🎬 CLAQUETA ÁCIDA
Perros Verdes 🔥 Fusión Nuclear

X — El sangriento despertar del slasher analógico

Ti West rinde un brillante, sucio y lascivo homenaje al cine porno independiente de los años 70 y a los clásicos del slasher rural en una granja de Texas.

✍️ Por: Maximiliano Z.
🎬 Director: Ti West
⏱️ Lectura: 10 min
🔥 Fusión Nuclear 8.5/10
Crítica y fotograma de la película X en Claqueta Ácida
Póster y cartel oficial de la película X
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En 2022, Ti West emergió de las catacumbas del cine indie como un arqueólogo que desentierra un fósil y, en lugar de exhibirlo en un museo, decide darle vida con un desfibrilador de celuloide y un generoso chorro de lubricante analógico. X no es solo una película; es un happening cinematográfico donde el sudor, la lascivia y la sangre se mezclan con una inteligencia narrativa que pocos slashers se atreven a exhibir sin ruborizarse. West, en su alianza con A24 —ese sello que ha convertido el "arte" en un producto tan cool como un iPhone con funda de terciopelo—, nos regala una obra que huele a grasa de cámara, a peli de 16mm y a frustración sexual acumulada durante décadas. Y vaya si lo logra.

La premisa es tan vieja como el cine de terror rural: un grupo de jóvenes desprevenidos se adentra en territorio hostil, donde la hospitalidad es tan falsa como las sonrisas de un telepredicador. Pero West, astuto como un zorro con un máster en cinefilia, no se conforma con repetir el esquema. Nos traslada a 1979, un año en el que el porno aún no había sido domesticado por el capitalismo de Silicon Valley y los ancianos no eran simples memes de "OK, boomer", sino seres de carne y hueso (y prótesis) capaces de cortar cabezas con la misma naturalidad con la que hojeaban la Biblia. El grupo de cineastas, liderado por el insoportablemente entusiasta Wayne (Martin Henderson, cuyo carisma es tan forzado como una erección en un funeral) y su musa porno Maxine Minx (Mia Goth, en un papel que parece diseñado para que los espectadores masculinos se sientan culpables por excitarse), viaja en una furgoneta que es más un símbolo de la precariedad creativa que un medio de transporte. Su misión: rodar Las hijas del granjero, un título que suena a película de Russ Meyer si este hubiera tenido presupuesto para pagar actores que supieran actuar.

El primer acto: Documental porno con pretensiones artísticas

El inicio de X es una delicia de ironía y nostalgia mal entendida. West se toma su tiempo para construir a sus personajes, algo tan raro en el slasher moderno como encontrar un crítico que no use la palabra "visceral" para describir una película con tripas en pantalla. Aquí, el director gafapasta RJ (Owen Campbell) debate con la técnica Lorraine (Jenna Ortega) sobre la "belleza intrínseca de la luz natural", mientras el resto del equipo se dedica a lo que mejor sabe hacer: follar, fumar y quejarse de lo poco que les pagan. Es un retrato tan ácido como entrañable del cine independiente de los 70, donde el "arte" era una excusa para que tipos con barba y mujeres con pechos grandes se drogaran y rodaran escenas que hoy serían consideradas "problemáticas" por cualquier comité de diversidad de Netflix.

Pero lo más brillante de este primer acto es cómo West utiliza el rodaje de la película porno para explorar temas que van más allá del simple morbo. La escena en la que Maxine y su coprotagonista Bobby-Lynne (Brittany Snow) discuten sobre la importancia de "sentir" el sexo frente a la fría profesionalidad de Wayne es un diálogo que podría haber escrito John Cassavetes si este hubiera tenido un fetiche por los fluidos corporales. West no juzga a sus personajes; los observa con la misma curiosidad morbosa con la que Pearl, la anciana de la granja, espía a los jóvenes desde la ventana de su habitación. Y es aquí donde X demuestra que no es un simple slasher, sino un estudio sobre el deseo, la represión y el miedo a envejecer.

El segundo acto: La carnicería como terapia freudiana

Cuando la noche cae, X se transforma en un slasher clásico, pero con una elegancia formal que lo aleja del gore gratuito y lo acerca al terror psicológico de los 70. Ti West y su director de fotografía, Eliot Rockett, filman las muertes con una precisión quirúrgica (nunca mejor dicho) que recuerda a los mejores momentos de La matanza de Texas (1974), pero con un sentido del humor negro que Tobe Hooper solo insinuó en sus peores pesadillas. La secuencia del cocodrilo es un ejemplo perfecto: Brittany Snow, en el papel de la rubia ingenua, se adentra en el lago con la confianza de quien cree que la naturaleza es un decorado de Disney. El plano cenital del reptil nadando bajo ella es puro suspense hitchcockiano, pero con un toque de grindhouse que lo hace aún más delicioso. West no tiene prisa por mostrar el ataque; deja que el espectador sude, que imagine lo peor, que recuerde por qué el agua oscura es el escenario perfecto para que los monstruos emerjan.

Pero el verdadero genio de X reside en el desdoblamiento interpretativo de Mia Goth. La actriz no solo da vida a Maxine, la estrella porno de pechos generosos y mirada desafiante, sino también a Pearl, la anciana que ve en la juventud de los intrusos un espejo de su propia decadencia. Goth se sumerge en el papel de Pearl con una intensidad que roza lo perturbador: su rostro, cubierto por capas de maquillaje que parecen sacadas de un episodio de The Twilight Zone, se contrae en muecas de envidia, lujuria y rabia contenida. Es una actuación que recuerda a la de Bette Davis en ¿Qué fue de Baby Jane?, pero con un giro freudiano que convierte a Pearl en una versión distorsionada de Maxine. Ambas son prisioneras de su tiempo: una, de la juventud que se le escapa; la otra, de la vejez que la consume. Cuando Pearl susurra "Quiero ser como tú" mientras acaricia el rostro de Maxine, el espectador no sabe si está ante una declaración de amor o una amenaza de muerte. Spoiler: es ambas cosas.

El tercer acto: Sangre, sudor y látex

El clímax de X es una orgía de violencia y simbolismo que, afortunadamente, no cae en la autocomplacencia. West sabe que el slasher es un género con reglas tan estrictas como las de un soneto, y aunque las cumple a rajatabla (el orden de las muertes, la persecución final, el final girl), las subvierte con una inteligencia que pocos directores se atreven a exhibir. La escena en la que Pearl y Howard (Stephen Ure, cuyo rostro parece tallado en madera podrida) atacan a los jóvenes en la granja es un ballet de sangre y prótesis que recuerda a The Texas Chain Saw Massacre (1974), pero con un toque de camp que lo hace aún más memorable. El maquillaje de Pearl, aunque en algunos planos muy iluminados delata su artificialidad, no resta fuerza a la actuación de Goth. Al contrario: la convierte en una figura casi mitológica, una Medusa moderna cuyo pelo blanco y rostro arrugado esconden una sexualidad tan voraz como la de sus víctimas.

Sin embargo, X no es perfecta. Su mayor virtud —la deconstrucción del slasher— es también su talón de Aquiles. Aunque West juega con los tropos del género, no logra escapar del todo de ellos. El orden de las muertes sigue el manual al pie de la letra: el negro muere primero (Kid Cudi, en un papel que parece escrito para que los espectadores se pregunten "¿Qué hace él aquí?"), seguido por el token gay (el pobre Bobby-Lynne, cuya muerte es tan predecible como un capítulo de CSI). La persecución final en la granja, aunque está filmada con una tensión admirable, no deja de ser un cliché que West podría haber subvertido con un poco más de audacia. Pero, en el fondo, estas son quejas menores. X no pretende reinventar la rueda; solo quiere recordarnos por qué el slasher clásico sigue siendo relevante.

El legado de X: Un slasher con cerebro y sin complejos

X es una de esas películas que demuestran que el cine de terror puede ser inteligente sin perder su esencia visceral. Ti West, un director que hasta ahora había pasado desapercibido para el gran público, se consagra aquí como un maestro del suspense y un heredero digno de los grandes nombres del terror setentero. Su película es un homenaje a La matanza de Texas, a Halloween (1978) y a The Hills Have Eyes (1977), pero también una reflexión sobre la obsesión por la juventud, el miedo a la vejez y la hipocresía de una sociedad que glorifica el sexo pero castiga a quienes lo practican sin tapujos.

El apartado técnico es impecable. La fotografía de Eliot Rockett, con su grano analógico y su paleta de colores desaturados, transporta al espectador a los años 70 con una autenticidad que pocos films modernos logran. El montaje, especialmente en el primer acto, es una lección de cómo construir tensión sin recurrir al jump scare fácil. Y la banda sonora, una mezcla de sintetizadores ochenteros y guitarras distorsionadas, refuerza la atmósfera de decadencia y deseo que impregna toda la película.

Pero, sobre todo, X es una película sobre personajes. West se toma su tiempo para desarrollar a sus protagonistas, algo que en el cine de terror actual es tan raro como un final feliz en una película de Lars von Trier. Maxine, con su mezcla de inocencia y ambición, es un personaje complejo que trasciende el arquetipo de la final girl. Pearl, por su parte, es una villana memorable, una mujer cuya maldad no nace de la locura, sino de la desesperación. Y Lorraine (Jenna Ortega), la técnica de sonido mojigata que descubre su sexualidad en el peor momento posible, es un recordatorio de que el terror no siempre viene de fuera: a veces, está dentro de nosotros.

Lo mejor

El tour de force de Mia Goth: Un desdoblamiento interpretativo tan brillante que hace que Natalie Portman en Black Swan* parezca un ejercicio de teatro escolar.
  • La fotografía de Eliot Rockett: Un homenaje al cine analógico que huele a celuloide quemado y a sudor adolescente, con un grano que es más sensual que cualquier escena de sexo de la película.

Lo peor

  • El manual del slasher, capítulo 1: West sigue las reglas del género con tanta devoción que parece que le han amenazado con quitarle el carnet de director si se sale del guion.
El látex de Pearl: En algunos planos, el maquillaje de la anciana asesina parece sacado de un episodio de The Muppets, aunque la interpretación de Goth lo salva in extremis*.

El Veredicto de Claqueta Ácida (8.5/10)

X es esa rara avis que logra ser a la vez un slasher clásico y una película de autor con ínfulas freudianas. Ti West demuestra que se puede hacer cine de terror inteligente sin caer en el pretenciosismo de los elevated horror de moda, y que el sexo y la violencia pueden ser tan artísticos como un cuadro de Bacon si se filman con la suficiente audacia. Es sudorosa, lasciva, sangrienta y, sobre todo, necesaria: un recordatorio de que el cine de terror no tiene por qué ser estúpido para ser divertido. Ahora, si me disculpan, voy a verla de nuevo. Pero esta vez, con las luces apagadas. Por si acaso.

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¿Qué significa el final de X?

En el clímax, Pearl (Mia Goth), la anciana dueña de la granja, descubre que Maxine (también Goth) es joven, hermosa y sexualmente libre, todo lo que ella ya no es. En un arrebato de envidia y lujuria reprimida, la persigue con un hacha mientras la banda sonora emula los gritos de éxtasis de las películas porno que tanto odia. Maxine termina matando a Pearl y a su marido Howard, y escapa en la furgoneta. Simbólicamente, el final significa que la juventud y el deseo sexual son fuerzas imparables que la moral cristiana rural, el envejecimiento y la represión puritana no pueden contener. Pearl no es solo una asesina: es la encarnación del puritanismo americano que, incapaz de follar o de envejecer con dignidad, solo puede destruir lo que le recuerda su propia decadencia. Maxine sobrevive porque encarna el futuro: descarada, sexual y filmable. El slasher analógico devora a sus propios fantasmas.
🩺

Ficha de Daños Colaterales en Sala

Certificado de impacto psicofísico emitido por Maximiliano Z.

🛡️ Supervivencia Épica
🥱 Bostezómetro

Ni un solo parpadeo voluntario. El asiento, inusualmente cómodo.

⏱️ Miradas de Pánico al Reloj

El móvil permaneció en el bolsillo donde debía estar.

😬 Índice de Cringe Ajeno 1.5/10
☕ Prescripción Terapéutica

Ninguna. Guarda el café para la sesión siguiente.

💥 Punto de Descarrilamiento

"No hubo. La coherencia se mantuvo hasta el último fotograma."

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