American Psycho — El espejo roto de Wall Street (y el nuestro)
Christian Bale destripa el capitalismo con un hacha y un traje de Armani. Mary Harron lo filma como si fuera un anuncio de colonia. ¿Obra maestra o manual de estilo para yuppies?
El año 2000 fue el del fin del mundo, o al menos eso nos hicieron creer. Mientras el planeta se preparaba para el apocalipsis tecnológico del Y2K, Mary Harron y Christian Bale se colaban en las salas de cine con American Psycho, una película que parecía diseñada para ofender a todos: a los fans de Bret Easton Ellis, a los moralistas de turno, a los ejecutivos de Wall Street y hasta a los propios productores, que no entendieron qué demonios estaban financiando. Lionsgate, en un alarde de valentía o de desesperación, apostó por un presupuesto de apenas 7 millones de dólares para adaptar la novela más polémica de los 90, un libro que su propio autor había descrito como «una comedia negra sobre un hombre que odia a las mujeres». Harron, sin embargo, no estaba interesada en hacer una película de terror al uso. Su American Psycho no es un slasher, ni un thriller psicológico, ni siquiera un drama sobre la locura. Es un espejo deformante de la América de los 90, un retrato tan exagerado que duele, tan brillante que ciega, y tan vacío que te deja con ganas de vomitar (o de comprar un traje de Armani, lo que llegue primero).
El rodaje fue un infierno controlado. Bale, que por entonces era un actor de culto sin un dólar en el banco, se obsesionó con el papel hasta el punto de aislarse durante meses para perfeccionar el acento y los gestos de Bateman. Cuentan que en el set nadie se atrevía a mirarlo a los ojos fuera de cámara, como si el personaje se hubiera quedado atrapado en su cuerpo. Harron, por su parte, tuvo que lidiar con la sombra alargada de Bret Easton Ellis, quien en un principio apoyó el proyecto pero luego lo criticó públicamente por «suavizar» su obra. La directora, sin embargo, sabía exactamente lo que estaba haciendo: no quería un homenaje, sino una autopsia. Y vaya si lo logró. La película se estrenó en Sundance entre aplausos y abucheos, y aunque en taquilla no fue un bombazo (recaudó unos modestos 34 millones), su legado ha crecido como un tumor benigno: hoy es imposible imaginar el cine de los 2000 sin su influencia, desde Fight Club hasta The Wolf of Wall Street, pasando por esa legión de youtubers que recitan el monólogo de los Huey Lewis como si fuera el Padrenuestro.
Pero lo más fascinante de American Psycho no es su violencia, ni su humor negro, ni siquiera la interpretación de Bale (aunque, Dios, esa interpretación). Lo realmente aterrador es cómo la película envejece mejor que un vino caro. En 2026, con el capitalismo en fase terminal y los influencers vendiendo cursos de productividad mientras se graban cortando cabezas de lechuga en sus cocinas de diseño, Bateman ya no parece un monstruo, sino un espejo. Un espejo sucio, manchado de sangre y colonia, pero un espejo al fin y al cabo. Harron no solo predijo el futuro; lo filmó con una sonrisa y un hacha.
Y luego está ese plano final, el de Bateman confesando sus crímenes en un restaurante vacío, mientras la cámara se aleja lentamente. Nadie lo escucha. Nadie lo cree. Todos están demasiado ocupados comparando sus tarjetas de visita. Ese es el verdadero horror de American Psycho: no que Bateman sea un asesino, sino que el mundo no tiene tiempo para sus crímenes porque está demasiado ocupado siendo igual de superficial que él.
Dirección: Mary Harron y el arte de reírse en la cara del capitalismo
Mary Harron no dirige American Psycho; la desmonta como si fuera un reloj suizo para luego volver a armarla con las piezas equivocadas. Su mayor acierto es entender que la violencia en la película no es el punto, sino el telón de fondo. Lo que realmente importa es el vacío existencial de Bateman, ese agujero negro que intenta llenar con trajes de diseñador, citas en restaurantes caros y, cuando todo falla, con un hacha. Harron filma cada asesinato con una frialdad clínica que roza lo cómico, como si estuviera documentando los hábitos de un animal exótico. El resultado es una película que te hace reír y luego te deja un regusto amargo en la boca, como si acabaras de tragarte un cóctel de champán y sangre.
El guion, coescrito con Guinevere Turner, es una obra maestra de la sátira. Cada diálogo suena a manual de autoayuda para yuppies psicópatas: «No quiero vender nada, comprar nada ni procesar nada como un producto. Tampoco quiero que nadie venda, compre o procese nada como un producto». Bateman lo dice mientras se aplica una mascarilla facial, y la ironía es tan espesa que podrías cortarla con un cuchillo. Harron y Turner toman los peores excesos de la cultura corporativa de los 90 y los exageran hasta el absurdo, pero nunca hasta el punto de perder la conexión con la realidad. Eso es lo que duele: que todo suena demasiado familiar.
El ritmo es otro de los puntos fuertes. La película avanza como un tren de mercancías: lento al principio, acelerando poco a poco, hasta que de repente estás en medio de un asesinato con un taladro y no sabes cómo has llegado ahí. El montaje, a cargo de Andrew Marcus, es impecable, especialmente en las escenas de transición, donde Harron juega con el sonido y la imagen para crear una sensación de desconexión total. Un momento estás viendo a Bateman cenar con sus amigos, al siguiente estás en su apartamento, escuchando a Phil Collins mientras se prepara para matar. La música es clave aquí: no es un acompañamiento, sino un personaje más, tan vacío y superficial como el mundo que retrata.
Actuaciones: Christian Bale y el resto del reparto (que son decorado)
Christian Bale no interpreta a Patrick Bateman. Lo encarna con una precisión quirúrgica que da miedo. Su voz, ese susurro nasal y afectado, es como uñas en una pizarra, pero de una manera deliberadamente hipnótica. Cada gesto, cada mirada, cada sonrisa falsa está calculada para transmitir la superficialidad absoluta de su personaje. Bale no solo se mete en la piel de Bateman; se convierte en él, hasta el punto de que es imposible imaginar a otro actor en el papel. Cuando recita el monólogo de los Huey Lewis, lo hace con una pasión que roza lo patético, como si estuviera hablando de su religión. Y en cierto modo, lo es.
El resto del reparto, sin embargo, parece sacado de un catálogo de modelos de Wall Street. Justin Theroux, Josh Lucas y Bill Sage hacen lo que pueden con personajes que son poco más que accesorios humanos, diseñados para resaltar la soledad de Bateman. Chloë Sevigny, en el papel de Jean, la secretaria enamorada de él, tiene algunos momentos brillantes, especialmente en la escena en la que Bateman la invita a cenar y ella, sin darse cuenta, está a punto de convertirse en su próxima víctima. Reese Witherspoon, por su parte, está desaprovechada como Evelyn, la prometida de Bateman. Su personaje es poco más que un estereotipo de mujer superficial, y aunque Witherspoon lo interpreta con gracia, el guion no le da ni una sola oportunidad de brillar.
Pero el verdadero secundario de lujo es el apartamento de Bateman. Espejos por todas partes, muebles de diseño, una colección de discos que parece sacada de un catálogo de los 80. El diseño de producción, a cargo de Gideon Ponte, es tan meticuloso que duele. Cada objeto en pantalla está ahí por una razón: para recordarnos que Bateman no es un hombre, sino una marca. Una marca que se desmorona poco a poco, como sus uñas perfectamente cuidadas después de un asesinato.
Lo mejor
- La interpretación de Christian Bale: Un trabajo de método llevado al extremo. Bale no actúa: posee. Su Patrick Bateman es a la vez repulsivo y fascinante, un monstruo que podrías cruzarte en cualquier fiesta de cócteles.
- El guion de Mary Harron y Guinevere Turner: Una sátira tan afilada que podría cortar diamantes. Cada diálogo es una puñalada disfrazada de cumplido, cada escena una crítica velada al capitalismo tardío.
- La fotografía de Andrzej Sekuła: Fría, impersonal, casi publicitaria. Los planos de Bateman aplicándose cremas o haciendo flexiones son obras de arte del vacío existencial.
- La banda sonora: Desde los Huey Lewis hasta los Genesis, pasando por Whitney Houston, la música no es un acompañamiento, sino un comentario irónico sobre la cultura pop de los 80 y 90.
- El final: Ese plano de Bateman confesando sus crímenes en un restaurante vacío, mientras la cámara se aleja y nadie lo escucha. Es el resumen perfecto de la película: un grito en el vacío.
Lo peor
- Reese Witherspoon: Su personaje, Evelyn, es tan plano que parece un cartel. Witherspoon hace lo que puede, pero el guion no le da ni una sola oportunidad de brillar.
Algunos momentos de humor forzado: Hay escenas, como la del vídeo de Les Misérables*, que rompen el tono de la película y parecen sacadas de una comedia adolescente.
- El ritmo en el segundo acto: La película pierde fuelle en algunos momentos, especialmente en las escenas de transición entre asesinatos. No todo el montaje es impecable.
- La falta de desarrollo de los personajes secundarios: Todos los amigos de Bateman son intercambiables, y aunque eso es parte de la crítica, a veces resulta frustrante.
- El tratamiento de la violencia: Aunque la película no es gráfica, algunos asesinatos se sienten demasiado estilizados, casi como si fueran coreografías. Eso resta impacto en ciertos momentos.
El Veredicto de Claqueta Ácida
American Psycho no es una película sobre un asesino en serie. Es una película sobre la soledad, el vacío y la Obsesión»" data-acid-interlink="obsesion-el-hechizo-que-convirtio-el-amor-en-pesadilla-de-plastico">obsesión por la imagen en un mundo que valora más las tarjetas de visita que las vidas humanas. Mary Harron y Christian Bale convirtieron un material potencialmente explotador en una sátira tan inteligente que duele, tan divertida que asusta, y tan relevante hoy como lo fue en el año 2000. No es perfecta —tiene sus momentos de flaqueza, sus personajes planos y su ritmo desigual—, pero es una de esas películas que se clavan en la memoria como un cuchillo en la pared de un apartamento de lujo. Patrick Bateman es el monstruo que todos llevamos dentro, el que se mira al espejo y no reconoce su propio reflejo. Y eso, queridos lectores, es mucho más aterrador que cualquier hacha. 💀
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Cero. La pantalla absorbió cada segundo de atención disponible.
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"No hubo. La coherencia se mantuvo hasta el último fotograma."
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