The Flash — Un relámpago de incompetencia y escándalos
Análisis ácido del fiasco de 'The Flash' y la tormenta de polémicas que sacudió Hollywood.
La premisa de The Flash era tan brillante como el flash de una cámara de bajo presupuesto: un superhéroe que corre demasiado rápido y se topa con un guion que parece haber sido escrito en una hoja de papel reciclado durante la huelga de guionistas. Lo que la prensa de Hollywood proclamó como "carrera épica" resultó ser un atropello sonoro de efectos CGI que ni siquiera el propio Flash pudo evitar. Y mientras el equipo de Claqueta Ácida se afila los lápices, intenta no caer en la misma trampa de amar el caos, nos encontramos con un blockbuster que parece un experimento de química de 5ª secundaria: explosivo, mal oliente y completamente irresponsable.
En medio de la tormenta de controversias —desde la sustitución de directores, la expulsión de los actores de la SAG‑AFTRA, hasta los escándalos de comportamiento de Ezra Miller— nuestra revista sigue firme, como el último guardia en una torre de vigilancia que ya no tiene sentido defender. Nuestra labor no es proclamar la salvación de un film cuyos cines fueron invadidos por fans que, confundidos, creyeron que el tráiler era una obra de arte conceptual. No, es nuestro deber exponer el abismo entre la promesa del marketing y la cruda realidad del producto final. Y aunque el público haya comprado palomitas con la ilusión de ver una película de superhéroes digna de The Dark Knight, lo que recibieron fue una versión diluida de lo que alguna vez fue la brillantez de los cómics de DC.
Un viaje alucinante al aburrimiento absoluto
La trama de The Flash se desenvuelve como un rompecabezas de 2,000 piezas sin la mínima coherencia: Barry Allen (Ezra Miller) viaja accidentalmente al pasado, altera la línea temporal y, de repente, se encuentra con un universo alterno donde el Joker (Jared Leto) corre la ciudad y la propia Liga de la Justicia parece haber sido enviada a una fiesta de despedida. Los diálogos, redactados con la precisión de un rapero sin rima, alternan entre la fraseología de los cómics de los 80 y el lenguaje de los foros de internet. Cada línea se siente como una cita sacada de una entrevista de prensa que intentaba demasiado ser ingeniosa.La falta de carisma del reparto es, en sí, un espectáculo de horror. Ezra Miller, cuyo talento actoral ha sido tan debatido como su vida personal, entrega una interpretación tan plana que la cámara parece temer por su propia reputación. Michael Keaton, por su parte, parece estar atrapado en una telenovela de los años 90, con gestos grandilocuentes que recuerdan a un actor que ya no entiende el concepto de “sutileza”. Sasha Calle, la novata que debería haber sido el rayo de luz, se pierde en un guion que la reduce a una versión de “Chica de Acción” sin profundidad ni motivación. La química entre los personajes es tan nula que la única chispa que vemos proviene del propio rayo de luz que atraviesa la pantalla.
Y como si la trama no fuera suficiente, el guion decide lanzar a la audiencia en una serie de flashbacks que, en lugar de aportar contexto, añaden capas de confusión dignas de un Inception mal editado. Cada salto temporal parece una excusa barata para incluir cameos de personajes que ni siquiera pertenecen al mismo universo. Resulta más confuso que una discusión política en Twitter y, al igual que esas discusiones, termina en frustración y una sensación de pérdida de tiempo.
Estética de serie B y Pepsi‑Cola
Visualmente, The Flash se asemeja a una película de serie B que ha sido pulverizada con filtros de Instagram. La cinematografía de Henry Braham, aunque cuenta con momentos de luz que recuerdan al estilo de Blade Runner, se ve ahogada por una montaña de CGI que parece haber sido renderizada en una laptop de ocho años. Los efectos especiales, en vez de elevar la narrativa, la arrastran al olvido; los rayos de velocidad aparecen como líneas amarillas parpadeantes que recuerdan a los indicadores de carga de un móvil viejo.El director Andy Muscietti, conocido por su trabajo en It – Capítulo 2, parece haber intercambiado la atmósfera de terror por una “estética de merchandising”. Cada escena está empapada en colores neón que recuerdan a una campaña de bebida energética, con un tono publicitario que grita "¡Compra la experiencia, no el argumento!". La paleta de colores, dominada por rojos chillones y azules eléctricos, es tan inconsistente que el espectador se pregunta si está viendo una película o el catálogo de una tienda de artículos de oficina.
Los diseños de producción, lejos de rendir homenaje a los cómics, caen en la trampa del “copia‑pega” de conceptos de otras franquicias, creando set pieces que rozan lo genérico. Los trajes, particularmente el icónico traje rojo de Barry, aparecen como una versión barata de una sudadera de gimnasio, sin la mínima consideración por el legado del personaje. El sonido, a su vez, parece haber sido comprimido para caber en un algoritmo de streaming, dejándonos con diálogos que suenan como si se hubieran grabado bajo el ruido de una lavadora.
Lo mejor
- Efectos de sonido de la velocidad: Aun cuando la CGI falla, el rugido del veloz movimiento logra sacudir la sala, recordándonos que las explosiones en el cine siguen siendo el único idioma universal.
- La participación de Michael Keaton: El ex‑Batman aporta una pizca de dignidad a la película; su presencia dignifica cualquier escena, aunque sea solo para dar la impresión de que el proyecto tiene alguna seriedad.
- Los cameos de la Liga de la Justicia: En medio del caos, los breves momentos donde aparecen Wonder Woman y Aquaman son destellos de lo que la película podría haber sido si alguien hubiera escuchado a los guionistas de verdad.
Lo peor
- Guion y diálogos: Cada línea suena como la copia‑pega de una sinopsis de Wikipedia, sin humor, sin corazón y sin coherencia.
- CGI y efectos visuales: Los efectos especiales son tan baratos que uno se pregunta si el presupuesto se gastó en café para el equipo de post‑producción.
- Controversias fuera de pantalla: Los escándalos de comportamiento de Ezra Miller y la tumultuosa disputa sindical roban la atención del público, dejando al filme como un barco sin capitán en medio de una tormenta mediática.
El Veredicto de Claqueta Ácida
The Flash es, en definitiva, una lección magistral de cómo no manejar un proyecto cinematográfico cuando el caos creativo se combina con una tormenta mediática que supera cualquier guion. La película no solo falla en ofrecer una narrativa coherente, sino que también se convierte en el escenario de las polémicas más sonoras del año: desde la polémica sustitución del director original, la salida tumultuosa de los guionistas durante la huelga de SAG‑AFTRA, hasta los escándalos personales de su protagonista. Cada elemento parece haber sido escogido no por su aporte artístico, sino por su capacidad de generar titulares y clicks en la era del clickbait. En el vasto universo de los superhéroes, The Flash se mantiene como un recordatorio de que la velocidad no siempre es sinónimo de calidad, y que correr sin guiarse por una brújula narrativa equivale a un desastre audiovisual. Si buscas una película que te haga cuestionar tus decisiones de consumo, aquí la tienes, envuelta en un rayo de mala fe y mal ejecutada. 💀¿Qué significa el final de The Flash?
Ficha de Daños Colaterales en Sala
Certificado de impacto psicofísico emitido por Lúa Ácida
6 bostezos, 2 con quejido audible distribuidos con inquietante regularidad.
Minuto 11, 22, 47, 70 y varios momentos indistinguibles entre sí.
3 espressos triples o aceptar la derrota con dignidad.
"Desde el primer acto, cuando quedó claro que nadie en la sala de montaje había visto la película completa."
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