Adolescencia, sexo y muerte en campamento Miasma — El slasher que huele a sudor adolescente y a guion reciclado
Jane Schoenbrun convierte un campamento de verano en un vertedero de hormonas y clichés. ¿Arte o autopsia de un subgénero moribundo?
Dirección: El arte de ahogarse en un vaso de agua
Jane Schoenbrun tiene un ojo clínico para capturar la incomodidad, eso hay que reconocérselo. En We’re All Going to the World’s Fair, logró convertir la alienación digital en algo tan tangible que podías oler el sudor de la soledad a través de la pantalla. Pero aquí, su dirección parece más un ejercicio de estilo que una exploración genuina. Cada plano está tan calculado, tan curado, que acaba sintiéndose como un mood board de Pinterest en movimiento. Schoenbrun quiere que sintamos el peso de la madurez y la disforia, pero lo único que consigue es que nos pesen los párados. Las escenas de metraje dentro del campamento ficticio, por ejemplo, están filmadas con esa estética de slasher de serie B que parece sacada de un vídeo de reclutamiento de la YMCA: actores posando, haciendo hiking con sonrisas falsas, como si estuvieran en un anuncio de cereales en lugar de en una pesadilla delirante. Y cuando intenta ser oscura, el resultado es tan forzado que parece un sketch de Saturday Night Live sobre cómo hacer una película de terror indie. El montaje, por su parte, oscila entre el jump scare predecible de las cintas antiguas y el slow burn autoral que quema tanto que acaba siendo ceniza antes de llegar a algo interesante. En resumen: Schoenbrun tiene talento, pero aquí lo malgasta en una película que parece más un collage de referencias meta-cinematográficas que una obra con identidad propia.
Actores: Salvando los muebles en un incendio
El reparto hace lo que puede con un material que parece escrito en una servilleta de bar después de tres shots de tequila. Hannah Einbinder es, con diferencia, la mejor parada: su carisma y su timing cómico —sí, incluso intentando levantar a un personaje tan obsesivo como la directora Kris— logran que sus escenas tengan algo de vida, aunque sea la vida artificial de un maniquí en una tienda de fast fashion. Gillian Anderson, por su parte, parece estar en otra película, una mejor, una que no existe. Su personaje, la reclusiva ex-actriz Billy Preston que vive atormentada por haber sido la final girl original, tiene sobre el papel la profundidad de un charco, pero Anderson le inyecta una gravitas que hace que cada una de sus apariciones en este juego especular sea como un oasis en medio del desierto. El resto del reparto, sin embargo, naufraga en un mar de diálogos que suenan como si hubieran sido escritos por un algoritmo de fanfiction: «¿Por qué siempre tenemos que escondernos?»; «No es justo que el mundo nos obligue a crecer»; «El campamento es como una metáfora de la vida». Por favor. Si esto es lo que pasa por profundo en el cine indie actual, no nos extraña que la gente prefiera ver reality shows en TikTok. Amanda Fix (haciendo de la versión joven de Billy) y Arthur Conti intentan dar vida a sus roles en los flashbacks, pero acaban pareciendo dos actores en un taller de interpretación leyendo guiones con la emoción de quien lee la lista de la compra. Y luego está Zach Cherry, cuyo personaje es tan irrelevante que bien podría ser un easter egg metido con calzador para los fans de Severance. En resumen: el reparto merecía algo mejor, algo que no sonara a mad libs de terror adolescente.
Apartado técnico: Cuando el glitch no es arte, sino un error
El guion de Schoenbrun es un Frankenstein de clichés de la cultura pop desarmados sin gracia: la diva misteriosa, la realizadora pretenciosa que quiere revivir un "IP zombie", y un giro argumental psicosexual que se ve venir desde el minuto uno como si estuviera iluminado con luces de neón. Pero lo peor no es que sea predecible, sino que sea aburrido. Los diálogos son planos, las motivaciones de los personajes mutan sin sentido dramático, y la trama avanza como un zombi con artritis: lentamente y sin rumbo. La fotografía de Eric K. Yue, por otro lado, intenta evocar esa estética grunge de textura analógica, pero acaba pareciendo el resultado de aplicar un filtro de VHS mal renderizado. Los planos nocturnos en los exteriores de British Columbia son tan oscuros que parecen filmados en una cueva, y las escenas de día tienen esa saturación excesiva que despoja al bosque de cualquier mística. El diseño de sonido, por su parte, es tan discreto que bien podría no existir: los golpes de efecto suenan como si alguien hubiera golpeado una olla con una cuchara de madera, y la banda sonora de Alex G es tan genérica en comparación con sus trabajos previos que podrías escucharla en cualquier producción de saldo de plataformas. En cuanto al diseño de producción, el campamento recreado parece sacado de un catálogo minimalista: todo es tan extrañamente pulcro que cuesta creer que allí se esté gestando una espiral de delirio sangriento. Y no hablemos del maquillaje y los efectos prácticos de las muertes ficticias de la saga dentro de la película, que parecen hechos por alguien que vio The Thing una vez y decidió que podía replicarlo con plastilina y pintura de dedos. En resumen: el apartado técnico de Adolescencia, sexo y muerte en campamento Miasma es como un slasher en sí mismo, pero en lugar de matar personajes, mata la paciencia del espectador.
Lo mejor
- Hannah Einbinder: La única que logra que sus diálogos suenen a algo orgánico. Tiene química con la cámara y, por momentos, parece la única adulta en el set de rodaje.
- Gillian Anderson: Cada vez que aparece en pantalla, la película recuerda que alguna vez tuvo ambición. Su presencia magnética como mito roto es como un faro en medio de la niebla, aunque la niebla acabe tragándosela.
- La premisa meta-cinematográfica: En teoría, diseccionar el trauma de una final girl real frente a un reboot moderno es una idea excelente. En la práctica, es como mezclar vino con refresco de cola: el resultado es dulce, pero difícil de tragar.
- Algunos planos: Hay momentos aislados en los que la fotografía de Eric K. Yue logra capturar esa atmósfera opresiva y densa de los alojamientos veraniegos, aunque sean pocos y espaciados.
Lo peor
- El guion: Un ejercicio de deconstrucción del terror que parece escrito por alguien que solo ha consumido ensayos cinematográficos de YouTube mientras hacía scroll en su teléfono. Los diálogos pretenden ser de culto pero se quedan en la superficie.
- El ritmo: Oscila entre el slow burn pretencioso y el estatismo de un accidente de tráfico. Hay escenas de interacción entre las dos protagonistas que duran tanto que uno empieza a preguntarse si el editor se quedó dormido.
- El asesino "Little Death": Tan desaprovechado conceptualmente como recurso de terror que pierde toda la gracia de ser el monstruo icónico de la saga. Su motivación y presencia son vagas e insustanciales.
- Los personajes secundarios: Ninguno tiene profundidad, motivación o carisma fuera del dúo principal. Son puros muñecos de cartón metidos para rellenar el ecosistema del campamento.
- El final: Predecible, anticlimático y tan satisfactorio como un chicle sin azúcar. Uno espera que el clímax delirante explote de verdad, pero se ahoga en su propia ambigüedad pretenciosa.
- La banda sonora: Deslucida y plana para lo que nos tiene acostumbrados el compositor habitual de Schoenbrun. No hay identidad, no hay personalidad, solo ruido ambiental de fondo.
El Veredicto de Claqueta Ácida
Adolescencia, sexo y muerte en campamento Miasma es el tipo de película que los algoritmos festivaleros amarán y los amantes del terror puro temerán. No es lo suficientemente mala como para ser divertida en plan serie B, ni lo suficientemente sólida como para ser memorable. Es, en el mejor de los casos, un experimento fallido de deconstrucción queer; en el peor, un síntoma de una realizadora que confunde el glitch y la pose con el arte transgresor. Jane Schoenbrun tiene talento, pero aquí lo malgasta en un collage de referencias que carece de la fuerza de sus obras previas. El reparto principal hace milagros para salvar los muebles, pero el guion las arrastra al abismo en una noche sin luna. En resumen: si buscas una película de terror que te haga reflexionar sobre la adolescencia y el género, ve a ver It Follows o revisita I Saw the TV Glow. Si buscas una película de campamentos que te divierta, ve a ver Tucker & Dale vs. Evil. Y si buscas una película que te haga cuestionar el estado del terror de autor amparado por MUBI, quédate con esta. Pero no digas que no te avisamos. 💀
🎬 Tráiler Oficial
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¿Qué significa el final de Adolescencia, sexo y muerte en campamento Miasma?
Ficha de Daños Colaterales en Sala
Certificado de impacto psicofísico emitido por Maximiliano Z.
3 amagos en el tramo intermedio; pestañeo pesado en las transiciones más innecesarias.
Minuto 39 y minuto 67 (comprobando cuánto quedaba de suplicio).
1 espressos para no dejarse vencer por la mediocridad cómoda.
"A mitad del segundo acto cuando la subtrama secundaria empezó a pesar más de lo que aportaba."
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