Normal — Ben Wheatley se pasa de listo en un pueblo que no da para tanto
Bob Odenkirk y un guion de Derek Kolstad intentan salvar un thriller rural que se ahoga en su propia ambición. Wheatley juega a ser Coen, pero le sale un episodio de Fargo con resaca.
El pueblo de Normal, Minnesota, no es normal. Y no me refiero a esa ironía barata de guionista que te susurra al oído que los nombres de los pueblos en el cine siempre esconden algo siniestro —como si Twin Peaks no hubiera agotado esa idea en 1990—. No, Normal es un lugar que huele a café quemado, a madera podrida y a esa clase de desesperación silenciosa que solo se encuentra en las películas donde los personajes fuman demasiado y hablan poco. Ben Wheatley, ese director británico que oscila entre el caos controlado de Free Fire y los delirios lisérgicos de In the Earth, ha decidido que su próxima parada es el Midwest americano, un territorio que parece sacado de un manual de how to make a thriller rural escrito por alguien que solo ha visto Fargo en versión pirata. El resultado es una película que quiere ser muchas cosas —un western moderno, un noir psicológico, un drama familiar con pistolas— pero que termina siendo, sobre todo, un ejercicio de estilo con más ambición que puntería.
Bob Odenkirk llega a Normal como Ulysses, un sheriff sustituto con un pasado lo suficientemente turbio como para que nadie le pregunte demasiado. Odenkirk, ese actor que ha demostrado en Better Call Saul que puede transmitir más con un suspiro que otros con un monólogo de tres páginas, aquí se mueve como un fantasma con placa. Su interpretación es lo mejor de la película: contenida, áspera, con esa mezcla de cansancio y determinación que solo tienen los tipos que han visto demasiado y ya no esperan nada bueno. Pero hasta el mejor actor necesita un guion que no le traicione, y es aquí donde Normal empieza a cojear. Derek Kolstad, el hombre detrás de la saga John Wick, escribe diálogos que suenan a pitch de reunión de productora: «Este pueblo es como una cebolla, tiene capas», dice un personaje en un momento dado. No, Derek, no lo es. Es un pueblo de mierda con un banco, una gasolinera y un secreto que todos conocen menos el protagonista. Si esto es una cebolla, es de esas que llevan años en el cajón de la cocina y ya solo sirven para hacer llorar a quien las pela.
El problema de Normal no es que sea predecible —el cine de género rara vez premia la originalidad—, sino que su estructura parece diseñada por alguien que ha visto demasiadas películas pero no ha entendido ninguna. Wheatley juega con los tiempos narrativos como si estuviera resolviendo un cubo de Rubik: flashbacks que no aportan nada, giros que se ven venir a kilómetros y un clímax que llega como un tren descarrilado, con más ruido que furia. La fotografía de Armando Salas, en cambio, es una bendición: esos planos generales del paisaje nevado que parecen postales de un lugar que nunca existió, esos interiores oscuros donde la luz se filtra como si tuviera miedo de entrar. Pero hasta el mejor director de fotografía necesita un director que sepa qué hacer con esa luz, y Wheatley, en su afán por ser cool, termina desperdiciando algunos de los momentos más potentes de la película. Como ese plano secuencia en el que Ulysses interroga a un sospechoso en un bar vacío: la tensión está ahí, pero se diluye en cuanto alguien abre la boca y suelta un diálogo que parece sacado de un episodio de CSI: Duluth.
El reparto secundario es un festival de caras conocidas haciendo lo que pueden con el material que tienen. Henry Winkler, el eterno Fonzie, aquí interpreta a un alcalde con más sombras que un bosque en invierno, pero su personaje es tan plano que da pena. Lena Headey, por su parte, tiene una presencia magnética como la dueña del motel local, pero su papel es tan reducido que parece un cameo alargado. Y luego está Billy MacLellan, un actor que merece algo mejor que interpretar al típico matón de pueblo con complejo de poeta maldito. Todos ellos parecen estar en una película distinta a la de Odenkirk, como si Wheatley hubiera rodado sus escenas en días diferentes y luego hubiera intentado unirlas en la sala de montaje con cinta adhesiva y esperanza.
Dirección y puesta en escena: el arte de perder el norte
Ben Wheatley es un director que sabe cómo crear atmósferas opresivas. Lo demostró en Kill List, donde el terror se colaba entre los silencios, y en High-Rise, donde el caos arquitectónico reflejaba el colapso moral de sus personajes. Pero en Normal, su estilo parece más un collage de influencias que una visión personal. Hay momentos en los que la película parece un homenaje a los Coen —esos planos cenitales del pueblo cubierto de nieve—, otros en los que recuerda al western crepuscular de Hell or High Water, e incluso algún guiño a Twin Peaks en la forma en que el mal se esconde tras sonrisas falsas y tartas de manzana. El problema es que Wheatley no logra que todas esas piezas encajen. Es como si hubiera visto todas las películas que quería homenajear, pero no hubiera entendido qué las hacía especiales.
El montaje es otro de los puntos débiles. Hay transiciones que parecen sacadas de un trailer de la película, como si el editor hubiera querido asegurarse de que el espectador no se perdiera ni un solo plot point. Y luego están los flashbacks, que llegan sin aviso y se van sin dejar rastro, como invitados no deseados en una fiesta. Wheatley parece obsesionado con la idea de que el espectador necesita que le expliquen todo, cuando en realidad lo que necesita es sentir. Un ejemplo: hay una escena en la que Ulysses descubre un cadáver en el bosque. La cámara se acerca lentamente al rostro del muerto, como si esperáramos algún tipo de revelación macabra. Pero no hay nada. Solo un tipo muerto y un plano que dura tres segundos más de lo necesario, como si Wheatley hubiera olvidado que ya nos había mostrado el cadáver dos escenas antes.
La banda sonora, compuesta por Geoff Barrow (de Portishead), es otro de esos elementos que prometen mucho y entregan poco. Hay momentos en los que la música suena como si estuviera intentando compensar la falta de tensión en el guion, con esos sintetizadores oscuros y esos coros etéreos que parecen sacados de una película de los 80. Pero luego llega un momento clave —un tiroteo, una revelación— y la música desaparece, como si alguien hubiera apagado el interruptor. Es una pena, porque Barrow tiene talento de sobra para crear atmósferas inquietantes, pero aquí parece estar trabajando con un guion que no le da nada con lo que jugar.
Actuaciones: Odenkirk salva los muebles
Bob Odenkirk es, sin duda, el mejor de un reparto desigual. Su Ulysses es un personaje con capas, aunque el guion no siempre le permita mostrarlas. Hay una escena en particular, hacia el final de la película, en la que Ulysses se enfrenta al villano de turno en un almacén abandonado. No hay diálogos, solo miradas y gestos. Odenkirk transmite más en esos segundos que muchos actores en toda una película. Es un maestro de la contención, de esos que saben que a veces menos es más. Pero incluso él tiene sus límites, y el guion de Kolstad no le ayuda. En más de una ocasión, Ulysses se ve obligado a soltar frases como «Esto no es un robo, es una declaración de guerra», que suenan tan forzadas que dan ganas de gritar.
Henry Winkler hace lo que puede con su papel de alcalde corrupto, pero su personaje es tan genérico que parece sacado de un stock de villanos de thriller rural. Lena Headey, por su parte, tiene una presencia magnética, pero su papel es tan reducido que parece un desperdicio. Su personaje, la dueña del motel local, tiene un par de escenas memorables —como esa en la que le sirve un café a Ulysses mientras le lanza miradas que podrían cortar el acero—, pero luego desaparece durante media hora, como si Wheatley se hubiera olvidado de ella. Billy MacLellan, Ryan Allen y Reena Jolly completan el reparto, pero sus personajes son tan planos que cuesta recordar sus nombres cinco minutos después de que salgan de pantalla.
Lo mejor
La fotografía de Armando Salas: Salas convierte el paisaje nevado de Minnesota en un personaje más de la película. Sus planos generales, con esos cielos grises y esa nieve que parece absorber la luz, son lo más cercano a la poesía visual que tiene Normal*. También hay que destacar su trabajo en los interiores, donde la luz se filtra como si tuviera miedo de entrar, creando una atmósfera opresiva que compensa algunos de los fallos del guion.
- Bob Odenkirk: Odenkirk demuestra, una vez más, que es uno de los actores más infravalorados de su generación. Su Ulysses es un personaje con matices, un tipo que ha visto demasiado y ya no espera nada bueno. Hay una escena en la que se enfrenta al villano en un almacén abandonado que es pura magia actoral: sin diálogos, solo miradas y gestos, Odenkirk transmite más en esos segundos que muchos actores en toda una película.
- El diseño de producción: El pueblo de Normal es un personaje en sí mismo, con sus calles cubiertas de nieve, su gasolinera abandonada y su banco que parece sacado de los años 50. El diseño de producción logra transmitir esa sensación de decadencia rural que tan bien funciona en el cine de género, aunque la película no siempre sepa qué hacer con ese ambiente.
Lo peor
El guion de Derek Kolstad: Kolstad, el hombre detrás de John Wick, escribe diálogos que suenan a pitch* de reunión de productora. Frases como «Este pueblo es como una cebolla, tiene capas» o «Esto no es un robo, es una declaración de guerra» suenan tan forzadas que dan ganas de gritar. Además, la estructura narrativa es un desastre: flashbacks innecesarios, giros predecibles y un clímax que llega como un tren descarrilado.
La dirección de Ben Wheatley: Wheatley parece más interesado en homenajear a sus directores favoritos que en contar su propia historia. Hay momentos en los que Normal parece un collage de influencias —Coen, Twin Peaks, westerns— pero sin una visión personal que las una. El montaje es otro de los puntos débiles, con transiciones que parecen sacadas de un trailer* y flashbacks que llegan sin aviso y se van sin dejar rastro.
Los personajes secundarios: Henry Winkler, Lena Headey y el resto del reparto hacen lo que pueden, pero sus personajes son tan genéricos que parecen sacados de un stock* de villanos de thriller rural. Winkler, en particular, merece algo mejor que interpretar a un alcalde corrupto con más sombras que un bosque en invierno. Headey tiene una presencia magnética, pero su papel es tan reducido que parece un desperdicio.
El Veredicto de Claqueta Ácida
Normal es una de esas películas que prometen mucho y entregan la mitad. Ben Wheatley tiene talento de sobra para crear atmósferas opresivas, y Bob Odenkirk es un actor que podría salvar hasta el guion más desastroso. Pero el resultado final es una película que se ahoga en su propia ambición, como un tipo que intenta nadar en un lago helado con un abrigo de plomo. Hay momentos brillantes —la fotografía de Armando Salas, algunas escenas de Odenkirk—, pero también hay demasiado relleno, demasiados diálogos forzados y una estructura narrativa que parece diseñada por alguien que ha visto demasiadas películas pero no ha entendido ninguna. Al final, Normal es como ese café quemado del motel: sabe a algo, pero no sabes muy bien a qué. 💀
🎬 Tráiler Oficial
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Ficha de Daños Colaterales en Sala
Certificado de impacto psicofísico emitido por Valeria Von Doom
3 amagos en el tramo intermedio; pestañeo pesado en las transiciones más innecesarias.
Minuto 46 y minuto 75 (comprobando cuánto quedaba de suplicio).
2 espressos para no dejarse vencer por la mediocridad cómoda.
"A mitad del segundo acto cuando la subtrama secundaria empezó a pesar más de lo que aportaba."
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