Oddity — La maldita muñeca que no asusta a nadie (pero casi)
Damian McCarthy firma un terror irlandés con más estilo que sustos. Carolyn Bracken brilla, pero el guion tropieza con su propio maniquí de madera. ¿Obra de culto o simple rareza?
Salí del cine con la sensación de haber asistido a un combate de boxeo en el que el favorito se pasa los primeros rounds bailando en la lona. Oddity no es una película que te noquee de entrada, pero tiene golpes certeros, algún que otro uppercut inesperado y un final que, aunque no te deja en la lona, sí te hace tambalear. Damian McCarthy, director y guionista, se planta en el ring con una propuesta de terror irlandés que huele a madera vieja, a humedad de sótano y a ese tipo de rarezas que los festivales de género adoran pero que el público general mira con recelo. No es Hereditary, ni falta que le hace. Es algo más pequeño, más íntimo, más... irlandés. Y eso, en un género saturado de jump scares y posesiones demoníacas, ya es un mérito en sí mismo.
El problema es que McCarthy parece más interesado en crear atmósfera que en contar una historia. Y vaya si lo consigue. Desde el primer plano, Oddity te envuelve en una niebla espesa de misterio, con esa fotografía de Colm Hogan que convierte cada encuadre en un cuadro tenebrista. Los interiores oscuros, los exteriores brumosos, los rostros iluminados por velas o por la luz mortecina de una lámpara... Todo está calculado para que sientas que estás dentro de un sueño febril. O de una pesadilla. Pero aquí viene el primer gancho al hígado: la película avanza como si llevara plomo en los guantes. Los primeros 40 minutos son un ejercicio de paciencia, un setup que se toma su tiempo para presentarte a Darcy (Carolyn Bracken), la médium ciega que sigue obsesionada con la muerte de su hermana gemela. Y aunque Bracken hace un trabajo notable —su interpretación es lo mejor de la película, sin discusión—, el guion la obliga a moverse en círculos, repitiendo diálogos y situaciones como si McCarthy tuviera miedo de soltar el acelerador.
El maniquí de madera, ese oddity del título, es el elemento que debería dar miedo, pero acaba siendo el más patético del reparto. No es culpa del diseño de producción, que es impecable: la figura tiene un aire a esos muñecos de ventrílocuo antiguos, con ojos vidriosos y una sonrisa que parece tallada por alguien con muy mala leche. El problema es que McCarthy no sabe qué hacer con él. A veces parece un MacGuffin sobrenatural, otras un simple objeto de decoración, y en los momentos clave... bueno, digamos que el maniquí tiene menos presencia que un extra en una película de Marvel. Hay un momento en el que Darcy interactúa con él en un plano secuencia que debería ser escalofriante, pero que acaba siendo más ridículo que otra cosa. No es un fallo técnico —el plano está bien ejecutado—, sino de concepto. Es como si McCarthy hubiera visto demasiadas películas de terror y hubiera decidido que lo importante no es asustar, sino parecer que asusta.
Donde Oddity sí da en el blanco es en su sonido. El diseño sonoro es una auténtica maravilla, una sinfonía de crujidos, susurros y golpes secos que te ponen los pelos de punta. Hay una escena en la que Darcy está en su casa y escuchamos ruidos en el piso de arriba. No hay música, solo silencio y el sonido de unos pasos arrastrándose. Esos segundos de tensión son los mejores de la película, y demuestran que McCarthy sabe cómo jugar con el miedo primigenio, ese que nace de lo que no se ve. También hay que destacar la banda sonora de Steve Lynch, que acompaña con acordes minimalistas y algún que otro golpe de cuerda que parece sacado de una película de Hitchcock. Pero, como todo en Oddity, incluso lo bueno tiene su lado oscuro: la música a veces suena demasiado alta, como si Lynch tuviera miedo de que no la escucháramos, y acaba rompiendo la atmósfera que tanto le ha costado construir al director.
Dirección y puesta en escena: El ring de Damian McCarthy
McCarthy dirige Oddity como si estuviera en un combate de boxeo contra el aburrimiento. Sabe que no puede ganar por KO, así que opta por una estrategia de desgaste: muchos golpes pequeños, algún que otro directo al mentón y la esperanza de que el público no se duerma antes del último asalto. Su mayor virtud es la paciencia. No tiene prisa por contarte la historia, y eso se nota en el ritmo pausado, casi contemplativo, de la película. Pero también es su mayor defecto, porque hay momentos en los que esa paciencia se convierte en autocomplacencia. McCarthy se enamora de sus propios planos, de sus encuadres cuidados, de sus transiciones lentas, y se olvida de que una película de terror, por muy artística que sea, necesita avanzar. Hay una escena en la que Darcy recorre su casa con una linterna, iluminando objetos y paredes como si buscara algo. El plano dura lo suficiente como para que te preguntes si McCarthy está intentando hacer un homenaje a The Blair Witch Project o si simplemente se ha olvidado de cortar.
El guion es el punto más débil de Oddity. McCarthy escribe diálogos que suenan naturales, pero que a veces caen en la repetición. Darcy pasa buena parte de la película hablando de su hermana muerta, de su ceguera, de su maniquí de madera... y aunque Bracken hace un trabajo increíble con el material, hay momentos en los que sientes que estás viendo el mismo episodio de una serie una y otra vez. El problema no es la falta de ideas, sino la ejecución. McCarthy tiene una historia interesante entre manos —una médium ciega que usa un maniquí para comunicarse con los muertos—, pero no sabe cómo desarrollarla sin caer en clichés. El tercer acto, por ejemplo, es un desastre de giros predecibles y resoluciones apresuradas. Es como si McCarthy hubiera decidido que ya era hora de terminar y hubiera lanzado un puñado de ideas a la pantalla sin preocuparse por cómo encajaban.
Actuaciones: Carolyn Bracken se lleva el cinturón
Si Oddity funciona en algún momento, es gracias a Carolyn Bracken. Su interpretación de Darcy es lo único que mantiene la película en pie cuando el guion empieza a flaquear. Bracken no solo convence como una mujer ciega —algo que ya es difícil de por sí—, sino que además le da a su personaje una profundidad que el guion no siempre merece. Hay una escena en la que Darcy está sentada en un sofá, escuchando una grabación de su hermana, y Bracken transmite tanto dolor con tan poco que es imposible no sentirlo. No es una actuación grandilocuente, llena de gritos y lágrimas, sino todo lo contrario: es contenida, casi minimalista, pero por eso mismo duele más. Gwilym Lee, conocido por su papel en Bohemian Rhapsody, hace un trabajo correcto como el interés romántico de Darcy, pero su personaje es tan plano que parece sacado de un telefilme de los 90. Steve Wall y Joe Rooney aportan algo de alivio cómico, pero sus personajes son tan caricaturescos que acaban rompiendo la atmósfera que McCarthy tanto se esfuerza en construir.
Lo mejor
- La interpretación de Carolyn Bracken: Un trabajo sobrio y conmovedor que eleva cada escena en la que aparece. Bracken no solo convence como una mujer ciega, sino que además le da a Darcy una humanidad que el guion no siempre alcanza.
- El diseño sonoro: Una auténtica obra maestra del terror psicológico. Los crujidos, susurros y golpes secos te ponen los pelos de punta y demuestran que a veces el miedo nace de lo que no se ve.
- La fotografía de Colm Hogan: Cada encuadre parece sacado de un cuadro tenebrista. Los juegos de luces y sombras, los interiores oscuros y los exteriores brumosos crean una atmósfera opresiva que te envuelve desde el primer plano.
- La banda sonora de Steve Lynch: Acordes minimalistas y golpes de cuerda que recuerdan al mejor Hitchcock. Aunque a veces suena demasiado alta, la música acompaña perfectamente el tono de la película.
Lo peor
- El maniquí de madera: Debería ser el elemento más aterrador de la película, pero acaba siendo el más patético. McCarthy no sabe qué hacer con él, y su presencia es más confusa que escalofriante.
- El ritmo lento: Los primeros 40 minutos son un ejercicio de paciencia. McCarthy se enamora de su propia atmósfera y se olvida de que una película de terror necesita avanzar.
- El guion: Diálogos repetitivos, un tercer acto apresurado y giros predecibles. McCarthy tiene una idea interesante, pero no sabe cómo desarrollarla sin caer en clichés.
- Los personajes secundarios: Gwilym Lee, Steve Wall y Joe Rooney están desaprovechados. Sus personajes son planos, caricaturescos y rompen la atmósfera que tanto cuesta construir.
El Veredicto de Claqueta Ácida
Oddity es como un boxeador que llega al último asalto con más moratones que gloria. Damian McCarthy firma una película de terror irlandés con más estilo que sustos, más atmósfera que narrativa y más buenas intenciones que aciertos. Carolyn Bracken salva el tipo con una interpretación que merece un cinturón, pero el guion tropieza con su propio maniquí de madera y acaba en el suelo. No es una obra maestra, ni falta que le hace, pero tiene momentos lo suficientemente brillantes como para recomendarla a los amantes del terror lento y atmosférico. Eso sí, si buscas sustos de los de gritar como un loco, mejor quédate en casa viendo insidious-fuera-del-mas-alla" class="text-amber-400 font-black hover:text-amber-300 transition underline decoration-amber-500/40 hover:decoration-amber-300" title="[6.8/10 ⚡ Ácido Cítrico] Lee nuestra autopsia de «Insidious»" data-acid-interlink="insidious-fuera-del-mas-alla">Insidious. Aquí el único que te va a dejar KO es el sueño. 💀
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Ficha de Daños Colaterales en Sala
Certificado de impacto psicofísico emitido por Camilo K.O.
3 amagos en el tramo intermedio; pestañeo pesado en las transiciones más innecesarias.
Minuto 45 y minuto 68 (comprobando cuánto quedaba de suplicio).
2 espresso para no dejarse vencer por la mediocridad cómoda.
"A mitad del segundo acto cuando la subtrama secundaria empezó a pesar más de lo que aportaba."
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