Shutter Island — La isla que nunca existió (y el guion que tampoco)
Scorsese y DiCaprio juegan a ser Hitchcock, pero acaban en un manicomio de clichés y giros que huelen a naftalina. ¿Obra maestra o ejercicio de estilo pretencioso?
Crítica de Shutter Island
El olor a naftalina y cigarros baratos me golpeó en cuanto pisé el cine aquel febrero de 2010. Shutter Island llegaba con el peso de ser «el nuevo Scorsese», el tipo que había convertido a DiCaprio en su musa después de que De Niro se jubilara a hacer cameos en películas de superhéroes. Pero esta vez no había mafiosos ni trajes caros: solo un manicomio, una tormenta de opereta y un guion que olía más a House que a Psicosis. La promesa era tentadora: un thriller psicológico con toques góticos, basado en la novela de Dennis Lehane, el mismo autor de Mystic River. Pero lo que nos dieron fue un ejercicio de estilo tan pretencioso que hasta el propio Scorsese parecía aburrirse en el montaje final.
El problema no es que Shutter Island sea mala. El problema es que es demasiado Scorsese. Cada plano, cada movimiento de cámara, cada nota de la banda sonora (que suena como si Max Richter y Bernard Herrmann hubieran tenido un hijo bastardo en un asilo) grita: «¡Mirad qué artista soy!». Pero el guion de Laeta Kalogridis es tan transparente que podrías leer el final en el reflejo de las gafas de DiCaprio. Teddy Daniels, nuestro protagonista, llega a la isla con un trauma del pasado, un compañero que parece sacado de un episodio de Columbo y una teoría conspiranoica que, oh sorpresa, resulta ser cierta. O no. O sí. O tal vez el verdadero misterio es por qué nadie le dijo a Scorsese que 138 minutos de flashbacks de una mujer quemando a sus hijos son, en realidad, un castigo cruel e inusual.
Y luego está DiCaprio. Dios mío, DiCaprio. El hombre suda tanto que podrías llenar una piscina olímpica con sus lágrimas de método. Cada escena es una masterclass de sobreactuación: mira a cámara con ojos de cordero degollado, grita como si le estuvieran arrancando las uñas y, en un momento especialmente memorable, se arrastra por el suelo como si fuera un marine en Platoon pero con menos dignidad. No es culpa suya, claro. El guion le exige que sea un saco de traumas andante, y él obedece con la devoción de un monje en un retiro de silencio. Pero cuando tu actor principal parece más un paciente que un detective, algo falla. Y no, no es el twist. El twist es tan obvio que hasta el tipo que vendía palomitas en el cine lo vio venir.
El rodaje, por cierto, fue un infierno gótico en sí mismo. Scorsese insistió en filmar en locaciones reales en Massachusetts, incluyendo un antiguo hospital psiquiátrico que, según los rumores, estaba embrujado. Los actores contaron después que el set olía a moho y desesperación, y que DiCaprio se negaba a salir de su tráiler sin antes hacer una sesión de terapia con su coach de método. Ruffalo, en cambio, se lo tomó con filosofía: «Si Leo quiere llorar en un rincón, allá él. Yo me voy a tomar un café». La anécdota lo dice todo: en Shutter Island, hasta los secundarios parecen más cuerdos que el protagonista.
Dirección: Scorsese en modo autopiloto
Martin Scorsese dirige Shutter Island como si estuviera cobrando por minuto. Cada plano es una declaración de intenciones: la cámara se mueve con la solemnidad de un funeral, los flashbacks se suceden como latigazos y la banda sonora (una mezcla de música clásica y sonidos industriales) suena como si alguien hubiera metido un órgano en una lavadora. Pero todo ese virtuosismo técnico choca con un guion que avanza a trompicones, como si Kalogridis hubiera escrito las escenas en servilletas de bar y luego las hubiera ordenado al azar.
Hay momentos brillantes, claro. La escena en la cueva, con DiCaprio iluminado por un farol mientras habla con una mujer que podría ser un fantasma (o no), es pura atmósfera scorsesiana. Pero luego viene el flashback de la esposa quemando a los niños, y te das cuenta de que el director está más interesado en crear imágenes bonitas que en contar una historia coherente. Es como si El resplandor y El cabo del miedo hubieran tenido un hijo bastardo, y ese hijo hubiera crecido obsesionado con los giros argumentales de Memento.
Y luego está el final. Ay, el final. Scorsese se empeña en que sea ambiguo, pero es tan predecible que hasta el Dr. Cawley (Ben Kingsley, haciendo de psiquiatra con la paciencia de un santo) parece aburrido. «¿Y si todo era mentira?», susurra DiCaprio en la última escena, como si fuera la primera vez que alguien en la historia del cine tuviera esa idea. Spoiler: no lo es. Ni siquiera es la primera vez que Scorsese lo intenta. Recordemos Infiltrados, donde el final también era un chiste malo disfrazado de genialidad.
Actuaciones: DiCaprio suda, Ruffalo sonríe, Kingsley se aburre
Leonardo DiCaprio en Shutter Island es como un perro con rabia: ladra, babea y muerde todo lo que se mueve, pero al final no sabes si es un genio o simplemente está enfermo. Su Teddy Daniels es un saco de traumas tan sobrecargado que parece que va a explotar en cualquier momento. Y sin embargo, hay algo fascinante en su desesperación. No es un mal actor, pero aquí parece atrapado en un bucle de sufrimiento del que no puede (o no quiere) salir. Cada grito, cada lágrima, cada mirada de cordero degollado está calculada para recordarte que, sí, este hombre merece un Oscar. Aunque sea por pena.
Mark Ruffalo, en cambio, es el único que parece estar en una película diferente. Su Chuck Aule es un tipo normal, con una sonrisa socarrona y un sentido del humor que brilla en medio de tanta oscuridad. Es el único personaje que parece humano, y por eso su presencia es tan refrescante como un vaso de agua en el infierno. Cuando Ruffalo está en pantalla, la película respira. Cuando no está, te das cuenta de que estás viendo un monólogo de DiCaprio.
Ben Kingsley, por su parte, hace lo que puede con un personaje que es poco más que un arquetipo de psiquiatra siniestro. Su Dr. Cawley es frío, calculador y, en ocasiones, casi cómico en su seriedad. Pero incluso él parece consciente de que está en una película que no sabe muy bien adónde va. En una escena, mira a cámara como diciendo: «¿En serio tenemos que seguir con esto?». Y la respuesta, por desgracia, es sí.
Apartado técnico: La fotografía salva el desastre (pero no del todo)
Robert Richardson, el director de fotografía, merece un monumento. Shutter Island es una película visualmente deslumbrante, con una paleta de colores que oscila entre el gris plomizo de la tormenta y el verde enfermizo de los pasillos del manicomio. Cada plano está compuesto con una precisión quirúrgica, y hay momentos en los que la imagen es tan poderosa que casi te olvidas de que el guion es un colador. Casi.
El problema es que Richardson no puede salvar lo que no tiene salvación. La banda sonora, por ejemplo, es un batiburrillo de sonidos industriales, música clásica y silencios incómodos que suena como si alguien hubiera mezclado The Dark Side of the Moon con el ruido de una máquina de escribir. Y el montaje, aunque competente, no logra ocultar los agujeros del guion. Hay escenas que se alargan hasta la extenuación (como el interrogatorio a Jackie Earle Haley, que parece sacado de un episodio de Law & Order pero con más gritos) y otras que pasan tan rápido que te dejan con la sensación de que te has perdido algo importante.
El diseño de producción, por otro lado, es impecable. El manicomio de Ashecliffe es un personaje más en la película, con sus pasillos laberínticos, sus celdas oscuras y su atmósfera opresiva. Pero incluso aquí hay un problema: todo es tan bonito que parece falso. Como si Scorsese hubiera querido crear un decorado de película de terror, pero se hubiera pasado con el presupuesto. Al final, Shutter Island parece más un parque temático gótico que un thriller psicológico.
Lo mejor
- La fotografía de Robert Richardson: Un espectáculo visual que casi justifica los 138 minutos de sufrimiento. Cada plano es una postal de pesadilla, con una paleta de colores que oscila entre el gris plomizo y el verde enfermizo. Si cerraras los ojos y solo escucharas la película, te perderías la mitad de la experiencia. Pero como no puedes cerrar los ojos (porque DiCaprio te mira fijamente), Richardson te salva el pellejo.
- Mark Ruffalo como Chuck Aule: El único personaje que parece humano en medio de este circo de locos. Ruffalo le da a su papel un sentido del humor y una calidez que contrasta con la sobreactuación de DiCaprio. Cuando está en pantalla, la película respira. Cuando no está, te das cuenta de que estás viendo un monólogo de tres horas.
- La atmósfera gótica: Scorsese crea una sensación de opresión y misterio que te atrapa desde el primer plano. El manicomio de Ashecliffe es un personaje más en la película, con sus pasillos laberínticos y su aire de decadencia. Si te gustan las películas de terror con toques psicológicos, aquí encontrarás material para tus pesadillas.
- El diseño de producción: Los decorados, el vestuario y la ambientación son impecables. Cada detalle está cuidado al milímetro, desde los uniformes de los guardias hasta los objetos personales de los pacientes. Es como si Scorsese hubiera querido recrear un manicomio de los años 50, pero con el presupuesto de una superproducción de Hollywood.
Lo peor
El guion de Laeta Kalogridis: Un colador lleno de agujeros argumentales, giros predecibles y diálogos que suenan como si los hubiera escrito un algoritmo de Netflix. El final es tan obvio que hasta el tipo que vendía palomitas en el cine lo vio venir. Y los flashbacks* de la esposa quemando a los niños son tan repetitivos que parecen un castigo divino.
- La sobreactuación de Leonardo DiCaprio: Teddy Daniels es un saco de traumas tan sobrecargado que parece que va a explotar en cualquier momento. DiCaprio grita, llora y se arrastra por el suelo como si estuviera en un concurso de sufrimiento. No es culpa suya, claro. El guion le exige que sea un cliché andante, y él obedece con la devoción de un monje.
- La banda sonora: Una mezcla de sonidos industriales, música clásica y silencios incómodos que suena como si alguien hubiera metido un órgano en una lavadora. Hay momentos en los que la música es tan invasiva que parece que estás viendo un tráiler de la película, no la película en sí.
El ritmo: 138 minutos de flashbacks, gritos y giros argumentales que no llevan a ninguna parte. Hay escenas que se alargan hasta la extenuación (como el interrogatorio a Jackie Earle Haley) y otras que pasan tan rápido que te dejan con la sensación de que te has perdido algo importante. Al final, Shutter Island* parece más un maratón que una película.
- El final: Scorsese se empeña en que sea ambiguo, pero es tan predecible que hasta el Dr. Cawley parece aburrido. «¿Y si todo era mentira?», susurra DiCaprio en la última escena, como si fuera la primera vez que alguien en la historia del cine tuviera esa idea. Spoiler: no lo es.
El Veredicto de Claqueta Ácida
Shutter Island es como un pastel de bodas: bonito por fuera, pero lleno de relleno barato por dentro. Scorsese se empeña en que sea una obra maestra del thriller psicológico, pero acaba siendo un ejercicio de estilo pretencioso con un guion que huele a naftalina. DiCaprio suda, Ruffalo sonríe y Kingsley se aburre, mientras la cámara de Richardson hace todo el trabajo. No es una mala película, pero es una película que podría haber sido buena si alguien le hubiera dicho a Scorsese que menos es más. Al final, te quedas con la sensación de que has visto algo importante, pero no sabes muy bien por qué. Y eso, queridos lectores, es el peor crimen que puede cometer un cineasta. 💀
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Shutter Island: preguntas frecuentes
- ¿Qué nota tiene "Shutter Island" en Claqueta Ácida?
- "Shutter Island" tiene una nota de 7.2/10 en Claqueta Ácida según el análisis publicado por Silvia Mordaz.
- ¿Merece la pena ver "Shutter Island"?
- Con reservas. Le damos un 7,2/10 (Ácido Cítrico), nuestra categoría para obras irregulares que tienen algo que rescatar.
- ¿Quién dirigió la película "Shutter Island"?
- "Shutter Island" fue dirigida por Martin Scorsese.
Ficha de Daños Colaterales en Sala
Certificado de impacto psicofísico emitido por Silvia Mordaz
2 amagos en el tramo intermedio; pestañeo pesado en las transiciones más innecesarias.
Alguna consulta furtiva al móvil en el segundo acto. Nada que no se perdone.
1 espressos para no dejarse vencer por la mediocridad cómoda.
"A mitad del segundo acto cuando la subtrama secundaria empezó a pesar más de lo que aportaba."
💬 El Veredicto de la Comunidad
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