🎬 CLAQUETA ÁCIDA
Perros Verdes ⚡ Ácido Cítrico

Housebound — Cuando el terror neozelandés se queda en pijama

Gerard Johnstone firma una comedia de terror con más chistes que sustos y un reparto que salva los muebles. Nueva Zelanda, ¿dónde está tu alma gótica?

✍️ Por: Odin Lagbert
🎬 Director: Gerard Johnstone
⏱️ Lectura: 10 min
⚡ Ácido Cítrico 7.2/10
Crítica y fotograma de la película Housebound en Claqueta Ácida
Póster y cartel oficial de la película Housebound
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Housebound: Cuando el terror neozelandés se queda en pijama 0:00 / --:--

Hay películas que nacen con la ambición de ser el referente de un género y acaban siendo un simpático ejercicio de estilo que nadie recuerda al día siguiente. Housebound es una de esas. Gerard Johnstone, un director neozelandés que hasta entonces solo había firmado cortos y episodios de series locales, se propuso mezclar terror psicológico, comedia negra y drama familiar en una casa encantada que, en teoría, debería dar más miedo que un examen de física cuántica. En la práctica, sin embargo, el resultado es una película que oscila entre el encanto involuntario y la autocomplacencia, como si Johnstone hubiera visto Poltergeist y Shaun of the Dead en el mismo fin de semana y hubiera decidido que podía hacer algo igual de bueno con un presupuesto de calcetín y un reparto de actores que parecen sacados de un casting para un anuncio de yogures probióticos.

El contexto no ayuda. Nueva Zelanda no es precisamente un semillero de cine de terror. Cuando piensas en el cine kiwi, te vienen a la mente paisajes épicos de El Señor de los Anillos, dramas familiares como Whale Rider o comedias absurdas como What We Do in the Shadows. El terror, en cambio, brilla por su ausencia. Housebound intenta llenar ese vacío, pero lo hace con la torpeza de un adolescente que descubre el alcohol por primera vez: sabe que debería ser divertido, pero no termina de pillar el punto. La película se estrenó en el Festival de SXSW en 2014, donde recibió críticas tibias que oscilaban entre el «interesante» y el «¿en serio esto es lo mejor que tenéis?». El público, en cambio, la defendió con uñas y dientes, como suele pasar con las rarezas que nadie entiende pero todos quieren adoptar. En IMDb tiene un 6.3, en Rotten Tomatoes un 72% de aprobación (con un 61% de audiencia, lo que ya dice mucho) y en Filmaffinity un 5.8. Datos que, en conjunto, pintan el retrato de una película que no es mala, pero tampoco es buena: es curiosa, como un bicho raro en un tarro de cristal.

La premisa es sencilla: Kylie, una delincuente de poca monta, es condenada a arresto domiciliario en la casa de su madre, un lugar que huele a naftalina y a secretos familiares. Lo que empieza como un drama doméstico con toques de comedia negra deriva, de repente, en una historia de fantasmas, posesiones y teorías conspirativas que involucran a un vecino con pinta de asesino en serie y a un fontanero que parece sacado de un sketch de Monty Python. El problema no es la premisa, sino la ejecución. Johnstone quiere que todo funcione al mismo tiempo: el humor, el terror, el drama familiar, el misterio sobrenatural... y el resultado es una película que no termina de decidirse, como un adolescente que no sabe si quiere ser punk o ejecutivo de banca. Hay momentos brillantes, sí, pero están ahogados en un mar de escenas que parecen sacadas de un borrador que alguien olvidó pulir.

Y luego está el fantasma. O los fantasmas. O lo que sea que habita en esa casa. Porque Housebound juega con la ambigüedad hasta el hartazgo, como si Johnstone tuviera miedo de comprometerse con una explicación concreta. ¿Es un espíritu vengativo? ¿Una alucinación colectiva? ¿Un montaje de la madre para que Kylie no se vaya de casa? La película se pasa dos horas dando vueltas alrededor de estas preguntas sin atreverse a responder ninguna, como un perro que persigue su propia cola. Y cuando por fin parece que va a soltar algo contundente, se lía con un giro argumental tan absurdo que te deja con la sensación de que te han tomado el pelo. No es que el misterio sea inteligente; es que es perezoso.

Housebound still 1
Housebound still 1

Dirección y puesta en escena: el encuadre que no encuadra nada

Gerard Johnstone tiene un ojo interesante para el encuadre, eso hay que reconocérselo. Hay planos en Housebound que recuerdan, de lejos, al mejor cine de terror de los 70: ángulos bajos, sombras alargadas, ese tipo de cosas que hacen que una casa normal parezca un laberinto de pesadilla. El problema es que, en cuanto la cámara se mueve, todo se desmorona. Johnstone parece obsesionado con los planos secuencia, pero no tiene la paciencia ni el talento de un Béla Tarr o un Andrei Tarkovski para hacer que funcionen. En lugar de fluir, sus secuencias se sienten forzadas, como si alguien hubiera dicho «vamos a hacer un plano secuencia épico» y luego se hubiera olvidado de ensayar. El resultado es una película que, visualmente, es irregular: hay momentos en los que la fotografía de Simon Riera brilla (esos tonos apagados, esa paleta de grises y verdes que evocan el clima neozelandés), pero otros en los que parece que estamos viendo un episodio de CSI: Auckland.

El montaje, por su parte, es un desastre. Hay escenas que duran demasiado, otras que se cortan abruptamente, y un ritmo general que oscila entre lo frenético y lo soporífero. Johnstone quiere que Housebound sea una montaña rusa emocional, pero acaba siendo más bien un viaje en autobús con paradas inesperadas en lugares que nadie pidió visitar. Hay un momento, hacia el final, en el que la película parece que va a explotar en un clímax espectacular... y luego se queda en nada. Es como si Johnstone hubiera visto El Sexto Sentido y hubiera decidido que él también podía hacer un giro final impactante, pero sin molestarse en sembrar las pistas necesarias para que el espectador lo vea venir. El resultado es un final que deja a todo el mundo con cara de «¿y esto qué ha sido?».

Housebound still 2
Housebound still 2

Actuaciones: el reparto que salva los muebles (y la película)

Si Housebound funciona en algún momento, es gracias a su reparto. Morgana O'Reilly, en el papel de Kylie, logra algo casi imposible: hacer que una protagonista insoportable resulte, de alguna manera, carismática. Kylie es egoísta, malhablada, violenta y, en general, una persona con la que no querrías pasar ni cinco minutos en un ascensor. Pero O'Reilly le da una capa de vulnerabilidad que hace que, contra todo pronóstico, te importe lo que le pase. No es una actuación perfecta (hay momentos en los que parece que está en otra película), pero es lo suficientemente buena como para que no te den ganas de apagar la pantalla cada vez que abre la boca.

El resto del reparto también cumple, aunque sin llegar al nivel de O'Reilly. Rima Te Wiata, en el papel de la madre, es una delicia: tiene esa mezcla de dulzura y locura que hace que no sepas si abrazarla o salir corriendo. Glen-Paul Waru, como el vecino sospechoso, es el típico actor que parece sacado de un telefilme de los 90, pero que, por algún motivo, funciona. Y luego está Cameron Rhodes, como el fontanero/psicólogo/¿asesino?, que es, con diferencia, el personaje más divertido de la película. Rhodes tiene un timing cómico impecable, y hay una escena en la que explica su teoría sobre los fantasmas que es, probablemente, el mejor momento de la película. Si Housebound hubiera sido una comedia pura, Rhodes se habría comido la pantalla. Tal como está, se queda en un secundario memorable.

Guion: cuando el humor y el terror se llevan como el perro y el gato

El guion de Housebound es, en una palabra, confuso. No es malo, pero tampoco es bueno: es el tipo de guion que parece escrito por alguien que ha visto muchas películas, pero no ha entendido del todo cómo funcionan. Johnstone mezcla humor negro, terror psicológico, drama familiar y misterio sobrenatural con la sutileza de un elefante en una cacharrería. Hay momentos en los que la película parece una comedia, otros en los que parece un thriller, y otros en los que parece un drama familiar de esos que ponen en la sobremesa de Antena 3. El problema es que ninguno de estos tonos termina de cuajar, y el resultado es una película que no sabe lo que quiere ser.

El humor, en particular, es el aspecto más irregular. Hay chistes que funcionan (la mayoría gracias a las actuaciones, no al guion), pero otros que caen como un ladrillo. Johnstone parece obsesionado con el humor absurdo, pero no tiene el talento de un Taika Waititi para hacer que funcione. En lugar de fluir, el humor de Housebound se siente forzado, como si alguien hubiera dicho «esto tiene que ser gracioso» y luego hubiera escrito un chiste que no hace gracia a nadie. Hay una escena, por ejemplo, en la que Kylie y su madre discuten sobre si el fantasma de la casa es real o no, y el diálogo es tan torpe que parece sacado de un episodio de Aquí no hay quien viva. No es que sea malo; es que es vago.

El terror, por su parte, es casi inexistente. Hay un par de sustos baratos (el típico «¡BOO!» con música estridente), pero nada que te haga saltar de la silla. Johnstone parece más interesado en jugar con la ambigüedad y el misterio que en asustar de verdad, y el resultado es una película que, en el mejor de los casos, te deja con una sensación de intriga leve. No es que el terror sea malo; es que es perezoso. Como si Johnstone hubiera decidido que, ya que estaba haciendo una película de fantasmas, podía ahorrarse el esfuerzo de asustar de verdad.

Lo mejor

  • Morgana O'Reilly: La única razón por la que no abandonas la película en los primeros veinte minutos. Su interpretación de Kylie es lo suficientemente buena como para que te importe lo que le pase, incluso cuando su personaje es insoportable.
  • Cameron Rhodes: El fontanero/psicólogo/¿asesino? es, con diferencia, el personaje más divertido de la película. Tiene un par de escenas que son puro oro cómico.

La fotografía de Simon Riera: Hay momentos en los que la paleta de grises y verdes, junto con los ángulos bajos, logra crear una atmósfera inquietante. No es El Resplandor*, pero tiene su encanto.

  • El concepto: La idea de mezclar arresto domiciliario, terror sobrenatural y comedia negra es original y tiene potencial. Lástima que la ejecución no esté a la altura.

Lo peor

  • El ritmo: La película no sabe lo que quiere ser, y eso se nota en un montaje que oscila entre lo frenético y lo soporífero. Hay escenas que duran demasiado y otras que se cortan abruptamente.
  • El humor: Hay chistes que funcionan, pero la mayoría caen como un ladrillo. Johnstone parece obsesionado con el humor absurdo, pero no tiene el talento para hacerlo bien.
  • El terror: Casi inexistente. Hay un par de sustos baratos, pero nada que te haga saltar de la silla. Johnstone prefiere jugar con la ambigüedad antes que asustar de verdad.
  • El final: Un giro argumental tan absurdo que te deja con la sensación de que te han tomado el pelo. Parece sacado de una película de serie B de los 80.

El Veredicto de Claqueta Ácida

Housebound no es una mala película, pero tampoco es buena: es el tipo de película que ves un sábado por la noche, con una cerveza en la mano y la mente en modo «esto podría ser peor». Gerard Johnstone tiene ideas interesantes, pero le falta pulso para llevarlas a cabo. El reparto salva los muebles, la fotografía tiene sus momentos y el concepto es original, pero el guion es confuso, el ritmo es irregular y el terror brilla por su ausencia. Al final, te quedas con la sensación de que Housebound podría haber sido algo más, pero se quedó en un ejercicio de estilo simpático y olvidable. Como un fantasma que no da miedo, pero tampoco se va. 💀

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Ficha de Daños Colaterales en Sala

Certificado de impacto psicofísico emitido por Odin Lagbert

⚡ Desgaste Moderado
🥱 Bostezómetro

1 amago en el tramo intermedio; pestañeo pesado en las transiciones más innecesarias.

⏱️ Miradas de Pánico al Reloj

Minuto 47 y minuto 77 (comprobando cuánto quedaba de suplicio).

😬 Índice de Cringe Ajeno 0.5/10
☕ Prescripción Terapéutica

2 espressos para no dejarse vencer por la mediocridad cómoda.

💥 Punto de Descarrilamiento

"A mitad del segundo acto cuando la subtrama secundaria empezó a pesar más de lo que aportaba."

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Nota de Claqueta Ácida 7.2/10
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