espacio—, pero su personaje se siente reducido a un deus ex machina ambulante. La muerte de Fisher durante el rodaje añade una capa de melancolía a su actuación, pero también deja un sabor amargo: es como si la película no supiera qué hacer con ella, más allá de usarla como un recordatorio de que el pasado ya no volverá.
La banda sonora: cuando John Williams se rinde
Hasta la música, ese elemento que durante décadas fue el alma de Star Wars, parece haber perdido la fe en The Last Jedi. John Williams, el compositor que definió la saga con temas icónicos como The Imperial March o Binary Sunset, entrega aquí una partitura que suena a obligación contractual. Hay destellos de su genio —como el tema de Rey, que logra transmitir cierta esperanza—, pero en general la música es tan discreta que parece un score de fondo para un documental sobre la vida marina. Los momentos clave, como la muerte de Snoke o el enfrentamiento final en Crait, carecen de la grandiosidad que Williams solía aportar. Es como si el compositor hubiera decidido que, después de 40 años, ya no tenía nada nuevo que decir sobre la Fuerza.
El legado: una película que divide (y no en el buen sentido)
The Last Jedi no es una película mala en el sentido tradicional. No es un desastre como The Room o un trainwreck como Catwoman. Es algo peor: es una película mediocre con pretensiones de grandeza. Una producción que intenta ser profunda, innovadora y revolucionaria, pero que termina siendo un collage de ideas a medio cocinar, decisiones narrativas arbitrarias y un product placement tan descarado que hace que Transformers parezca un documental de la BBC.
Su mayor pecado no es que sea aburrida o confusa, sino que no tiene personalidad. No es lo suficientemente audaz como para ser una reinvención, ni lo suficientemente fiel como para ser un homenaje. Es como si Rian Johnson hubiera mirado el legado de Star Wars y hubiera decidido que la mejor manera de honrarlo era desmontarlo pieza por pieza, sin ofrecer nada sustancial a cambio. Los fans se dividieron no porque la película fuera "demasiado diferente", sino porque no ofrecía nada en qué creer. No hay un mensaje claro, ni un villano memorable, ni siquiera un momento que se sienta verdaderamente épico. Es una película que existe en un limbo: ni lo suficientemente mala como para ser odiada con pasión, ni lo suficientemente buena como para ser amada.
Lo mejor
- Daisy Ridley logra que Rey no sea completamente insoportable, a pesar de un guion que parece escrito por alguien que odia a los protagonistas femeninos fuertes.
- Adam Driver salva cada escena en la que aparece, convirtiendo a Kylo Ren en el único personaje con algo parecido a una personalidad.
Lo peor
Luke Skywalker es asesinado narrativamente antes de que lo maten físicamente, reduciendo al héroe de una generación a un hippie* amargado que tira sables de luz como si fueran basura. El guion parece un fanfic* escrito por alguien que solo ha visto la trilogía original una vez, y mal. El product placement es tan descarado que parece un episodio de Black Mirror* sobre el capitalismo, donde hasta los personajes secundarios beben café de marca mientras la galaxia arde.El Veredicto de Claqueta Ácida (5.5/10)
The Last Jedi es el equivalente cinematográfico de un buffet de aeropuerto: mucho ruido, muchos platos, pero al final todo sabe a lo mismo y te deja con una sensación de arrepentimiento. No es una película terrible, pero es una traición a lo que Star Wars alguna vez representó: aventura, esperanza y personajes que inspiraban. En su lugar, tenemos una producción que confunde subversión con desinterés, y que parece más preocupada por vender juguetes que por contar una historia. Con un 5.5, se queda en ese limbo incómodo donde no es lo suficientemente mala como para ser divertida, ni lo suficientemente buena como para ser recordada. Si esto es el futuro de la saga, que la Fuerza nos coja confesados. 🚀💥¿Qué significa el final de The Last Jedi?
Ficha de Daños Colaterales en Sala
Certificado de impacto psicofísico emitido por Bastian Noir
1 amago en el tramo intermedio; pestañeo pesado en las transiciones más innecesarias.
Minuto 55 y minuto 77 (comprobando cuánto quedaba de suplicio).
1 espressos para no dejarse vencer por la mediocridad cómoda.
"A mitad del segundo acto cuando la subtrama secundaria empezó a pesar más de lo que aportaba."
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