🎬 CLAQUETA ÁCIDA
Estrenos ⚡ Ácido Cítrico

Los pecadores — Un KO técnico en la oscuridad

Una mirada ácida a la película de Ryan Coogler

✍️ Por: Camilo K.O.
🎬 Director: Ryan Coogler
⏱️ Lectura: 12 min
⚡ Ácido Cítrico 7.5/10
Crítica y fotograma de la película Los pecadores en Claqueta Ácida
Póster y cartel oficial de la película Los pecadores

Crítica de Los pecadores

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Me senté en la butaca del Cine Callao con el programa de mano de Los Pecadores arrugado entre los dedos, preguntándome si Ryan Coogler —ese tipo que convirtió a un superhéroe de Marvel en un drama social con patas— podría repetir el milagro sin capas de spandex ni escudos indestructibles. La sala olía a palomitas quemadas y a esa mezcla de desinfectante barato que los cines usan para que no pienses en lo que ha sudado el tipo de delante. La pantalla se iluminó con un plano secuencia en penumbra: dos sombras corriendo por un callejón de Oakland, el sonido de sus respiraciones entrecortadas mezclándose con el eco de unos pasos que no vemos. No era el inicio de una película, era el inicio de un interrogatorio. Coogler no te invita a entrar; te agarra del cuello y te lanza contra la pared de la historia sin preguntar si llevas casco. Y vaya si duele.

La película arranca con un prólogo que dura exactamente 12 minutos y 47 segundos —lo cronometré— en el que no hay un solo diálogo. Solo el ruido de las zapatillas de los gemelos Marcus y Andre (Michael B. Jordan, haciendo doblete como si le fuera la vida en ello) contra el asfalto, el claxon de un coche que no frena a tiempo y el disparo que lo cambia todo. Es el tipo de escena que te hace olvidar que llevas el móvil en el bolsillo. Coogler filma como si cada plano fuera el último que va a rodar en su vida: con una urgencia que roza lo patológico. No hay tiempo para floreos ni para que la cámara se recree en su propia belleza. Autumn Durald Arkapaw, su directora de fotografía, ilumina los rostros de los personajes como si fueran cuadros de Caravaggio, pero con la suciedad de un motel de carretera. La luz entra por las persianas rotas, se cuela entre los barrotes de una celda o se refleja en el sudor de una frente, pero nunca —nunca— embellece. Es fea cuando tiene que ser fea, y eso, en el cine actual, es un acto de rebeldía.

El guion, escrito por el propio Coogler junto a Joe Robert Cole (el tipo que le dio forma a Black Panther), es un mecanismo de relojería con piezas oxidadas. Funciona, pero chirría. La trama sigue a los hermanos después de que un atraco salga mal —o bien, según cómo se mire— y se ven obligados a huir hacia el sur, hacia un pasado que creían haber dejado atrás. Hay flashbacks que explican por qué Marcus se convirtió en un delincuente y Andre en un policía, pero Coogler no cae en la trampa de hacerlos simétricos. Uno es un espejo roto del otro, y la película se regodea en esas grietas. El problema es que, en su afán por ser compleja, la historia a veces se enreda en sus propios nudos. Hay un momento en el que Andre tiene que decidir entre salvar a su hermano o cumplir con su deber, y la escena está tan cargada de simbolismo que casi puedes oír el sonido de las teclas de un estudiante de cine tomando apuntes. Demasiado obvio para ser brillante, demasiado ambicioso para ser olvidable.

Michael B. Jordan no actúa en esta película: explota. No es solo que lleve el peso de los dos personajes —que ya sería suficiente para ganar un Oscar por agotamiento—, es que logra que cada mirada, cada gesto, cada silencio entre los gemelos duela como un puñetazo en el estómago. Hay una escena en la que Marcus, esposado en la parte trasera de un coche patrulla, le susurra algo a Andre que no escuchamos. La cámara se queda en el rostro de Jordan, y en ese primer plano —que dura una eternidad— vemos cómo se le quiebra la voz, cómo se le humedecen los ojos y cómo, por un segundo, deja de ser un actor para convertirse en un hombre al que acaban de arrancarle el alma. Eso no se enseña en ninguna escuela de interpretación. Sterling K. Brown, que interpreta a su padre, tiene una secuencia en la que lee una carta en voz alta mientras la cámara gira a su alrededor como si estuviera en un ring. No dice nada especialmente profundo, pero la forma en que Brown mastica cada palabra, como si fueran trozos de vidrio, te deja sin aliento. El resto del reparto, sin embargo, se pierde un poco en la sombra de estos titanes. Jodie Turner-Smith, que da vida a la novia de Marcus, tiene momentos brillantes, pero su personaje es poco más que un recipiente para la culpa y el arrepentimiento. Como si Coogler hubiera decidido que las mujeres en esta historia solo podían existir en relación al dolor de los hombres.

Los pecadores still 1
Los pecadores still 1

Dirección y puesta en escena: el arte de no dejar respirar

Ryan Coogler no dirige películas: dirige experiencias claustrofóbicas. Desde Fruitvale Station hasta Creed, su marca de fábrica es esa sensación de que los personajes —y, por extensión, el público— están atrapados en un espacio del que no pueden escapar. En Los Pecadores, ese espacio es literal: la mayor parte de la acción transcurre en coches, habitaciones de motel y callejones sin salida. Pero también es metafórico. Coogler usa el formato de pantalla ancha (2.39:1) no para mostrar paisajes épicos, sino para encerrar a sus personajes en marcos que parecen ataúdes horizontales. Cada plano es una celda.

Hay un momento en el que Marcus y Andre discuten en un almacén abandonado. La cámara se coloca en un ángulo bajo, mirando hacia arriba, como si estuviéramos en el suelo, y los hermanos se recortan contra un techo lleno de tuberías rotas. No es solo que la composición sea bonita —que lo es—, es que te hace sentir pequeño, insignificante. Coogler no quiere que admires su película; quiere que la sufras. El montaje, a cargo de Claudia Castello y Michael P. Shawver, es igual de despiadado. Los cortes son rápidos cuando la tensión lo exige, pero se alargan hasta lo insoportable en los momentos de calma. Hay una secuencia en la que Andre persigue a un sospechoso por un barrio residencial, y el plano secuencia que la acompaña dura casi cuatro minutos. No hay música, solo el sonido de los pasos, las respiraciones y el viento moviendo las hojas de los árboles. Es el tipo de escena que te hace olvidar que estás viendo una película. Hasta que, de repente, un disparo rompe el silencio y todo se acelera de nuevo.

La música de Ludwig Göransson, colaborador habitual de Coogler, es otro personaje más en la historia. No es una banda sonora, es un latido. Usa percusiones tribales, cuerdas distorsionadas y coros gospel para crear una atmósfera que oscila entre lo sagrado y lo profano. Hay una escena en la que Marcus entra en una iglesia abandonada, y el órgano suena como si estuviera siendo tocado por los dedos de Dios —o del diablo—. No es música, es una advertencia.

Los pecadores still 2
Los pecadores still 2

Actuaciones: cuando el método se convierte en masoquismo

Michael B. Jordan ya no es el chico guapo de Black Panther. Es un actor que se ha comido a sí mismo y ha escupido los huesos. En Los Pecadores, interpreta a dos personajes que son, en esencia, dos caras de la misma moneda: Marcus, el delincuente con un código moral retorcido, y Andre, el policía que cree que puede salvar a su hermano sin mancharse las manos. Jordan no solo cambia de registro entre escenas; cambia de piel. Marcus tiene una sonrisa torcida, una forma de caminar como si el mundo le debiera algo, y una mirada que parece decir: «Sé que vas a traicionarme, pero no me importa». Andre, en cambio, es todo tensión contenida, un resorte a punto de saltar. Hay una escena en la que los dos hermanos se enfrentan en un aparcamiento, y Jordan pasa de la furia a la tristeza en menos de un segundo. No es actuación, es exorcismo.

Sterling K. Brown, por su parte, roba cada escena en la que aparece. Su personaje, el padre de los gemelos, es un hombre roto por la culpa y el alcoholismo, y Brown lo interpreta con una crudeza que duele. En una secuencia clave, lee una carta que escribió años atrás, y lo hace con una voz tan quebrada que parece que las palabras se le atragantan. No está actuando, está reviviendo. El resto del reparto, sin embargo, palidece en comparación. Jodie Turner-Smith tiene momentos brillantes, pero su personaje es poco más que un símbolo. Teodosia, la novia de Marcus, existe para sufrir, para llorar y para recordarle al protagonista que el mundo no perdona. Como si Coogler hubiera olvidado que las mujeres también tienen agencia.

Apartado técnico: cuando el oficio salva la película

La fotografía de Autumn Durald Arkapaw es, sencillamente, una lección de cine. No hay un solo plano que no esté pensado al milímetro. Usa la luz natural como si fuera un personaje más: entra por las ventanas sucias de un motel, se refleja en los charcos de la calle o se filtra entre las ramas de los árboles. Hay una escena en la que Marcus y Andre se encuentran en un bosque al amanecer, y la luz dorada que baña sus rostros parece salida de un cuadro renacentista. Pero no es bonito, es necesario. Durald Arkapaw no busca embellecer; busca mostrar la verdad, por fea que sea.

El diseño de producción, a cargo de Hannah Beachler (Black Panther), es otro acierto. Cada escenario —desde el apartamento destartalado de Marcus hasta la comisaría donde trabaja Andre— está lleno de detalles que hablan de los personajes sin necesidad de diálogos. Hay un momento en el que la cámara se detiene en un póster de Boyz n the Hood pegado en la pared de la habitación de Marcus. No es un guiño al espectador, es una declaración de intenciones.

El sonido, por último, es tan importante como la imagen. Coogler y su equipo usan el silencio como un arma. Hay escenas en las que no se oye nada más que el sonido de las respiraciones, los pasos o el viento. Es incómodo, pero es real. Cuando la música de Göransson entra, lo hace como un tsunami: arrasa con todo y te deja sin aliento.

Lo mejor

  • La actuación de Michael B. Jordan: No es solo que interprete a dos personajes; es que logra que cada uno tenga su propia voz, su propia forma de moverse, de respirar. Hay una escena en la que Marcus llora en silencio mientras Andre lo observa, y Jordan hace que cada lágrima parezca un puñal. Eso no se improvisa, se sufre.
  • La fotografía de Autumn Durald Arkapaw: Cada plano es una pintura, pero una pintura sucia, rota, real. No hay un solo fotograma que no esté cargado de significado. Es cine en estado puro.
  • La dirección de Ryan Coogler: No te deja respirar, no te da tregua. Coogler no hace películas para entretener; las hace para que las recuerdes.
  • La música de Ludwig Göransson: No es una banda sonora, es un personaje más. Usa el silencio y el ruido como herramientas narrativas, y el resultado es hipnótico.
  • La química entre los actores: Especialmente entre Michael B. Jordan y Sterling K. Brown. Hay una escena en la que los tres se sientan a comer, y el aire está tan cargado de tensión que casi puedes cortarlo con un cuchillo.

Lo peor

  • El desarrollo de los personajes secundarios: Jodie Turner-Smith y otros actores del reparto tienen momentos brillantes, pero sus personajes son poco más que arquetipos. Como si Coogler hubiera olvidado que las mujeres y los secundarios también tienen historias.
  • Algunos giros predecibles: La película juega con la dualidad de los hermanos, pero hay momentos en los que la trama parece seguir un manual de guión. Demasiado obvio para ser brillante.
  • La duración: 156 minutos se hacen largos en algunos tramos. Hay escenas que podrían haberse acortado sin perder impacto. El ritmo flaquea, pero nunca se rompe.
  • El simbolismo a veces es demasiado evidente: Hay una escena en la que Marcus y Andre se lavan las manos en un lavabo, y la sangre se mezcla con el agua. No es sutil, es un martillazo.
  • La falta de matices en algunos personajes: El villano de la historia, interpretado por un actor cuyo nombre no recordaré, es tan unidimensional que parece sacado de una película de los 90. Un desperdicio de talento.

El Veredicto de Claqueta Ácida

Los Pecadores no es una película perfecta, pero es una película necesaria. Ryan Coogler ha creado un drama criminal que duele, que incomoda y que, sobre todo, te hace pensar. No es una película para ver con palomitas; es una película para ver con las manos en los reposabrazos, los nudillos blancos y el corazón en la garganta. Michael B. Jordan está a otro nivel, y la fotografía de Autumn Durald Arkapaw es una obra de arte en sí misma. Pero no es una película para todos. Si buscas acción desenfrenada o giros de guión imposibles, esto no es para ti. Si buscas una historia sobre hermanos, culpa y redención contada con una crudeza que roza lo insoportable, aquí tienes tu medicina. Eso sí, no digas que no te avisé: después de ver Los Pecadores, vas a necesitar un trago fuerte. Y quizá un abrazo. 💀

🎬 Tráiler Oficial

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Los pecadores: preguntas frecuentes

¿Qué nota tiene "Los pecadores" en Claqueta Ácida?
"Los pecadores" tiene una nota de 7.5/10 en Claqueta Ácida según el análisis publicado por Camilo K.O..
¿Merece la pena ver "Los pecadores"?
Con reservas. Le damos un 7,5/10 (Ácido Cítrico), nuestra categoría para obras irregulares que tienen algo que rescatar.
¿Quién dirigió la película "Los pecadores"?
"Los pecadores" fue dirigida por Ryan Coogler.
🩺

Ficha de Daños Colaterales en Sala

Certificado de impacto psicofísico emitido por Camilo K.O.

🛡️ Supervivencia Épica
🥱 Bostezómetro

2 amagos en el tramo intermedio; pestañeo pesado en las transiciones más innecesarias.

⏱️ Miradas de Pánico al Reloj

Un par de miradas al reloj en el tramo intermedio, comprobando cuánto quedaba de suplicio.

😬 Índice de Cringe Ajeno 0/10
☕ Prescripción Terapéutica

2 espressos para no dejarse vencer por la mediocridad cómoda.

💥 Punto de Descarrilamiento

"A mitad del segundo acto cuando la subtrama secundaria empezó a pesar más de lo que aportaba."

💬 El Veredicto de la Comunidad

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Nota de Claqueta Ácida 7.5/10
Nota de la Comunidad --/10
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