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Perros Verdes ⚡ Ácido Cítrico

Tiempo (Old) — El giro que no gira, o cómo M. Night Shyamalan envejeció peor que sus personajes

M. Night Shyamalan firma un thriller de playa que envejece peor que sus protagonistas. Un festín de giros predecibles y diálogos de manual de autoayuda playero.

✍️ Por: Valeria Von Doom
🎬 Director: M. Night Shyamalan
⏱️ Lectura: 13 min
⚡ Ácido Cítrico 5/10
Crítica y fotograma de la película Tiempo (Old) en Claqueta Ácida
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En el vasto cementerio del cine de género, donde yacen desde los cadáveres exquisitos de The Village hasta los zombis tambaleantes de After Earth, Tiempo (o Old, para los puristas que prefieren su título original en inglés, como si eso la hiciera menos predecible) emerge como una lápida más en la necrópolis personal de M. Night Shyamalan. No es la peor película de su filmografía —ese dudoso honor sigue reservado para The Happening, donde Mark Wahlberg huía de árboles asesinos como si el Apocalipsis oliera a ambientador de pino—, pero sí es un recordatorio doloroso de que el director indio-estadounidense ha pasado de ser un enfant terrible del suspense a un artesano de manualidades con celofán y purpurina, capaz de venderte un giro argumental como si fuera el Santo Grial, cuando en realidad es un vaso de plástico con agua del grifo.

El escenario: Un resort de lujo (y de ideas baratas)

Shyamalan ha convertido los resorts de lujo en su leitmotiv favorito, como si el capitalismo de consumo fuera el verdadero villano de sus películas. En Tiempo, el Anamika —nombre que suena a perfume de duty-free o a marca de agua embotellada en una isla privada— es el escenario perfecto para su último experimento: una playa maldita donde el tiempo se acelera como un influencer en un Black Friday. La premisa, adaptada de la novela gráfica Castillo de arena de Pierre Oscar Lévy y Frederik Peeters, tiene ese aroma a Twilight Zone que tanto le gusta al director, pero con un problema fundamental: Shyamalan confunde "misterio" con "ocultar información obvia".

El resort es un microcosmos de estereotipos: la familia disfuncional (porque, claro, ¿qué thriller estaría completo sin una madre con un tumor cerebral y un padre que no sabe comunicarse?), el matrimonio en crisis (con diálogos que parecen sacados de un episodio de Dr. Phil), el científico cínico (Rufus Sewell, haciendo de Rufus Sewell, es decir, un tipo con ceño fruncido y traje blanco), y los adolescentes con hormonas a flor de piel (Alex Wolff y Thomasin McKenzie, condenados a envejecer como si fueran uvas pasas en un secador). La playa, ese lugar donde supuestamente el tiempo se acelera, es en realidad una metáfora perfecta de la propia película: avanza tan rápido que te aburres antes de que termine, pero tan lento que cada minuto parece una hora.

El tiempo como villano (o cómo Shyamalan malgasta una gran idea)

La aceleración del tiempo es un concepto fascinante. Películas como El curioso caso de Benjamin Button (2008) o In Time (2011) exploraron sus implicaciones filosóficas y emocionales, pero Shyamalan, fiel a su estilo, prefiere convertirlo en un gimmick para un thriller de supervivencia. En lugar de profundizar en cómo el envejecimiento repentino afecta a la psique de los personajes —¿qué pasa cuando un niño de 11 años se convierte en un adolescente en cuestión de horas? ¿Cómo procesa una madre la idea de que su hija crecerá y morirá en un día?—, la película se limita a mostrar cuerpos arrugándose como pasas y huesos rompiéndose como galletas, con un tono que oscila entre lo grotesco y lo involuntariamente cómico.

Hay momentos en los que Tiempo parece consciente de su propio ridículo, como cuando un personaje sufre un infarto acelerado en un plano secuencia que intenta emular el virtuosismo de Birdman (2014), pero acaba pareciendo un sketch de Inside No. 9. O cuando otro personaje envejece tan rápido que su piel se desprende como si fuera un disfraz de Halloween barato. Shyamalan, en lugar de abrazar el surrealismo o el horror corporal —como haría, por ejemplo, David Cronenberg—, opta por un dramatismo tan forzado que parece sacado de un telefilme de Lifetime. La película quiere ser El resplandor en la playa, pero acaba siendo Los vigilantes de la playa con un presupuesto ligeramente mayor.

El giro: O cómo arruinar una película en tres actos

Ah, el giro. El coup de grâce de Shyamalan. El momento en el que el director se frota las manos como un villano de Scooby-Doo mientras el público espera, con la respiración contenida, a que la verdad se revele. En El sexto sentido (1999), el giro funcionó porque era orgánico, poético y, sobre todo, necesario para la trama. En Señales (2002), añadía una capa de profundidad a la historia, convirtiendo una película de alienígenas en un drama familiar. Pero en Tiempo, el giro no solo es predecible —cualquiera con medio cerebro lo ve venir desde el primer acto—, sino que además es irrelevante.

Shyamalan parece obsesionado con la idea de que un buen thriller necesita una explicación científica o conspiranoica al final, como si el cine fuera un examen de biología y no un arte. El giro de Tiempo —que no spoilearemos aquí, aunque es tan obvio como el final de Split— es tan forzado que parece escrito por un algoritmo de Netflix que ha analizado los giros más populares de los últimos 20 años y ha decidido combinarlos en una amalgama de clichés. No añade nada a la trama, no profundiza en los personajes y, lo peor de todo, no sorprende. Es como si Shyamalan hubiera olvidado que el verdadero terror no está en el "qué", sino en el "cómo". El how de Hereditary (2018), el how de Get Out (2017), el how incluso de The Descent (2005). En Tiempo, el how es tan torpe que parece un tutorial de YouTube sobre "cómo escribir un giro en cinco pasos".

Dirección: Shyamalan en modo piloto automático

M. Night Shyamalan dirige Tiempo como si estuviera filmando un episodio de The X-Files con el presupuesto de un capítulo de Stranger Things y la ambición de un director de videoclips de los 90. La película tiene momentos de tensión genuina —como esa secuencia en la que los personajes intentan escapar por los acantilados mientras sus cuerpos se desintegran—, pero están ahogados en un mar de diálogos torpes, actuaciones desiguales y una puesta en escena que parece salida de un taller de guion para principiantes.

La fotografía de Mike Gioulakis, un habitual en el cine de David Robert Mitchell (It Follows) y del propio Shyamalan (Split), intenta salvar los muebles con planos que recuerdan al terror psicológico: close-ups de rostros sudorosos, sombras alargadas que parecen arañar la pantalla, encuadres que intentan transmitir claustrofobia. Pero incluso Gioulakis parece rendirse a mitad de película, como si supiera que está trabajando con un material que no da para más. La playa, un escenario real de la República Dominicana que debería haber sido idílico y aterrador a partes iguales, acaba luciendo artificial debido a los encuadres aberrantes, como si el equipo de producción hubiera tenido miedo de capturar la inmensidad del horizonte. Shyamalan, que en su día fue considerado un maestro del suspense, parece haber olvidado que el terror se construye con silencios, con miradas, con ese momento en el que el espectador siente que algo va mal aunque no sepa exactamente qué. En Tiempo, todo es ruido y furia, pero al final no significa nada.

Actuaciones: Un reparto envejecido antes de tiempo (y no por la maldición de la playa)

El elenco de Tiempo es tan desigual como un cóctel mal mezclado: hay actores que brillan a pesar del material, otros que parecen perdidos en un episodio de Grey’s Anatomy y algunos que, directamente, parecen estar en otra película.

Gael García Bernal, en el papel del padre de familia, Guy Cappa, intenta darle profundidad a un personaje que no tiene más maticas que los que dicta su profesión de actuario. Bernal, un actor capaz de transmitir emociones con un simple gesto, se ve obligado a batallar contra un acento inglés forzado y unas líneas de diálogo que suenan como si hubieran sido escritas por un bot de inteligencia artificial entrenado con guiones de telenovelas. A su lado, Vicky Krieps (Phantom Thread) hace malabarismos para dotar de dignidad y emotividad a la subtrama de la enfermedad de la madre, Prisca. Krieps es, sin duda, la mejor actriz del reparto, y su interpretación es uno de los pocos elementos que salvan a la película de la mediocridad absoluta. Pero incluso ella parece consciente de que está trabajando con un material que no le da suficiente munición.

Los jóvenes Thomasin McKenzie (Last Night in Soho) y Alex Wolff (Hereditary) tienen momentos brillantes, especialmente en las escenas en las que sus personajes envejecen repentinamente. Wolff, en particular, logra transmitir el terror y la confusión de un adolescente que se convierte en un adulto en cuestión de horas, aunque su actuación se ve lastrada por un guion que no sabe muy bien qué hacer con él. Rufus Sewell, por su parte, hace de Rufus Sewell, es decir, un tipo con ceño fruncido y traje blanco que parece sacado de un episodio de The Crown. Su personaje, el científico cínico, es tan unidimensional que parece un arquetipo sacado de un manual de escritura de guiones.

El resto del reparto —incluyendo a Abbey Lee, que interpreta a una supermodelo con un pasado traumático— se pierde en un mar de estereotipos y diálogos acartonados. Shyamalan, que en su día trabajó con actores como Bruce Willis y Samuel L. Jackson, parece haber olvidado cómo dirigir a un elenco. En Tiempo, los actores se mueven como si estuvieran en un ensayo de teatro comunitario, recitando líneas que suenan más a exposición que a diálogo real.

Banda sonora: El zumbido de un mosquito en una habitación vacía

La banda sonora de Trevor Gureckis es tan discreta que parece diseñada para no molestar, como el hilo musical de un ascensor. Hay momentos en los que la música intenta elevar la tensión, pero acaba sonando como el zumbido de un mosquito en una habitación vacía. Shyamalan, que en películas como El sexto sentido o Señales supo usar el silencio y la música de manera efectiva, parece haber renunciado a cualquier ambición sonora en Tiempo. La partitura no añade nada a la película, ni siquiera en los momentos más dramáticos. Es como si Gureckis hubiera recibido la orden de "no destacar" y se hubiera tomado el encargo al pie de la letra.

Montaje: Un rompecabezas con piezas que no encajan

El montaje de Brett M. Reed es otro de los puntos débiles de Tiempo. La película avanza a trompicones, alternando momentos de tensión genuina con otros de una torpeza tan evidente que parecen sacados de un sketch de Saturday Night Live. Hay escenas que se alargan innecesariamente —como los interminables diálogos en el resort— y otras que pasan tan rápido que el espectador no tiene tiempo de procesar lo que está viendo. El ritmo es tan irregular que la película parece sufrir de un trastorno de déficit de atención: no sabe si quiere ser un drama íntimo, un thriller de supervivencia o una comedia negra.

Comparaciones cinéfilas: Lo que pudo ser y no fue

Tiempo tiene ecos de muchas películas, pero no logra capturar la esencia de ninguna. La premisa de una playa maldita recuerda a The Beach (2000), pero sin la crítica social ni el estilo visual de Danny Boyle. La aceleración del tiempo evoca In Time (2011), pero sin la sátira distópica ni el ritmo trepidante. El tono claustrofóbico y el giro final son puro Shyamalan, pero sin la originalidad de El sexto sentido ni la tensión de Señales.

Incluso hay momentos en los que Tiempo parece un episodio perdido de The Twilight Zone, pero sin la ironía ni la profundidad de la serie original. Shyamalan, que en su día fue comparado con Rod Serling, parece haber olvidado lo que hacía grande a The Twilight Zone: la capacidad de convertir lo cotidiano en algo siniestro, de explorar los miedos humanos sin recurrir a monstruos o efectos especiales. En Tiempo, lo cotidiano se convierte en algo ridículo, y los miedos humanos se reducen a un gimmick barato.

El contexto industrial: Universal Pictures y el cine de género low-cost

El contexto industrial de Tiempo es tan fascinante como un documental sobre la fabricación de sillas de playa. Tras el éxito de Split (2016) y la tibia recepción crítica (aunque excelente taquilla) de Glass (2019), Shyamalan se encontró en una encrucijada: o reinventaba su fórmula o se convertía en un meme andante, el tipo de director al que los estudios contratan por nostalgia, como cuando tu tío abuelo cuenta por enésima vez cómo conoció a Alfred Hitchcock en un festival de cine en 1978.

Universal Pictures, siempre dispuesta a apostar por el cine de género con presupuestos ajustados y márgenes de beneficio garantizados, vio en Tiempo la oportunidad perfecta para revivir el thriller playero de supervivencia que obsesionó a los realizadores de los 2000. Pero el problema es que, en 2021, el público ya no se conforma con un jump scare mal ejecutado o un giro que se ve venir desde el primer fotograma. Queremos Jordan Peele, queremos Ari Aster, queremos directores que conviertan lo cotidiano en pesadilla sin recurrir a un plot twist que parece escrito por un algoritmo de Netflix.

Shyamalan, sin embargo, prefirió quedarse en la playa, como esos turistas que se niegan a abandonar el chiringuito aunque el huracán esté a punto de arrasarlo todo. Tiempo es el resultado de esa obstinación: una película que intenta ser un thriller psicológico, pero acaba siendo un recordatorio de que, a veces, es mejor dejar que el pasado quede atrás.

Lo mejor

  • La actuación de Vicky Krieps: La actriz luxemburguesa logra dotar de humanidad a un personaje que, de otro modo, habría sido un cliché más. Su interpretación de Prisca es emotiva sin caer en el melodrama, y es uno de los pocos elementos que salvan a la película de la mediocridad absoluta.
  • Algunos momentos de tensión: Hay secuencias, como la huida por los acantilados o el descubrimiento del primer cadáver, que logran generar una atmósfera de claustrofobia y desesperación. Son destellos de lo que pudo ser una gran película, ahogados en un mar de diálogos torpes y giros predecibles.

Lo peor

El giro final: No solo es predecible, sino que además es irrelevante. Shyamalan parece obsesionado con la idea de que un buen thriller necesita una explicación científica, como si el cine fuera un examen de biología y no un arte. El giro de Tiempo* es tan forzado que parece escrito por un algoritmo de Netflix. Los diálogos: Desde las líneas de exposición más torpes hasta los intentos de profundizar en los personajes, los diálogos de Tiempo* suenan como si hubieran sido escritos por un bot de inteligencia artificial. Son acartonados, poco naturales y, en muchos casos, directamente risibles.

El Veredicto de Claqueta Ácida (5/10)

Tiempo es el equivalente cinematográfico de un reloj de arena que se vacía demasiado rápido: al principio parece que tienes todo el tiempo del mundo, pero de repente te das cuenta de que solo te quedan unos granos de arena y una sensación de vacío existencial. M. Night Shyamalan, en su afán por repetir la fórmula que le dio éxito en los 90, ha convertido su cine en un parque temático de giros predecibles y diálogos de manual. La película tiene destellos de lo que pudo ser —una reflexión sobre la mortalidad, un thriller claustrofóbico, un drama familiar—, pero acaba siendo un thriller playero tan genérico como el protector solar que usan los protagonistas. Si Tiempo envejece mal, no es por la maldición de la playa, sino por la maldición de un director que se niega a evolucionar. Y en el cine, como en la vida, el tiempo no perdona.

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¿Qué significa el final de Tiempo (Old)?

En el clímax de *Tiempo*, los protagonistas, ya ancianos y moribundos tras un día que equivale a décadas, descubren que la playa es un experimento farmacéutico secreto para probar medicamentos a velocidad acelerada. Un equipo de científicos y guardias armados aparece para recolectar los cadáveres y datos. Los últimos supervivientes (Guy, Prisca y su hija ahora adulta) intentan huir por el acantilado, pero la mayoría muere de vejez extrema o a manos de los guardias. Solo la hija logra escapar en un bote. Simbólicamente, el desenlace es una patética rendición: Shyamalan reduce su premisa existencial sobre la fugacidad de la vida a un twist corporativo banal y un mensaje de autoayuda (“vive el momento”). El giro que no gira revela que el verdadero villano no es el tiempo, sino una farmacéutica. Todo se desinfla en sermón cursi y torpeza narrativa, espejo exacto de cómo el propio director envejeció: de prometedor autor de giros a fabricante de moralejas baratas.
🩺

Ficha de Daños Colaterales en Sala

Certificado de impacto psicofísico emitido por Valeria Von Doom

⚡ Desgaste Moderado
🥱 Bostezómetro

1 amago en el tramo intermedio; pestañeo pesado en las transiciones más innecesarias.

⏱️ Miradas de Pánico al Reloj

Minuto 40 y minuto 74 (comprobando cuánto quedaba de suplicio).

😬 Índice de Cringe Ajeno 4.5/10
☕ Prescripción Terapéutica

1 espresso para no dejarse vencer por la mediocridad cómoda.

💥 Punto de Descarrilamiento

"A mitad del segundo acto cuando la subtrama secundaria empezó a pesar más de lo que aportaba."

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