Backrooms — Un Viaje al Vacío
Una película que abre la puerta al misterio y el terror
Me senté en la butaca del Cine Doré con la expectación de quien sabe que va a ver algo distinto, algo que huele a found footage pero que promete trascender el subgénero como un fantasma que se niega a ser exorcizado. Backrooms no es solo una película; es una experiencia sensorial que te arrastra a un laberinto de pasillos amarillentos, moquetas pegajosas y el zumbido constante de fluorescentes moribundos. Kane Parsons, un nombre que hasta ahora solo resonaba en los círculos de YouTube por sus cortos virales, ha logrado lo imposible: convertir un meme de internet en una pesadilla cinematográfica con presupuesto de blockbuster y alma de película de culto. Pero, ¿es suficiente el miedo para sostener 110 minutos de metraje? La respuesta, como los pasillos de la Backrooms, es más complicada de lo que parece.
La película arranca con un plano secuencia que ya es historia del cine de terror moderno: una cámara en mano sigue a un grupo de empleados de una tienda de muebles que, tras un corte de luz, descubren una puerta en el sótano que no debería estar ahí. La puerta se abre a un pasillo infinito, iluminado por esa luz amarilla enfermiza que todos reconocemos al instante. Parsons no inventa la rueda, pero la pule hasta dejarla afilada como una cuchilla. El uso del found footage aquí no es un truco barato para ahorrar en efectos especiales, sino una elección narrativa que refuerza la claustrofobia y la paranoia. Cada temblor de la cámara, cada respiración agitada del operador, cada susurro ahogado en la oscuridad, te recuerda que estás viendo algo que podría ser real. Y eso, amigos, es el terror en estado puro.
Pero Parsons no se conforma con asustar. Hay una ambición visual en Backrooms que va más allá del susto fácil. La película juega con la arquitectura de los espacios como si fueran personajes: los pasillos se retuercen, las puertas aparecen y desaparecen, y los techos bajos parecen aplastar a los personajes (y al espectador) con una presión física real. En una escena particularmente brillante, el protagonista —interpretado por un Chiwetel Ejiofor que parece sacado de una pesadilla lovecraftiana— se arrastra por un conducto de ventilación mientras la cámara, en un plano cenital, lo reduce a una figura diminuta y vulnerable. Es el tipo de imagen que te persigue días después de salir del cine.
El guion de Will Soodik es otro de los aciertos de la película. No es un texto lleno de diálogos memorables ni de monólogos grandilocuentes, pero sí está repleto de detalles que construyen un mundo coherente y aterrador. Los personajes no son simples arquetipos de víctimas del terror: tienen motivaciones, miedos y, sobre todo, una química que hace que sus interacciones resulten creíbles. Hay un momento en el que Ejiofor y la actriz Madison Hu (que interpreta a una joven atrapada en la Backrooms) discuten sobre si deben seguir avanzando o quedarse quietos. La tensión no viene de lo que dicen, sino de lo que no dicen: el miedo a lo desconocido, la desconfianza mutua, la sensación de que cualquier decisión podría ser la equivocada. Es cine de terror con cerebro, no con jump scares baratos.
Dirección y puesta en escena: el arte de perderse (y de que te pierdan)
Kane Parsons demuestra que sabe exactamente lo que hace, incluso cuando parece que no. La película está rodada en un formato que mezcla found footage con secuencias más tradicionales, una decisión arriesgada que podría haber salido mal en manos menos hábiles. Pero Parsons controla el caos con una precisión quirúrgica. Los planos secuencia, como el ya mencionado del sótano, son una lección de cómo generar tensión sin cortar. La cámara se mueve como si estuviera viva, como si también estuviera atrapada en la Backrooms, y eso crea una sensación de inmersión que pocas películas de terror logran.
El uso del sonido es otro de los puntos fuertes de la dirección. La banda sonora de Daniel Pemberton (sí, el Daniel Pemberton de Spider-Man: Into the Spider-Verse y The Man from U.N.C.L.E.) es una mezcla de drones industriales, zumbidos electrónicos y coros distorsionados que suenan como si estuvieran siendo emitidos desde el fondo de un pozo. Pero lo más aterrador no es la música, sino el silencio. Hay escenas enteras en las que el único sonido es el de la respiración de los personajes, el crujido de la moqueta bajo sus pies o el clic de un interruptor que no enciende nada. Parsons entiende que el terror no necesita ruido para ser efectivo; a veces, basta con el eco de tu propia respiración.
El diseño de producción, a cargo de Ruth De Jong (Nope, Twin Peaks: The Return), es otro de los aciertos. Los pasillos de la Backrooms no son simples decorados: son espacios que respiran, que cambian, que parecen tener vida propia. Las paredes están cubiertas de una capa de suciedad que parece real, los fluorescentes parpadean con una irregularidad inquietante, y los objetos abandonados (un osito de peluche, una máquina de escribir, un teléfono que no funciona) cuentan historias sin necesidad de palabras. Es el tipo de diseño que te hace creer que, si te quedas mirando una pared el tiempo suficiente, algo podría salir de ella.
Actuaciones: cuando el miedo es real (y los actores también)
Chiwetel Ejiofor es, sin duda, el corazón de Backrooms. Su personaje, un hombre que despierta en la Backrooms sin recordar cómo llegó allí, es una mezcla de vulnerabilidad y determinación que recuerda al mejor trabajo de Jeff Goldblum. Ejiofor no actúa el miedo; lo vive. Hay un momento en el que su personaje, al darse cuenta de que está atrapado, se derrumba contra una pared y rompe a llorar. No es un llanto melodramático, sino un sollozo ahogado, real, como si el actor estuviera reviviendo un trauma personal. Es una de esas actuaciones que te dejan sin aliento.
Madison Hu, por su parte, aporta una frescura necesaria a la película. Su personaje, una adolescente que lleva años perdida en la Backrooms, es el contrapunto perfecto a la desesperación de Ejiofor. Hu logra transmitir una mezcla de resignación y esperanza que resulta conmovedora. En una escena clave, su personaje le dice a Ejiofor: «Aquí el tiempo no existe, pero el miedo sí. Y el miedo es lo único que te mantiene vivo.» Es una línea que define toda la película.
El resto del reparto cumple, aunque sin llegar al nivel de Ejiofor y Hu. Destaca especialmente James Ransone (Sinister, The Wire), que interpreta a un misterioso hombre que parece saber más de lo que dice. Ransone tiene esa presencia magnética que hace que no puedas apartar los ojos de él, incluso cuando su personaje no está haciendo nada. Es el tipo de actor que convierte un papel secundario en algo inolvidable.
Apartado técnico: cuando el terror se convierte en arte
La fotografía de Jeremy Cox es, sencillamente, deslumbrante. Cox, que ya demostró su talento en películas como The Ritual y A Quiet Place Part II, logra que cada plano de Backrooms sea una pesadilla visual. El uso de la luz es especialmente brillante: los fluorescentes amarillos no solo iluminan los pasillos, sino que los deforman, creando sombras alargadas y distorsionadas que parecen moverse por sí solas. Cox convierte lo cotidiano en algo siniestro con solo cambiar el ángulo de la cámara.
El montaje, a cargo de Andrew Weisblum (The French Dispatch, Black Swan), es otro de los puntos fuertes. Weisblum sabe exactamente cuándo cortar y cuándo dejar que una escena se alargue hasta lo insoportable. Hay un momento en el que la cámara sigue a Ejiofor mientras camina por un pasillo durante lo que parecen minutos. No pasa nada, no hay jump scares, no hay música. Solo el sonido de sus pasos y el zumbido de los fluorescentes. Y sin embargo, es una de las escenas más aterradoras de la película.
La música de Daniel Pemberton merece un párrafo aparte. Pemberton no compone una banda sonora tradicional, sino una colección de sonidos que se clavan en tu cerebro como agujas. Hay momentos en los que la música parece desaparecer, dejando solo un zumbido constante que suena como el latido de la propia Backrooms. Es el tipo de score que no te das cuenta de que está ahí hasta que ya es demasiado tarde.
Lo mejor
La actuación de Chiwetel Ejiofor: No es solo que Ejiofor sea un actor brillante; es que su interpretación en Backrooms es una de esas actuaciones que te persiguen. Hay una escena en la que su personaje, al darse cuenta de que está atrapado para siempre, mira directamente a cámara y susurra: «Esto no es real. No puede ser real.»* Es el tipo de momento que define una película. La dirección de Kane Parsons: Parsons demuestra que sabe cómo asustar sin recurrir a los trucos baratos. Su uso del found footage* es inteligente, su manejo del ritmo es impecable, y su capacidad para crear tensión con solo un plano secuencia es admirable. Es el tipo de director que hace que el cine de terror vuelva a ser interesante.- La fotografía de Jeremy Cox: Cox convierte los pasillos de la Backrooms en un personaje más. Su uso de la luz y la sombra es magistral, y cada plano parece sacado de una pesadilla. Es el tipo de fotografía que hace que quieras ver la película una y otra vez, solo para admirar los encuadres.
- El diseño de producción: Los pasillos de la Backrooms no son simples decorados; son espacios que respiran, que cambian, que parecen tener vida propia. Es el tipo de diseño que te hace creer que, si miras lo suficiente, algo podría salir de las paredes.
Lo peor
- El ritmo en el segundo acto: Aunque la película arranca con una fuerza arrolladora, hay un momento en el segundo acto en el que el ritmo se resiente. No es que la película se vuelva aburrida, pero sí que pierde un poco de fuelle. Es como si Parsons supiera adónde va, pero no supiera exactamente cómo llegar.
- La falta de respuestas: Backrooms plantea muchas preguntas, pero no siempre proporciona respuestas. Para algunos espectadores, esto puede ser frustrante. Es el tipo de película que te deja con más dudas que certezas, y no todo el mundo está dispuesto a aceptar eso.
- Algunos personajes secundarios: Aunque el reparto principal es excelente, algunos personajes secundarios quedan un poco desdibujados. No es que sean malos, pero sí que parecen estar ahí solo para rellenar espacio. Es una pena, porque con un poco más de desarrollo podrían haber sido memorables.
El Veredicto de Claqueta Ácida
Backrooms no es una película perfecta, pero es una de esas raras joyas que demuestran que el terror aún puede ser inteligente, visceral y, sobre todo, aterrador. Kane Parsons ha logrado convertir un meme de internet en una pesadilla cinematográfica que te persigue mucho después de salir del cine. No es una película para todos: si buscas respuestas claras o un final feliz, esta no es tu película. Pero si estás dispuesto a perderte en sus pasillos infinitos, a dejar que el miedo te invada y a aceptar que algunas preguntas no tienen respuesta, entonces Backrooms es una experiencia que no olvidarás fácilmente. Eso sí, no digas que no te avisé: una vez que entras, puede que no encuentres la salida. 💀🎬 Tráiler Oficial
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¿Qué significa el final de Backrooms?
Ficha de Daños Colaterales en Sala
Certificado de impacto psicofísico emitido por Dr. Cinismo
Cero bostezos. Pupilas dilatadas y tensión mandibular constante.
El móvil permaneció en el bolsillo donde debía estar.
Ninguna. Esta obra no necesita muletas estimulantes.
"No hubo. La coherencia se mantuvo hasta el último fotograma."
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