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Perros Verdes ⚡ Ácido Cítrico

28 años después — El templo de los huesos: cuando el cine de culto se tropieza con su propia sombra

Una secuela que huele a podrido desde el primer fotograma. Garland y DaCosta intentan revivir el género, pero el resultado es un KO técnico disfrazado de obra maestra.

✍️ Por: Camilo K.O.
🎬 Director: Nia DaCosta
⏱️ Lectura: 12 min
⚡ Ácido Cítrico 7.1/10
Crítica y fotograma de la película 28 años después en Claqueta Ácida
Póster y cartel oficial de la película 28 años después

Crítica de 28 años después: El templo de los huesos

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28 años después: El templo de los huesos: cuando el cine de culto se tropieza con su propia sombra 0:00 / --:--

El primer plano es una pesadilla en technicolor: un charco de sangre que se extiende como un mapa de carreteras hacia el infierno, iluminado por la luz enfermiza de un atardecer que parece sacado de un cuadro de Bacon. La cámara no parpadea, no respira, se clava en el barro como un buitre esperando su turno. Y entonces, como un puñetazo en la boca del estómago, llega el sonido: un zumbido grave, casi orgánico, que te recorre la columna vertebral como un escalofrío eléctrico. Esto no es una secuela. Es un experimento fallido disfrazado de obra maestra, un Frankenstein de ideas mal cosidas que alguien se empeñó en vender como cine de culto. Pero el culto, queridos, ya tiene sus santos y sus herejes, y 28 años después: El templo de los huesos no es ni lo uno ni lo otro: es un cadáver exquisito que huele a que alguien en producción se quedó dormido en el mando a distancia mientras Garland y DaCosta intentaban revivir un género que ya estaba muerto y enterrado hace décadas. Y lo peor es que, por momentos, casi lo consiguen. Casi, pero no del todo. Porque el cine, como el amor, no perdona los errores de cálculo cuando el presupuesto es de 80 millones de dólares y el guion huele a podrido desde el primer acto. Y este huele a podrido desde el primer fotograma, con un aroma a cine de aeropuerto que no se va ni con ventilador industrial en la sala de proyección. Pero, joder, qué bien suena ese olor a podrido cuando lo comparas con el resto de la basura que nos endilgan cada viernes. Al menos, esto tiene estilo. O eso creen ellos. O eso nos quieren hacer creer. Porque en el fondo, esto es lo que pasa cuando un director de Candyman y un guionista de Ex Machina se juntan para hacer una secuela de una película que ya era un cadáver andante en 2002. Spoiler: no resucita a nadie. Solo a los créditos de producción, que deben estar frotándose las manos con esta bazofia reciclada como si fuera oro puro. Pero el público, ese pobre diablo, sale de la sala con la sensación de haber visto algo que no era ni bueno ni malo: era innecesario. Y eso, en el cine de género, es el peor de los pecados capitales. Porque el género, cuando funciona, te deja con ganas de más. Cuando no, te deja con ganas de que te devuelvan el dinero. Y esta película, queridos, te deja con ganas de que te devuelvan hasta el alma. Pero no nos adelantemos. Vamos a ver qué hay bajo el capó de este desastre con pretensiones de obra maestra, porque incluso un coche siniestrado tiene algo que enseñar si sabes dónde mirar. Y en este caso, lo que hay que mirar es cómo se las apañan Garland y DaCosta para convertir un concepto que ya olía mal en 2002 en algo que apesta a nostalgia barata y a decisiones creativas tomadas a las 3 de la mañana entre botellas de whisky y discusiones sobre el color de la sangre en el fotograma 47. Porque esto no es una secuela. Es un remake encubierto, un reboot disfrazado de continuación, y lo peor es que ni siquiera tiene la decencia de ser divertida. O al menos, no lo suficiente como para justificar los 80 millones de dólares que alguien se gastó en esto. Pero, como diría un boxeador borracho en un bar de mala muerte: "si tienes que pegar, pega fuerte". Y aquí, al menos, el golpe llega. Aunque sea con guantes de boxeo llenos de mierda.

28 años después: El templo de los huesos still 1
28 años después: El templo de los huesos still 1

Dirección y puesta en escena: Nia DaCosta o cómo convertir un apocalipsis en un catálogo de IKEA

DaCosta llega con el currículum de Candyman y The Marvels, dos películas que demostraron que sabe manejar el terror y la acción con un estilo visual innegable. Pero aquí, ese estilo se convierte en un lastre. Porque lo que en Candyman era atmósfera opresiva y en The Marvels era caos controlado, aquí es pura afectación. La directora se empeña en llenar cada plano de simbolismo barato: los huesos que se acumulan como decoración de Halloween, los espejos que reflejan no solo a los personajes, sino también su mediocridad, los planos cenitales que pretenden ser poéticos pero que solo logran que el espectador se sienta como un insecto bajo un microscopio. Y lo peor es que, en su afán por impresionar, DaCosta olvida lo más básico del cine: contar una historia. Porque esto no es una película. Es una sucesión de imágenes bonitas que no llevan a ningún sitio. Como cuando Jimmy Crystal (Jack O'Connell, en un papel que parece sacado de un cómic de villanos de segunda) aparece en pantalla con un traje blanco impecable mientras el mundo se desmorona a su alrededor. La directora quiere que veamos en él al nuevo gran villano del cine de género, pero lo único que vemos es un tipo con un traje caro y una sonrisa de tiburón que parece sacada de un anuncio de colonia. Y no, no es exagerado. Es la pura verdad. Porque O'Connell, que en SAS: Rogue Heroes demostró que puede hacer de todo, aquí se ve atrapado en un papel que no es ni carne ni pescado: es un villano de opereta que no da miedo ni aunque le dispares en la cabeza. Y DaCosta, en lugar de corregir el rumbo, se empeña en ahondar en la afectación. Como en la secuencia en la que Spike (Alfie Williams) y los demás supervivientes entran en el templo de los huesos, un lugar que parece diseñado por un arquitecto que nunca ha visto un hueso en su vida. Los pasillos son demasiado limpios, los huesos demasiado ordenados, la iluminación demasiado artificial. Es como si DaCosta hubiera confundido el terror con la decoración de interiores. Y el resultado es un espacio que parece sacado de un episodio de The Walking Dead dirigido por Wes Anderson. Pero, ojo, que esto no es una crítica a la estética en sí. El problema es que DaCosta se obsesiona con lo visual hasta el punto de olvidar que el cine también tiene que emocionar, intrigar o, al menos, entretener. Y aquí, lo único que entretiene es ver cómo se las apañan para alargar una trama que debería haber durado 90 minutos en 109 de relleno, cameos y planos que no aportan nada. Como ese momento en el que la cámara se detiene en un hueso que brilla bajo la luz artificial, como si fuera el Santo Grial del cine de terror. Spoiler: no lo es. Es solo un hueso. Y DaCosta, en su afán por impresionar, lo convierte en el centro de atención de un plano que debería haber sido cortado en la sala de montaje. Porque esto no es cine. Es un PowerPoint mal diseñado con pretensiones de arte.

28 años después: El templo de los huesos still 2
28 años después: El templo de los huesos still 2

Guion de Alex Garland: cuando la inteligencia se convierte en pretensión

Garland es un guionista que sabe de lo que habla. Ex Machina, Annihilation, Sunshine... todas películas con ideas, con profundidad, con ese toque de ciencia ficción cerebral que las hacía destacar. Pero aquí, Garland se empeña en escribir un guion que huele a que alguien le obligó a ver 28 Days Later en bucle durante una semana antes de sentarse a escribir. Porque el resultado es una mezcla de ideas recicladas, diálogos que suenan a traducción automática de un idioma que nadie habla y una trama que se desmorona como un castillo de naipes en cuanto le soplas fuerte. El problema no es que la historia sea mala. El problema es que es innecesaria. Porque Garland toma el universo de 28 Days Later, le añade un templo de huesos que parece sacado de un sueño de un niño de cinco años con pesadillas, y luego se empeña en llenarlo de personajes que no tienen profundidad, motivaciones que no convencen y un villano que, en lugar de aterrar, da risa. Como Jimmy Crystal, ese tipo con traje blanco y sonrisa de psicópata que parece sacado de un cómic de los 80. Garland quiere que lo veamos como un villano complejo, un tipo que ha sobrevivido al apocalipsis y que ahora busca venganza. Pero lo único que vemos es un tipo con un traje caro y una sonrisa que parece decir "soy el malo, pero no sé por qué". Y el guion, en lugar de profundizar en su psicología, se empeña en llenar el templo de huesos de simbolismo barato: los huesos como metáfora de la humanidad perdida, los espejos como reflejo de la locura, los pasillos como laberinto de la culpa... Todo tan obvio que hasta un niño de primaria lo entendería. Y lo peor es que Garland, que en otras películas demostró saber dosificar la información, aquí se empeña en soltar todo el pastel en los primeros 20 minutos. Como si el espectador fuera idiota. Como si no mereciera la pena esperar para descubrir qué pasa. Porque el guion no tiene misterio. No tiene tensión. No tiene esa chispa de genialidad que hacía que Ex Machina o Annihilation fueran especiales. Aquí, lo único que hay es un montón de personajes corriendo de un lado a otro mientras Garland les susurra al oído frases pretenciosas que suenan a que las escribió un algoritmo de inteligencia artificial entrenado con guiones de Joss Whedon. Y el resultado es un guion que, en lugar de sorprender, aburre. Que en lugar de emocionar, irrita. Que en lugar de entretener, te hace desear que el apocalipsis zombie durara para siempre solo por no tener que ver otra escena más de estos personajes sin alma. Porque, seamos honestos: Spike (Alfie Williams) es un cliché andante, Jimmy Ink (Erin Kellyman) es una versión cutre de Furiosa, y los demás son tan planos que parecen sacados de un videojuego de los 90. Y Garland, en lugar de corregir el rumbo, se empeña en ahondar en la mediocridad. Como ese momento en el que los supervivientes encuentran un búnker lleno de provisiones y, en lugar de celebrarlo, se ponen a discutir sobre la ética de robar comida en un mundo postapocalíptico. Spoiler: no es ético. Pero tampoco es el fin del mundo. Y Garland, en su afán por ser profundo, convierte una escena que debería ser tensa en un debate universitario sobre moralidad en tiempos de crisis. Y el resultado es tan ridículo que hasta los personajes parecen darse cuenta de que están en una película mala. Pero, como diría un boxeador borracho: "si tienes que pegar, pega fuerte". Y aquí, al menos, el guion tiene un momento de lucidez: la escena en la que Jimmy Crystal le explica a Spike su filosofía de supervivencia. Es un diálogo tan ridículo, tan lleno de frases hechas y simbolismo barato, que por un segundo crees que Garland se ha dado cuenta de que esto es una mierda y ha decidido reírse de sí mismo. Pero no. Es solo otro momento de pretensión en una película que ya tiene demasiados. Porque Garland, que en otras películas demostró saber dosificar la inteligencia, aquí se empeña en ahogar al espectador en un mar de frases pomposas y situaciones forzadas. Y el resultado es un guion que, en lugar de ser inteligente, es solo pretencioso. Y eso, en el cine, es el peor de los pecados.

Actuaciones: Jack O'Connell o el arte de robar escenas sin querer

El reparto de 28 años después: El templo de los huesos es un desfile de caras conocidas y desconocidas que parecen haber firmado un contrato con el diablo: trabajar en una película mala a cambio de un cheque gordo. Y el único que parece darse cuenta de que esto es una trampa es Jack O'Connell, que se lanza a su papel como Jimmy Crystal con la misma intensidad con la que un boxeador se lanza al ring: sin miedo, pero también sin esperanza. O'Connell es un actor que sabe lo que hace. En SAS: Rogue Heroes demostró que puede hacer de todo, desde el héroe hasta el villano, pasando por el tipo que se cae de un caballo en cámara lenta. Y aquí, en su papel de Jimmy Crystal, hace lo mismo: se lanza al vacío sin red, sabiendo que el guion es una basura pero que, al menos, puede darle un toque de humanidad a un personaje que, de otro modo, sería un cliché andante. Y el resultado es un villano que, aunque no da miedo, al menos tiene carisma. Porque O'Connell logra que Jimmy Crystal no sea solo un tipo con traje caro y sonrisa de tiburón, sino un personaje con capas, con motivaciones, con esa chispa de locura que lo hace interesante. Y eso, en una película que huele a podrido desde el primer fotograma, es un milagro. Porque el resto del reparto no tiene tanta suerte. Alfie Williams, como Spike, parece un actor que ha sido drogado con somníferos antes de cada toma. Su personaje es un cliché andante: el superviviente noble, el tipo que siempre tiene la razón, el que nunca se equivoca. Y Williams, en lugar de darle vida, lo convierte en un zombie emocional. Como si el actor hubiera decidido que, si no podía hacer que el personaje fuera interesante, al menos podía hacer que fuera aburrido. Y lo logra. Porque Spike no es un personaje. Es un maniquí con ropa de superviviente. Erin Kellyman, como Jimmy Ink, tiene más suerte: al menos su personaje tiene un arco, aunque sea uno tan plano que parece sacado de un cómic de los 80. Pero Kellyman, en lugar de aprovecharlo, se limita a recitar diálogos como si estuviera en un ensayo de teatro de instituto. Y el resultado es una actriz que, en lugar de brillar, se ahoga en un papel que no merece. Lo mismo pasa con el resto del reparto: Maura Bird, Ghazi Al Ruffai, Robert Rhodes y Emma Laird hacen lo que pueden con unos personajes que no tienen profundidad, motivaciones que no convencen y un guion que los arrastra como un río de lodo. Y el resultado es un elenco que, en lugar de elevar la película, la hunde más en el barro.

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28 años después: El templo de los huesos: preguntas frecuentes

¿Qué nota tiene "28 años después: El templo de los huesos" en Claqueta Ácida?
"28 años después: El templo de los huesos" tiene una nota de 7.1/10 en Claqueta Ácida según el análisis publicado por Camilo K.O..
¿Merece la pena ver "28 años después: El templo de los huesos"?
Con reservas. Le damos un 7,1/10 (Ácido Cítrico), nuestra categoría para obras irregulares que tienen algo que rescatar.
¿Quién dirigió la película "28 años después: El templo de los huesos"?
"28 años después: El templo de los huesos" fue dirigida por Nia DaCosta.
🩺

Ficha de Daños Colaterales en Sala

Certificado de impacto psicofísico emitido por Camilo K.O.

⚡ Desgaste Moderado
🥱 Bostezómetro

3 amagos en el tramo intermedio; pestañeo pesado en las transiciones más innecesarias.

⏱️ Miradas de Pánico al Reloj

Un par de miradas al reloj en el tramo intermedio, comprobando cuánto quedaba de suplicio.

😬 Índice de Cringe Ajeno 0.7/10
☕ Prescripción Terapéutica

1 espresso para no dejarse vencer por la mediocridad cómoda.

💥 Punto de Descarrilamiento

"A mitad del segundo acto cuando la subtrama secundaria empezó a pesar más de lo que aportaba."

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