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Terror en la ópera — Dario Argento y su ballet de sangre en technicolor enfermizo

Dario Argento convierte el escenario de la ópera en un matadero gótico donde el color rojo no es maquillaje. ¿Obra maestra o auto-parodia? Claqueta Ácida disecciona el circo macabro.

✍️ Por: Valeria Von Doom
🎬 Director: Dario Argento
⏱️ Lectura: 13 min
🔥 Fusión Nuclear 7.8/10
Crítica y fotograma de la película Terror en la ópera en Claqueta Ácida
Póster y cartel oficial de la película Terror en la ópera
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Terror en la ópera: Dario Argento y su ballet de sangre en technicolor enfermizo 0:00 / --:--

El telón se alza en un teatro de la Scala que huele a sudor, perfume barato y sangre coagulada. Dario Argento, ese cirujano del terror con bisturí de celuloide, decide que el escenario de la ópera es el lugar perfecto para su próxima autopsia cinematográfica. Corría el año 1987, y el giallo ya agonizaba entre estertores de neón y cuchillos oxidados, pero el maestro italiano se negaba a soltar su juguete favorito. Terror en la ópera no es solo una película; es un exorcismo personal, un último intento de conjurar la magia del terror italiano antes de que Hollywood lo convirtiera en un parque temático de efectos digitales. Argento, que ya había firmado joyas como Suspiria y Profondo Rosso, se enfrenta aquí a su peor enemigo: la autocomplacencia. Porque cuando un director se enamora demasiado de su propio estilo, el resultado suele ser un espejo deformante donde la genialidad y el ridículo bailan un vals macabro. Y vaya si bailan en esta ópera sangrienta, donde cada plano parece gritar: «¡Mírame, soy arte!» mientras el guion susurra: «Soy un pretexto para que el director se masturbe visualmente».

El proyecto nace de una Obsesión»" data-acid-interlink="obsesion-el-hechizo-que-convirtio-el-amor-en-pesadilla-de-plastico">obsesión casi patológica de Argento por el teatro lírico, ese mundo de divas histriónicas y maldiciones centenarias que parece sacado de un cuento de Hoffmann en versión snuff. La sinopsis oficial habla de una joven soprano, Betty, que hereda el papel protagonista en Macbeth tras un accidente, pero lo que realmente se representa en pantalla es el eterno drama del artista que vende su alma al diablo del espectáculo. Franco Ferrini, guionista habitual del director, construye una trama que es poco más que un hilo de araña sobre el que Argento teje su telaraña de imágenes oníricas. El problema no es la simplicidad del argumento —el giallo nunca fue un género de guiones profundos—, sino su torpeza al intentar disfrazar de misterio lo que no es más que un desfile de muertes coreografiadas con la sutileza de un elefante en una cacharrería. Cada asesinato parece diseñado para que el espectador grite: «¡Otra vez no!», como si estuviéramos atrapados en un bucle de Scooby-Doo donde el villano siempre es el mayordomo con una máscara de plástico. Pero, oh sorpresa, en el cine de Argento hasta los clichés tienen estilo. O al menos, eso nos repetimos como un mantra mientras vemos cómo un cuervo picotea los ojos de una víctima en un primer plano que dura tres segundos más de lo necesario.

El contexto industrial de la época no ayuda. Italia, cuna del spaghetti western y el terror gótico, ya no era el mismo país que había parido a Mario Bava o Lucio Fulci. El cine de género italiano se ahogaba en su propia sangre, víctima de la piratería, la falta de financiación y la invasión de producciones estadounidenses con presupuestos que hacían parecer a Terror en la ópera un cortometraje de estudiantes. Argento, consciente de que su estrella empezaba a palidecer, decide tirar la casa por la ventana: rodaje en la Scala de Milán, efectos prácticos de Sergio Stivaletti (el mismo mago que había trabajado en Demons), y una fotografía que parece un cóctel de Suspiria y El fantasma de la ópera en versión trip de LSD. El resultado es una película que oscila entre lo sublime y lo ridículo con la elegancia de un funambulista borracho. Porque, seamos honestos, cuando el villano de turno lleva una gabardina que parece sacada de un desfile de Blade Runner y unas gafas de sol que gritan «¡soy un psicópata de los 80!», cuesta tomarse en serio el conjunto. Pero Argento no busca que lo tomemos en serio. Busca que lo admiremos. Y, maldita sea, lo consigue.

El rodaje fue un infierno digno de una película de Argento. Cristina Marsillach, la pobre soprano que interpreta a Betty, tuvo que soportar no solo las exigencias de un director obsesionado con los planos imposibles, sino también el peso de ser la protagonista de una película que parece más interesada en los cuervos que en su personaje. Los rumores hablan de un Argento tiránico, obsesionado con detalles como el ángulo exacto en el que la sangre debía salpicar el escenario o la forma en que los pájaros debían sobrevolar a las víctimas. El equipo técnico, por su parte, sufría en silencio mientras el maestro italiano les obligaba a repetir tomas hasta la extenuación, convencido de que cada fotograma debía ser una pintura barroca. Y vaya si lo consiguió. Terror en la ópera es, ante todo, un festín visual, un banquete de colores saturados, sombras alargadas y composiciones que parecen sacadas de un cuadro de Caravaggio si este hubiera tenido acceso a una cámara de 35mm y un presupuesto para efectos especiales. El problema es que, cuando el estilo se come al fondo, el espectador termina mareado, como si hubiera bebido demasiado vino en una cena donde los platos son hermosos pero incomestibles.

Terror en la ópera still 1
Terror en la ópera still 1

La dirección: Un circo de tres pistas con un solo payaso

Si el cine de Dario Argento fuera un perfume, olería a incienso quemado, sangre fresca y un toque de brilliantine barata. En Terror en la ópera, el director italiano despliega todo su arsenal visual con la sutileza de un mago que saca conejos de un sombrero... pero los conejos son cadáveres y el sombrero está manchado de vísceras. La secuencia inicial, con Betty ensayando en un teatro vacío mientras la cámara se desliza entre las butacas como un espectro, es pura poesía cinematográfica. Argento demuestra aquí por qué es el rey del giallo: su dominio del espacio, la iluminación y el movimiento de cámara es tan preciso que parece que la propia película respira. Pero, como en un mal sueño, esta elegancia se ve constantemente interrumpida por momentos de una torpeza casi infantil. ¿Ejemplo? El villano, un asesino en serie con más swag que sentido común, que parece sacado de un episodio de Miami Vice dirigido por un fanático de Halloween.

El problema no es que Argento abuse de su estilo —al fin y al cabo, el estilo es lo único que le queda—, sino que parece incapaz de decidir si quiere hacer una película de terror o un thriller psicológico. El resultado es un híbrido incómodo, como si Psicosis y El fantasma de la ópera hubieran tenido un hijo bastardo en una discoteca de los 80. Las escenas de ópera, filmadas con un respeto casi reverencial, contrastan con los asesinatos, que parecen diseñados por un adolescente con acceso a un matadero. El plano subjetivo desde los ojos de un cuervo —sí, has leído bien— es tan pretencioso que roza lo ridículo, pero también tan audaz que no puedes evitar admirarlo. Argento juega con el espectador como un gato con un ratón: un momento te sumerge en una atmósfera de pesadilla gótica, y al siguiente te golpea con un jump scare tan predecible que parece sacado de un episodio de Scooby-Doo. Pero, y aquí está la genialidad del director, incluso sus peores decisiones tienen un encanto perverso. Porque, al fin y al cabo, ¿quién necesita coherencia cuando puedes tener un asesinato filmado desde el punto de vista de un pájaro?

Terror en la ópera still 2
Terror en la ópera still 2

Las actuaciones: Un coro de divas y un tenor en offside

El reparto de Terror en la ópera es como una ópera de Verdi dirigida por Ed Wood: hay momentos de grandeza, pero también caídas tan estrepitosas que hacen que te preguntes si los actores estaban leyendo sus diálogos en un teleprompter escrito por un borracho. Cristina Marsillach, en el papel de Betty, es la soprano virginal por excelencia: su actuación oscila entre lo etéreo y lo inexpresivo, como si estuviera interpretando a un personaje de Barbie atrapado en una película de terror. Marsillach tiene una presencia magnética, pero su Betty es tan plana que parece salida de un anuncio de champú. El problema no es ella, sino el guion, que le da tan poco material con el que trabajar que su personaje termina siendo poco más que un maniquí al que le pasan cosas malas. Ian Charleson, en el papel del inspector Alan Santini, es el típico policía de giallo: guapo, serio y con un bigote que parece sacado de un catálogo de los 70. Su química con Marsillach es inexistente, pero, seamos honestos, en una película de Argento la química entre personajes es tan importante como el libreto en una película de Godzilla.

El verdadero espectáculo, sin embargo, lo da el villano, interpretado por Urbano Barberini. Este actor, bendito sea, parece convencido de que está protagonizando una película de acción de los 80, no un giallo italiano. Su interpretación es tan exagerada que roza lo camp, con una gabardina que parece hecha de piel de dragón y unas gafas de sol que podrían cegar a un vampiro. Barberini no actúa; posee. Cada vez que aparece en pantalla, es como si alguien hubiera inyectado testosterona directamente en el celuloide. Pero, y aquí está lo fascinante, su sobreactuación funciona dentro del tono de la película. Terror en la ópera no es un drama psicológico; es un circo de tres pistas donde el villano es el payaso principal, y Barberini lo interpreta con una entrega digna de un Oscar... si el Oscar fuera para el mejor villano de película trash.

El resto del reparto cumple con su papel de carne de cañón. Daria Nicolodi, musa y exesposa de Argento, tiene un cameo tan breve que parece un guiño a su pasado glorioso. Coralina Cataldi-Tassoni, en el papel de la amiga de Betty, es la típica rubia tonta del giallo, pero con un carisma que hace que su muerte sea más memorable que la de algunos personajes principales. En definitiva, el reparto de Terror en la ópera es como un coro de ópera: algunos cantan bien, otros desafinan, pero todos juntos crean una sinfonía de lo absurdo que, contra todo pronóstico, funciona.

El apartado técnico: Un banquete para los sentidos (y un dolor de cabeza)

Si el cine fuera gastronomía, Terror en la ópera sería un menú degustación de Ferrán Adrià: cada plato es una experiencia sensorial única, pero al final de la noche te preguntas si realmente valió la pena. La fotografía de Ronnie Taylor es, sin duda, el plato fuerte. Taylor, que ya había trabajado con Argento en Phenomena, convierte cada fotograma en una pintura barroca donde la luz y la sombra bailan un tango macabro. Los planos de la Scala de Milán, iluminados con una paleta de rojos, azules y dorados, son tan hermosos que hacen que te olvides de que estás viendo una película de terror y no un documental sobre la decadencia de la alta cultura. Pero, como en todo banquete, hay platos que sobran. Los efectos especiales, a cargo de Sergio Stivaletti, son una mezcla de lo sublime y lo risible. Los asesinatos con cuervos —sí, otra vez los malditos cuervos— son tan exagerados que parecen sacados de un episodio de Tom y Jerry, pero hay momentos, como la escena en la que una víctima es apuñalada mientras la cámara gira alrededor de ella, que son pura magia cinematográfica.

El montaje, por su parte, es tan irregular como el ritmo de la película. Hay secuencias que fluyen con la elegancia de un vals vienés, como el asesinato en el teatro vacío, pero otras parecen editadas por alguien que ha bebido demasiado espresso. La banda sonora, compuesta por Claudio Simonetti y Bill Wyman (sí, el bajista de los Rolling Stones), es un collage de sintetizadores ochenteros, coros operísticos y riffs de guitarra que suenan como si The Cure hubiera compuesto la música para una película de terror italiana. Es pretenciosa, exagerada y, en ocasiones, francamente ridícula, pero también es tan pegadiza que no puedes evitar tararearla mientras sales del cine. O, en este caso, mientras cierras la pestaña del reproductor.

El diseño de producción y el vestuario son otro punto fuerte. El teatro de la Scala, con sus butacas de terciopelo rojo y sus lámparas de araña, es el escenario perfecto para una película que parece obsesionada con la idea de que el arte es tan peligroso como hermoso. El vestuario, especialmente el del villano, es una mezcla de moda ochentera y estética giallo, con gabardinas largas, guantes de cuero y gafas de sol que parecen diseñadas para cegar a las víctimas antes de matarlas. Pero, como en todo lo demás, hay momentos en los que el exceso de estilo ahoga al fondo. El apartamento de Betty, por ejemplo, parece sacado de un catálogo de IKEA dirigido por David Lynch, con muebles blancos, cortinas rojas y una sensación general de que alguien ha intentado decorar un escenario de terror con los restos de una película de Dynasty.

Lo mejor

  • La fotografía de Ronnie Taylor: Un festín visual que convierte cada fotograma en una pintura barroca. Los planos de la Scala iluminados con rojos y dorados son pura poesía cinematográfica.
La dirección de Argento en sus momentos más inspirados: Cuando el director se olvida del guion y se centra en lo visual, Terror en la ópera* brilla con una intensidad casi hipnótica.
  • El villano interpretado por Urbano Barberini: Una actuación tan exagerada que roza lo camp, pero que funciona perfectamente dentro del tono de la película.
  • La banda sonora: Una mezcla de sintetizadores ochenteros y coros operísticos que es tan ridícula como pegadiza. Claudio Simonetti y Bill Wyman firman una partitura inolvidable.
  • El diseño de producción: El teatro de la Scala es el escenario perfecto para esta ópera sangrienta, con su mezcla de elegancia y decadencia.

Lo peor

  • El guion de Franco Ferrini: Un pretexto endeble para que Argento se luzca visualmente. La trama es predecible, los diálogos son planos y los personajes son poco más que maniquíes.
  • La actuación de Cristina Marsillach: Betty es tan inexpresiva que parece un maniquí de escaparate. Marsillach tiene presencia, pero el guion no le da nada con lo que trabajar.
Los efectos especiales de Sergio Stivaletti: Algunos asesinatos son tan exagerados que parecen sacados de un episodio de Tom y Jerry*. Los cuervos, en particular, son un despropósito.
  • El ritmo irregular: La película oscila entre momentos de elegancia cinematográfica y secuencias tan torpes que parecen editadas por un aficionado.
  • La autocomplacencia de Argento: El director parece más interesado en impresionarnos con su estilo que en contarnos una historia coherente. El resultado es una película que a veces roza la auto-parodia.

El Veredicto de Claqueta Ácida

Terror en la ópera es como un cóctel molotov servido en una copa de cristal de Murano: hermoso, peligroso y con un regusto a pretensión que no siempre sienta bien. Dario Argento firma aquí una película que es, a partes iguales, obra maestra y auto-parodia, un giallo que oscila entre lo sublime y lo ridículo con la elegancia de un funambulista borracho. No es su mejor película —ese honor sigue reservado para Suspiria—, pero es una de las más fascinantes, un último destello de genialidad antes de que el director se perdiera en los laberintos de su propia obsesión por el estilo. ¿Recomendable? Solo si te gusta el terror con más estilo que sustancia, y si no te importa que te den una bofetada de belleza mientras te apuñalan por la espalda. Porque, al fin y al cabo, en el cine de Argento la elegancia siempre viene acompañada de sangre. Y en Terror en la ópera, la sangre fluye a borbotones. 💀

🎬 Tráiler Oficial

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¿Qué significa el final de Terror en la ópera?

El clímax de *Terror en la ópera* consiste en una orgía de violencia en el escenario y el foso del teatro: el asesino, revelado como el antiguo amante y mentor de Betty, es finalmente acribillado a balazos por la policía mientras intenta forzar a la joven a presenciar cómo mata a su novio. Betty, ya completamente rota, se deja caer entre los cadáveres y, en un plano final delirante, abre los ojos en primer plano mientras las cuerdas de un arpa gotean sangre. Simbólicamente, Argento cierra su ópera con una imagen de perversión total: el arte (la ópera, la mirada, el espectáculo) solo alcanza su culminación cuando se fusiona con la muerte y el trauma. Betty ya no puede distinguir entre escenario y realidad; el voyeurismo del director y del público se ha convertido literalmente en un ritual de sacrificio. Es la autoinmolación estilística de Argento: el giallo se devora a sí mismo en un exceso tan hermoso como ridículo.
🩺

Ficha de Daños Colaterales en Sala

Certificado de impacto psicofísico emitido por Valeria Von Doom

🛡️ Supervivencia Épica
🥱 Bostezómetro

3 amagos en el tramo intermedio; pestañeo pesado en las transiciones más innecesarias.

⏱️ Miradas de Pánico al Reloj

Minuto 43 y minuto 66 (comprobando cuánto quedaba de suplicio).

😬 Índice de Cringe Ajeno 0/10
☕ Prescripción Terapéutica

1 espresso para no dejarse vencer por la mediocridad cómoda.

💥 Punto de Descarrilamiento

"A mitad del segundo acto cuando la subtrama secundaria empezó a pesar más de lo que aportaba."

💬 El Veredicto de la Comunidad

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Nota de Claqueta Ácida 7.8/10
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