🎬 CLAQUETA ÁCIDA
Perros Verdes ⚡ Ácido Cítrico

El baño del diablo — Una misa negra en el bosque que no logra conjurar el tedio

Severin Fiala y Veronika Franz firman un drama histórico de terror psicológico que se ahoga en su propia solemnidad. Visualmente impecable, emocionalmente gélido. ¿Arte o autopsia?

✍️ Por: Dr. Cinismo
🎬 Director: Severin Fiala
⏱️ Lectura: 11 min
⚡ Ácido Cítrico 6/10
Crítica y fotograma de la película El baño del diablo en Claqueta Ácida
Póster y cartel oficial de la película El baño del diablo
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El baño del diablo: Una misa negra en el bosque que no logra conjurar el tedio 0:00 / --:--

El siglo XVIII huele a madera podrida, sudor y fanatismo religioso. O al menos eso es lo que Severin Fiala y Veronika Franz, los arquitectos de este El baño del diablo, parecen empeñados en recordarnos. No es la primera vez que la pareja austriaca se adentra en los bosques oscuros de la psique humana —su anterior colaboración, Goodnight Mommy (2014), ya nos dejó con esa sensación de que algo no cuadraba en la casa familiar—, pero esta vez han cambiado los pasillos claustrofóbicos por paisajes abiertos que, paradójicamente, resultan aún más asfixiantes. La película, presentada en la Berlinale 2024, llega con el peso de una producción cuidada al milímetro: fotografía de Martin Gschlacht (colaborador habitual de Ulrich Seidl), un reparto donde destaca la cantante Anja Plaschg en su primer papel protagonista, y un presupuesto que se nota en cada plano de esos bosques austríacos que parecen sacados de un cuento de los hermanos Grimm… si los Grimm hubieran escrito guiones para Lars von Trier en su etapa más depresiva.

Pero aquí está el problema: El baño del diablo quiere ser muchas cosas a la vez y termina siendo una especie de Frankenstein cinematográfico. Por un lado, es un drama histórico que retrata con crudeza la vida de las mujeres en la Europa rural del siglo XVIII, donde el matrimonio era una condena y la maternidad, una lotería con más boletos perdedores que otra cosa. Por otro, es una película de terror psicológico que juega con la idea de la posesión demoníaca, aunque sin llegar a mojarse del todo. Y, en el fondo, también aspira a ser un estudio de personaje sobre Agnes (Plaschg), una joven que se casa con un hombre al que apenas conoce y que, poco a poco, se ve arrastrada a un abismo de culpa, paranoia y violencia. El problema es que, entre tanto género y tanto simbolismo, la película se olvida de lo más importante: que el espectador sienta algo.

El rodaje, según declaraciones de Fiala, fue un infierno de precisión. Filmaron en localizaciones reales de los Alpes austríacos, con actores no profesionales mezclados con intérpretes consagrados, y en condiciones climáticas que oscilaban entre el frío polar y la humedad asfixiante. Todo para conseguir esa sensación de autenticidad que, en pantalla, se traduce en planos estáticos de una belleza casi dolorosa. Pero la autenticidad no siempre es sinónimo de emoción, y El baño del diablo es la prueba viviente de ello. Hay una escena, por ejemplo, en la que Agnes lava la ropa en un río mientras su suegra la observa con una mirada que podría congelar el infierno. El plano dura lo suficiente como para que notes el peso del agua en las manos de la protagonista, el frío que le cala los huesos, el cansancio de una vida que no ha hecho más que empezar. Es una secuencia magistral… y también un microcosmos de lo que falla en la película: es perfecta en la forma, pero vacía en el fondo.

No ayuda que el guion de Franz, coescrito con Fiala, adolezca de un exceso de solemnidad. Los diálogos son escasos y, cuando aparecen, suenan a sentencias bíblicas o a refranes populares que nadie en su sano juicio diría en voz alta. «El diablo acecha en los lugares oscuros», le espeta un personaje a Agnes en un momento dado. No, no es una línea de un sermón del siglo XVIII, es el tipo de frase que solo existe en las películas que quieren recordarte constantemente que son importantes. Y El baño del diablo quiere ser importante, vaya si quiere. El problema es que el cine no se hace con buenas intenciones, sino con buenas historias. Y esta, por desgracia, se queda a medio camino entre el folclore y el psicoanálisis de manual.

El baño del diablo still 1
El baño del diablo still 1

Dirección y puesta en escena: Un cuadro que no respira

Severin Fiala tiene un ojo clínico para el encuadre. No hay duda de eso. Cada plano de El baño del diablo parece sacado de un lienzo barroco: composiciones simétricas, colores terrosos que se funden con la niebla, y una paleta de grises y marrones que refleja a la perfección el estado anímico de Agnes. Pero el cine no es pintura, y una película no puede vivir solo de su belleza visual. Fiala lo sabe, y por eso intenta inyectar dinamismo a la narración con algunos recursos de montaje —como ese corte seco de Agnes sonriendo a su marido en la noche de bodas a un primer plano de su rostro desencajado al día siguiente—, pero son soluciones puntuales que no logran compensar el ritmo glacial del conjunto.

El mayor pecado de Fiala es su Obsesión»" data-acid-interlink="obsesion-el-hechizo-que-convirtio-el-amor-en-pesadilla-de-plastico">obsesión por la distancia. La cámara rara vez se acerca a los personajes, como si temiera contaminarse con sus emociones. En Goodnight Mommy, esa distancia funcionaba porque el misterio era el motor de la historia. Aquí, en cambio, resulta contraproducente. Agnes es un personaje que se desmorona poco a poco, pero el espectador nunca llega a sentir ese desmoronamiento porque la película se empeña en mantenerlo a kilómetros de distancia. Hay una escena clave, hacia el final, en la que Agnes se adentra en el bosque con un hacha. El plano general la muestra como un punto minúsculo en medio de la inmensidad de los árboles, y uno no puede evitar pensar: ¿Por qué no nos dejas ver su rostro? ¿Por qué no nos dejas sentir su dolor? Pero Fiala prefiere el simbolismo a la humanidad, y eso, al final, es lo que condena a El baño del diablo a ser una película fría, calculada y, en última instancia, aburrida.

El baño del diablo still 2
El baño del diablo still 2

Actuaciones: Anja Plaschg y el arte de no decir nada

Si hay algo que salva a El baño del diablo del olvido es la interpretación de Anja Plaschg. La cantante austríaca, conocida en el mundo de la música como Soap&Skin, debuta en el cine con una actuación que es, en muchos sentidos, una lección de contención. Plaschg no necesita gritar ni llorar para transmitir el tormento de Agnes. Basta con una mirada perdida, un gesto casi imperceptible de los labios, o ese momento en el que se queda quieta, como si su cuerpo ya no le perteneciera. Es una interpretación física, casi animal, que contrasta con la rigidez del resto del reparto.

El problema es que Plaschg no tiene material con el que trabajar. El guion de Franz y Fiala le da muy poco margen para explorar la psicología de Agnes más allá de los clichés de la mujer oprimida que se vuelve loca. Y así, aunque su actuación es impecable, uno no puede evitar sentir que está viendo a una actriz brillante desperdiciada en un papel que no le permite brillar del todo. El resto del reparto, por su parte, cumple sin más. Maria Hofstätter, como la suegra de Agnes, tiene algunos momentos memorables —ese plano en el que observa a su nuera con una mezcla de desprecio y lástima es pura dinamita—, pero su personaje es poco más que un arquetipo. Y David Scheid, como el marido de Agnes, es tan inexpresivo que uno se pregunta si le pagaron por actuar o por quedarse quieto.

Apartado técnico: La belleza como anestesia

Si algo no se le puede negar a El baño del diablo es su factura técnica. La fotografía de Martin Gschlacht es, sencillamente, deslumbrante. Cada plano parece pensado para ser enmarcado: los bosques oscuros con sus árboles retorcidos, los interiores de las casas de madera con su luz tenue y amarillenta, los rostros de los personajes iluminados por velas que proyectan sombras alargadas y deformes. Gschlacht consigue que el espectador sienta el frío, la humedad, el peso de la ropa de lana y el olor a leña quemada. Es una fotografía que duele de lo hermosa que es, pero también de lo distante que resulta.

La banda sonora, compuesta por la propia Anja Plaschg, es otro de los puntos fuertes. Plaschg opta por una música minimalista, casi etérea, que se funde con los sonidos ambientales —el crujir de las ramas, el viento silbando entre los árboles, el agua del río corriendo— para crear una atmósfera opresiva. Hay momentos en los que la música desaparece por completo, y el silencio se vuelve tan denso que uno puede escuchar su propia respiración. Es un acierto, sin duda, pero también un recordatorio de que, en esta película, el sonido es más interesante que los diálogos.

El montaje, a cargo de Michael Palm, es funcional, aunque poco inspirado. Hay algunos cortes brillantes —como ese salto de Agnes en la cama a Agnes en el bosque, que sugiere una elipsis temporal pero también un salto en su cordura—, pero en general, el ritmo es tan lento que uno tiene la sensación de estar viendo un documental sobre la vida en el siglo XVIII… pero sin la parte informativa. Y el diseño de producción, aunque impecable, peca de lo mismo que el resto de la película: es tan realista que roza lo aséptico. Las casas, la ropa, los utensilios… todo está tan bien recreado que uno casi puede oler el pan recién horneado. Pero el cine no es un museo, y una película no puede vivir solo de su autenticidad histórica.

Lo mejor

  • La fotografía de Martin Gschlacht: Cada plano es una postal del infierno. Los bosques oscuros, los interiores iluminados por velas, los rostros marcados por la luz y la sombra… Gschlacht convierte el siglo XVIII en un lugar tangible, casi palpable. Es lo único que hace que valga la pena sentarse dos horas frente a la pantalla.
  • Anja Plaschg: Su Agnes es un personaje que se te clava en la memoria. Plaschg no necesita hacer grandes gestos para transmitir el tormento de su personaje; le basta con una mirada, un suspiro, un silencio. Es una actuación física, visceral, que contrasta con la frialdad del resto de la película.
  • La banda sonora de Anja Plaschg: Minimalista, etérea y opresiva. Plaschg sabe cuándo callar y cuándo dejar que el silencio hable por sí mismo. Hay momentos en los que la música desaparece por completo, y el vacío que deja es más elocuente que cualquier diálogo.
  • El diseño de producción: Todo en esta película respira autenticidad. Desde la ropa de los personajes hasta los utensilios que usan, pasando por las casas de madera y los paisajes boscosos. Es un trabajo impecable que te transporta a la Austria del siglo XVIII… aunque sea un viaje que no siempre apetece hacer.

Lo peor

  • El guion: Veronika Franz y Severin Fiala parecen más interesados en crear una atmósfera que en contar una historia. Los diálogos son escasos y, cuando aparecen, suenan a sentencias bíblicas o a refranes de manual. Agnes es un personaje fascinante, pero el guion no le da el espacio que necesita para desarrollarse.

El ritmo: El baño del diablo* es una película lenta. Demasiado lenta. Hay momentos en los que uno tiene la sensación de que el tiempo se ha detenido, y no precisamente de manera poética. Fiala parece más interesado en crear cuadros estáticos que en contar una historia con un mínimo de dinamismo.

  • La distancia emocional: La cámara rara vez se acerca a los personajes, como si temiera contaminarse con sus emociones. Agnes se desmorona ante nuestros ojos, pero nunca llegamos a sentir su dolor porque la película se empeña en mantenernos a kilómetros de distancia. Es una elección estilística que, al final, resulta contraproducente.
  • La falta de matices: Todos los personajes son arquetipos. La suegra malvada, el marido ausente, la joven oprimida… No hay espacio para la ambigüedad, para la complejidad. Hasta el diablo, que debería ser el personaje más interesante, se queda en un concepto abstracto, una presencia más sugerida que real.

El Veredicto de Claqueta Ácida

El baño del diablo es una película que duele de lo hermosa que es, pero también de lo vacía que resulta. Severin Fiala y Veronika Franz han creado un cuadro perfecto: cada encuadre, cada nota de la banda sonora, cada detalle del diseño de producción está pensado al milímetro. Pero el cine no es pintura, y una película no puede vivir solo de su belleza visual. Agnes camina hacia el bosque como si el diablo ya le hubiera susurrado al oído, pero la película se queda en el umbral, demasiado asustada para seguirla. Es una lástima, porque hay momentos en los que uno cree vislumbrar algo grande, algo terrible y fascinante. Pero al final, El baño del diablo no es más que un funeral sin cadáver: solemne, impecable y, sobre todo, aburrido. 💀

🎬 Tráiler Oficial

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Ficha de Daños Colaterales en Sala

Certificado de impacto psicofísico emitido por Dr. Cinismo

⚡ Desgaste Moderado
🥱 Bostezómetro

2 amagos en el tramo intermedio; pestañeo pesado en las transiciones más innecesarias.

⏱️ Miradas de Pánico al Reloj

Minuto 36 y minuto 72 (comprobando cuánto quedaba de suplicio).

😬 Índice de Cringe Ajeno 2.7/10
☕ Prescripción Terapéutica

1 espressos para no dejarse vencer por la mediocridad cómoda.

💥 Punto de Descarrilamiento

"A mitad del segundo acto cuando la subtrama secundaria empezó a pesar más de lo que aportaba."

💬 El Veredicto de la Comunidad

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