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Instinto Animal — La venganza que no sabía que era un snuff low-cost

Martijn Smits convierte el activismo animal en un slasher holandés tan torpe que hasta los cerdos se avergüenzan. Sangre, mala conciencia y peores diálogos.

✍️ Por: Maximiliano Z.
🎬 Director: Martijn Smits
⏱️ Lectura: 12 min
⚠️ Ácido Sulfúrico 4.2/10
Crítica y fotograma de la película Instinto Animal en Claqueta Ácida
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Instinto Animal: La venganza que no sabía que era un snuff low-cost 0:00 / --:--

El olor a sangre falsa y mala conciencia flota en el aire desde el primer plano de Instinto Animal. Martijn Smits, un director holandés del que nadie había oído hablar hasta hoy —y con razón—, decide que el activismo animal radical y el cine de terror low-cost son la misma cosa. Spoiler: no lo son. Lo que empieza como un intento de thriller social con mensaje se convierte en un slasher torpe, predecible y tan mal interpretado que hasta los cerdos del metraje parecen pedir clemencia. No es que la película sea mala por ser barata; es mala porque no tiene ni idea de lo que quiere ser. ¿Un grito de denuncia? ¿Un ejercicio de estilo gore? ¿Una metáfora sobre la violencia que engendra violencia? Da igual. Al final, solo queda el ruido de los diálogos recitados como si fueran consignas de manifestación y el eco de los gritos de unos actores que claramente no saben si están en un drama político o en un episodio de CSI: Granja Sangrienta.

El contexto no ayuda. Holanda, ese país que asociamos con tulipanes, bicicletas y un progresismo modélico, se convierte aquí en el escenario de una pesadilla rural que huele más a cartón piedra que a estiércol auténtico. Vleesdag —título original que suena a marca de embutidos baratos— llega en un momento en que el cine europeo de género está viviendo un renacimiento gracias a películas como The Sadness o Titan. Pero Smits no parece haberse enterado. Su película no tiene la crudeza de un Raw, ni la inteligencia política de un Okja, ni siquiera el encanto cutre de un Troll 2. Es, simplemente, un ejercicio de estilo fallido que confunde el exceso con la intensidad y el mensaje con el sermón. Y lo peor es que, en el fondo, sabes que alguien en algún despacho de subvenciones públicas holandés firmó un cheque para que esto existiera. Dios nos coja confesados.

La premisa es prometedora, al menos sobre el papel: Mirthe, una joven activista, se infiltra en una granja porcina para grabar los horrores del maltrato animal y así ganarse un puesto en el «Ejército Animal», un grupo radical liderado por la carismática Nasha. Hasta aquí, todo bien. El problema es que Smits no sabe qué hacer con esa premisa. En lugar de construir tensión, nos regala planos interminables de cerdos enjaulados —que, por cierto, parecen más sanos que los actores— y diálogos que oscilan entre lo panfletario («¡La carne es asesinato!») y lo ridículo («¡Vamos a quemar esta granja hasta los cimientos!»). Cuando por fin llega el momento de la venganza, la película se desmorona como un castillo de naipes. Nasha y su grupo deciden torturar a los hijos del granjero, pero en lugar de generar empatía o incluso repulsión, lo único que consigues es preguntarte: ¿En qué momento esto dejó de ser sobre los animales y se convirtió en un ajuste de cuentas familiar?

El granjero, por su parte, no se queda atrás en el concurso de quién es más caricaturesco. Cuando descubre que su granja ha sido allanada, su reacción no es llamar a la policía, ni siquiera enfadarse. No. Su instinto es agarrar un rifle y salir a cazar activistas como si fueran conejos. El problema es que el actor que lo interpreta —cuyo nombre ni siquiera merece la pena recordar— parece recién salido de un casting para extras de Fargo. Su actuación es tan sobreactuada que cada vez que abre la boca, esperas que alguien le grite: ¡Corten, esto es una película, no un monólogo de teatro amateur! Pero no. Siguen adelante, porque en el cine de Martijn Smits, la sutileza es un lujo que no se pueden permitir.

Instinto animal still 1
Instinto animal still 1

Dirección: El arte de no saber qué estás filmando

Martijn Smits tiene la dirección de un hombre que ha visto demasiadas películas de terror pero no ha entendido ninguna. Su puesta en escena es torpe, predecible y, en ocasiones, directamente risible. Hay un momento en el que Nasha y su grupo están discutiendo en un granero, y Smits decide filmarlos desde un plano cenital que parece sacado de un tutorial de YouTube sobre «cómo grabar una escena de grupo». El problema es que el encuadre no aporta nada: ni tensión, ni simbolismo, ni siquiera información útil. Solo está ahí, como un adorno feo en una casa que ya de por sí es un desastre.

Los movimientos de cámara son igual de erráticos. En una escena clave, cuando el granjero descubre que han liberado a los cerdos —spoiler: no los han liberado, los han sacrificado—, Smits opta por un travelling lateral que sigue al personaje mientras este camina por la granja. El problema es que el movimiento es tan brusco y mal ejecutado que parece que la cámara está siendo manejada por alguien que acaba de descubrir que tiene manos. No hay fluidez, no hay intención, solo un intento desesperado por darle dinamismo a una escena que ya de por sí es confusa.

El montaje no salva nada. Las transiciones entre escenas son abruptas, como si alguien hubiera cortado el metraje con unas tijeras de jardín. Hay un momento en el que Mirthe está hablando con Nasha en un coche, y de repente, sin aviso, la escena salta a un primer plano de un cerdo chillando. No hay conexión, no hay ritmo, solo un cut que parece más un error de edición que una decisión artística. Y lo peor es que esto ocurre constantemente. Instinto Animal no fluye; se arrastra como un animal herido, dando tumbos entre escenas que no saben cómo conectar entre sí.

Instinto animal still 2
Instinto animal still 2

Actuaciones: Cuando el método Stanislavski se encuentra con un panfleto vegano

El reparto de Instinto Animal parece haber recibido dos únicas indicaciones: «grita mucho» y «recita las líneas como si fueran consignas». Caro Derkx, que interpreta a Mirthe, la protagonista, pasa la mayor parte de la película con una expresión de sorpresa permanente, como si acabara de descubrir que el mundo es un lugar cruel. No es que su actuación sea mala; es que no hay actuación. Sus diálogos suenan a leídos directamente de un guion que alguien escribió en cinco minutos entre un café y un ataque de ansiedad.

Juliëtte van de Weerdt, en el papel de Nasha, es la única que intenta darle algo de profundidad a su personaje. Su mirada es intensa, casi hipnótica, y en algunos momentos logra transmitir una frialdad que recuerda a los villanos clásicos del cine de terror. El problema es que el guion no le da nada con lo que trabajar. Nasha pasa de ser una líder carismática a una psicópata sin motivo, como si Smits hubiera decidido a mitad de rodaje que lo que realmente necesitaba era un slasher y no un drama social. Van de Weerdt hace lo que puede, pero incluso ella parece darse cuenta de que está luchando una batalla perdida.

El resto del reparto no merece más que un párrafo de cortesía. Tommy Zonneveld, que interpreta al granjero, parece creer que está en una película de acción de los 80. Sus gritos son tan exagerados que en más de una ocasión te preguntas si no estará compitiendo por un récord Guinness. Sem Ben Yakar y Sweder de Sitter, que hacen de miembros del Ejército Animal, tienen la química de dos personas que se conocieron cinco minutos antes de rodar y no han vuelto a hablar desde entonces. Y Chardonnay Rillen, en el papel de una activista secundaria, tiene la expresión de alguien que acaba de enterarse de que su contrato no incluye catering.

Guion: Un manual de instrucciones para fracasar

El guion de Instinto Animal es el equivalente cinematográfico de un PowerPoint hecho por alguien que odia su trabajo. No hay arco narrativo, no hay desarrollo de personajes, y lo que es peor, no hay coherencia. La película empieza como un drama social sobre el activismo animal, pero a los veinte minutos decide que en realidad es un slasher rural. Y no, no hay transición. Es como si Smits hubiera tirado una moneda al aire en cada escena para decidir qué género quería explorar.

Los diálogos son otro desastre. No hay naturalidad, no hay matices, solo frases hechas que suenan a sacadas de un manual de autoayuda para radicales. «La carne es asesinato», «El sistema nos está matando», «Tenemos que hacer algo». No importa cuántas veces lo repitan; nunca suena convincente. Y lo peor es que, en lugar de usar estos diálogos para desarrollar a los personajes, Smits los utiliza como relleno. Es como si cada vez que no supiera qué hacer con una escena, decidiera que alguien tenía que soltar una consigna para que el público supiera que esto iba de algo.

La trama es igual de confusa. La premisa inicial —una joven que se infiltra en una granja para grabar el maltrato animal— es interesante, pero Smits no sabe cómo explotarla. En lugar de construir tensión, nos regala escenas interminables de Mirthe caminando por pasillos oscuros con una cámara en la mano, como si estuviéramos viendo un found footage mal ejecutado. Y cuando por fin llega el momento de la venganza, la película se convierte en un slasher genérico donde los activistas torturan a los hijos del granjero. No hay lógica, no hay justificación, solo violencia gratuita que no aporta nada a la historia.

Apartado técnico: Cuando el low-cost se nota demasiado

Si hay algo que Instinto Animal demuestra es que el cine low-cost puede ser interesante, pero solo si hay talento detrás. Y aquí, el talento brilla por su ausencia. La fotografía es plana, sin vida, como si hubieran filmado todo con la cámara de un móvil de 2012. No hay paleta de colores, no hay iluminación interesante, solo planos oscuros que parecen sacados de un episodio de CSI grabado en un garaje. En una escena clave, cuando Nasha y su grupo están discutiendo en un granero, la iluminación es tan mala que apenas se distinguen los rostros de los actores. No es atmósfera; es falta de presupuesto.

El diseño de producción es otro desastre. La granja porcina, que debería ser el escenario principal de la película, parece más un decorado de cartón piedra que un lugar real. Las jaulas de los cerdos son tan obviamente falsas que en más de una ocasión esperas que alguien grite: ¡Esto es un set de rodaje, no una granja! Y los interiores de la casa del granjero no son mejores. Los muebles parecen sacados de un mercadillo de segunda mano, y la decoración es tan genérica que podrías estar en cualquier casa rural de Europa. No hay detalles, no hay personalidad, solo un intento desesperado por hacer que todo parezca real sin gastar un euro.

La banda sonora es inexistente. No hay música que acompañe las escenas, ni siquiera un tema recurrente que ayude a construir atmósfera. Lo único que escuchas son los sonidos ambientales —el viento, los cerdos, los gritos de los actores— y, en ocasiones, un silencio incómodo que parece más un error de postproducción que una decisión artística. Y el sonido, por su parte, es tan malo que en algunas escenas los diálogos se pierden entre el ruido de fondo. No es que sea inmersivo; es que es inaudible.

Lo mejor

  • Juliëtte van de Weerdt: La actriz logra darle un mínimo de profundidad a Nasha, un personaje que el guion se empeña en convertir en un cliché. Su mirada fría y su presencia en pantalla son lo único que salva algunas escenas de caer en el ridículo absoluto.
  • La premisa inicial: La idea de explorar el activismo animal radical desde el cine de terror es interesante, aunque la ejecución deje mucho que desear. Si alguien con talento decidiera rehacer esta película, podría salir algo decente.
  • Algunos planos de los cerdos: Por extraño que parezca, los planos de los cerdos enjaulados son los únicos que transmiten algo de autenticidad. No es que la película sea un documental, pero al menos en esos momentos sientes que hay algo real detrás de las imágenes.

Lo peor

  • El guion: Un desastre absoluto. No hay coherencia, no hay desarrollo de personajes, y los diálogos suenan como si los hubieran escrito en un taller de escritura creativa para principiantes.
  • La dirección de Martijn Smits: Torpe, predecible y carente de cualquier tipo de estilo. Smits no sabe qué quiere contar, y eso se nota en cada plano.
  • Las actuaciones: Con la excepción de Juliëtte van de Weerdt, el resto del reparto parece estar en otra película. Los gritos exagerados y los diálogos recitados como consignas no ayudan.
  • El apartado técnico: Fotografía plana, diseño de producción cutre y una banda sonora inexistente. Todo huele a bajo presupuesto mal gestionado.
  • La falta de ritmo: La película se arrastra durante 85 minutos que parecen tres horas. No hay tensión, no hay suspense, solo escenas mal conectadas entre sí.

El Veredicto de Claqueta Ácida

Instinto Animal es lo que pasa cuando alguien confunde el cine de terror con un panfleto político y el activismo con un slasher de bajo presupuesto. Martijn Smits tenía una oportunidad de oro para explorar un tema interesante desde un ángulo original, pero en lugar de eso nos regala una película torpe, predecible y tan mal ejecutada que hasta los cerdos del metraje parecen pedir clemencia. No es que sea mala por ser barata; es mala porque no tiene ni idea de lo que quiere ser. Y lo peor es que, en el fondo, sabes que alguien pagó por esto. Que Dios nos coja confesados. 💀

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Ficha de Daños Colaterales en Sala

Certificado de impacto psicofísico emitido por Maximiliano Z.

💀 Trauma Auditivo y Mental
🥱 Bostezómetro

7 bostezos, 2 con quejido audible distribuidos con inquietante regularidad.

⏱️ Miradas de Pánico al Reloj

Minuto 12, 28, 52, 61 y varios momentos indistinguibles entre sí.

😬 Índice de Cringe Ajeno 6.4/10
☕ Prescripción Terapéutica

2 espressos triples o aceptar la derrota con dignidad.

💥 Punto de Descarrilamiento

"Desde el primer acto, cuando quedó claro que nadie en la sala de montaje había visto la película completa."

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