Madre! — Un Viaje al Abismo
La crítica más ácida a 'Madre!' de Darren Aronofsky. ¿Un genio o un desastre?
Final score: ★★★☆☆ (3/5) – A film you admire, despise, and can’t stop thinking about.
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pubTime: "18:30"
El cine, ese arte bastardo que se alimenta de la carne podrida de la cultura y la escupe en forma de imágenes hipnóticas, tiene en Darren Aronofsky a uno de sus carniceros más exquisitos. 'Madre!' no es una película; es un ritual de exorcismo filmado en celuloide envenenado, una pesadilla que se cuela por la retina como un gusano hambriento y se instala en el córtex para pudrirlo con su simbología pretenciosa y su estética de vídeo musical de Nine Inch Nails dirigido por un alumno aventajado de David Lynch en plena crisis de abstinencia de peyote. Aronofsky, ese mesías del cine de autor con ínfulas de profeta bíblico, nos invita a un viaje alucinógeno por los infiernos de la creación artística, donde la casa es un útero, el marido es Dios (o al menos eso cree él) y la esposa es la humanidad sufriente, condenada a parir monstruos mientras su creador se dedica a firmar autógrafos en el infierno. Bienvenidos al espectáculo más incómodo del año, donde el público paga entrada para sentirse violado en 4K y Dolby Atmos.
La génesis de 'Madre!' es tan retorcida como su argumento. Aronofsky, ese director que oscila entre el genio y el ridículo con la gracia de un funambulista borracho, llevaba años obsesionado con la idea de filmar una alegoría sobre la relación tóxica entre el artista y su musa, pero también con la destrucción del planeta, el fanatismo religioso y, por supuesto, el ego masculino desatado. El resultado es una ensalada de metáforas tan ambiciosa que termina ahogándose en su propia salsa, como un banquete de bodas donde el cocinero ha decidido mezclar foie gras con churros y salsa de chocolate. ¿El problema? Que Aronofsky, en su afán por ser profundo, termina siendo tan sutil como un martillazo en la sien. La película, rodada en 2017, llegó en un momento en el que Hollywood estaba obsesionado con los remakes, los universos compartidos y las secuelas de secuelas, como si el cine se hubiera convertido en una fábrica de salchichas con copyright. En ese contexto, 'Madre!' fue un eructo en medio de un banquete de comida rápida, un recordatorio de que, a veces, el cine todavía puede ser incómodo, visceral y necesario. O al menos eso intentaba ser.
La película comienza con una imagen que quema: una casa en llamas, reducida a cenizas, y un cristal en forma de corazón que flota en el aire como un símbolo de algo que, probablemente, Aronofsky nos explicará en un documental de dos horas sobre el making-of. De repente, el tiempo retrocede (o avanza, quién sabe) y nos encontramos en un paraíso falso, una casa de campo que parece sacada de un cuento de hadas gótico, donde Jennifer Lawrence (aquí acreditada como Madre, porque los nombres son para los mortales) y Javier Bardem (acreditado como Él, porque Dios no necesita apellidos) viven en una armonía tan frágil que parece hecha de porcelana y lágrimas. La casa es un organismo vivo, con paredes que respiran, tuberías que sangran y suelos que crujen como huesos viejos. ¿Es esto una metáfora de la Tierra? ¿De la relación de pareja? ¿De la industria del cine? La respuesta es sí, y también es un montón de otras cosas que Aronofsky vomita sobre el espectador con la delicadeza de un elefante en una cacharrería.
Pero, oh sorpresa, la paz se rompe cuando Ed Harris y Michelle Pfeiffer (dos actores que parecen sacados de un thriller psicológico de los 90 dirigido por Adrian Lyne) aparecen en la puerta como si fueran vampiros pidiendo un café. Lo que sigue es un desfile de locura bíblica, donde la casa se llena de invitados no deseados, el marido se convierte en un dios narcisista y la esposa en una víctima sacrificial que solo quiere que la dejen limpiar el baño en paz. Si 'El Resplandor' era una pesadilla sobre la soledad, 'Madre!' es una pesadilla sobre la maternidad, el arte y la misoginia, todo servido en un plato de porcelana que se rompe contra tu cara.
Dirección: El caos como estilo de vida
Darren Aronofsky no dirige películas; las orquesta como si fueran sinfonías de sangre y sudor, donde cada plano es una nota disonante y cada escena un golpe bajo al espectador. En 'Madre!', su estilo alcanza cotas de delirio controlado, como si Luis Buñuel y Gaspar Noé hubieran tenido un hijo bastardo en un laboratorio de experimentación cinematográfica. La cámara, manejada con mano de hierro por Matthew Libatique, se convierte en un personaje más, un ente voyeurista que se arrastra por los pasillos como un fantasma, se acerca a los rostros como si quisiera robarles el alma y se aleja en travellings imposibles que parecen sacados de un vídeo de Bjork dirigido por un demonio.
El plano secuencia inicial, donde la cámara gira alrededor de la casa como si estuviera poseída, es una declaración de intenciones: esto no va a ser una película, va a ser una experiencia sensorial diseñada para dejarte sin aliento. Aronofsky utiliza el sonido como un arma, con una banda sonora que mezcla susurros, gritos y el latido de un corazón que parece estar a punto de explotar. ¿El resultado? Una sensación de claustrofobia tan intensa que acabas sudando como si estuvieras en un sauna con Hannibal Lecter.
Pero, ay, el genio de Aronofsky tiene un precio, y en 'Madre!' ese precio es la coherencia narrativa. El director se pierde en su propio laberinto de símbolos, como un ratón en un laberinto de LSD, y la película pasa de ser fascinante a frustrante en cuestión de minutos. Hay momentos en los que 'Madre!' parece un vídeo de arte pretencioso, donde la forma devora al fondo y el mensaje se ahoga en su propia ambición. ¿Es esto un defecto? Para algunos, sí. Para otros, es la prueba de que el cine todavía puede ser un arte peligroso.
Actores: El infierno son los demás (y también Jennifer Lawrence)
Si Jennifer Lawrence ya nos había demostrado en 'Winter's Bone' y 'El lado bueno de las cosas' que es una actriz capaz de desgarrarse en pantalla como si su vida dependiera de ello, en 'Madre!' lleva su interpretación a un nivel de histeria controlada que roza lo sobrenatural. Lawrence no actúa; sufre, sangra y parpadea como si cada fotograma le estuviera arrancando un pedazo de alma. Su personaje es una mujer atrapada en un infierno doméstico, donde su marido es un dios egoísta, su casa es un organismo vivo que la traiciona y sus invitados son parásitos que se alimentan de su cordura. Es la Virgen María si hubiera nacido en los 80 y hubiera tenido que lidiar con un marido que escribe poesía mala y fans que se cagan en su alfombra.
Javier Bardem, por su parte, está tan metido en su papel de Dios narcisista que uno sospecha que Aronofsky lo secuestró y lo obligó a leer la Biblia en bucle durante meses. Bardem no interpreta a un personaje; interpreta a un concepto, a esa figura masculina que cree que el mundo gira alrededor de su ombligo y que ve a su esposa como un accesorio más de su genialidad. Su actuación es fría, calculada y profundamente inquietante, como si Charles Manson hubiera decidido recitar poesía en un café de Greenwich Village.
Pero el verdadero tour de force interpretativo llega de la mano de Michelle Pfeiffer y Ed Harris, dos actores que parecen sacados de un sueño febril de David Cronenberg. Pfeiffer, en particular, está escalofriante, con una presencia que roba cada escena en la que aparece, como si fuera una bruja salida de un cuento de los hermanos Grimm con un master en manipulación psicológica. Harris, por su parte, es un hombre roto, un fantasma que vaga por la casa como si estuviera buscando algo que perdió hace décadas. Juntos, son el dúo más tóxico y fascinante que ha pisado una pantalla desde '¿Quién teme a Virginia Woolf?'.
Apartado Técnico: Cuando el diseño de producción se convierte en pesadilla
Si hay algo que 'Madre!' hace bien (y lo hace demasiado bien), es crear una atmósfera opresiva y claustrofóbica que se te pega a la piel como un traje de látex sudado. El diseño de producción, a cargo de Philip Messina, es una obra maestra de lo inquietante, con una casa que parece viva, que respira y que, en ocasiones, parece estar a punto de devorar a sus habitantes. Las paredes tienen texturas que recuerdan a la carne, los suelos crujen como huesos viejos y los objetos parecen moverse cuando no los miras. Es como si la casa de 'Psicosis' y el hotel de 'El Resplandor' hubieran tenido un hijo bastardo en un motel de carretera.
La fotografía de Matthew Libatique es hipnótica, enfermiza y profundamente hermosa, como si Caravaggio hubiera decidido rodar un slasher con una cámara de 35mm. Libatique utiliza la luz de manera expresionista, creando sombras alargadas y contrastes brutales que convierten cada escena en un cuadro vivo. Los primeros planos son tan íntimos que sientes que puedes oler el sudor de los actores, y los planos generales son tan abrumadores que te hacen sentir pequeño, insignificante, como un insecto atrapado en una telaraña.
La música de Jóhann Jóhannsson (en una de sus últimas colaboraciones con Aronofsky antes de su trágica muerte) es una pesadilla auditiva, una sinfonía de susurros, gritos y sonidos industriales que se clavan en el cerebro como clavos en una tabla de madera. La banda sonora no acompaña a la película; la devora, la mastica y la escupe de vuelta en forma de sonido. Hay momentos en los que la música es tan intensa que parece que te están perforando los tímpanos con un taladro, y otros en los que el silencio es tan denso que puedes oír tu propio corazón latiendo.
El montaje de Andrew Weisblum es preciso, implacable y, en ocasiones, agotador, como si el editor hubiera decidido cortar la película con un cuchillo de carnicero en lugar de con tijeras. Weisblum juega con el ritmo de manera sádica, acelerando las escenas cuando la tensión es insoportable y ralentizándolas cuando crees que por fin vas a poder respirar. Es un montaje que te deja sin aliento, como si estuvieras corriendo una maratón en un laberinto sin salida.
Lo mejor
- La fotografía de Matthew Libatique: Una obra maestra de claroscuros enfermizos, donde cada plano parece pintado con la sangre de los personajes y cada sombra esconde un secreto inconfesable. Libatique convierte la casa en un personaje más, un ente vivo que observa, juzga y, en ocasiones, parece reírse de los pobres mortales que la habitan.
- La interpretación de Jennifer Lawrence: Desgarradora, visceral y físicamente agotadora, Lawrence se deja la piel en cada escena, como si cada grito, cada lágrima y cada mirada de terror le estuviera arrancando un pedazo de alma. Es una actuación que duele ver, que incomoda y que, sin embargo, no puedes dejar de mirar.
- La dirección de Darren Aronofsky: Audaz, arriesgada y profundamente personal, Aronofsky convierte 'Madre!' en una experiencia sensorial única, donde el cine se siente vivo, peligroso y necesario. Aunque a veces se pierde en su propia ambición, el resultado es una película que no se olvida fácilmente.
- El diseño de producción: La casa es un personaje más, un organismo vivo que respira, sangra y, en ocasiones, parece a punto de devorar a sus habitantes. Es inquietante, claustrofóbica y profundamente original, una pesadilla arquitectónica que se queda grabada en la retina.
- La música de Jóhann Jóhannsson: Una banda sonora que duele, una sinfonía de sonidos industriales y susurros que se clavan en el cerebro como agujas. Es opresiva, hipnótica y profundamente perturbadora, y eleva la película a otro nivel.
Lo peor
- La trama: Un batiburrillo de metáforas tan pretencioso que termina ahogándose en su propia salsa. Aronofsky quiere hablar de todo (el arte, la religión, la ecología, el machismo) y al final se pierde en su propia ambición.
- El ritmo: Agotador, irregular y, en ocasiones, insoportable. Hay escenas que se alargan exasperadamente y otras que atropellan al espectador.
- El simbolismo desmedido: Tan obvio en algunos tramos que resulta machacón, tratando al espectador como si necesitara un croquis para entender la alegoría.
El Veredicto de Claqueta Ácida (7/10)
Madre! es un ejercicio de cine de autor salvaje, pretencioso e insoportablemente sofocante. Darren Aronofsky firma una montaña rusa alegórica que irritará a la mitad del público y fascinará a la otra mitad. Destaca por una Jennifer Lawrence gigantesca y una puesta en escena claustrofóbica que no deja a nadie indiferente.🎬 Tráiler Oficial
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¿Qué significa el final de Madre!?
Ficha de Daños Colaterales en Sala
Certificado de impacto psicofísico emitido por Silvia Mordaz
1 amago en el tramo intermedio; pestañeo pesado en las transiciones más innecesarias.
Minuto 54 y minuto 72 (comprobando cuánto quedaba de suplicio).
2 espresso para no dejarse vencer por la mediocridad cómoda.
"A mitad del segundo acto cuando la subtrama secundaria empezó a pesar más de lo que aportaba."
💬 El Veredicto de la Comunidad
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