🎬 CLAQUETA ÁCIDA
Perros Verdes ⚡ Ácido Cítrico

Alpha — Julia Ducournau y el Tatuaje que No Salva Nada

Julia Ducournau firma un drama adolescente con pretensiones de cuerpo y alma, pero solo logra un tatuaje mal curado en el brazo del cine francés.

✍️ Por: Odin Lagbert
🎬 Director: Julia Ducournau
⏱️ Lectura: 11 min
⚡ Ácido Cítrico 6/10
Crítica y fotograma de la película Alpha en Claqueta Ácida
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Alpha: Julia Ducournau y el Tatuaje que No Salva Nada 0:00 / --:--

El cine de Julia Ducournau siempre ha sido un acto de fe. Una apuesta por lo corporal, lo visceral, lo que late bajo la piel y, a veces, lo que supura. Tras el éxito de Raw (2016), esa ópera prima caníbal que escupió en la cara del cine de terror convencional, y el festivalero Titane (2021), que le valió la Palma de Oro y un ejército de fans que confundieron el exceso con el genio, la directora francesa parecía destinada a convertirse en la sacerdotisa de un nuevo culto cinematográfico. Uno donde la carne es débil, pero el encuadre es sagrado. Sin embargo, Alpha, su última criatura, llega como un recordatorio incómodo: ni siquiera los dioses del cine de autor están a salvo de tropezar con sus propios fetiches. Y vaya tropezón, señores. Uno de esos que dejan moretones en forma de pretensión mal digerida y un guion que huele a perfume de supermercado barato.

La película se presenta como un drama adolescente de corte intimista, ese subgénero que los franceses han elevado a la categoría de arte desde los tiempos de la Nouvelle Vague, cuando Truffaut y Godard convirtieron el aburrimiento burgués en poesía visual. Pero aquí, en las manos de Ducournau, el aburrimiento no es poético: es clínico, casi quirúrgico. Alpha sigue a una adolescente de 13 años, interpretada por la debutante Mélissa Boros, cuyo mundo se desmorona cuando llega a casa con un tatuaje en el brazo. Un tatuaje que, oh sorpresa, no es solo un dibujo, sino el símbolo de algo más grande, más oscuro, más importante. O al menos eso es lo que nos quieren hacer creer. Porque, como en esos sueños donde crees estar corriendo pero en realidad no te mueves del sitio, Alpha avanza con la pesadez de un plano secuencia mal ejecutado, donde cada paso parece un esfuerzo titánico para llegar… a ninguna parte.

El problema no es la premisa en sí. Un tatuaje como metáfora de la rebeldía adolescente, de la búsqueda de identidad, del conflicto generacional, es un recurso tan viejo como el cine mismo. Pero Ducournau, que en Titane demostró que podía llevar lo grotesco a cotas de belleza enfermiza, aquí parece haber confundido la ambición con la simpleza. O peor aún: con la pereza. La película se mueve entre dos aguas: por un lado, quiere ser un retrato crudo de la adolescencia, con sus silencios incómodos y sus explosiones de ira contenida; por otro, aspira a ser un thriller psicológico donde el tatuaje se convierte en un McGuffin de proporciones cósmicas. El resultado es un híbrido que ni emociona ni inquieta, como un plato de comida de avión: sabes que debería alimentarte, pero al final solo te deja con hambre y un regusto a cartón.

Y luego está el reparto. Tahar Rahim, ese actor que ha pasado de ser el rostro del cine francés de autor (Un profeta, The Mauritanian) a convertirse en el Ryan Gosling de los dramas con acento exótico, aquí interpreta al padre de Alpha, un hombre cuya presencia en pantalla es tan necesaria como un agujero en la cabeza. Su actuación es correcta, sí, pero corre el riesgo de ser olvidada como un episodio de Black Mirror que viste en un vuelo transatlántico. Emma Mackey, la británica que todos recordamos por Sex Education y que ahora parece condenada a interpretar a mujeres francesas con problemas existenciales, hace lo que puede con un personaje que es poco más que un cliché con peluca. Y Golshifteh Farahani, esa actriz iraní de mirada penetrante y carrera internacional, aquí se pierde en un papel de madre ausente que parece sacado de un manual de guion para principiantes. Pero si hay alguien que merece un aplauso, aunque sea por pura resistencia, es Mélissa Boros, la joven protagonista. Boros carga con el peso de un personaje que oscila entre lo trágico y lo insoportable, como un funambulista sin red en un circo de suburbio. Su Alpha es frágil, pero no débil; rebelde, pero no estúpida. Lástima que el guion no le dé ni la mitad de lo que ella le da a la película.

Dirección: El encuadre que no salva

Julia Ducournau es una directora con una voz propia, eso es innegable. Su cine es físico, táctil, casi podrido en su Obsesión»" data-acid-interlink="obsesion-el-hechizo-que-convirtio-el-amor-en-pesadilla-de-plastico">obsesión por lo corporal. En Raw, esa obsesión funcionaba porque estaba al servicio de una metáfora poderosa: el despertar sexual como un acto de canibalismo literal y metafórico. En Titane, lo grotesco se convertía en poesía gracias a un montaje que parecía sacado de un sueño febril y una banda sonora que latía como un corazón en ebullición. Pero en Alpha, esa voz se vuelve monótona, predecible, como un disco rayado. Los planos secuencia, que en sus anteriores películas eran ejercicios de virtuosismo narrativo, aquí parecen más bien muletas para un guion que no sabe hacia dónde ir. La cámara se mueve con elegancia, sí, pero es una elegancia vacía, como la de un bailarín que ejecuta los pasos a la perfección pero sin alma.

Hay momentos en los que Ducournau parece recordar que sabe hacer cine. Un primer plano del tatuaje de Alpha, iluminado con una luz que parece salir de las entrañas de la tierra. Una escena en la que la protagonista se mira al espejo mientras su madre le grita, y el reflejo parece más real que la persona que lo proyecta. Pero son destellos aislados, como luciérnagas en una noche sin luna. El resto del tiempo, la película se arrastra con la lentitud de un paciente en rehabilitación, donde cada escena parece un ejercicio de fisioterapia: doloroso, necesario, pero aburrido como el infierno. Y lo peor es que Ducournau, que en Titane demostró que podía jugar con el ritmo como un director de orquesta, aquí parece haber olvidado que el cine también es tiempo. Tiempo bien medido, tiempo robado, tiempo que duele. En Alpha, el tiempo simplemente se estanca, como agua en un charco.

Actuaciones: El reparto que merecía más

Si hay algo que salva a Alpha del naufragio total, son las actuaciones. No porque sean brillantes, sino porque al menos intentan dar vida a un guion que parece escrito con los pies. Mélissa Boros es, sin duda, la revelación. Su Alpha es un personaje complejo, lleno de matices, y la joven actriz logra transmitir esa mezcla de vulnerabilidad y rebeldía con una naturalidad que desarma. Hay una escena en particular, en la que Alpha se enfrenta a su madre en la cocina, donde Boros demuestra que tiene el talento necesario para llevar una película. El problema es que el guion no le da muchas más oportunidades como esa. El resto del tiempo, su personaje se limita a caminar por la ciudad con cara de pocos amigos, como si fuera el personaje secundario de una película de los hermanos Dardenne.

Tahar Rahim, por su parte, hace lo que puede con un personaje que es poco más que un fantasma con barba. Su padre es un hombre roto, sí, pero también es un cliché andante: el padre ausente que de repente quiere reconectar con su hija, el hombre que llora en silencio mientras mira fotos antiguas, el tipo que dice frases profundas como si estuviera en un anuncio de perfumes. Rahim, que ha demostrado en otras películas que puede ser un actor extraordinario, aquí parece estar en modo piloto automático, como si supiera que su personaje no da para más y hubiera decidido ahorrar energía para proyectos futuros.

Y luego está Golshifteh Farahani, cuya presencia en pantalla es tan magnética que duele verla desperdiciada en un papel tan plano. Su madre es una mujer fría, distante, casi inhumana, pero el guion no se molesta en explorar por qué. ¿Es por el trauma? ¿Por la depresión? ¿Por simple indiferencia? No lo sabemos, y al final, su personaje se convierte en poco más que un obstáculo narrativo, una excusa para que Alpha tenga algo contra lo que rebelarse. Mackey, por su parte, tiene un papel tan secundario que casi parece un cameo. Su personaje, una especie de mentora espiritual para Alpha, aparece y desaparece como un fantasma con resaca, sin dejar huella ni en la trama ni en el espectador.

Apartado técnico: Lo que brilla y lo que apesta

Si algo no se le puede negar a Alpha es su factura técnica. La fotografía de Ruben Impens, colaborador habitual de Ducournau, es impecable. Los planos están cuidados al detalle, con una paleta de colores que oscila entre los azules fríos de la depresión y los rojos cálidos de la rebeldía. Hay una escena en la que Alpha camina por un túnel iluminado por luces neón, y el efecto es tan hipnótico que casi logras olvidar que la trama no va a ninguna parte. Casi. El problema es que, como en un cuadro hiperrealista, la belleza técnica no siempre sirve para ocultar la falta de sustancia. Es como admirar un Ferrari con el motor de un Seat Ibiza: por fuera es una maravilla, pero por dentro no tiene nada que ofrecer.

El diseño de producción, por su parte, es funcional, pero anodino. Los escenarios, desde el apartamento de Alpha hasta el instituto al que asiste, parecen sacados de un catálogo de IKEA: bonitos, pero genéricos. No hay nada en ellos que hable de los personajes, de su mundo interior, de sus conflictos. Son espacios vacíos, como el guion. Y el vestuario, aunque adecuado, no aporta nada más allá de lo obvio: Alpha viste como una adolescente rebelde, su madre como una mujer que ha renunciado a la vida, y su padre como un hombre que intenta recuperar su juventud perdida. Nada que no hayamos visto mil veces antes.

La banda sonora, compuesta por Jim Williams, es otro de los puntos fuertes. Williams, que ya trabajó con Ducournau en Titane, crea una partitura que oscila entre lo etéreo y lo opresivo, como si Björk y John Carpenter hubieran tenido un hijo bastardo. Hay momentos en los que la música logra elevar escenas que, de otro modo, caerían en el ridículo. Pero incluso aquí, el problema es el mismo: la banda sonora intenta salvar lo que el guion no puede. Es como ponerle un vestido de alta costura a un maniquí de cartón: por un momento, parece real, pero al final solo es un adorno.

Lo mejor

  • La actuación de Mélissa Boros: Una revelación. La joven actriz logra dar vida a un personaje complejo con una naturalidad que desarma.
  • La fotografía de Ruben Impens: Impecable, con una paleta de colores que oscila entre lo frío y lo cálido, creando imágenes hipnóticas.
  • La banda sonora de Jim Williams: Una partitura que oscila entre lo etéreo y lo opresivo, capaz de elevar escenas que, de otro modo, caerían en el ridículo.
  • Algunos momentos visuales: Hay destellos de genio en la dirección de Ducournau, como ese primer plano del tatuaje de Alpha iluminado con una luz casi sobrenatural.

Lo peor

  • El guion: Un híbrido confuso que no sabe si quiere ser un drama adolescente, un thriller psicológico o un manifiesto sobre la rebeldía juvenil. Al final, no es ninguna de las tres cosas.
  • El ritmo: La película se arrastra como un paciente en rehabilitación, con escenas que parecen ejercicios de fisioterapia: dolorosas, necesarias, pero aburridas como el infierno.
  • Los personajes secundarios: Tahar Rahim, Golshifteh Farahani y Emma Mackey merecían más. Sus personajes son clichés andantes, fantasmas sin profundidad.
La pretensión: Ducournau parece haber confundido la ambición con la simpleza. Alpha* quiere ser profunda, pero al final solo es un tatuaje mal curado: duele, molesta y no sabes por qué lo hiciste.
  • La falta de coherencia: La película oscila entre lo poético y lo pedestre, sin encontrar nunca un equilibrio. Es como un plato de comida de avión: sabes que debería alimentarte, pero al final solo te deja con hambre.

El Veredicto de Claqueta Ácida

Alpha es el tipo de película que te deja con una sensación incómoda, como si acabaras de salir de una cita a ciegas con alguien que parecía interesante en Instagram pero que en persona no tiene nada que decir. Julia Ducournau demuestra, una vez más, que sabe hacer cine. El problema es que esta vez parece haber olvidado para qué. La película tiene destellos de genio, momentos en los que la fotografía, la música y las actuaciones logran elevarla por encima de su guion mediocre. Pero al final, Alpha es como un tatuaje mal hecho: duele, molesta, y no sabes muy bien por qué lo hiciste. Un 6 sobre 10 que sabe a poco, como un aperitivo que promete un banquete pero que al final solo te deja con hambre. Y con ganas de borrarlo todo. 💀

🎬 Tráiler Oficial

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¿Qué significa el final de Alpha?

El clímax de *Alpha* ocurre cuando la protagonista, tras meses de rebeldía y rechazo familiar, se rebela violentamente contra su madre en el baño de casa. En un acto de furia desesperada, intenta arrancarse el tatuaje con una cuchilla de afeitar, desgarrando su propia carne en un plano fijo implacable que dura casi tres minutos. La madre la detiene, pero el daño ya está hecho: la herida supura y la relación se rompe de forma irreversible. La película termina con la chica sola en su habitación, mirando el tatuaje infectado y deformado en el espejo, sin redención ni epifanía. Simbólicamente, el desenlace significa el fracaso absoluto del gesto corporal como salvación. El tatuaje, que pretendía ser un acto de afirmación identitaria y autonomía, solo revela su inutilidad: ni marca, ni transforma, ni libera. Ducournau certifica aquí la bancarrota de su propio imaginario: la carne ya no habla, solo duele y se pudre. El cuerpo no salva nada.
🩺

Ficha de Daños Colaterales en Sala

Certificado de impacto psicofísico emitido por Odin Lagbert

⚡ Desgaste Moderado
🥱 Bostezómetro

3 amagos en el tramo intermedio; pestañeo pesado en las transiciones más innecesarias.

⏱️ Miradas de Pánico al Reloj

Minuto 41 y minuto 67 (comprobando cuánto quedaba de suplicio).

😬 Índice de Cringe Ajeno 2.7/10
☕ Prescripción Terapéutica

1 espresso para no dejarse vencer por la mediocridad cómoda.

💥 Punto de Descarrilamiento

"A mitad del segundo acto cuando la subtrama secundaria empezó a pesar más de lo que aportaba."

💬 El Veredicto de la Comunidad

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