Sirat — Trance en el desierto: Oliver Laxe convierte el Sáhara en un plano-secuencia de éxtasis místico y sudor existencial
Oliver Laxe firma una obra maestra hipnótica donde el desierto marroquí se convierte en un personaje más, sudoroso y alucinógeno. Cine puro, sucio y trascendente. 9/10.
El desierto nunca había sido tan elocuente. Oliver Laxe, ese alquimista gallego que convirtió el Atlas marroquí en su lienzo personal con Mimosas (2016), regresa con Sirat: Trance en el desierto para demostrar que el cine aún puede ser un acto de brujería visual. No es casualidad que su filmografía recuerde a esos directores malditos que prefieren perderse en geografías hostiles antes que rodar un plano en un estudio climatizado. Laxe, como Béla Tarr o Apichatpong Weerasethakul, entiende que el tiempo cinematográfico no se mide en minutos, sino en la densidad del aire, en la textura del polvo que se pega a la piel y en la luz que quema las retinas. Aquí, el sur de Marruecos no es un escenario, sino un personaje más, un organismo vivo que respira, transpira y, sobre todo, alucina. Y es que Sirat no se ve: se sufre, se suda, se mastica como un dátil seco bajo un sol de justicia. Bienvenidos al trance laxeano, donde el éxtasis no viene en pastillas, sino en planos-secuencia que duran lo que un suspiro de Alá en medio de la nada.
La génesis de Sirat es tan fascinante como su resultado. Tras el éxito crítico de Mimosas —que se llevó el Gran Premio de la Semana de la Crítica en Cannes—, Laxe podría haberse refugiado en el circuito de festivales de élite, firmando guiones en cafés parisinos mientras productores con trajes de lino le susurraban al oído sobre proyectos serios. Pero no. El gallego, como buen hereje del cine contemporáneo, decidió que su próxima película se rodaría en medio de una rave perdida en las montañas del Anti-Atlas, con un equipo mínimo, un presupuesto que alcanzaría para comprar un café en el Festival de San Sebastián y un reparto donde Sergi López —ese actor fetiche de la resistencia física— interpretaría a un padre que arrastra a su hijo hacia lo desconocido. La premisa suena a sinopsis de un documental sobre la locura humana, pero Laxe la convierte en una experiencia sensorial que oscila entre el road movie místico y el trip lisérgico filmado con la solemnidad de un ritual sufí. No hay guion en el sentido tradicional, sino una serie de situaciones que se despliegan como dunas movidas por el viento: impredecibles, hipnóticas, a veces irritantes, pero siempre necesarias.
El contexto industrial en el que nace Sirat es igual de revelador. En una era donde el cine español se debate entre el blockbuster de pacotilla y el drama social de manual, Laxe opera como un francotirador solitario, financiado por Movistar Plus+ —que, contra todo pronóstico, sigue apostando por cine de autor arriesgado— y por Los Desertores Films, una productora que parece salida de una novela de Bolaño. No hay estrellas de Prime Video, ni cameos de influencers, ni diálogos escritos para que los tuits se hagan virales. Aquí, el único influencer es el sol, que cae a plomo sobre los personajes como un juez implacable. Y sin embargo, Sirat no es una película hermética, ni un ejercicio de estilo vacío. Es cine en estado puro: sucio, sudoroso, a veces frustrante, pero siempre vivo. Como si Andrei Tarkovski hubiera rodado un remake de Mad Max con presupuesto de cortometraje estudiantil y diálogos improvisados en dariya. El resultado es una obra que desafía las categorías, una película que no se deja domesticar ni por los algoritmos de Netflix ni por los palmarés de los festivales. Es, en definitiva, lo que pasa cuando el cine se niega a ser un producto y decide ser, otra vez, un milagro.
La elección de Mauro Herce como director de fotografía no es casual. Herce, colaborador habitual de Laxe, es un maestro en capturar la luz como si fuera un líquido espeso, algo que se derrama sobre los personajes y los paisajes con una intensidad casi obscena. En Sirat, la fotografía no se limita a registrar: devora. Los planos generales del desierto parecen sacados de un sueño febril, con esos tonos ocres y rojizos que queman la pantalla como si el proyector estuviera a punto de incendiarse. Y luego están los primeros planos, esos rostros curtidos por el sol y el viento, donde cada arruga parece contar una historia milenaria. Herce y Laxe trabajan con una paleta de colores que va del ocre al negro absoluto, pasando por esos azules eléctricos que aparecen en los momentos de mayor éxtasis —como si el cielo se hubiera abierto para dejar pasar un destello de lo divino—. El montaje, por su parte, es deliberadamente lento, pero nunca aburrido. Cada corte tiene el peso de una decisión existencial, como si el editor estuviera eligiendo entre salvar un alma o condenarla al olvido. Y en medio de todo esto, la banda sonora —una mezcla de sonidos ambientales, música electrónica y silencios elocuentes— actúa como un personaje más, un latido que acompaña a los protagonistas en su viaje hacia lo desconocido.
La dirección: El desierto como plano-secuencia existencial
Oliver Laxe no dirige: conjura. Cada encuadre de Sirat parece fruto de un ritual pagano donde el celuloide es el altar y el sol, el sumo sacerdote. El gallego demuestra una vez más que es uno de los pocos cineastas contemporáneos capaz de convertir lo cotidiano en algo trascendente, sin caer en la pretensión ni en el misticismo barato. Su estilo, heredero directo de la Nouvelle Vague Rumana y del cine lento de Lav Diaz, se basa en la paciencia: la cámara espera, observa, respira al mismo ritmo que los personajes. No hay prisa, porque en el desierto el tiempo no existe. Hay secuencias que duran lo que un suspiro, y otras que se alargan como una agonía, pero todas comparten esa cualidad hipnótica que convierte Sirat en una experiencia casi física. Laxe no teme al silencio, ni a los planos vacíos, ni a la incomodidad del espectador. Al contrario: parece regodearse en ella, como si supiera que el cine, en su forma más pura, es un acto de resistencia contra la velocidad del mundo moderno.
La secuencia inicial, un plano-secuencia de casi diez minutos donde vemos a Sergi López y Bruno Núñez caminando por un paisaje árido mientras la cámara los sigue como un depredador, es una declaración de intenciones. No hay diálogos, ni música, ni explicaciones. Solo el sonido de sus pasos, el viento y el crujido de la tierra bajo sus pies. Es cine en estado bruto, sin adornos, sin concesiones. Laxe entiende que la grandeza del cine no está en lo que se muestra, sino en lo que se sugiere, y en Sirat cada plano parece contener un universo entero de significados ocultos. El desierto, con sus montañas peladas y sus valles infinitos, se convierte en un espejo de la condición humana: árido, implacable, pero también capaz de albergar momentos de una belleza sobrecogedora. Y Laxe, como un chamán moderno, sabe exactamente cómo capturar esa dualidad.
Las actuaciones: Carne, sudor y éxtasis
El reparto de Sirat es una mezcla de actores profesionales y no profesionales, pero todos comparten una cualidad esencial: parecen reales. No hay sobreactuaciones, ni gestos grandilocuentes, ni diálogos forzados. Sergi López, en el papel del padre, está sencillamente magistral. Su interpretación es física, visceral, como si cada paso que da en el desierto le costara un pedazo de alma. López, un actor que ha trabajado con Álex de la Iglesia y Guillermo del Toro, demuestra aquí que también puede brillar en el cine más contemplativo. Su química con Bruno Núñez, que interpreta a su hijo, es uno de los grandes aciertos de la película. Núñez, un actor no profesional, tiene una presencia magnética, casi animal. No actúa: existe. Su mirada, a veces perdida, a veces desafiante, es un reflejo perfecto de la confusión y la fascinación que siente ante el viaje que su padre le ha impuesto.
El resto del reparto cumple con creces, especialmente Stefania Gadda, que interpreta a una mujer misteriosa que los protagonistas encuentran en medio de la nada. Gadda, con su rostro anguloso y su mirada penetrante, parece salida de un cuadro de Caravaggio. Su personaje es enigmático, casi sobrenatural, y su presencia en la película añade una capa de misterio que Laxe explota con maestría. Los actores secundarios, como Joshua Liam Henderson o Richard Bellamy, aportan matices a una historia que, en manos menos hábiles, podría haber caído en el maniqueísmo. Pero Laxe no juzga a sus personajes: los observa, los comprende, y nos los muestra en toda su complejidad. No hay héroes ni villanos en Sirat, solo seres humanos perdidos en un paisaje que los supera.
El apartado técnico: Cuando el desierto se convierte en arte
El guion de Sirat es deliberadamente minimalista. No hay giros argumentales espectaculares, ni diálogos memorables, ni una estructura narrativa convencional. Lo que hay es atmósfera, y eso es suficiente. Laxe y su equipo han construido una película donde lo importante no es lo que pasa, sino cómo pasa. El guion, escrito por el propio Laxe, funciona como una partitura: establece un ritmo, marca unos temas, pero deja espacio para la improvisación y la sorpresa. Hay momentos en los que la película parece divagar, perderse en su propio laberinto, pero incluso esos instantes tienen una lógica interna, como si Laxe estuviera recordándonos que la vida no sigue un guion, sino que se despliega de forma caótica y hermosa.
La fotografía de Mauro Herce es, sencillamente, deslumbrante. Herce, que ya demostró su talento en Mimosas, lleva aquí su estilo a un nuevo nivel. Sus encuadres son composiciones pictóricas, donde la luz y el color se combinan para crear imágenes de una belleza casi insoportable. Los planos generales del desierto, con sus tonos rojizos y sus sombras alargadas, parecen sacados de un sueño febril. Y los primeros planos, especialmente los de los rostros de los actores, son de una intensidad brutal. Herce no teme a la oscuridad, ni a los contrastes extremos, ni a los colores saturados. Su fotografía es visceral, casi táctil, como si pudiéramos sentir el calor del sol en la pantalla.
El montaje, a cargo de Nicolas van Hemelryck, es otro de los puntos fuertes de la película. Van Hemelryck, colaborador habitual de Laxe, entiende que el ritmo de Sirat no puede ser convencional. Hay secuencias que se alargan hasta lo insoportable, y otras que pasan en un suspiro, pero todas están perfectamente calculadas para crear una sensación de trance. El montaje no busca entretener, sino sumergir, y en ese sentido cumple su objetivo con creces. La banda sonora, compuesta por Xabier Erkizia, es igualmente brillante. Erkizia mezcla sonidos ambientales —el viento, el crujido de la tierra, el rumor de las voces— con música electrónica minimalista para crear una atmósfera única. No hay melodías pegadizas, ni temas recurrentes, pero la música cumple su función: acompañar a los personajes en su viaje, sin imponerse, sin distraer.
Lo mejor
- La dirección de Oliver Laxe: Un ejercicio de paciencia y maestría visual que convierte el desierto en un personaje más, hipnótico y trascendente.
- La fotografía de Mauro Herce: Imágenes que queman la pantalla, con una paleta de colores que va del ocre al negro absoluto, pasando por azules eléctricos que parecen destellos de lo divino.
- Las actuaciones de Sergi López y Bruno Núñez: Interpretaciones físicas, viscerales, que parecen robadas de la realidad. López está magistral, y Núñez es un hallazgo de carne y hueso.
- El montaje y la banda sonora: Un ritmo deliberadamente lento que sumerge al espectador en un trance hipnótico, acompañado por una música que parece surgida del propio desierto.
Lo peor
- El ritmo: No es una película para impacientes. Hay secuencias que se alargan más de lo necesario, y el tempo general puede resultar frustrante para quienes busquen acción o diálogos ingeniosos.
- La falta de contexto: Laxe opta por no explicar casi nada, lo que puede dejar a algunos espectadores perdidos en medio del desierto narrativo.
- El final: No es decepcionante, pero sí abrupto. Algunos espectadores pueden sentir que la película termina demasiado pronto, sin una resolución clara.
El Veredicto de Claqueta Ácida
Sirat: Trance en el desierto es una de esas películas que llegan para recordarnos que el cine aún puede ser un acto de magia. Oliver Laxe ha creado una obra hipnótica, visceral y profundamente humana, donde el desierto no es un escenario, sino un espejo de nuestras propias almas. No es una película fácil, ni complaciente, ni pensada para el consumo rápido. Es cine en estado puro, sucio y trascendente, que exige del espectador lo mismo que el desierto exige de sus personajes: paciencia, resistencia y una fe ciega en lo desconocido. Si Mimosas fue su obra maestra, Sirat es su confirmación como uno de los grandes cineastas de nuestro tiempo. No la vean: vivanla. Y luego, cuando salgan de la sala, intenten no perderse en el camino de vuelta a casa. 💀
🎬 Tráiler Oficial
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¿Qué significa el final de Sirat?
Ficha de Daños Colaterales en Sala
Certificado de impacto psicofísico emitido por Odin Lagbert
Ni un solo parpadeo voluntario. El asiento, inusualmente cómodo.
Ni una sola mirada al móvil.
Ninguna. Esta obra no necesita muletas estimulantes.
"Inexistente: pulso de hierro hasta los créditos finales."
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