La ironía del amor (Mile End Kicks) — Retrato pop y melómano de la juventud en Montreal
Barbie Ferreira protagoniza una encantadora e ingeniosa comedia romántica indie que aborda las crisis creativas y los enredos afectivos de la veintena.
La ironía del amor (Mile End Kicks): Cuando el cine indie se abraza al cliché como si fuera un ex tóxico en una fiesta de Airbnb
Montreal, esa ciudad que los canadienses venden como el París de América del Norte (spoiler: no lo es, pero al menos tiene bagels decentes y una escena musical que no se ahoga en el autotune), sirve de telón de fondo perfecto para La ironía del amor, la ópera prima de Chandler Levack que se empeña en retratar a la generación Z y los millennials tardíos como si fueran personajes de un episodio de Girls dirigido por un becario de Noah Baumbach. Y ojo, que no es necesariamente algo malo: el cine indie norteamericano lleva décadas masturbándose con la misma premisa —jóvenes perdidos, cafés hipsters, bandas emergentes y relaciones que oscilan entre lo incómodo y lo insoportable—, pero Levack logra, al menos, que el resultado sea digerible, como un chicle de menta después de una noche de tequila barato.
La película sigue a un grupo de veinteañeros que deambulan por el barrio de Mile End (ese rincón de Montreal donde los alquileres aún no han alcanzado los niveles de Toronto y los bares de tercera sirven cerveza artesanal a precios de primera), enredados en una telaraña de romances fallidos, sueños artísticos que se esfuman como el humo de un porro y esa eterna pregunta existencial: "¿Por qué demonios nadie en esta ciudad sabe lo que quiere, pero todos actúan como si fueran los protagonistas de una novela de Sally Rooney?". La respuesta, por supuesto, es que el guion de Levack no tiene la menor intención de responderla. Su objetivo es más modesto: capturar el zeitgeist de una generación que confunde la ansiedad con profundidad y los memes con filosofía de vida.
Dirección: Chandler Levack o el arte de no reinventar la rueda (pero pintarla de colores pastel)
Levack, que hasta ahora se había dedicado a escribir guiones para series canadienses de dudoso prestigio (léase: Schitt’s Creek pero con menos presupuesto y más angustia), debuta en el largo con una mano sorprendentemente firme para lo que es el cine indie contemporáneo. Su mayor virtud es entender que el ritmo de una comedia romántica moderna no puede ser el de Before Sunrise (donde la gente aún tenía paciencia para escuchar a un tipo hablar de Nietzsche durante dos horas), sino el de un TikTok: rápido, fragmentado y con la atención de un golden retriever en una tienda de pelotas. Los planos son limpios, la cámara rara vez se queda quieta más de cinco segundos y el montaje, cortesía de un editor que claramente ha visto demasiados episodios de Fleabag, juega con saltos temporales y transiciones musicales que le dan un aire dinámico, casi frenético.
Eso sí, Levack peca de lo que peca el 90% del cine indie: la Obsesión»" data-acid-interlink="obsesion-el-hechizo-que-convirtio-el-amor-en-pesadilla-de-plastico">obsesión por la autenticidad. Hay una escena en la que los personajes discuten sobre si el capitalismo es una construcción social mientras fuman en un balcón que huele a pretensión a kilómetros de distancia. Es el tipo de momento que en Frances Ha resultaba entrañable y en La ironía del amor parece sacado de un taller de escritura creativa para principiantes. Pero, hey, al menos no cae en el error de convertir a sus personajes en versiones edulcoradas de sí mismos, como hizo Greta Gerwig en Lady Bird (donde hasta el conflicto más mundano parecía sacado de un manual de Cómo hacer que tu vida parezca interesante en Instagram).
Fotografía: Montreal como escenario de un anuncio de Apple Music
La directora de fotografía, Maya Bankovic (que trabajó en The Nest, un drama familiar tan frío que podría congelar el infierno), opta por una paleta de colores desaturados y tonos terrosos que le dan a la película un aire de mumblecore con presupuesto. Los interiores —apartamentos atestados de vinilos, pósters de bandas indie y plantas que nadie riega— están iluminados con una luz natural que parece sacada de un filtro de VSCO, mientras que las escenas en exteriores aprovechan la arquitectura industrial de Mile End para crear composiciones que, seamos honestos, están diseñadas para que los espectadores suspiren y digan: "Dios, qué bonito es Montreal". Spoiler: no es tan bonito. Es una ciudad con inviernos que duran ocho meses y una escena cultural que sobrevive a base de subsidios gubernamentales, pero Bankovic logra venderla como el paraíso de los artistas hambrientos.
El problema es que, en su afán por capturar la estética indie, la fotografía a veces cae en la trampa de lo demasiado bonito. Hay un plano de Barbie Ferreira caminando por una calle empedrada con un abrigo oversize y un café en la mano que parece sacado directamente de un moodboard de Pinterest. No es feo, pero sí calculado, como si Levack y Bankovic hubieran dicho: "Vamos a hacer que esta película parezca un anuncio de Spotify, pero con más angustia existencial".
Banda sonora: El verdadero protagonista de la película (y su único salvavidas emocional)
Si hay algo que salva a La ironía del amor de convertirse en otro episodio olvidable de New Girl, es su banda sonora. Curada con el cariño de un DJ que ha pasado demasiadas noches en bares de mala muerte, la selección musical es una carta de amor a la escena indie de Montreal, con cameos de bandas locales como Men I Trust, The Barr Brothers y Grimes (antes de que se convirtiera en una criatura cyborg que solo habla de IA). Las canciones no solo acompañan las escenas, sino que las elevan, dándoles una capa de emoción que el guion a veces no logra transmitir por sí solo.
Hay un momento en el que el personaje de Barbie Ferreira, Jesse, baila sola en su habitación con "La Femme" de The Blaze sonando de fondo, y es tan genuino, tan real, que casi perdonas que el resto de la película se sienta como un collage de clichés. La música no solo ambienta, sino que explica a estos personajes mejor que cualquier diálogo. Cuando suena una canción de Car Seat Headrest, sabes que estás ante un momento de introspección forzada; cuando estalla un tema de Arcade Fire, es señal de que alguien está a punto de tener una epifanía (probablemente falsa) sobre el amor o la vida.
Es irónico —nunca mejor dicho— que la banda sonora sea lo más original de una película que, por lo demás, sigue las reglas del género como si fueran los mandamientos de Moisés. Pero bueno, al menos Levack tuvo el buen gusto de no incluir "Yellow" de Coldplay en la escena del clímax, así que puntos para él.
Actuaciones: Barbie Ferreira salva el barco (y Devon Bostick lo hunde un poco)
Barbie Ferreira, esa diosa brasileño-estadounidense que saltó a la fama como la Kat de Euphoria antes de que HBO decidiera que lo mejor era convertir su personaje en un meme andante, demuestra aquí por qué es una de las actrices más interesantes de su generación. Su Jesse es un huracán de contradicciones: divertida, insegura, egocéntrica pero entrañable, y con una química explosiva con el resto del reparto. Ferreira tiene ese don de hacer que hasta los diálogos más manidos suenen frescos, como si estuviera improvisando en lugar de recitando un guion. Hay una escena en la que discute con su interés romántico (Stanley Simons, que hace un trabajo correcto pero olvidable) sobre si el poliamor es una excusa para no comprometerse, y Ferreira logra que el momento sea a la vez hilarante y dolorosamente real. No es Meryl Streep en The Devil Wears Prada, pero está cerca.
El resto del reparto, sin embargo, navega en aguas más turbulentas. Devon Bostick, ese actor canadiense que parece condenado a interpretar a tipos raros con problemas de socialización (véase: Diary of a Wimpy Kid), hace de Liam, el amigo músico que todos tienen en su grupo y que sirve de catalizador para la trama. El problema es que Bostick parece estar en una película completamente distinta: su actuación es tan exagerada que roza lo caricaturesco, como si alguien le hubiera dicho que "el cine indie se trata de actuar como si tuvieras un trastorno de ansiedad, pero con estilo". No ayuda que su personaje sea el arquetipo del artista torturado que escucha a Elliott Smith y llora en la ducha, un cliché que Levack no se molesta en subvertir.
Stanley Simons, por su parte, hace lo que puede con Eli, el interés amoroso de Jesse, pero su personaje es tan genérico —el chico bueno que siempre está ahí, pero nunca es lo suficientemente interesante— que cuesta entender por qué alguien como Jesse perdería el tiempo con él. Es el tipo de rol que en una película mejor habría sido interpretado por alguien como Paul Mescal o Timothée Chalamet, pero en La ironía del amor se queda en chico guapo con barba de tres días y problemas de comunicación.
Guion: Cuando el sarcasmo no es suficiente para ocultar la falta de originalidad
El guion de Levack tiene momentos brillantes, especialmente en los diálogos, que suenan como si alguien hubiera grabado conversaciones reales de un grupo de amigos borrachos en un after y luego las hubiera editado para eliminar los silencios incómodos. Hay una escena en la que Jesse y su amiga Mira (interpretada por una correcta pero desaprovechada Alexandra Roberts) discuten sobre si es ético ghostear a alguien, y el intercambio es tan afilado que casi duele. Pero estos destellos de genialidad se ven opacados por la insistencia de Levack en seguir la estructura clásica de la comedia romántica indie: el encuentro casual, el flechazo, la pelea tonta, la reconciliación forzada y el final ambiguo que deja a todos insatisfechos pero con esperanza.
El mayor problema del guion es que no se atreve a ir más allá de lo seguro. Jesse es una protagonista simpática, pero su arco emocional —aprender a no sabotear sus relaciones por miedo al compromiso— es tan predecible que podrías adivinar cada giro antes de que ocurra. Y no hablemos de los personajes secundarios, que son poco más que estereotipos con barba y tatuajes: el amigo gay que da consejos de amor, la amiga feminista que siempre tiene la razón, el ex tóxico que aparece en el peor momento posible. Son los mismos arquetipos que hemos visto en 500 Days of Summer, The O.C. y hasta en Sex and the City, pero con filtros de Instagram.
Levack intenta darle un toque satírico a la historia, especialmente en las escenas que critican la cultura de las citas modernas ("¿Por qué nadie dice lo que quiere? ¿Por qué todo tiene que ser un juego de señales confusas?"), pero al final, la película termina cayendo en las mismas trampas que denuncia. Es como si alguien hiciera un documental sobre lo tóxico que es el azúcar y luego te ofreciera un pastel de chocolate.
Comparaciones cinéfilas: ¿Es La ironía del amor el hijo bastardo de Frances Ha y High Fidelity?
Si tuviéramos que ubicar a La ironía del amor en el árbol genealógico del cine indie, sería el resultado de un ménage à trois entre Frances Ha (por su retrato de una joven artista en crisis), High Fidelity (por su obsesión con la música y las relaciones fallidas) y The Social Network (pero con menos diálogos memorables y más angustia por no tener likes). También hay un toque de Scott Pilgrim vs. The World en la forma en que la película mezcla lo digital con lo analógico, aunque sin la energía visual ni el humor absurdo de Edgar Wright.
Pero donde películas como Frances Ha o Lady Bird lograban trascender los clichés del género gracias a personajes complejos y una dirección audaz, La ironía del amor se queda en la superficie, como un turista que saca fotos de Montreal pero nunca se molesta en hablar con los locales. No es mala, pero tampoco es memorable. Es el tipo de película que verás en un festival, disfrutarás por su banda sonora y luego olvidarás en una semana, como un match de Tinder que prometía pero al final no llevó a nada.
Lo mejor
- Barbie Ferreira: Una actuación tan magnética que hace que hasta los diálogos más trillados suenen como poesía moderna. Si esta mujer no termina protagonizando una película de A24 en los próximos dos años, el cine está roto.
Lo peor
Fórmulas predecibles: Levack sigue el manual de la comedia romántica indie como si fuera un estudiante aplicado copiando en un examen. "¿Qué pasa si mezclamos un poco de sarcasmo millennial con un final ambiguo? ¡Revolucionario!"*.- Ciertos personajes secundarios caricaturescos: El amigo músico torturado, la amiga feminista que siempre tiene la razón, el ex tóxico… Son los mismos arquetipos de siempre, pero con barba de tres días y una camiseta de una banda que nadie conoce.
El Veredicto de Claqueta Ácida (6/10)
La ironía del amor (Mile End Kicks) es ese tipo de película que te hace sonreír, tararear su banda sonora durante una semana y luego olvidarla como un mensaje de texto que nunca respondiste. Chandler Levack demuestra que sabe capturar el zeitgeist de una generación, pero también que le falta el valor (o la originalidad) para subvertirlo. Barbie Ferreira brilla como un faro en medio de un mar de clichés, la música salva escenas que de otro modo serían insoportables, y Montreal nunca había parecido tan cool (aunque siga siendo una ciudad donde hace un frío que pela). No es la comedia romántica indie que el mundo necesita, pero es la que merece: inofensiva, agradable y tan superficial como un reel de Instagram. 💀🎬 Tráiler Oficial
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¿Qué significa el final de La ironía del amor (Mile End Kicks)?
Ficha de Daños Colaterales en Sala
Certificado de impacto psicofísico emitido por Odin Lagbert
2 amagos en el tramo intermedio; pestañeo pesado en las transiciones más innecesarias.
Minuto 53 y minuto 71 (comprobando cuánto quedaba de suplicio).
2 espressos para no dejarse vencer por la mediocridad cómoda.
"A mitad del segundo acto cuando la subtrama secundaria empezó a pesar más de lo que aportaba."
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