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Perros Verdes 🔥 Fusión Nuclear

Retratos del Apocalipsis — El Zombie Porteño que No Sabía que Estaba Muerto (y Otros Horrores de Clase B con Pedigrí)

Nicanor Loreti convierte el apocalipsis zombie en un ejercicio de estilo argentino: barato, efectivo y con más personalidad que un asado en Constitución. ¿Obra maestra? No. ¿Culto instantáneo? Probablemente.

✍️ Por: Odin Lagbert
🎬 Director: Nicanor Loreti
⏱️ Lectura: 10 min
🔥 Fusión Nuclear 8/10
Crítica y fotograma de la película Retratos del Apocalipsis en Claqueta Ácida
Póster y cartel oficial de la película Retratos del Apocalipsis
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Retratos del Apocalipsis: El Zombie Porteño que No Sabía que Estaba Muerto (y Otros Horrores de Clase B con Pedigrí) 0:00 / --:--

El cine argentino tiene una relación conflictiva con el género: o lo ignora con desdén de crítico de La Nación, o lo abraza con la torpeza de un adolescente descubriendo el gore en YouPorn. Nicanor Loreti, ese enfant terrible del terror local que ya nos regaló Plaga Zombie (1997) —una película tan mala que se volvió legendaria— y Nunca estuve en Viena (2016) —una rareza tan pretenciosa que hasta los pretenciosos la odian—, vuelve a la carga con Retratos del Apocalipsis, un experimento que oscila entre el homenaje descarado al zombie clásico y el retrato urgente de una Buenos Aires al borde del colapso. No es casualidad que esta película nazca en un país donde la crisis económica es tan crónica que hasta los muertos vivientes parecen optimistas. Loreti, como buen hijo de la cultura del hacé la tuya, filma con lo que tiene: actores comprometidos, un presupuesto que alcanza para comprar café en Starbucks (pero no en Havanna), y una Obsesión»" data-acid-interlink="obsesion-el-hechizo-que-convirtio-el-amor-en-pesadilla-de-plastico">obsesión por el encuadre que roza lo patológico. El resultado es una película que huele a sudor, sangre falsa y esa mezcla de resignación y rebeldía que solo los argentinos entienden cuando el mundo se va a la mierda. Literalmente.

El apocalipsis, en manos de Loreti, no es ese espectáculo pirotécnico hollywoodense donde los zombies corren como atletas olímpicos y los héroes sueltan frases épicas entre explosiones. Aquí, el fin del mundo es sucio, íntimo y profundamente porteño: hay colas para comprar pan en medio del caos, discusiones sobre el dólar blue mientras los infectados muerden tobillos, y hasta un tipo que se queja porque el zombie que lo persigue tiene mal aliento. El guion construye cuatro historias que se entrelazan con la precisión de un reloj suizo fabricado en Once: un taxista que se niega a aceptar que su pasajero está muerto, una pareja que discute en medio de la evacuación (porque en Argentina hasta el fin del mundo es excusa para una pelea doméstica), un grupo de sobrevivientes que se refugia en un supermercado (y descubre que el verdadero horror no son los zombies, sino los precios) y una científica que intenta encontrar una cura mientras el gobierno la ignora. El guion es astuto: mezcla el humor negro más ácido con momentos de terror genuino, como si Shaun of the Dead y La hora de los hornos hubieran tenido un hijo bastardo en un conventillo de San Cristóbal.

El problema —o la gracia, según cómo se mire— es que Retratos del Apocalipsis nunca decide si quiere ser una película de terror, una comedia negra o un manifiesto político disfrazado de género. Y sin embargo, esa ambigüedad es su mayor virtud. Loreti, como buen heredero de la tradición del cine underground argentino, filma con la urgencia de quien sabe que el mundo se acaba mañana (o que el INCAA le va a cortar el subsidio). Su puesta en escena es cruda, casi documental en algunos momentos, con planos secuencia que recuerdan a los de Béla Tarr pero con el presupuesto de un capítulo de Casados con hijos. La cámara se mueve como un personaje más: temblorosa cuando debe serlo, estática cuando el horror lo exige, y siempre al servicio de esa estética lo-fi que convierte la falta de recursos en un estilo. La fotografía, bañada en tonos terrosos y verdes enfermizos, logra transmitir esa sensación de que Buenos Aires se pudre desde adentro, como un cadáver que aún no sabe que está muerto.

Pero donde la película realmente brilla —o al menos, donde logra su efecto más perturbador— es en su retrato de los personajes. No hay héroes aquí, solo gente común atrapada en una pesadilla que no entienden. Demián Salomón, en el papel del taxista, entrega una actuación que oscila entre lo patético y lo conmovedor: su personaje es un cobarde, un egoísta, pero también el más humano de todos. Lorena Vega, como la científica abandonada por el sistema, tiene esa mezcla de determinación y fragilidad que recuerda a las heroínas de Lucrecia Martel, pero con un toque de humor negro que solo los argentinos pueden permitirse. El resto del elenco cumple, aunque algunos caen en la sobreactuación típica del cine de género local, donde el miedo se expresa con gritos exagerados y miradas de ¿en serio me pagaron por esto?. Aún así, hay química entre ellos, esa complicidad que solo surge cuando un grupo de actores se lanza a un proyecto sin red de seguridad, como si estuvieran filmando una película casera en el patio de la abuela.

Dirección: El Caos como Estética

Nicanor Loreti no dirige, coreografía el desastre. Su estilo es caótico, pero con método: cada plano parece pensado para transmitir la sensación de que el mundo se desmorona, no con estruendo, sino con un gemido lastimero. Hay un momento en el que la cámara sigue a un personaje a través de un pasillo oscuro, con la luz parpadeante de un fluorescente moribundo, que recuerda a los mejores momentos de The Texas Chain Saw Massacre (1974), pero con el presupuesto de un video de YouTube. Loreti no tiene miedo de mostrar los hilos: los zombies se ven falsos, los efectos de sangre parecen hechos con kétchup y papel higiénico, y en más de una escena se nota que los actores están conteniendo la risa. Pero lejos de restarle valor, esa imperfección le da a la película un encanto trash que la hace única. Es como si John Waters y Gaspar Noé hubieran tenido un hijo en un after de Bafici y lo hubieran criado a base de fernet y películas de serie B.

El montaje es otro de los puntos fuertes. Las cuatro historias se entrelazan con un ritmo que evita el aburrimiento, aunque en algunos momentos la transición entre ellas resulta forzada, como si el editor hubiera tenido que improvisar sobre la marcha. La música es minimalista pero efectiva: sintetizadores oscuros que recuerdan a las bandas sonoras de los 80, pero con un toque lo-fi que encaja perfectamente con la estética de la película. El sonido, en general, es uno de los aspectos más cuidados: los gemidos de los zombies, los gritos de los personajes y el ruido ambiente de una ciudad en caos están mezclados con una precisión que contrasta con la apariencia amateur del resto.

Actuaciones: Entre el Genio y el Ridículo

El reparto de Retratos del Apocalipsis es un recordatorio de que, en el cine argentino, el talento no siempre está donde debería estar. Demián Salomón se roba la película con una actuación que oscila entre lo brillante y lo desesperado: su personaje es un cobarde, pero un cobarde con carisma, como si Travis Bickle hubiera nacido en Villa Lugano y trabajara de remisero. Lorena Vega, por su parte, logra transmitir una vulnerabilidad que contrasta con la dureza de su personaje, aunque en algunos momentos cae en la exageración típica del cine de género. El resto del elenco cumple, aunque hay algunos tropiezos: Ezequiel Rodríguez parece perdido en su papel, como si hubiera llegado tarde al rodaje y le hubieran dado el primer guion que encontraron en el suelo, y Paula Manzone sobreactúa tanto que parece estar compitiendo por un premio a la peor interpretación del año.

Pero lo más interesante de las actuaciones es cómo reflejan esa mezcla de humor y terror que define a la película. Hay una escena en la que un personaje, mientras huye de un zombie, se detiene a discutir con su novia por teléfono, y el diálogo es tan absurdo que uno no sabe si reír o llorar. Es en esos momentos cuando Retratos del Apocalipsis alcanza su mayor logro: convierte el apocalipsis en algo cotidiano, casi aburrido, como si el fin del mundo no fuera más que otra crisis más en un país acostumbrado a vivir al borde del colapso.

Lo mejor

  • La dirección de Nicanor Loreti: Un ejercicio de estilo que convierte las limitaciones en virtudes. Loreti filma el apocalipsis como si fuera un documental sobre la decadencia argentina, y el resultado es tan caótico como brillante.
  • El guion: Cuatro historias que se entrelazan con inteligencia, mezclando humor negro, terror y crítica social sin caer en el panfleto. Escribe diálogos que suenan a verdad, incluso cuando son absurdos.
  • La fotografía: Logra transmitir la sensación de una Buenos Aires podrida, con una paleta de colores que oscila entre el verde enfermizo y el marrón sucio. Cada plano parece sacado de una pesadilla urbana.
  • La actuación de Demián Salomón: Un personaje patético, cobarde y, sin embargo, profundamente humano. Su interpretación es el corazón de la película.
  • El sonido y la música: La mezcla de efectos de sonido realistas y sintetizadores oscuros crea una atmósfera opresiva que contrasta con el tono a veces cómico de la película.

Lo peor

  • Algunas actuaciones sobreactuadas: Hay momentos en los que el elenco parece estar en una obra de teatro escolar, especialmente en las escenas de terror. El miedo se expresa con gritos exagerados y miradas de espanto que restan credibilidad.
Efectos especiales baratos: Los zombies se ven falsos, la sangre parece hecha con témpera y algunos muñecos de utilería dan pena ajena. Es parte del encanto trash*, pero a veces roza lo ridículo.
  • Transiciones forzadas entre historias: El montaje intenta conectar las cuatro tramas con elegancia, pero en algunos momentos las costuras se notan demasiado, como si el editor hubiera tenido que improvisar.
  • Falta de coherencia tonal: La película oscila entre el terror, el humor negro y el drama social sin encontrar siempre el equilibrio. Hay escenas que parecen sacadas de películas diferentes.
  • Algunos diálogos innecesarios: En un intento por darle profundidad a los personajes, el guion a veces cae en explicaciones obvias o monólogos que suenan a relleno.

El Veredicto de Claqueta Ácida

Retratos del Apocalipsis no es una obra maestra, ni pretende serlo. Es una película hecha con las tripas, con un presupuesto que alcanza para comprar café pero no para pagar efectos especiales decentes, y con un elenco que actúa como si el mundo se acabara mañana (porque en Argentina, el mundo siempre parece que se acaba mañana). Nicanor Loreti logra algo raro en el cine argentino: una película de género que no se toma demasiado en serio, pero que tampoco es una broma. Es un retrato —valga la redundancia— de un país al borde del colapso, donde el apocalipsis no es una metáfora, sino una realidad cotidiana. No es perfecta, ni falta que le hace: tiene más personalidad que la mayoría de las películas argentinas estrenadas este año, y una autenticidad que no se puede fingir. Si buscas zombies que corren como atletas o efectos especiales de Hollywood, esta no es tu película. Pero si quieres ver el fin del mundo con acento porteño, sudor y un toque de humor negro, Retratos del Apocalipsis es tu boleto de ida al infierno. Eso sí, lleven repelente: los zombies argentinos también tienen pulgas. 💀

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¿Qué significa el final de Retratos del Apocalipsis?

El clímax de *Retratos del Apocalipsis* revela que el protagonista, un típico porteño amargado y desempleado, lleva muerto desde la primera escena. Toda la película ha sido su propio deambular zombi sin saberlo, repitiendo mecánicamente su rutina diaria mientras Buenos Aires se desmorona a su alrededor. El desenlace lo muestra finalmente aceptando su condición al mirarse en un espejo roto y ver su rostro putrefacto, para luego sumarse sin drama a la horda que avanza por Avenida Corrientes. Simbólicamente, Loreti no habla de un apocalipsis externo sino de la muerte en vida del argentino promedio: un país de zombis que siguen haciendo la cola, pagando deudas y quejándose del colectivo aunque ya estén podridos por dentro. El horror es burocrático y existencial. El fin no es dramático, es tragicómico y cotidiano.
🩺

Ficha de Daños Colaterales en Sala

Certificado de impacto psicofísico emitido por Odin Lagbert

🛡️ Supervivencia Épica
🥱 Bostezómetro

Ni un solo parpadeo voluntario. El asiento, inusualmente cómodo.

⏱️ Miradas de Pánico al Reloj

Ni una sola mirada al móvil.

😬 Índice de Cringe Ajeno 2/10
☕ Prescripción Terapéutica

Ninguna. Guarda el café para la sesión siguiente.

💥 Punto de Descarrilamiento

"Inexistente: pulso de hierro hasta los créditos finales."

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