Bitelchús Bitelchús — Tim Burton vuelve a cagarla con estilo
Tim Burton resucita su criatura más icónica, pero el guion es un Frankenstein de chistes caducados y nostalgia mal digerida. Keaton sigue siendo el rey, pero esto huele a dinero fácil.
Treinta y seis años. Eso es lo que ha tardado Tim Burton en volver a meter la pata con el mismo personaje que, en 1988, lo convirtió en el rey del goth chic. Bitelchús Bitelchús no es una secuela, es un exorcismo fallido: el director intenta expulsar sus demonios creativos, pero acaba poseído por el peor de todos —el síndrome de la nostalgia—. Warner Bros., esa máquina de exprimir franquicias hasta dejarlas en los huesos, le dio luz verde a este proyecto con la misma lógica con la que un niño pide postre antes de cenar: porque sí, porque puede, porque el público tragará. Y vaya si traga. Pero lo que escupe después sabe a decepción con toques de déjà vu barato.
El problema no es que Burton haya envejecido —todos lo hemos hecho, incluso los directores que siguen vistiendo como si fueran adolescentes en un funeral—. El problema es que su estilo, antaño revolucionario, ahora huele a naftalina y a remake de sí mismo. Los planos cenitales de Winter River, esa paleta de verdes podridos y rosas eléctricos, los decorados que parecen sacados de un cuento de hadas escrito por un alcohólico… Todo eso sigue ahí, intacto, como un museo de cera de lo que una vez fue genial. Pero la magia se ha esfumado. Ahora es como ver a tu ídolo de la infancia en una convención de Star Trek: reconoces el disfraz, incluso admiras el esfuerzo, pero sabes que algo se rompió para siempre. Y ese algo es, casi siempre, el guion.
Porque Bitelchús Bitelchús es, ante todo, una película escrita por alguien que confundió «homenaje» con «copia y pega». Miles Millar, el guionista, parece haber estudiado la primera entrega con la misma profundidad con la que un turista visita el Louvre: se hizo un selfi con la Gioconda, memorizó dos frases del audio-guía y se fue a por un crêpe. El resultado es un batiburrillo de chistes que funcionaban en los 80 porque eran frescos, y ahora suenan a gracietas de abuelo contando batallitas en un asilo. «¡Eh, eh, eh!», grita Bitelchús mientras se retuerce como un espagueti en un microondas. Sí, Michael Keaton sigue siendo el mejor actor del mundo interpretando a un demonio payaso, pero hasta él parece consciente de que está actuando en un fanfic escrito por un algoritmo de Netflix.
Y luego está el tema de los nuevos personajes. Jenna Ortega como Astrid, la hija rebelde de Lydia, es lo único que salva esta película de ser un completo desastre. No porque el personaje sea profundo —Dios nos libre—, sino porque Ortega tiene ese don de los actores verdaderamente buenos: hace que hasta los diálogos más absurdos suenen como si los hubiera escrito Aaron Sorkin. El resto del reparto, en cambio, parece perdido en un limbo entre el camp y la autocomplacencia. Winona Ryder repite su papel de Lydia como si estuviera leyendo un guion en braille, Catherine O’Hara está tan exagerada que parece un personaje de Schitt’s Creek teletransportado a una pesadilla de Burton, y Willem Dafoe… bueno, Dafoe siempre es Dafoe, incluso cuando interpreta a un policía fantasma con un bigote que parece dibujado con Paint. Es como si el casting hubiera seguido la regla de «si no funciona, pon a Dafoe y reza».
Dirección: Burton en modo piloto automático
Tim Burton ha dirigido esta película como si estuviera cobrando por horas. Hay destellos de su genio visual —ese plano secuencia del desván, con la maqueta de Winter River iluminada como un árbol de Navidad satánico, es pura magia burtoniana—, pero son eso: destellos. El resto es un collage de ideas recicladas, como si el director hubiera abierto su cajón de «cosas que funcionaron en los 90» y hubiera decidido que, oye, quizá si las mezclamos con un poco de CGI barato, nadie notará la falta de alma. El problema no es que Burton haya perdido su toque, sino que ya no le importa si lo tiene o no. Bitelchús Bitelchús es una película hecha por alguien que ha visto demasiadas películas sobre directores quemados.
El ritmo es otro de los grandes damnificados. La película avanza como un zombi con resaca: unos minutos de frenesí caótico (generalmente cuando Keaton está en pantalla), seguidos de largos tramos de diálogo expositivo que suenan como si los hubieran escrito con un generador de tropes de terror adolescente. Hay una escena en la que los personajes discuten sobre las reglas del Más Allá como si estuvieran en una partida de Dungeons & Dragons, y es tan forzada que dan ganas de gritar: «¡Por el amor de Dios, que alguien les dé un manual de instrucciones y se callen!». Pero no, el guion insiste en alargar la agonía, como si el objetivo fuera llegar a los 105 minutos sin que el público se duerma. Spoiler: no lo consigue.
Actuaciones: Keaton salva el pellejo (otra vez)
Michael Keaton es el único motivo por el que esta película no se hunde como el Titanic de las secuelas. Su Bitelchús sigue siendo una criatura fascinante: un cruce entre un demonio de Fausto, un vendedor de enciclopedias y un niño de cinco años con síndrome de Tourette. Keaton se come el escenario cada vez que aparece, y lo hace con esa mezcla de carisma y peligro que solo él tiene. El problema es que el guion le da tan poco material interesante que acaba recurriendo a los mismos trucos de la primera entrega: gritos, muecas y frases hechas. Es como ver a un chef con tres estrellas Michelin cocinando con ingredientes de Lidl.
El resto del reparto hace lo que puede con lo que tiene. Jenna Ortega, como ya he dicho, es la revelación: su Astrid es el único personaje que parece vivo, aunque sea un cliché andante (la adolescente rebelde con un pasado traumático, ¿en serio?). Winona Ryder, por su parte, parece estar en otra película. No es que esté mal —Ryder nunca está mal—, pero su Lydia Deetz suena a parodia de sí misma, como si alguien le hubiera dicho: «Oye, Winona, haz lo que hiciste en 1988, pero con más lágrimas». Catherine O’Hara, por su parte, está tan sobreactuada que parece que le han pagado por cada mueca. Y Justin Theroux… bueno, Theroux es un actor estupendo, pero aquí interpreta a un personaje tan plano que podría usarse como tabla de planchar.
Apartado técnico: Lo único que no huele a podrido
Si hay algo que salva a Bitelchús Bitelchús de ser un desastre total, es su apartado técnico. La fotografía de Χάρης Ζαμπαρλούκος es una delicia visual: esos verdes ácidos, esos rojos sangrientos, esa iluminación que parece sacada de un sueño febril. Burton sigue teniendo un ojo increíble para los colores, y aquí lo demuestra con creces. El diseño de producción, por su parte, es una maravilla: Winter River es un pueblo que parece construido con los restos de un decorado de Edward Scissorhands y un set de Stranger Things. Y los efectos prácticos, aunque combinados con CGI, tienen ese encanto old school que hace que la película parezca más viva que muchas producciones actuales.
La banda sonora de Danny Elfman, por supuesto, es otro acierto. Elfman compone como si supiera que esta película no merece su talento, pero aun así se esfuerza. El tema principal es un remix del clásico de 1988, pero con un toque más oscuro, más melancólico. Es como si Elfman estuviera diciendo: «Sí, sé que esto es una secuela innecesaria, pero al menos voy a hacer que suene bien». Y vaya si lo consigue. El problema es que, al final, hasta la mejor banda sonora del mundo suena hueca si lo que acompaña es un guion escrito con los pies.
Lo mejor
- Michael Keaton: Sigue siendo el alma de la franquicia. Su Bitelchús es un huracán de carisma y caos, aunque el guion no le dé material a la altura.
- La fotografía de Χάρης Ζαμπαρλούκος: Burton y los colores siguen siendo una pareja hecha en el infierno. Los verdes y rojos de esta película son un espectáculo visual.
- Jenna Ortega: Astrid es el único personaje con algo de profundidad, y Ortega lo interpreta con una naturalidad que brilla entre tanto cliché.
- El diseño de producción: Winter River es un pueblo que parece sacado de un cuento de hadas escrito por un asesino en serie. Burton sigue siendo el rey de los decorados inquietantes.
- La banda sonora de Danny Elfman: Aunque la película no se la merezca, Elfman compone como si supiera que esto es lo único que quedará de ella.
Lo peor
El guion de Miles Millar: Un Frankenstein de chistes caducados, diálogos expositivos y tropes* de terror adolescente. Parece escrito por alguien que vio la primera película una vez y tomó notas en una servilleta.
- El ritmo: La película avanza como un zombi con resaca: unos minutos de frenesí, seguidos de largos tramos de aburrimiento. Alguien debería haberle dicho a Burton que el montaje existe.
Los personajes nuevos (excepto Astrid): Justin Theroux y el resto del reparto secundario parecen perdidos en un limbo entre el camp* y la autocomplacencia. Dafoe salva los muebles, pero hasta él parece consciente de que esto es un desastre.
La nostalgia mal digerida: Burton intenta recrear la magia de la primera entrega, pero acaba haciendo una parodia de sí mismo. Es como ver a tu ídolo de la infancia en una convención de cosplay*.
- Los chistes repetidos: «¡Eh, eh, eh!» ya no da miedo, ni risa, ni nada. Es como escuchar a un abuelo contando el mismo chiste por décima vez. Y no, no mejora con el tiempo.
El Veredicto de Claqueta Ácida
Bitelchús Bitelchús es como ese ex que vuelve después de treinta años: reconoces sus virtudes, incluso te emocionas un poco al verlo, pero pronto te das cuenta de que lo que antes te encantaba ahora solo te da pena. Tim Burton ha hecho una película que huele a nostalgia rancia y a dinero fácil, pero que, contra todo pronóstico, tiene destellos de su antiguo genio. Michael Keaton sigue siendo el rey, Jenna Ortega salva los muebles y el apartado técnico es impecable. El problema es que el guion es tan flojo que hasta el Más Allá parece un lugar más interesante. No es un desastre total, pero es una oportunidad perdida. Y en el cine, como en la vida, las segundas oportunidades no siempre son una bendición. 💀
🎬 Tráiler Oficial
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Ficha de Daños Colaterales en Sala
Certificado de impacto psicofísico emitido por Silvia Mordaz
2 amagos en el tramo intermedio; pestañeo pesado en las transiciones más innecesarias.
Minuto 54 y minuto 65 (comprobando cuánto quedaba de suplicio).
2 espressos para no dejarse vencer por la mediocridad cómoda.
"A mitad del segundo acto cuando la subtrama secundaria empezó a pesar más de lo que aportaba."
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