La pasajera — Un thriller que se queda en la gasolinera
Raúl Cerezo convierte un concepto prometedor en 91 minutos de tensión que se desinfla como un airbag usado. ¿Miedo enlatado o simple pereza narrativa?
El cine de género español mantiene desde hace décadas un romance de amor y odio con su propia identidad. Durante años existió una tensión latente entre dos vertientes enfrentadas: por un lado, el terror de prestigio, atmosférico y pulcro que busca la validación en festivales internacionales a base de traumas familiares, iluminación tenebrista y metáforas sobre el duelo; por el otro, el cine de trinchera, la herencia bastarda del fantaterror ibérico de los setenta, alimentado por el amor a la serie B desacomplejada, el gore artesanal y un costumbrismo tan cañí que resulta imposible exportarlo sin una nota al pie de página.
«La pasajera» (2021), la ópera prima codirigida por Raúl Cerezo y Fernando González Gómez, se posiciona sin ningún tipo de vergüenza en esta segunda trinchera. Nace con la vocación kamikaze de ser un festín gamberro que hibrida el imaginario de John Carpenter, David Cronenberg y el cine grindhouse ochentero con la España más profunda, rancia y cañí. Sin embargo, cuando uno analiza el resultado final tras el humo de los fuegos artificiales, la viscosidad del látex y el rugido del motor de una furgoneta rotulada como «La Vane», la pregunta resulta inevitable: ¿estamos ante un homenaje brillante a la serie B o ante una película que confiesa sus propias costuras bajo la coartada del tributo simpático?
Una premisa con aroma a gasolina y pasodoble
El punto de partida roza la genialidad por su aparente sencillez. Cuatro desconocidos comparten viaje en una furgoneta clásica por las carreteras secundarias de la Navarra profunda (rodada con el paisaje árido y desolado castellano como telón de fondo). Al volante está Blasco (un colosal Ramiro Blas), un tipo maduro, fanático de la copla y los toros, machista de barra de bar y prototipo perfecto del "cuñado" ibérico que arregla los problemas del mundo a golpe de refrán y rastrojo. A su lado viajan tres mujeres que representan polos opuestos del espectro social: Mari Cruz (Cecilia Suárez), una devota mexicana ultracatólica incapaz de procesar el mundo sin citar las Escrituras; Victoria (Cristina Alcázar), una madre aburguesada de clase media-alta; y su hija Lidia (Paula Gallego), una adolescente rebelde en permanente estado de fricción con su entorno.
La microrrelación entre estos cuatro arquetipos ya contiene suficiente fricción cómica y sociológica para sostener el primer acto. Sin embargo, el detonante del terror irrumpe cuando Blasco atropella accidentalmente a una mujer en mitad de una carretera comarcal de noche. Al intentar socorrerla e introducirla en la parte trasera de la furgoneta para trasladarla al hospital más cercano, descubren demasiado tarde que la víctima no es enteramente humana: ha sido poseída por una entidad alienígena de naturaleza biológica, una especie de masa simbiótica que se propaga mediante esporas, tentáculos y parásitos que toman el control del sistema nervioso hostil.
El guion, firmado por Luis Sánchez-Polack a partir de una historia original del propio Raúl Cerezo, no engaña a nadie. Esto es «La cosa» (The Thing) encerrada en una furgoneta de transporte de mercancías a 90 kilómetros por hora. La claustrofobia está servida, la paranoia latente sobre quién será el próximo infectado salta a la vista y el contraste entre el horror cósmico y el pasodoble sonando en el cassete de la furgoneta promete una experiencia tan bizarra como memorable.
La tensión como motor averiado: de la trampa claustrofóbica al estancamiento
El principal problema de «La pasajera» no reside en sus intenciones, sino en su gestión de la energía narrativa. La película arranca con un ritmo vibrante, apoyada en la fuerza de sus diálogos chocantes y en la presentación de ese vehículo que funciona casi como un personaje vivo. Los primeros veinte o treinta minutos consiguen equilibrar el choque cultural entre los pasajeros con el malestar creciente que provoca la noche y la niebla.
Sin embargo, en el momento en que la criatura despierta y la infección empieza a circular entre los miembros del grupo, la película sufre una avería mecánica insospechada. En lugar de apretar el acelerador de la claustrofobia y multiplicar la paranoia claustrofóbica al estilo de los grandes referentes del género, el relato entra en un bucle repetitivo. Las secuencias dentro de la furgoneta comienzan a sentirse estrechas no por sentido de la amenaza, sino por falta de recursos dramatúrgicos: los personajes entran, salen, se asustan, discuten, vuelven a entrar y se enfrentan a la entidad en un esquema que se vuelve peligrosamente predecible a la mitad del metraje.
El humor negro, que en su primera mitad funciona como un desengrasante perfecto para aligerar la atmósfera, termina por dinamitar la poca tensión que el filme intenta construir. Cuando los momentos de terror físico más sangrientos son cortados sistemáticamente por un chiste rancio o una reacción estrafalaria, el espectador deja de sentir peligro real por la vida de los protagonistas. El miedo se diluye, y lo que debería ser una pesadilla angustiosa de supervivencia se transforma en una gamberrada festiva donde las consecuencias parecen importar más bien poco.
El reparto: un titán solitario y un coro descompensado
En el apartado interpretativo, la película se sostiene casi de manera milagrosa sobre los hombros de Ramiro Blas. Su composición de Blasco es una fuerza de la naturaleza. Blas no ridiculiza al personaje hasta la caricatura inaguantable; al contrario, le dota de una ternura patética y de un carisma primitivo que lo convierte en un héroe de acción de serie B profundamente cañí. Es un torero frustrado que trata a su furgoneta («La Vane») con más respeto que a las mujeres con las que habla, pero que cuando las cosas se vuelven inhumanamente horribles, saca a relucir una hombría arcaica que resulta fascinante de ver en pantalla. Cada línea de diálogo pronunciada por Blas rezuma verdad dentro del código grotesco en el que se mueve la producción.
El resto del elenco navega por aguas más turbulentas:
Cecilia Suárez (brillante actriz consagrada en producciones como La casa de las flores) hace lo que puede con el personaje de Mari Cruz. Sin embargo, el guion la condena a ser una nota única: la histérica religiosa que reza oraciones entre alaridos. Aunque Suárez aporta una vis cómica innegable, la repetición constante de su esquema cómico termina por desgastar la paciencia del respetable antes de llegar al clímax.
Cristina Alcázar cumple con solvencia en el rol de la madre aburguesada, si bien su personaje es el que sufre los recortes más drásticos en términos de desarrollo y empatía a medida que la trama se precipita.
Paula Gallego, en el papel de Lidia, es la verdadera revelación del tramo final. Su química a regañadientes con el personaje de Ramiro Blas crea una dinámica de "padrastro mañoso y ahijada rebelde" que le otorga a la película su único poso emocional auténtico. Cuando la película decide convertirse en una cinta de acción pura en su tercer acto, Gallego demuestra una presencia escénica y un desparpajo físico que eleva enteros el desenlace del filme.
La puesta en escena: neón, látex y decisiones de cámara
Uno de los aspectos más debatidos y polarizantes de «La pasajera» es su apartado de fotografía y dirección artística. A cargo de Ignacio Aguilar, la iluminación huye conscientemente del paradigma del terror moderno (la penumbra castigada, los negros profundos y las luces naturales). Aguilar baña el interior de «La Vane» con una paleta cromática saturada, dominada por verdes radiactivos, rojos chillones y púrpuras neón que gritan giallo e historieta de cómic de los años ochenta.
Esta decisión tiene una doble lectura:
Por un lado, es un triunfo estético: Le da a la película una personalidad visual indiscutible y resalta la textura viscosa y orgánica del monstruo.
Por otro lado, destruye la claustrofobia: La iluminación es por momentos tan clara, luminosa y directa que parece transformar el habitáculo de la furgoneta en un plató de televisión hiperventilado. No hay sombras donde esconder lo desconocido, no hay espacio para la imaginación del espectador. Todo está expuesto bajo focos que claman la atención sobre el trabajo de caracterización.
Y es justamente en ese trabajo de caracterización donde la película se marca uno de sus mayores tantos. En una era dominada por el CGI barato y los monstruos digitales sin peso ni textura, «La pasajera» es una oda de amor romántico a los efectos prácticos, al prosthetic makeup, la animatrónica y las toneladas de sangre falsa. Los efectos creados por el equipo técnico (con nombres propios como los de DDT Efectos Especiales en la sombra del cine de género español) son una delicia para el fan de la vieja escuela. Las mutaciones, los bultos palpables bajo la piel y la baba alienígena tienen densidad, pesan en pantalla y se sienten asquerosamente reales.
Lamentablemente, la realización de Cerezo y González Gómez no siempre está a la altura de sus artesanos. El montaje peca de una precipitación innecesaria en las escenas de acción pura. El uso excesivo de cortes rápidos y primeros planos cerrados busca generar un ritmo frenético, pero en ocasiones lo único que consigue es desorientar al espectador e impedir que se aprecie en todo su esplendor la artesanía de las criaturas. Además, la película recurre de manera abusiva al jumpscare clásico respaldado por un golpe de efecto sonoro estruendoso, un truco caduco que contrasta con la frescura de su propuesta estética.
El clímax y el legado de la serie B patria
El tramo final de la película abandona cualquier pretensión de suspenso o terror psicológico para entregarse sin frenos al espectáculo del gore festivo. Cuando la furgoneta finalmente se detiene y la lucha por la supervivencia se traslada a campo abierto y a estructuras abandonadas, «La pasajera» encuentra una segunda juventud. Es aquí donde la película abraza su verdadera naturaleza: una historia de monstruos donde un héroe improbable armado con lo que encuentra a mano tiene que enfrentarse a la amenaza alienígena para salvar a la única persona que le queda.
El desenlace deja un sabor de boca satisfactorio si se aborda desde el código correcto. No hay explicaciones pseudocientíficas innecesarias sobre el origen del alienígena, no hay grandes discursos existenciales sobre la condición humana. Hay tiros, mordiscos, fluidos corporales, pasodobles sonando de fondo a modo de réquiem grotesco y una actitud desenfadada que no busca contentar a la crítica académica, sino provocar la ovación entusiasmada del público en una sesión de medianoche de un festival especializado como Sitges o Nocturna.
Lo mejor
- Interpretación de Ramiro Blas: Su personaje de Blasco es una fuerza de la naturaleza. Encarna a la perfección al "cuñado" ibérico, aportando el carisma, el humor negro y la energía que sostienen la película entera.
- Efectos prácticos de la vieja escuela: Una gozada para los amantes del género. El rechazo al CGI en favor del látex, las prótesis, la animatrónica y la sangre artesanal le da una textura muy física y disfrutablemente asquerosa a las mutaciones.
- La audaz mezcla conceptual: Cruzar la claustrofobia de la monster movie ochentera al estilo «La cosa» con el folclore y el costumbrismo cañí (pasodobles, toros y carreteras secundarias de la España profunda) es una premisa fresca y divertida.
- La química final entre Blasco y Lidia: La evolución de la relación entre Ramiro Blas y Paula Gallego en el último acto le aporta a la película un inesperado corazón y un ritmo de acción muy disfrutable.
Lo peor
- Pérdida de fuel en el segundo acto: El guion arranca con mucha fuerza, pero se estanca a mitad de camino. La dinámica en el interior de la furgoneta se vuelve repetitiva y la trama entra en un bucle antes del clímax.
- La comedia erosiona la tensión: El uso constante del chiste y la caricatura desactiva la sensación de amenaza real. Es difícil sentir miedo o claustrofobia cuando el peligro siempre se interrumpe con una salida de tono cómica.
- Iluminación que mata el misterio: La fotografía de neones saturados es visualmente atractiva y muy pop, pero al iluminar tanto el interior del vehículo elimina las sombras, la penumbra y los rincones oscuros donde suele habitar el terror.
- Montaje de acción aturullado: En los momentos de mayor frenesí, el abuso de cortes rápidos y planos demasiado cerrados impide apreciar bien la artesanía de las criaturas y crea algunos saltos de raccord confusos.
El Veredicto de Claqueta Ácida
«La pasajera» es un artefacto tan imperfecto como simpático, nacido del amor incondicional por la serie B ochentera y el cine de monstruos viscosos. Aunque su guion se queda sin gasolina a mitad de recorrido y su tono cómico dinamita cualquier atisbo de terror atmosférico real, la película se redime gracias al descomunal carisma de Ramiro Blas, unos efectos prácticos de látex primorosos y un tramo final desatado sin complejos. No revolucionará el género ni te hará pasar miedo de verdad, pero como gamberrada sangrienta con aroma a gasolina y pasodoble, ofrece un viaje de lo más entretenido para los fans del gore más desenfadado. 💀🎬 Tráiler Oficial
Abrir en YouTube
Ficha de Daños Colaterales en Sala
Certificado de impacto psicofísico emitido por Valeria Von Doom
3 amagos en el tramo intermedio; pestañeo pesado en las transiciones más innecesarias.
Minuto 40 y minuto 84 (comprobando cuánto quedaba de suplicio).
1 espressos para no dejarse vencer por la mediocridad cómoda.
"A mitad del segundo acto cuando la subtrama secundaria empezó a pesar más de lo que aportaba."
💬 El Veredicto de la Comunidad
¿Qué te ha parecido la película? Deja tu nota de 0 a 10 para contrastarla con el análisis de la redacción.
Aún no has votado
📢 ¿Te ha gustado el ácido?
Comparte esta crítica con tus amigos cinéfilos o desata la polémica en redes.
⚡ LA DOSIS DE VENENO CINÉFILO QUE TU BANDEJA NECESITA
Sin notas regaladas ni promociones tibias. Suscríbete para recibir nuestra dosis semanal sin censura o entra al Telegram secreto con pases de prensa, quinielas y votaciones relámpago.
Alertas de estrenos en 1 segundo, encuestas en caliente y audios al salir de pases de prensa.
Recibe la dosis semanal en tu mail + regalo inmediato del PDF con 50 joyas ocultas de culto.
Críticas Relacionadas
Autopsias recomendadas para cinéfilos exigentes.
🔥 Fusión Nuclear8.0Viejos
⚡Del mismo director (Raúl Cerezo): analiza la evolución o degradación de su estilo.
Raúl Cerezo y Fernando González Gómez firman un thriller gótico español que huele a naftalina y sudor. ¿Terror psicológico o pesadilla de residencia de ancianos? Aquí la autopsia.
⚡ Ácido Cítrico6.628 años después
⚡Comparten trinchera editorial en la sección de Perros Verdes.
Danny Boyle y Alex Garland intentan resucitar el terror postapocalíptico con un iPhone 15 Pro Max. Spoiler: no funciona.
⚡ Ácido Cítrico7.128 años después
⚡Comparten trinchera editorial en la sección de Perros Verdes.
Una secuela que huele a podrido desde el primer fotograma. Garland y DaCosta intentan revivir el género, pero el resultado es un KO técnico disfrazado de obra maestra.
Ecosistema Editorial
Conexiones cinéfilas, entrevistas de archivo y análisis relacionados.
🎞️ En la Cinemateca de Claqueta1
💬 Debate Cinéfilo & Autopsia de Lectores
0 veredictos¿Discrepas con nuestra nota? ¿Es una obra maestra o veneno puro? Deja tu veredicto abajo sin necesidad de registro.

Aún nadie ha dejado su veredicto para esta película.
Sé el primero en clavarle el colmillo rellenando el formulario de arriba.