Un buen chico — El laberinto de la rehabilitación
Una crítica ácida a la película 'Un buen chico' y su visión oscura de la rehabilitación
- La crítica a la sociedad que nos hace reflexionar sobre nuestra propia moralidad. @JanKomasa @StephenGraham
- Un thriller psicológico que te mantendrá al borde de tu asiento. @AndreaRiseborough @AnsonBoon
- La oscuridad de la condición humana expuesta en 'Un buen chico'. @RecordedPictureCompany @SkopiaFilm
El cine de Jan Komasa siempre ha tenido esa cualidad incómoda de agarrarte por el cuello y arrastrarte a lugares que preferirías no visitar. Con Un buen chico (A Good Person), el director polaco vuelve a demostrar que su especialidad no es precisamente la sutileza, sino más bien lo contrario: una crudeza que roza lo insoportable, un realismo sucio que se pega a la retina como el sudor en una celda de aislamiento. Esta no es una película para ver con palomitas, sino con un cubo de basura cerca por si acaso. Y no, no es una exageración. Komasa ha convertido su última obra en un experimento social donde la rehabilitación no es un proceso, sino una tortura psicológica disfrazada de terapia de choque. Y lo peor —o lo mejor, según se mire— es que funciona. O al menos, te convence de que el infierno no necesita fuego para quemar, solo dos personas con muy mala leche y un adolescente al que han secuestrado para «salvarle» de sí mismo.
El contexto industrial aquí es clave. Un buen chico llega en un momento en el que el cine de género psicológico parece haber agotado todas sus fórmulas: ya hemos visto El hoyo, Room, 10 Cloverfield Lane, y hasta el Saw más existencialista. Pero Komasa, que ya nos dejó con la boca abierta en Corpus Christi (2019) con su retrato de un falso sacerdote en un pueblo polaco, decide aquí subir la apuesta. No se conforma con encerrar a sus personajes en cuatro paredes; los encierra en una dinámica tóxica donde el amor, el odio y la manipulación se mezclan hasta volverse indistinguibles. El guion, escrito por Bartek Bartosik —colaborador habitual de Komasa—, es una máquina de generar incomodidad. No hay giros espectaculares, ni revelaciones que te dejen boquiabierto. Lo que hay es una espiral de tensión que se alimenta de lo más básico: el miedo a la soledad, la necesidad de control y esa pregunta incómoda que flota en el aire como un olor a podrido: ¿Hasta dónde estarías dispuesto a llegar para «salvar» a alguien?
La película se abre con un plano secuencia que ya te deja claro que esto no va a ser un paseo por el parque. Vemos a Tommy (Anson Boon), un chaval de 19 años con pinta de haber crecido demasiado rápido, caminando por un barrio obrero de Manchester. La cámara lo sigue como un depredador, pegada a su nuca, mientras él entra en un piso donde, en cuestión de segundos, todo se va a la mierda. No hay música, solo el sonido de una pelea, un golpe seco y luego el silencio. Corte a negro. Bienvenidos al infierno, versión Komasa. A partir de ahí, la película se convierte en un duelo actoral entre tres personajes: Tommy, el rehén; Stephen Graham, el «terapeuta» con un pasado más turbio que un charco de aceite; y Andrea Riseborough, su pareja, una mujer que parece salida de una pesadilla de David Lynch, con esa sonrisa de «yo sé algo que tú no sabes» que te pone los pelos de punta.
Y aquí es donde Un buen chico se convierte en algo más que una película de encierro: en un estudio de personajes tan brutal que duele. Stephen Graham, un actor que ha hecho del «tipo duro con corazón de oro» su sello personal (The Irishman, Boardwalk Empire), aquí se despoja de cualquier atisbo de redención. Su personaje, un exconvicto que ahora se dedica a «rehabilitar» delincuentes a base de métodos poco ortodoxos, es una bomba de relojería con patas. Graham no actúa; habita a este hombre, con una fisicidad que da miedo. Lo ves sudar, temblar, sonreír como si estuviera a punto de estrangularte, y te preguntas cómo coño ha conseguido que un tipo tan repugnante te caiga simpático en algún momento. Porque lo hace. Y ese es el truco sucio de la película: te hace empatizar con un monstruo.
Andrea Riseborough, por su parte, es pura electricidad. Su personaje, una mujer que parece haber aceptado este juego macabro como si fuera lo más normal del mundo, tiene una escena en la cocina —sí, en la puta cocina, donde se supone que la gente hace magdalenas y no amenaza con cuchillos— que es de lo mejor que he visto en años. Riseborough no necesita gritar, ni llorar, ni hacer aspavientos. Le basta con mirar a Tommy como si fuera un insecto bajo su zapato y decir, con una calma escalofriante: «Si intentas huir, te mato. Pero no te preocupes, no lo harás». Y lo peor es que le crees. No porque sea una amenaza creíble, sino porque en ese momento te das cuenta de que esta mujer disfruta con el poder. Y eso, amigos, es más aterrador que cualquier jump scare.
Dirección y puesta en escena: el arte de hacerte sentir sucio
Jan Komasa no es un director que se ande con rodeos. Su estilo es directo, casi documental en su crudeza, pero con una planificación visual que demuestra que cada encuadre está pensado para maximizar el malestar. La casa donde transcurre la mayor parte de la película es un personaje más: un espacio claustrofóbico, con pasillos estrechos, puertas que chirrían y una cocina que parece sacada de un episodio de Black Mirror. Komasa utiliza el formato 2.35:1 para acentuar la sensación de encierro, pero también para jugar con el fuera de campo. Hay momentos en los que lo que no ves es más importante que lo que sí. Como cuando Tommy está atado a una silla y la cámara se queda fija en su rostro, sudando, mientras oyes ruidos en otra habitación. ¿Qué están haciendo? ¿Qué le van a hacer? El suspense no viene de lo que ocurre, sino de lo que imaginas que está ocurriendo.
La fotografía de Michał Dymek, colaborador habitual de Komasa, es otro de los puntos fuertes. Dymek opta por una paleta de colores fríos, dominada por azules metálicos y verdes enfermizos, que refuerzan la sensación de que estás viendo algo que no debería ser visto. Los interiores están iluminados con una luz dura, casi clínica, que recuerda a los thrillers de los 70 como Straw Dogs o The Offence. Pero donde Dymek realmente brilla es en los primeros planos. Hay un momento en el que la cámara se acerca tanto al rostro de Stephen Graham que puedes ver los poros de su piel, las venas de sus sienes, el sudor acumulándose en su labio superior. Es incómodo, sí, pero también hipnótico. Te obliga a mirar, aunque no quieras.
El montaje, a cargo de Przemysław Chruścielewski, es otro elemento clave. La película tiene un ritmo implacable, con cortes secos que no te dan respiro. Pero lo más interesante es cómo Chruścielewski juega con el tiempo. Hay escenas que parecen durar una eternidad —como cuando Tommy está encerrado en un armario, escuchando los gritos de su captor— y otras que pasan en un abrir y cerrar de ojos. Esta manipulación del tiempo no es casual: refleja el estado mental de Tommy, un chico que ha perdido cualquier noción de realidad y vive en un presente continuo, donde cada segundo es una tortura.
Actuaciones: cuando el método se convierte en pesadilla
Si hay algo que salva a Un buen chico de ser una película insoportable, son sus actuaciones. Anson Boon, en el papel de Tommy, tiene la difícil tarea de ser el «chico bueno» de la película, pero sin caer en el cliché del adolescente inocente. Boon logra transmitir la vulnerabilidad de su personaje sin resultar lastimero. Hay una escena en la que Tommy, después de días de encierro, se derrumba y llora como un niño. No es un llanto melodramático, sino ese tipo de sollozo que te parte el alma porque sabes que no hay vuelta atrás. Boon no sobreactúa; simplemente está ahí, roto, y te rompe a ti también.
Pero si Boon es el corazón de la película, Stephen Graham y Andrea Riseborough son sus puños. Graham, como ya he dicho, es una fuerza de la naturaleza. Su personaje es un cóctel molotov de rabia, culpa y una necesidad desesperada de redención. Hay un momento en el que, después de una paliza particularmente brutal, se sienta en el suelo de la cocina y se ríe como un loco. No es una risa de alivio, ni de felicidad, sino ese tipo de risa que surge cuando ya no te queda nada más que perder. Graham lo clava. Y luego está Riseborough, que se come la pantalla cada vez que aparece. Su personaje es una mezcla de femme fatale y madre sobreprotectora, una mujer que ha normalizado la violencia hasta el punto de verla como una forma de amor. Cuando le dice a Tommy «Te estamos ayudando, aunque no lo entiendas», lo dice con una convicción que te deja helado. Porque, en su mente retorcida, es verdad.
El resto del reparto cumple, aunque sin llegar al nivel de los tres protagonistas. Kit Rakusen, en el papel de un vecino entrometido, tiene un par de escenas memorables, especialmente una en la que intenta «ayudar» a Tommy con una torpeza que roza lo cómico. Pero es un alivio cómico breve, porque la película no tarda en recordarte que esto no es una comedia. Ni de lejos.
Apartado técnico: cuando el sonido te ahoga y la música te persigue
La banda sonora de Un buen chico es obra de Evgueni Galperine y Sacha Galperine, un dúo que ya demostró su talento en películas como The Nightingale o The Father. Aquí, optan por una partitura minimalista, basada en sonidos ambientales y cuerdas disonantes que crean una sensación de opresión constante. No hay temas memorables, ni melodías pegadizas. Lo que hay es un zumbido constante, como el de una nevera vieja, que te acompaña durante toda la película y te va minando los nervios. En las escenas más tensas, la música desaparece por completo, dejando solo el sonido de la respiración de los personajes —agitada, entrecortada— o el crujido de una puerta al abrirse. Es un recurso sencillo, pero efectivo: el silencio, aquí, es más aterrador que cualquier nota musical.
El diseño de sonido, a cargo de Marcin Lenarczyk, es otro acierto. Lenarczyk juega con los sonidos diegéticos para aumentar la sensación de claustrofobia. El tic-tac de un reloj, el goteo de un grifo, el crujido de las tablas del suelo… Todos estos sonidos están amplificados, como si estuvieras dentro de la cabeza de Tommy, escuchando cada pequeño detalle que podría ser una amenaza. Hay una escena en la que Tommy, encerrado en un armario, oye cómo sus captores discuten en la habitación de al lado. No ves nada, solo oscuridad, pero el sonido te permite «ver» lo que está pasando. Y es aterrador.
El diseño de producción, dirigido por Joanna Macha, merece una mención especial. La casa donde transcurre la película es un personaje en sí misma: sucia, desordenada, con muebles viejos y paredes descascarilladas. Es el tipo de lugar donde nadie querría vivir, pero donde, irónicamente, Tommy encuentra algo parecido a un hogar. Macha ha cuidado hasta el último detalle, desde los platos sucios en el fregadero hasta los posters de bandas de rock en la pared de la habitación de Tommy. Todo contribuye a crear una atmósfera de realismo sucio, como si la película hubiera sido rodada en un piso abandonado de verdad.
Lo mejor
- La actuación de Stephen Graham: No es una interpretación, es una posesión demoníaca. Graham se mete en la piel de un hombre roto y sale de ella convertido en un monstruo con el que, sin embargo, no puedes evitar empatizar. Hay una escena en la que llora mientras le cuenta a Tommy su pasado en prisión que es tan cruda que te dan ganas de mirar hacia otro lado. Pero no puedes.
- La química entre Graham y Riseborough: Estos dos actores llevan su dinámica tóxica a otro nivel. No es amor, ni odio, ni siquiera dependencia. Es algo más oscuro, más retorcido. Cuando discuten, cuando se tocan, cuando se miran, sientes que estás presenciando algo que no debería ser visto. Y sin embargo, no puedes apartar la vista.
La fotografía de Michał Dymek: Dymek convierte lo feo en hermoso, lo opresivo en hipnótico. Sus planos cerrados, su uso de la luz natural y su paleta de colores fríos crean una atmósfera que te envuelve como una manta mojada. No es bonito, pero es cinematográfico* en el sentido más puro de la palabra.
- El guion de Bartek Bartosik: No hay un solo diálogo de más, ni una escena que sobre. Bartosik construye una espiral de tensión que no da tregua, pero que nunca cae en el sensacionalismo. Cada línea, cada gesto, tiene un propósito. Y cuando la película termina, te das cuenta de que has estado conteniendo la respiración durante dos horas.
- El montaje de Przemysław Chruścielewski: Chruścielewski juega con el tiempo como un maestro, alargando los momentos de tensión hasta lo insoportable y acelerando los de acción hasta dejarlos en un borrón. Su trabajo es tan preciso que ni siquiera notas que está ahí… hasta que te das cuenta de que no puedes respirar.
Lo peor
- El desarrollo de algunos personajes secundarios: Kit Rakusen hace lo que puede con su papel de vecino entrometido, pero su personaje es poco más que un alivio cómico mal integrado. Hay un par de escenas en las que su presencia rompe la tensión de manera demasiado brusca, como si la película necesitara un respiro que, en realidad, no necesita.
Algunos diálogos un poco forzados: Hay momentos en los que los personajes sueltan frases que suenan más a guión que a conversación real. Como cuando Riseborough le dice a Tommy «El miedo es bueno. El miedo te mantiene vivo». Es una línea potente, sí, pero también huele un poco a mensaje* con mayúsculas. Y en una película tan cruda como esta, los mensajes sobran.
- El tercer acto: Sin spoilers, diré que el final de la película es… polémico. No es malo, ni mucho menos, pero hay un giro que parece sacado de otra película, una más convencional, menos arriesgada. Komasa se la juega, y a veces la jugada no sale bien. Aquí, el riesgo no termina de pagar.
- La falta de contexto para los personajes: Sabemos que Stephen Graham es un exconvicto que ahora se dedica a «rehabilitar» delincuentes, pero poco más. ¿Cómo llegó a esto? ¿Por qué lo hace? Hay un momento en el que menciona que su método «funciona», pero nunca vemos pruebas de ello. Un poco más de información sobre su pasado y sus motivaciones habría dado más profundidad a su personaje.
El Veredicto de Claqueta Ácida
Un buen chico no es una película fácil. No es para todos los públicos, ni siquiera para todos los amantes del cine de género. Es incómoda, sucia, a veces incluso repugnante. Pero también es una de las películas más honestas que he visto en años sobre la naturaleza humana. Jan Komasa no te da respuestas, ni moralinas, ni finales felices. Te da una patada en el estómago y te deja preguntándote qué harías tú en el lugar de Tommy. ¿Resistirías? ¿Te romperías? ¿O acabarías convirtiéndose en otro monstruo más? La película no juzga, solo muestra. Y lo que muestra es tan real que duele. 7.8 para una obra que te perseguirá mucho después de que se apaguen las luces. 💀
🎬 Tráiler Oficial
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¿Qué significa el final de Un buen chico?
Ficha de Daños Colaterales en Sala
Certificado de impacto psicofísico emitido por Lúa Ácida
3 amagos en el tramo intermedio; pestañeo pesado en las transiciones más innecesarias.
Minuto 53 y minuto 65 (comprobando cuánto quedaba de suplicio).
2 espressos para no dejarse vencer por la mediocridad cómoda.
"A mitad del segundo acto cuando la subtrama secundaria empezó a pesar más de lo que aportaba."
💬 El Veredicto de la Comunidad
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