Venus — Cuando Lovecraft se muda a un bloque colmena de Villaverde Sur
Jaume Balagueró traslada el terror cósmico a la periferia madrileña en un ejercicio donde la monstruosidad ancestral se roza con la chabacanería.
Crítica de Venus
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La carne tiene memoria, pero el cine español a veces prefiere tirar de inercia y fabricar fantasmas de cartón piedra para contentar al algoritmo de turno. Jaume Balagueró, un director que en su día supo cómo cortarnos la respiración con la histeria colectiva de REC, decide abandonar el falso documental para entregarse sin red a una serie B desinhibida que roza deliberadamente el esperpento. Ya no hay pasillos oscuros de bloques infectados por rabia viral, sino un extrarradio madrileño tan gris que duele a la retina. La mudanza del terror cósmico desde las páginas húmedas de Providence hasta los bloques colmena de Villaverde Sur suena sobre el papel a broma de barra de bar. Sin embargo, el catalán abraza la astracanada con una seriedad desconcertante que bascula entre el acierto pulp y el ridículo más espantoso.
El problema fundamental de esta propuesta radica en que los mitos de Cthulhu y la sordidez cañí comparten espacio pero se miran con recelo, como dos vecinos cotillas que se detestan en el rellano. La sinopsis nos planta en la cara a Lucía, una bailarina de discoteca dada a la fuga con un botín prohibido que busca refugio junto a su hermana Rocío y su sobrina Alba en un laberinto de hormigón. Lo que debería ser una olla a presión de tensión suburbana se convierte pronto en un desfile de secundarios grotescos que rezuman una caspa muy difícil de justificar. Los mafiosos persiguen a la protagonista con la misma intensidad con la que un gato persigue un puntero láser, mientras el edificio empieza a susurrar consignas ancestrales a través de las paredes húmedas.
No estamos ante una tragedia griega ni ante un ejercicio de alta costura autoral, sino ante un producto de género que transpira ambición desmedida y limitaciones presupuestarias a partes iguales. La música de Vanessa Garde intenta inyectar urgencia litúrgica a unas imágenes que a menudo piden a gritos un poco más de barro real y menos pirotecnia digital. Balagueró dirige con el piloto automático puesto durante demasiados tramos, confiando todo al carisma físico de su protagonista principal y a la capacidad del espectador para suspender la incredulidad ante giros de guion que desafían la física básica del sentido común. Al final, el choque cultural entre la cosmología lovecraftiana y la miseria urbana española deja una sensación extraña en el paladar, parecida a comerse un plato de alta cocina en un banco de parque.
La dirección y el pulso formal
El veterano realizador demuestra que sabe perfectamente dónde poner la cámara cuando la acción se acelera en los espacios angostos, recordándonos destellos de su viejo oficio. Los pasillos del maldito edificio funcionan como un organismo vivo que traga y regurgita personajes según convenga a la narrativa de Fernando Navarro, un guionista que firma libremente a partir de los terrores clásicos. No obstante, la puesta en escena tropieza constantemente con su propia autoconsciencia, oscilando entre el drama social de extrarradio y el delirio fantástico más recóndito sin encontrar una bisagra tonal creíble. La fotografía de Pablo Rosso impregna cada plano de una pátina enfermiza, pero el artificio visual termina pesando más que la atmósfera malsana que la historia tanto necesita para respirar.
El diseño de producción intenta compensar las costuras visibles de un presupuesto ajustado mediante pasillos claustrofóbicos y una dirección artística que huele a humedad rancia y tuberías oxidadas. Cada rincón del bloque de viviendas respira un abandono institucional que casa a la perfección con la desolación emocional de los personajes, aunque el salto definitivo hacia el horror cósmico desentone con esa crudeza inicial de extrarradio. Es en esa transición abrupta donde el pulso formal del director se resiente, obligado a equilibrar el thriller quinqui con criaturas de ultratumba sin que chirríen las bisagras. La cámara busca la fisicidad del dolor en cada plano cerrado, pero a menudo se estrella contra la propia inverosimilitud del material de partida.
Las interpretaciones en tierra de nadie
Ester Expósito asume el peso titánico de sostener la función corriendo, sangrando y defendiendo su pellejo con una presencia magnética que aguanta estoicamente el tipo ante el esperpento circundante. Su tránsfuga de discoteca funciona porque la actriz entiende que aquí no hay espacio para sutilezas dramáticas, sino para la supervivencia animal y la huida hacia delante. A su alrededor, el reparto coral cumple con el expediente genérico sin que nadie logre elevar el material por encima de la media televisiva, atrapados entre diálogos que basculan entre el costumbrismo chungo y la invocación arcana. Magüi Mira y el resto de vecinas sectarias aportan esa textura de vecindad maldita que salva los muebles en los momentos de mayor decaimiento rítmico.
Los antagonistas masculinos, por su parte, deambulan por la trama atrapados en una tesitura tan histriónica que a menudo provocan más hilaridad involuntaria que auténtico pavor. Falta esa amenaza sorda, subterránea y verdaderamente inquietante que un relato de estas características exige para que el espectador compre el billete hacia lo sobrenatural. La propia dinámica familiar entre hermanas se ahoga en discusiones de rellano que cortan el ritmo dramático justo cuando la criatura o los cultistas deberían reclamar todo el protagonismo escénico. El esfuerzo físico de la protagonista principal es innegable, pero ni siquiera su entrega absoluta logra rescatar del naufragio a un conjunto actoral que camina visiblemente desorientado entre registros tan opuestos.
Lo mejor
- Ester Expósito: Asume el protagonismo absoluto con una entrega física total que sostiene el pulso de la película en los momentos más inverosímiles.
- La osadía conceptual: Trasladar el terror cósmico de H.P. Lovecraft directamente a la chabacanería castiza de Villaverde Sur sin pedir perdón.
- El diseño de producción: La atmósfera opresiva del bloque colmena que logra transmitir una claustrofobia muy tangible.
Lo peor
- El guion: Tropieza constantemente con resoluciones narrativas perezosas y diálogos que rozan el involuntario gag cómico.
- Los efectos digitales: El tramo fantástico abusa de elementos visuales postizos que rompen de golpe la inmersión del espectador.
- La irregularidad tonal: La incapacidad manifiesta para casar con elegancia el thriller quinqui con la mitología de los Dioses Exteriores.
El Veredicto de Claqueta Ácida
Balagueró firma un divertimento bastardo que funciona mejor como excentricidad antropológica que como hito del terror patrio. La película se atreve a mezclar la sordidez de los descampados madrileños con tentáculos cósmicos, quedándose a medio camino entre la genialidad pulp y el disparate bochornoso. No es la revolución que el género pedía a gritos, pero al menos tiene el valor de estrellarse intentando algo diferente en lugar de reciclar el aburrimiento institucional de siempre. Se deja ver con una sonrisa cínica, un vaso de líquido amargo y la certeza de que el verdadero monstruo siempre será la factura del gas. 💀
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Venus: preguntas frecuentes
- ¿Qué nota tiene "Venus" en Claqueta Ácida?
- "Venus" tiene una nota de 5.5/10 en Claqueta Ácida según el análisis publicado por Lúa Ácida.
- ¿Merece la pena ver "Venus"?
- Con reservas. Le damos un 5,5/10 (Ácido Cítrico), nuestra categoría para obras irregulares que tienen algo que rescatar.
- ¿Quién dirigió la película "Venus"?
- "Venus" fue dirigida por Jaume Balagueró.
Ficha de Daños Colaterales en Sala
Certificado de impacto psicofísico emitido por Lúa Ácida
Un sobresaltado parpadeo constante ante la audacia de mezclar cultos arcanos con chonis a la fuga.
Un par de miradas al reloj en el tramo intermedio, comprobando cuánto quedaba de suplicio.
Un carajillo bien cargado en vaso de duralex para aguantar el viaje místico por el extrarradio.
"El instante exacto en que los cánticos sectarios chocan frontalmente contra la cotidianidad del felpudo y el ascensor averiado."
La réplica de Odin Lagbert (Gran Académico del Cinismo)
En desacuerdo frontal con la valoración emitida por Lúa Ácida.
“Resulta de una ceguera comarcana incalificable reprocharle a Jaume Balagueró ese maridaje monstruoso entre los arcanos de Providence y la podredumbre arquitectónica de Villaverde, pues *mise-en-scène* semejante no es un desliz costumbrista, sino un ejercicio de supremo *pastiche* transgenérico que subvierte el terror burgués. Lúa Ácida, prisionera de su asfixiante purismo académico, confunde el barroquismo cañí con la simple "caspa", incapaz de vislumbrar cómo el *splatter* castizo dialoga con la abyección cósmica a través de una geometría del asfalto que recuerda al mejor poliziottesco italiano, solo que pasado por el filtro de nuestro esperpento nacional. Esa atmósfera de bloques colmena no es cartón piedra; es el auténtico reverso material del nihilismo contemporáneo. La criatura marina emerge del hormigón porque la sordidez periférica ya era, de facto, un altar lovecraftiano. Brillante anomalía estética.
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