El lobo de Wall Street — Scorsese se ahoga en su propio champán
Scorsese filma una orgía de tres horas donde el capitalismo se celebra a sí mismo. DiCaprio brilla, pero el guion huele a autocomplacencia. ¿Crítica o apología?
Crítica de El lobo de Wall Street
El olor a dinero falso y cocaína barata inunda la sala desde el primer plano. El lobo de Wall Street no es una película, es un after de tres horas donde Martin Scorsese, el mismo tipo que nos dio Taxi Driver y Goodfellas, parece haber confundido el exceso con la profundidad. ¿Crítica al capitalismo? Por favor. Esto es un porno de Wall Street filmado con el presupuesto de un país pequeño, donde el director se regodea en cada línea de diálogo misógino, cada montón de billetes tirados al aire y cada pastilla tragada como si fueran logros artísticos. Scorsese, que alguna vez nos hizo sentir la culpa de sus personajes, ahora parece disfrutar de su impunidad. ¿Dónde quedó el moralista que nos mostraba las consecuencias del crimen? Aquí solo hay champán, yates y un Leonardo DiCaprio que parece estar cobrando por minuto de pantalla, no por actuación.
El problema no es el tema, sino la ejecución. Terence Winter, guionista de Boardwalk Empire, adapta las memorias de Jordan Belfort con la sutileza de un martillo neumático. Cada escena es una competencia para ver quién grita más, quién consume más drogas o quién tiene el diálogo más obsceno. No hay matices, no hay desarrollo: solo Belfort pasando de ser un don nadie a un don nadie con un Lamborghini. El guion confunde ritmo con ruido, y Scorsese, en lugar de podar, se suma al caos con planos secuencia interminables que parecen diseñados para que el espectador note lo cool que es el director. ¿El resultado? Una película que se siente como un mix de los peores excesos de los 80: larga, repetitiva y con resaca moral.
Pero vayamos a los datos duros, porque esta película es un caso de estudio en cómo el cine puede ser a la vez brillante y profundamente irritante. Con un presupuesto de $100 millones (sí, cien millones de dólares para filmar a tipos gritando en oficinas), El lobo de Wall Street recaudó $392 millones en taquilla, lo que la convierte en un éxito comercial. El público general disfrutó el espectáculo, pero los más cinéfilos salieron de la sala con la sensación de haber sido estafados. Scorsese, que en The Irishman demostró que aún puede hacer cine con profundidad, aquí parece más interesado en impresionar a sus amigos de Hollywood que en contar una historia con peso. Y eso duele.
El rodaje, por cierto, no fue menos caótico que la película. DiCaprio, en pleno modo método, se negó a usar un doble para las escenas de drogas y consumió quaaludes reales (sí, reales) para lograr el efecto de Belfort en su famosa escena del crawl hacia el coche. Scorsese, en lugar de frenarlo, lo alentó. El resultado es una secuencia que oscila entre lo hilarante y lo patético, pero que resume perfectamente el tono de la película: demasiado. También hubo polémica con la productora Red Granite Pictures, financiada con dinero malversado del fondo soberano de Malasia (sí, el escándalo del 1MDB). Scorsese y DiCaprio devolvieron el dinero a posteriori, pero el daño ya estaba hecho: El lobo de Wall Street nació manchada de corrupción, igual que su protagonista.
Dirección: Scorsese en modo autopilot
Scorsese dirige esta película como si estuviera en piloto automático, repitiendo fórmulas que ya funcionaron en Goodfellas y Casino pero sin la misma intensidad. Los planos secuencia, los freeze frames y los voice-over están ahí, pero parecen más un homenaje a sí mismo que una evolución. Hay momentos brillantes, como la secuencia del quaalude o el discurso de Belfort en el yate, donde el director demuestra que aún sabe cómo crear tensión visual. Pero son destellos en un mar de autocomplacencia. Scorsese parece más interesado en filmar a DiCaprio gritando que en explorar las consecuencias de sus acciones. ¿Dónde está el Scorsese que nos hizo sentir la culpa de Travis Bickle o la paranoia de Henry Hill? Aquí solo hay ruido.
El montaje, a cargo de Thelma Schoonmaker (colaboradora habitual de Scorsese), es impecable técnicamente, pero cae en la misma trampa: confunde velocidad con ritmo. Hay escenas que duran demasiado, como la interminable fiesta en el yate, y otras que pasan volando, como el juicio final, que parece un epílogo apresurado. Schoonmaker sabe cómo mantener el interés, pero incluso ella no puede salvar un guion que repite los mismos beats una y otra vez. La película se siente como un loop de tres horas donde Belfort gana dinero, consume drogas, insulta a alguien y repite.
Actuaciones: DiCaprio se come la pantalla (y el presupuesto)
Leonardo DiCaprio entrega una de sus actuaciones más físicas y comprometidas. Belfort es un personaje repugnante, pero DiCaprio lo interpreta con tal carisma que es imposible no sentirse atraído por él. Grita, llora, se arrastra por el suelo y hasta se golpea contra una puerta en una escena que parece sacada de un sketch de Jackass. Es una actuación showman, diseñada para impresionar, y lo logra. Pero también es una actuación que huele a Oscar bait: DiCaprio sabe que los académicos adoran los papeles de tipos con problemas, y aquí les da todo el paquete: drogas, alcohol, misoginia y un final ambiguo. ¿Es una crítica o solo un tour de force actoral? Difícil saberlo.
Jonah Hill, en su primer papel serio después de Superbad, sorprende con una interpretación de Donnie Azoff que roza lo grotesco. Hill se mete en la piel de un tipo que parece sacado de un reality de traders borrachos, y lo hace con una mezcla de humor y patetismo que salva algunas escenas del ridículo. Margot Robbie, en su primer papel importante en Hollywood, demuestra por qué se convirtió en una estrella: Naomi Lapaglia es la única persona cuerda en esta película, y Robbie la interpreta con una mezcla de ferocidad y vulnerabilidad que hace que cada una de sus escenas brille. El resto del reparto, incluyendo a un Matthew McConaughey en modo cameo surrealista, cumple sin destacar.
Apartado técnico: Lujo vacío
La fotografía de Rodrigo Prieto es impecable, con una paleta de colores saturados que recuerda a los thrillers de los 80. Los planos de Wall Street, con sus luces neón y sus trajes caros, son visualmente impactantes, pero también refuerzan la sensación de que estamos viendo un anuncio de la vida de los ricos. Prieto sabe cómo filmar el exceso, pero no cómo darle profundidad. La banda sonora, una mezcla de rock clásico y pop ochentero, es pegadiza pero genérica: canciones como Mercy, Mercy Me de Marvin Gaye suenan más como un cliché que como una elección artística.
El diseño de producción, a cargo de Bob Shaw, es uno de los puntos fuertes de la película. Las oficinas de Stratton Oakmont están llenas de detalles que reflejan la cultura bro de los 80: pósters de Playboy, botellas de champán vacías y mesas llenas de billetes. Pero incluso aquí hay un problema: todo parece demasiado limpio, demasiado estilizado. No hay suciedad real, no hay consecuencias. Es como si Scorsese hubiera querido filmar El lobo de Wall Street en un set de Disneylandia.
Lo mejor
- La actuación de Leonardo DiCaprio: Belfort es un personaje repugnante, pero DiCaprio lo interpreta con tal intensidad que es imposible apartar la vista. Grita, llora, se arrastra y hasta se golpea contra una puerta: es una actuación física y comprometida que roza lo grotesco.
- Margot Robbie como Naomi Lapaglia: Robbie roba cada escena con una mezcla de ferocidad y vulnerabilidad. Naomi es la única persona cuerda en esta película, y Robbie la interpreta con una profundidad que contrasta con el resto del reparto.
La secuencia del quaalude*: Una de las pocas escenas donde Scorsese demuestra que aún sabe cómo crear tensión visual. DiCaprio, arrastrándose hacia su coche como un zombi, es hilarante y patético a la vez.
El diseño de producción: Las oficinas de Stratton Oakmont están llenas de detalles que reflejan la cultura bro* de los 80. Bob Shaw logra crear un mundo que, aunque estilizado, resulta creíble.
Lo peor
- El guion de Terence Winter: Confunde exceso con profundidad. Cada escena es una competencia para ver quién grita más o quién consume más drogas. No hay matices, no hay desarrollo: solo Belfort repitiendo los mismos errores una y otra vez.
- La duración: Tres horas son demasiado para una película que no tiene nada nuevo que decir. Scorsese parece más interesado en filmar el exceso que en explorar sus consecuencias.
La falta de consecuencias: Belfort termina como un motivational speaker*, sin pagar realmente por sus crímenes. Scorsese parece más interesado en celebrar su estilo de vida que en criticarlo.
El tono autocomplaciente: Scorsese filma esta película como si fuera un homenaje a sí mismo, repitiendo fórmulas de Goodfellas sin la misma intensidad. El resultado es una película que huele a nostalgia* barata.
El Veredicto de Claqueta Ácida
El lobo de Wall Street es una película que oscila entre lo brillante y lo insoportable. Scorsese y DiCaprio entregan momentos de genialidad, pero el guion de Winter y la falta de autocrítica convierten esta película en un espectáculo vacío. Es como un buffet de lujo: mucho para elegir, pero al final te quedas con hambre. Scorsese, que alguna vez nos hizo sentir la culpa de sus personajes, aquí parece más interesado en impresionar a sus amigos de Hollywood que en contar una historia con peso. ¿Crítica al capitalismo? No. ¿Tres horas de yuppies drogados filmadas con estilo? Sí. Y eso, al final, es lo más triste de todo. 💀
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El lobo de Wall Street: preguntas frecuentes
- ¿Qué nota tiene "El lobo de Wall Street" en Claqueta Ácida?
- "El lobo de Wall Street" tiene una nota de 7.2/10 en Claqueta Ácida según el análisis publicado por Maximiliano Z..
- ¿Merece la pena ver "El lobo de Wall Street"?
- Con reservas. Le damos un 7,2/10 (Ácido Cítrico), nuestra categoría para obras irregulares que tienen algo que rescatar.
- ¿Quién dirigió la película "El lobo de Wall Street"?
- "El lobo de Wall Street" fue dirigida por Martin Scorsese.
Ficha de Daños Colaterales en Sala
Certificado de impacto psicofísico emitido por Maximiliano Z.
1 amago en el tramo intermedio; pestañeo pesado en las transiciones más innecesarias.
Alguna consulta furtiva al móvil en el segundo acto. Nada que no se perdone.
2 espresso para no dejarse vencer por la mediocridad cómoda.
"A mitad del segundo acto cuando la subtrama secundaria empezó a pesar más de lo que aportaba."
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