Possessor — La herencia sangrienta de Cronenberg (pero con menos gusanos y más estilo)
Brandon Cronenberg firma un body horror corporativo que muerde más que el padre. Andrea Riseborough es un huracán de carne y silicona. 8.0/10.
El apellido Cronenberg ya no es una losa, sino un arma de destrucción masiva. Brandon, el hijo pródigo, llega con Possessor para recordarnos que el body horror no murió con los VHS de los 80: solo se puso traje y corbata. Y vaya traje. Esta película huele a sangre fresca, a circuitos quemados y a ese sudor frío que te recorre la espalda cuando te das cuenta de que el verdadero monstruo no está en la pantalla, sino en el espejo de la oficina de al lado. Con un presupuesto de 11 millones de dólares (sí, has leído bien: once), Cronenberg Jr. construye un universo donde las corporaciones no solo te roban el alma, sino que te la alquilan por horas. Bienvenidos al capitalismo gore, señores. No hay salida de emergencia.
El rodaje, por cierto, fue un infierno controlado. Según declaraciones del propio Brandon, el equipo trabajó con efectos prácticos casi al 100%, lo que explica por qué cada herida, cada implante y cada jeringuilla clavándose en un globo ocular duele de verdad. No hay CGI que valga cuando Christopher Abbott se retuerce en el suelo como si le estuvieran reventando las tripas desde dentro. Y Abbott, por cierto, es la gran revelación aquí: un actor que se desangra en pantalla con la misma naturalidad con la que otros se toman un café. La escena en el baño, donde su personaje —Colin Tate— descubre que su cuerpo ya no le pertenece, es tan incómoda que medio cine se tapó los ojos. La otra mitad, los que aguantamos, salimos con la sensación de haber asistido a un exorcismo corporativo.
Pero hablemos de Andrea Riseborough, porque si esta mujer no gana un Oscar en los próximos cinco años, el cine está más podrido de lo que parece. Tasya Vos, su personaje, es una asesina a sueldo que opera desde dentro de los cuerpos ajenos, como un virus con traje de ejecutiva. Riseborough no interpreta a Tasya: la habita, la mastica y la escupe con una frialdad que congela el aire de la sala. Hay un plano secuencia en el que su rostro —pálido, casi translúcido— se superpone al de Abbott en un fundido que dura lo justo para que notes cómo el sudor te resbala por la nuca. Es cine táctil, de ese que te deja marcas. Y luego está Jennifer Jason Leigh, que aparece como la jefa de Tasya con esa sonrisa de tiburón que solo ella sabe poner. Leigh no tiene muchas escenas, pero cada vez que abre la boca, el guion cobra vida. Es como si David Lynch y Bret Easton Ellis hubieran escrito un manual de instrucciones para ejecutivos psicópatas.
El guion, escrito por el propio Cronenberg, es una bestia de dos cabezas: por un lado, es una crítica feroz al capitalismo tardío (esos asesinatos por encargo que benefician a «peces gordos» son tan obvios que dan risa); por otro, es un estudio clínico sobre la pérdida de identidad. La premisa —una empresa que alquila cuerpos para cometer crímenes— no es nueva (hola, Altered Carbon), pero Cronenberg la lleva a un territorio tan visceral que duele. No hay metáforas sutiles aquí: si el cuerpo es una máquina, Possessor es el manual de instrucciones para desmontarla. Y el final... bueno, el final es de esos que te dejan mirando la pantalla en blanco, preguntándote si lo que acabas de ver era una película o una autopsia en directo. Spoiler: es ambas cosas.
Dirección y puesta en escena: El hijo pródigo aprieta el gatillo
Brandon Cronenberg no dirige: dispara. Cada plano de Possessor parece calculado para incomodar, para recordarte que estás viendo algo que no debería existir pero, joder, existe. La influencia de su padre, David, es evidente —¿cómo no iba a serlo?—, pero Brandon tiene su propia voz, más sucia, más urbana, como si Videodrome y American Psycho hubieran tenido un hijo bastardo en un motel de carretera. La escena inicial, donde Tasya Vos «posee» a un ejecutivo para asesinar a su suegro (sí, el de Sean Bean, porque en esta película hasta los cameos cortan), es un prodigio de tensión. Cronenberg usa el sonido como un arma: los latidos del corazón amplificados, el zumbido de los implantes cerebrales, el crujido de los huesos al romperse. Es cine ASMR para sádicos.
El montaje, a cargo de Matthew Hannam, es otro de los puntos fuertes. Hay secuencias que parecen coreografiadas por un cirujano borracho: cortes secos, fundidos que queman, planos detalle de agujas entrando en carne que te hacen cruzar las piernas instintivamente. Y luego está la fotografía de Karim Hussain, que convierte cada escena en un cuadro de Bacon digital. Los tonos fríos —azules eléctricos, verdes enfermizos— dominan la paleta, pero cuando la sangre aparece, lo hace como un grito en la oscuridad. El plano en el que Colin Tate se arranca un implante del cuello con unas tijeras es tan brutal que medio cine gritó. La otra mitad, los que callamos, lo hicimos porque sabíamos que si abríamos la boca, vomitaríamos.
Actuaciones: Riseborough y Abbott, un duelo a muerte (literal)
Si Possessor funciona es porque sus dos protagonistas se odian en pantalla con una intensidad que trasciende el método. Andrea Riseborough ya había demostrado en mandy-de-panos-cosmatos-el-infierno-en-celuloide-sangriento" class="text-amber-400 font-black hover:text-amber-300 transition underline decoration-amber-500/40 hover:decoration-amber-300" title="[8.5/10 🔥 Fusión Nuclear] Lee nuestra autopsia de «Mandy»" data-acid-interlink="mandy-de-panos-cosmatos-el-infierno-en-celuloide-sangriento">Mandy que es una actriz capaz de lo sublime, pero aquí lleva su juego al siguiente nivel. Tasya Vos es un personaje que no parpadea, que calcula cada movimiento como si su vida dependiera de ello (spoiler: depende). Hay una escena en la que Riseborough fuma un cigarrillo mientras observa cómo Colin Tate se autodestruye, y la forma en que sostiene el pitillo —con los dedos tan tensos que parecen a punto de romperse— lo dice todo. No necesita gritar. No necesita llorar. Su silencio es un puñal.
Y luego está Christopher Abbott, que se lleva el premio al mejor sacrificio físico del año. Colin Tate es un personaje roto, un hombre cuyo cuerpo ya no le pertenece, y Abbott lo interpreta con una entrega que roza lo masoquista. Hay un momento en el que Tate se mira al espejo y no se reconoce, y la expresión de Abbott es tan desgarradora que duele mirarla. No es acting: es exorcismo. El resto del reparto cumple —Jennifer Jason Leigh es puro veneno con tacones, Sean Bean muere como siempre (con dignidad, pero muere)—, pero el verdadero duelo es entre Riseborough y Abbott. Dos actores que se desnudan en pantalla, literalmente, y te dejan sin aliento.
Lo mejor
- La fotografía de Karim Hussain: Una pesadilla en azul eléctrico y rojo sangre. Cada plano parece sacado de un sueño húmedo de David Lynch, pero con más tripas. El uso de la luz fría para contrastar con los tonos cálidos de la violencia es brutal.
- Andrea Riseborough: Un huracán de frialdad calculada. Tasya Vos no es un personaje: es una fuerza de la naturaleza, y Riseborough la interpreta como si su vida dependiera de ello. La escena del cigarrillo es cine puro.
- El diseño de sonido: Cronenberg y su equipo convierten el cuerpo humano en un instrumento de tortura. Los latidos amplificados, el zumbido de los implantes, el crujido de los huesos... Es ASMR para sádicos, y funciona a la perfección.
- El guion de Brandon Cronenberg: No es perfecto, pero tiene dientes. La crítica al capitalismo es obvia, pero la exploración de la identidad es genuinamente perturbadora. El final, en particular, es de esos que te dejan mudo.
- Los efectos prácticos: No hay CGI barato aquí. Cada herida, cada implante, cada jeringuilla clavándose en un ojo duele de verdad. El presupuesto de 11 millones se nota en pantalla, y eso es un milagro en los tiempos que corren.
Lo peor
- Algunos diálogos corporativos: Hay momentos en los que la crítica al capitalismo suena tan obvia que parece un panfleto. Menos «los peces gordos nos usan», por favor.
- El ritmo en el segundo acto: La película pierde fuelle en la parte central, cuando la trama se centra demasiado en Colin Tate y su crisis existencial. No es malo, pero frena el ritmo de la primera hora.
- El personaje de Tuppence Middleton: Tiene potencial, pero acaba siendo prescindible. Middleton hace lo que puede, pero su arco se siente inacabado.
- La falta de desarrollo de algunos secundarios: Jennifer Jason Leigh brilla en sus pocas escenas, pero su personaje merecía más. Lo mismo pasa con Sean Bean, que muere como siempre (con dignidad, pero muere).
El Veredicto de Claqueta Ácida
Possessor no es una película: es un experimento. Un experimento que duele, que mancha, que te deja mirando tus propias manos como si no fueran tuyas. Brandon Cronenberg ha heredado el apellido más pesado del cine y, en lugar de huir de él, lo ha reventado desde dentro. Andrea Riseborough es una diosa del terror frío, Abbott se desangra en pantalla con una entrega que roza lo masoquista, y la fotografía de Hussain convierte cada escena en un cuadro de Bacon digital. No es perfecta —el segundo acto cojea, algunos diálogos huelen a panfleto—, pero cuando funciona, funciona como un puñal en el estómago. Si el body horror tuviera un futuro, sería algo así: sucio, elegante, insoportable. 8.0/10. No saldrás indemne. 💀
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Ficha de Daños Colaterales en Sala
Certificado de impacto psicofísico emitido por Camilo K.O.
Cero. La pantalla absorbió cada segundo de atención disponible.
El móvil permaneció en el bolsillo donde debía estar.
Ninguna. Esta obra no necesita muletas estimulantes.
"No aplica. La obra se sostiene sola."
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