Matadero — El Banquete Cinematográfico que Deja el Plato Limpio (y el Estómago Vacío)
Santiago Fillol sirve un festín de carne podrida en 'Matadero': ambición visual, actores hambrientos y un guion que se desangra en la Pampa. ¿Arte o matadero de ideas?
El celuloide cruje bajo el peso de las expectativas cuando un cineasta decide hurgar en las entrañas de la historia con un bisturí oxidado y una receta de tercera. Matadero, el segundo largometraje de Santiago Fillol, llega como un cadáver exquisito arrastrado por las aguas turbias del cine de autor latinoamericano: ambicioso hasta la asfixia, pretencioso hasta el ridículo y, sobre todo, profundamente irregular. No es casualidad que su premisa —un director estadounidense en 1975 rodando una adaptación del relato El matadero de Esteban Echeverría, donde los gauchos se comen a sus patrones— suene a chiste macabro de esos que solo los programadores de festivales se atreven a aplaudir. Porque, seamos honestos, ¿quién en su sano juicio financiaría hoy un western gore sobre canibalismo rural con ínfulas de alegoría política? La respuesta, queridos lectores, es tan obvia como el olor a podrido que desprende este proyecto: alguien que confundió el cine con un ensayo universitario mal escrito y la Pampa con un plató de The Texas Chain Saw Massacre versión low-cost.
Fillol, un director que hasta ahora había coqueteado con el documental y el cine híbrido (I See Red People, 2018), parece obsesionado con la idea de que el cine debe doler, como si cada plano debiera ser una patada en el estómago del espectador. Y vaya si Matadero duele, pero no de la manera que él cree. Aquí el dolor no es catártico, ni siquiera incómodo: es el dolor sordo de un moretón que no sabe si es arte o simple torpeza. La película se debate entre el homenaje al cine político de los 70 (con ese aire a La hora de los hornos pero sin la furia ni la urgencia) y el pastiche gore de serie B, como si alguien hubiera mezclado a Glauber Rocha con Herschell Gordon Lewis en una coctelera y hubiera olvidado añadir el alcohol. El resultado es una criatura bicéfala que mira hacia dos direcciones sin decidirse por ninguna: ¿es una reflexión sobre la violencia como herramienta de cambio social o un simple festín de vísceras para entretener a un público con el estómago curtido por The Walking Dead? Spoiler: no logra ser ninguna de las dos cosas.
El contexto histórico en el que se enmarca la película —Argentina en los estertores del peronismo, con la sombra alargada de la Triple A y la violencia política a flor de piel— debería ser el caldo de cultivo perfecto para un filme incendiario. Sin embargo, Matadero prefiere quedarse en la superficie, como un turista que fotografía la miseria sin entenderla. Fillol parece más interesado en recrear el look de una película de los 70 (con esos granos de celuloide falsos, los colores desaturados y los encuadres que huelen a cinéma vérité de pacotilla) que en profundizar en lo que realmente importa: los personajes, sus motivaciones y, sobre todo, esa idea tan argentina de que la carne —ya sea la de los animales o la de los hombres— siempre termina en el mismo lugar: el matadero. El guion, escrito por el propio Fillol, es un Frankenstein de diálogos pretenciosos («La violencia es el lenguaje de los que no tienen voz», dice un personaje en un momento que parece sacado de un manual de filosofía barata) y escenas que oscilan entre lo ridículo y lo directamente incomprensible. ¿Ejemplo? Una secuencia en la que los gauchos, tras asesinar a sus patrones, se comen sus entrañas en un banquete que parece rodado por un alumno de primer año de la ECAM con un presupuesto de tres euros y un pollo de Mercadona.
Pero si hay algo que salva a Matadero de ser un completo desastre es, irónicamente, su apartado técnico. Mauro Herce, el director de fotografía, firma aquí un trabajo que oscila entre lo notable y lo pretencioso, pero que al menos tiene la decencia de ser coherente. Herce, conocido por su colaboración con directores como Albert Serra (La muerte de Luis XIV), impregna cada plano de una textura granulada y enfermiza, como si la película estuviera siendo proyectada sobre una pantalla de carne viva. Los exteriores en la Pampa tienen una belleza áspera y desolada, con esos cielos plomizos que parecen a punto de desplomarse sobre los personajes como una losa. El problema es que, una vez más, Fillol confunde el estilo con la sustancia. Hay planos secuencia que parecen diseñados para impresionar a los jurados de festivales (como ese travelling circular alrededor de una mesa donde se sirve un banquete caníbal) pero que no aportan nada a la narrativa. Es como si el director hubiera leído demasiado a Tarkovski y hubiera decidido que cada encuadre debía ser una metáfora en sí misma, aunque nadie —ni siquiera él— sepa exactamente qué significa.
La dirección: Un ejercicio de estilo que se ahoga en su propia bilis
Si algo queda claro tras ver Matadero es que Santiago Fillol tiene una Obsesión»" data-acid-interlink="obsesion-el-hechizo-que-convirtio-el-amor-en-pesadilla-de-plastico">obsesión enfermiza por el control visual. Cada plano parece calculado al milímetro, como si el director hubiera pasado horas midiendo la distancia entre la cámara y el rostro de Malena Villa para asegurarse de que su sudor se viera lo suficientemente «auténtico». El problema es que, en su afán por emular el cine político de los 70, Fillol cae en la trampa de confundir el realismo con la simple acumulación de detalles sucios. Los actores llevan ropas manchadas de barro (o de algo que parece barro pero huele a pintura acrílica), los interiores están iluminados con esa luz amarillenta y mortecina que tanto gusta a los directores que quieren transmitir «decadencia», y los diálogos suenan como si hubieran sido escritos por alguien que acaba de descubrir a Brecht pero no ha entendido muy bien de qué va el asunto. El resultado es una película que parece un documental sobre la fabricación de salchichas: todo muy técnico, muy detallado, pero al final uno se queda con la sensación de que le han dado gato por liebre.
El ritmo, por su parte, es tan irregular como el pulso de un borracho. Hay escenas que se alargan hasta la extenuación (como ese plano fijo de un gaucho afilando un cuchillo que dura lo que un partido de fútbol sin goles) y otras que pasan tan rápido que uno se pregunta si Fillol no se habrá quedado dormido en la sala de montaje. La película avanza como un animal herido, cojeando entre momentos de tensión bien construida (como una secuencia en la que los personajes discuten mientras el viento azota los campos, con un sonido ambiente que parece grabado en el infierno) y otros que caen en el más absoluto ridículo (¿alguien puede explicar qué demonios hace un personaje recitando un poema en medio de una masacre?). Es como si Fillol hubiera querido hacer una película de Andrei Tarkovski pero se hubiera quedado en la fase de «copiar los planos sin entender el alma».
Los actores: Un reparto hambriento que no tiene qué morder
El elenco de Matadero parece compuesto por actores que recibieron el guion cinco minutos antes de rodar y a los que les dijeron: «Improvisad, pero no demasiado, que esto es cine serio». Malena Villa, en el papel de una gaucha con más resentimiento que líneas de diálogo coherentes, es la única que logra transmitir algo parecido a una emoción genuina. Su personaje, una mezcla de femme fatale rural y víctima del sistema, tiene momentos en los que parece a punto de romper la cuarta pared para decirle al espectador: «Oye, yo sé que esto es una mierda, pero me pagan por estar aquí». El resto del reparto, sin embargo, se mueve como si estuviera en un ensayo general de La casa de Bernarda Alba dirigido por un alumno de secundaria. Julio Perillán, en el papel del director estadounidense, tiene una presencia tan carismática como un mueble de Ikea, y Ailín Salas parece más interesada en masticar el chicle imaginario que en interpretar a su personaje. Lo más triste es que, en un momento dado, uno de los gauchos suelta una frase que podría ser el lema de la película: «Aquí todos somos carne». Y vaya si lo son: carne de cañón, carne de festival, carne podrida.
El apartado técnico: Cuando el envoltorio es mejor que el regalo
Si Matadero fuera un plato de alta cocina, sería uno de esos platos que parecen obra de arte en Instagram pero que saben a cartón reciclado. Mauro Herce hace milagros con la fotografía, convirtiendo los paisajes de la Pampa en algo que parece sacado de un sueño febril de Andrei Zvyagintsev. Los planos generales de los campos infinitos, con esa luz dorada y polvorienta que se filtra entre las nubes, son lo más cercano a la belleza que esta película ofrece. El problema es que, una vez más, Fillol parece más interesado en cómo se ve la película que en lo que cuenta. El diseño de sonido, por ejemplo, es tan exagerado que en ocasiones parece una parodia de sí mismo: los gritos de los personajes resuenan como si estuvieran siendo torturados en una cámara de eco, y el viento suena tan artificial que uno espera ver aparecer a un técnico de Foley con un secador de pelo en cualquier momento.
El montaje, a cargo de Santiago Fillol y Natalia López, es otro de los puntos débiles de la película. Hay transiciones que parecen sacadas de un tutorial de Premiere Pro para principiantes (¿fundidos a negro cada dos por tres? ¿En serio?), y escenas que parecen pegadas con cinta adhesiva. La música, compuesta por Lucio Capece, es un collage de sonidos ambientales y notas disonantes que suenan como si alguien hubiera grabado el llanto de un violín en un matadero real. No es mala, pero es tan invasiva que en ocasiones ahoga los diálogos, como si la película tuviera miedo de que el espectador se diera cuenta de lo vacuas que son las conversaciones.
Lo mejor
- La fotografía de Mauro Herce: Un trabajo visual que rescata la película del abismo del olvido, con planos que parecen pintados por un Goya con resaca.
- Malena Villa: La única actriz que logra darle algo de vida a un personaje que huele a naftalina y a guion mal escrito.
- Los exteriores en la Pampa: Paisajes que transmiten esa sensación de infinito y desolación que el guion solo roza de refilón.
- La ambición desmedida: Al menos Fillol se atreve a soñar en grande, aunque el resultado sea un Frankenstein de ideas mal cosidas.
Lo peor
- El guion: Un batiburrillo de diálogos pretenciosos, escenas incomprensibles y metáforas tan obvias que duelen.
- El ritmo: La película avanza como un zombi con artritis, alternando secuencias soporíferas con otras que parecen rodadas por un equipo distinto.
- La pretensión: Hay momentos en los que la película parece un ensayo universitario filmado con actores que cobran.
El Veredicto de Claqueta Ácida
Matadero es como ese amigo que llega a una cena con una botella de vino carísimo y luego pasa la noche hablando de su tesis doctoral sobre la ontología del ser. Tiene buenos ingredientes, una presentación impecable y hasta momentos de genuina belleza, pero al final uno se queda con la sensación de que le han dado gato por liebre. Santiago Fillol demuestra tener talento para la imagen y una ambición desmedida, pero también una incapacidad alarmante para construir personajes o narrativas que vayan más allá del postureo intelectual. La película es un banquete de cine de autor donde la carne está cruda, el vino agrio y los comensales se miran con desconfianza. ¿Recomendable? Solo si te gusta el sabor de la decepción bien presentada. 💀
¿Qué significa el final de Matadero?
Ficha de Daños Colaterales en Sala
Certificado de impacto psicofísico emitido por Odin Lagbert
3 amagos en el tramo intermedio; pestañeo pesado en las transiciones más innecesarias.
Minuto 38 y minuto 78 (comprobando cuánto quedaba de suplicio).
1 espresso para no dejarse vencer por la mediocridad cómoda.
"A mitad del segundo acto cuando la subtrama secundaria empezó a pesar más de lo que aportaba."
💬 El Veredicto de la Comunidad
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