🎬 CLAQUETA ÁCIDA
Clásicos 🔥 Fusión Nuclear

La Princesa Mononoke — Una Obra Maestra de Ghibli

La crítica de Silvia Mordaz a 'La Princesa Mononoke', una película épica de Hayao Miyazaki

✍️ Por: Silvia Mordaz
🎬 Director: Hayao Miyazaki
⏱️ Lectura: 12 min
🔥 Fusión Nuclear 8.3/10
Crítica y fotograma de la película La Princesa Mononoke en Claqueta Ácida
Póster y cartel oficial de la película La Princesa Mononoke
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La Princesa Mononoke: Una Obra Maestra de Ghibli 0:00 / --:--
  • ¿Sabías que 'La Princesa Mononoke' se estrenó en 1997 y revolucionó la animación? @Ghibli @Miyazaki
  • La batalla entre humanos y dioses en 'La Princesa Mononoke' es un reflejo de nuestra relación con la naturaleza. @Ghibli @Miyazaki
  • La música de 'La Princesa Mononoke' es una obra maestra que te transportará a otro mundo. @Ghibli @Miyazaki

Hay películas que no se ven, se sufren. O se veneran. La princesa Mononoke (1997) es de esas que te clavan en la butaca como si un kodama te hubiera lanzado un hechizo de raíces y savia. No es una película, es un ritual pagano en celuloide. Y cuando sales de la sala, o del sofá, o de la cueva donde la hayas visto, sabes que algo dentro de ti ha cambiado. No por el mensaje ecológico —que también—, sino porque Miyazaki te ha metido en la cabeza un mundo tan vivo que hasta el aire acondicionado del cine huele a bosque podrido y metal oxidado. Bienvenidos a la obra maestra que Disney intentó domesticar y fracasó estrepitosamente.

El primer plano ya te avisa: esto no va a ser Totoro con espadas. Un jabalí gigante, cubierto de gusanos negros que parecen venas vivas, avanza hacia la cámara como un tren de carne y furia. La música de Joe Hisaishi no acompaña, ataca, con unos cornos que suenan como si el infierno hubiera decidido hacer una versión sinfónica de Enter Sandman. Y entonces aparece Ashitaka, el príncipe maldito, cabalgando sobre Yakul como si fuera el último jinete de un apocalipsis que aún no ha empezado. Miyazaki no te da tiempo a respirar. No quiere que respires. Quiere que sientas el peso de la maldición en tu propia piel, que notes cómo la ira del jabalí se te clava en las entrañas como un cuchillo de obsidiana. Esto es cine de terror, pero en lugar de fantasmas, los monstruos son la codicia y la estupidez humana.

La película se estrenó en Japón en 1997 y fue un éxito arrollador: recaudó más de 160 millones de dólares en su país natal, convirtiéndose en la película más taquillera de la historia japonesa hasta que Titanic le arrebató el trono. En Occidente, sin embargo, la cosa fue más complicada. Disney, que había comprado los derechos de distribución, se encontró con un problema: Mononoke no era El Rey León. No había canciones pegadizas ni animales parlantes con chistes de dick jokes. Había violencia explícita, sangre verde que parecía vómito de demonio, y un mensaje tan incómodo que hasta hoy parece escrito por Greta Thunberg después de tres tazas de café de comercio justo. El resultado fue un doblaje en inglés supervisado por Neil Gaiman que sonaba como si Shakespeare hubiera escrito un episodio de Dragon Ball Z. Y aún así, la película sobrevivió. Porque cuando algo es bueno, ni siquiera Disney puede joderlo del todo.

Miyazaki no dirige, dirige a machetazos. Cada escena está construida como si fuera un cuadro de Hieronymus Bosch pasado por el filtro de un anime de los 90. Los dioses del bosque no son criaturas bonitas y etéreas: son monstruos de ojos brillantes y bocas llenas de dientes afilados, como si alguien hubiera cruzado un ciervo con un tiburón. La escena en la que Moro, la diosa loba, se arrastra hacia Lady Eboshi con las patas traseras destrozadas es de una crueldad tan poética que te deja sin aliento. No hay héroes ni villanos aquí, solo personas —y no-personas— haciendo lo que pueden para sobrevivir en un mundo que se desmorona. Y en medio de todo eso, San, la princesa Mononoke, escupiendo sangre y gritando como si el mundo entero le debiera algo. Y se lo debe.

La princesa Mononoke still 1
La princesa Mononoke still 1

Dirección y puesta en escena: Miyazaki como un dios menor

Hayao Miyazaki no filma escenas, las esculpe en movimiento. Cada plano de La princesa Mononoke parece sacado de un pergamino antiguo que alguien hubiera animado con fuego y paciencia de monje. La secuencia inicial, con el jabalí maldito avanzando entre los árboles, es un ejemplo perfecto: la cámara no se limita a seguir al monstruo, se arrastra con él, como si también estuviera infectada por la ira que lo corroe. Los gusanos negros que cubren su cuerpo no son simples efectos de animación, son metáforas visuales que se mueven, literalmente, como si la corrupción del mundo hubiera cobrado vida propia. Y luego está el momento en que el jabalí muere y su cuerpo se deshace en un charco de sangre y barro. No es un plano bonito. No es un plano que te haga sentir bien. Es un plano que te recuerda que la muerte no es limpia, ni poética, ni siquiera trágica. Es sucia, fea y, a veces, necesaria.

Pero donde Miyazaki brilla de verdad es en su capacidad para equilibrar lo épico con lo íntimo. La batalla final entre los humanos y los dioses del bosque es un espectáculo de destrucción mutua, con árboles arrancados de cuajo, flechas volando como langostas y un dios ciervo que se desintegra en un remolino de luz y sombra. Pero en medio del caos, hay un momento de silencio. Ashitaka y San, cubiertos de sangre y sudor, se miran mientras el mundo se derrumba a su alrededor. No hay música. No hay diálogos. Solo el sonido de la respiración entrecortada y el viento silbando entre los escombros. Ese plano dura cinco segundos, pero pesa como una losa. Miyazaki no necesita palabras para decirte que, a veces, el amor es lo único que queda cuando todo lo demás se ha ido al infierno.

Y luego está el final. El puto final. Después de dos horas y media de violencia, traición y destrucción, Miyazaki te regala un plano de un pequeño brote verde creciendo entre las ruinas. No es un final feliz. No es un final triste. Es un final humano, en el peor y mejor sentido de la palabra. Porque la vida sigue, aunque todo lo demás se haya ido a la mierda. Y eso, queridos lectores, es más revolucionario que cualquier discurso ecologista.

La princesa Mononoke still 2
La princesa Mononoke still 2

Actuaciones: Voces que cortan como cuchillos de obsidiana

En Japón, las voces de Mononoke son leyenda. Yutaka Matsushige (Ashitaka) no interpreta a un príncipe, interpreta a un hombre joven que ha visto demasiado y aún así no ha perdido la esperanza. Su voz es tranquila, pero hay un filo en ella, como si en cualquier momento pudiera romperse y dejar salir toda la rabia que lleva dentro. Y luego está Yuriko Ishida como San. Dios mío, San. No es una princesa, es una fuerza de la naturaleza con forma de chica de 15 años. Ishida le da una ferocidad que te hace creer que, de verdad, esta niña podría arrancarte la garganta con los dientes si te acercas demasiado al bosque. No es una heroína. Es una superviviente. Y eso la hace infinitamente más interesante.

Pero si hay una actuación que se roba la película, es la de Akihiro Miwa como Moro. Miwa, un cantante y actor transgénero que ya había trabajado con Miyazaki en Nausicaä, le da a la diosa loba una presencia que es a la vez maternal y aterradora. Moro no es un animal noble y sabio. Es una madre furiosa que protegería a sus crías aunque tuviera que arrastrarse sobre sus propias entrañas. La escena en la que Moro habla con San, con esa voz ronca y llena de dolor, es uno de esos momentos en los que el cine se convierte en algo más que entretenimiento. Se convierte en arte.

En el doblaje inglés, las cosas son... distintas. Billy Crudup hace lo que puede con Ashitaka, pero suena como si estuviera leyendo el guion en voz alta en lugar de viviéndolo. Claire Danes, en cambio, salva el pellejo como San. Le da una intensidad que casi compensa el hecho de que el doblaje suene como si lo hubieran grabado en un estudio de Los Ángeles en lugar de en el infierno. Pero el verdadero crimen es Minnie Driver como Lady Eboshi. Driver intenta darle profundidad al personaje, pero acaba sonando como si estuviera en un episodio de Grey’s Anatomy en lugar de en una película de samuráis y dioses furiosos. Es como si alguien hubiera tomado a Cersei Lannister y la hubiera metido en un anime sin avisarle de que aquí las mujeres no lloriquean, cortan cabezas.

Apartado técnico: Cuando la artesanía se convierte en brujería

La fotografía de La princesa Mononoke no es buena, es sobrenatural. Atsushi Okui, el director de fotografía, no ilumina escenas, ilumina pesadillas. Los bosques son oscuros, húmedos, llenos de sombras que parecen moverse cuando no las miras directamente. Los interiores de la Ciudad del Hierro son un infierno industrial, con hornos que escupen fuego y humo que se enrosca en el aire como serpientes. Y luego está el color. Miyazaki no usa la paleta de colores de un cuento de hadas, usa la de un sueño febril. Los verdes del bosque son tan intensos que parecen tóxicos. Los rojos de la sangre y el fuego queman la pantalla. Hasta los marrones del barro y la suciedad tienen una textura que casi puedes oler.

Pero si hay algo que eleva Mononoke por encima de cualquier otro anime, es el diseño de personajes y criaturas. Los dioses del bosque no son versiones antropomórficas de animales bonitos. Son monstruos. Monstruos hermosos, sí, pero monstruos al fin y al cabo. El dios ciervo, con su cuerpo hecho de ramas y su rostro que parece tallado en corteza, es una de las criaturas más impresionantes que he visto nunca. No es un dios, es un ecosistema andante. Y los kodamas, esos pequeños espíritus del bosque con cabezas que giran como si fueran muñecas rotas, son a la vez adorables y profundamente inquietantes. Miyazaki no te da lo que esperas, te da lo que necesitas. Y lo que necesitas, aunque no lo sepas, es tener pesadillas con estos bichos.

La música de Joe Hisaishi es otro nivel. No es una banda sonora, es una experiencia religiosa. Los cornos que suenan durante la secuencia inicial no son música, son advertencias. Los violines que acompañan a San cuando cabalga sobre Moro no son melodías, son gritos de guerra. Y el tema principal, ese que suena como si un coro de ángeles hubiera decidido versionar una canción tradicional japonesa, es tan hermoso que duele. Duele porque sabes que nunca vas a escuchar nada igual.

El montaje, por su parte, es implacable. Hayao Miyazaki y Takeshi Seyama no te dan un segundo de respiro. Las transiciones entre escenas son fluidas, casi hipnóticas, pero nunca te relajas. Porque en el mundo de Mononoke, relajarse es morir. La escena en la que Ashitaka y San intentan detener al dios ciervo mientras este se transforma en un ser de pura oscuridad es un ejemplo perfecto: el montaje acelera, los planos se vuelven más cortos, la música se vuelve más intensa, y de repente te das cuenta de que llevas tres minutos sin parpadear. No es una película, es un exorcismo.

Lo mejor

  • La dirección de Hayao Miyazaki: No es cine, es brujería. Cada plano está pensado para golpearte, no para entretenerte. Miyazaki no te da lo que quieres, te da lo que necesitas, aunque duela.
  • El diseño de criaturas: Los dioses del bosque no son animales bonitos, son monstruos. Monstruos hermosos, aterradores y profundamente originales. El dios ciervo es una de las criaturas más impresionantes del cine.
  • La actuación de Yuriko Ishida como San: No es una princesa, es una fuerza de la naturaleza. Ishida le da una ferocidad que te hace creer que esta chica podría arrancarte la garganta con los dientes.
  • La música de Joe Hisaishi: No es una banda sonora, es una experiencia religiosa. Los cornos suenan como advertencias, los violines como gritos de guerra, y el tema principal es tan hermoso que duele.
  • El final: No es feliz, no es triste, es humano. Un pequeño brote verde creciendo entre las ruinas. Es perfecto.

Lo peor

El doblaje inglés: Billy Crudup suena como si estuviera leyendo el guion en voz alta, y Minnie Driver como Lady Eboshi parece salida de un episodio de Grey’s Anatomy*. Casi arruinan la película.
  • La duración: Dos horas y media pueden hacerse largas, especialmente en la parte central, donde la trama se enreda un poco. Pero es un mal menor.
  • Algunos personajes secundarios: Jigo y sus monjes son interesantes, pero su arco se siente un poco forzado, como si Miyazaki no supiera muy bien qué hacer con ellos.
  • La complejidad de la trama: Hay momentos en los que es fácil perderse entre tantos personajes, dioses y facciones. Pero, seamos honestos, eso también es parte de su encanto.

El Veredicto de Claqueta Ácida

La princesa Mononoke no es una película, es una experiencia. Una que te deja sin aliento, con los nudillos blancos de agarrarte a la butaca y el corazón latiendo como si acabaras de correr un maratón. Miyazaki no te da héroes ni villanos, te da personas rotas en un mundo roto, luchando por algo que ni siquiera saben si existe. La animación es una obra de arte, la música te parte el alma, y los personajes son tan reales que duele. Es una película que te cambia, te marca y te hace sentir pequeño. Y eso, en un mundo lleno de blockbusters desechables, es un milagro. No la veas. Sufre con ella. Y luego, cuando salgas de la sala, mira a tu alrededor y pregúntate: ¿cuántos brotes verdes quedan en este mundo? 💀

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Ficha de Daños Colaterales en Sala

Certificado de impacto psicofísico emitido por Silvia Mordaz

🛡️ Supervivencia Épica
🥱 Bostezómetro

Cero. La pantalla absorbió cada segundo de atención disponible.

⏱️ Miradas de Pánico al Reloj

Ninguna comprobación del tiempo. Se agradece la rareza.

😬 Índice de Cringe Ajeno 1.7/10
☕ Prescripción Terapéutica

Ninguna. Guarda el café para la sesión siguiente.

💥 Punto de Descarrilamiento

"No hubo. La coherencia se mantuvo hasta el último fotograma."

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Nota de Claqueta Ácida 8.3/10
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