Chinatown — El noir que te noquea sin avisar (y te deja preguntándote qué coño acaba de pasar)
Roman Polanski firma un KO técnico al cine negro: guion impecable, Nicholson en estado de gracia y un final que duele más que un gancho al hígado. ¿Obra maestra o pelea sucia?
Crítica de Chinatown
El sol de Los Ángeles en 1937 no calentaba, quemaba. Y no me refiero al clima, sino a esa luz blanca, implacable, que John A. Alonzo capturó como si fuera ácido derramándose sobre celuloide. Chinatown no es una película, es un puñetazo en la boca del estómago disfrazado de cine negro. Roman Polanski, un tipo que ya sabía un par de cosas sobre el mal (y no precisamente por las críticas de Rosemary’s Baby), se subió al ring con un guion de Robert Towne que olía a Pulitzer antes de que lo rodaran. Y vaya si lo demostró. Porque esto no es un thriller de detectives al uso: es una autopsia del sueño americano, con Jack Nicholson como el forense más cínico y sudoroso que te puedas imaginar.
El rodaje fue una pelea en el barro. Polanski, obsesionado con el realismo, obligó a Nicholson a repetir escenas hasta la extenuación. Hay una anécdota que cuenta que, en la escena del corte en la nariz, el propio Polanski —que interpreta al matón con navaja— le rebanó de verdad a Nicholson. No fue un accidente: el polaco quería que el dolor se viera en pantalla. Y vaya si se vio. Pero más allá de los golpes bajos, lo que duele de Chinatown es su guion. Towne escribió un laberinto de diálogos afilados como cuchillas, donde cada réplica esconde una trampa. El famoso "Olvídalo, Jake. Es Chinatown" no es una frase, es un diagnóstico: hay lugares donde la justicia no existe, solo la derrota.
El contexto lo es todo. 1974 fue el año en que Nixon dimitió por el Watergate, y Chinatown huele a esa misma podredumbre. No es casualidad que el villano sea un magnate del agua (John Huston, en un papel que parece escrito para él: elegante, despiadado, con sonrisa de tiburón). El agua, ese recurso que debería ser público, se convierte en moneda de cambio para los poderosos. Y Jake Gittes, el detective que solo quería espiar a un marido infiel, termina ahogándose en su propia ingenuidad. Polanski, que había huido de Estados Unidos por aquel entonces, rodó esto como si supiera que el sistema estaba podrido hasta la médula. Y vaya si lo sabía.
Pero hablemos de Nicholson. Porque si hay algo que salva a Chinatown de ser un ejercicio de cinismo puro, es su interpretación. Jake Gittes no es el típico duro de cine negro: es un tipo vulnerable, que se ríe de sus propios chistes malos para no llorar. Cuando Faye Dunaway le clava esa mirada de cierva herida, sabes que está perdido. Y cuando el final llega —ese final que duele como un gancho al hígado—, entiendes que Polanski no te ha contado una historia de detectives. Te ha contado la tuya: la de alguien que creyó que podía cambiar las cosas y terminó con las manos vacías.
Dirección: Polanski, el maestro del golpe bajo
Roman Polanski no dirige Chinatown: la estrangula con elegancia. Cada plano es una trampa. Fijaos en la escena del yate, donde Noah Cross (Huston) le ofrece a Gittes un trabajo mientras el sol se refleja en el agua como si fuera oro líquido. Polanski no necesita diálogos para decirte que ese hombre es el diablo. O en el plano secuencia del apartamento de Evelyn Mulwray (Dunaway), donde la cámara se mueve como un depredador, anticipando el desastre. Y luego está ese final. Dios mío, ese final. Polanski lo rodó en contra del guion original de Towne, que quería un cierre más esperanzador. Pero el polaco sabía que la esperanza no tenía cabida en Chinatown. Así que nos dejó con un disparo, un grito y la certeza de que, a veces, lo único que puedes hacer es olvidar.
El montaje es otro de sus triunfos. Sam O’Steen (que trabajó con Polanski en Repulsión) corta las escenas como si fueran latigazos. No hay respiro, no hay piedad. Cuando Gittes descubre el cadáver de Mulwray en la bañera, el plano detalle de su ojo abierto —ese ojo que ya no ve nada— es un puñal directo al espectador. Y la banda sonora de Jerry Goldsmith, con ese tema de trompeta que suena como un lamento, es el equivalente sonoro a un trago de whisky barato: te quema la garganta y te deja con ganas de más.
Actuaciones: Nicholson y Dunaway, el dúo que duele
Jack Nicholson no interpreta a Jake Gittes: lo vive. Cada gesto, cada sudor en la frente, cada sonrisa torcida cuando se da cuenta de que le han vuelto a engañar. Nicholson no es un actor, es un boxeador que esquiva golpes en tiempo real. Y cuando el guion le exige romperse —como en la escena donde Dunaway le confiesa la verdad sobre su hija—, lo hace con una crudeza que duele. No es casualidad que ganara el Oscar al año siguiente por One Flew Over the Cuckoo’s Nest: Nicholson entendía el dolor como pocos.
Pero si Nicholson es el puño, Faye Dunaway es el cuchillo. Evelyn Mulwray es uno de los personajes más complejos del cine: una mujer atrapada entre el poder de su padre y el amor por su hija, que miente no por maldad, sino por supervivencia. Dunaway no actúa, sangra en pantalla. Cuando Polanski le exige que grite "¡Es mi hermana y es mi hija!" en el clímax, no es una actuación: es un grito de guerra. Y cuando el final llega, y su personaje cae como un pájaro herido, entiendes que Chinatown no es una película sobre detectives. Es una película sobre mujeres rotas por hombres que creen que el mundo les pertenece.
John Huston, por su parte, es el villano perfecto: un tipo que te ofrece un whisky mientras te clava un puñal por la espalda. Su Noah Cross es la encarnación del poder corrupto, un hombre que no necesita levantar la voz para que todos a su alrededor tiemblen. Y Perry Lopez, como el teniente Escobar, es el contrapunto perfecto: un policía que sabe que el sistema está podrido pero prefiere mirar para otro lado. Porque, al fin y al cabo, eso es Chinatown: un lugar donde todos saben la verdad pero nadie hace nada.
Lo mejor
- El guion de Robert Towne: Un laberinto de diálogos afilados como cuchillas. Cada réplica esconde una trampa, y cada escena avanza como un reloj suizo hacia el desastre. Towne ganó el Oscar, y con razón: esto no es un guion, es una obra maestra.
- La fotografía de John A. Alonzo: El sol de Los Ángeles nunca había dolido tanto. Alonzo ilumina cada escena como si fuera un cuadro de Hopper: lleno de sombras alargadas y luces blancas que queman. El plano final, con el coche alejándose en la noche, es pura poesía visual.
- Jack Nicholson como Jake Gittes: Nicholson no actúa: suda, sufre y sangra en pantalla. Su interpretación es un equilibrio perfecto entre cinismo y vulnerabilidad. Cuando el final llega, no es solo Gittes quien pierde: somos todos.
- Faye Dunaway como Evelyn Mulwray: Dunaway no interpreta a una víctima: interpreta a una superviviente. Cada mirada suya es un puñal envuelto en seda, y ese final... joder, ese final.
- La banda sonora de Jerry Goldsmith: Un tema de trompeta que suena como un lamento. Goldsmith compuso la música en una noche, y el resultado es tan perfecto que parece que llevara décadas sonando en tu cabeza.
Lo peor
- El ritmo en el segundo acto: Hay un momento, hacia la mitad, en el que la película se enreda un poco. No es un fallo grave, pero sí un pequeño tropiezo en una obra que, por lo demás, es impecable.
- Algunos personajes secundarios: Burt Young (Curly) tiene un par de escenas memorables, pero otros secundarios —como el abogado de Gittes— pasan sin pena ni gloria. Polanski los usa como relleno, y se nota.
- El final (para algunos): Sé que es blasfemia decirlo, pero hay quien odia ese final. No es que sea malo —es brillante—, pero duele tanto que algunos prefieren quedarse con la versión edulcorada que Towne escribió originalmente.
El Veredicto de Claqueta Ácida
Chinatown no es una película: es un KO técnico al cine negro. Roman Polanski, Robert Towne y Jack Nicholson se aliaron para crear algo que duele, que quema y que, décadas después, sigue doliendo igual. No hay héroes aquí, solo perdedores. No hay justicia, solo derrota. Y ese final... joder, ese final es el gancho al hígado que te deja tirado en la lona, preguntándote qué coño acaba de pasar. Pero eso es lo que hace grande al cine: que te deje marcado. Y Chinatown te marca a fuego. 💀
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Chinatown: preguntas frecuentes
- ¿Qué nota tiene "Chinatown" en Claqueta Ácida?
- "Chinatown" tiene una nota de 9.3/10 en Claqueta Ácida según el análisis publicado por Camilo K.O..
- ¿Merece la pena ver "Chinatown"?
- Sí. Le damos un 9,3/10 (Fusión Nuclear), nuestra categoría para lo imprescindible.
- ¿Quién dirigió la película "Chinatown"?
- "Chinatown" fue dirigida por Roman Polanski.
Ficha de Daños Colaterales en Sala
Certificado de impacto psicofísico emitido por Camilo K.O.
Cero bostezos. Pupilas dilatadas y tensión mandibular constante.
Ni una sola mirada al móvil.
Ninguna: la adrenalina cinematográfica es suficiente.
"No hubo. La coherencia se mantuvo hasta el último fotograma."
💬 El Veredicto de la Comunidad
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