La acompañante — Drew Hancock y el folk horror que no sabíamos que necesitábamos (pero tampoco nos va a cambiar la vida)
Un thriller folk con atmósfera embriagadora y actuaciones sólidas, pero que se queda a medio camino entre lo poético y lo predecible. Drew Hancock debuta con estilo, aunque sin revolucionar.
- Sophie Thatcher en La acompañante es lo más cerca que he estado de creer en las brujas desde The Witch. @sophie__thatcher, ¿qué has hecho con Iris?
- "@NewLineCinema y @BoulderLightPics nos regalan un thriller folk con más estilo que sustancia, pero vaya estilo. Eli Born ilumina cada plano como si el diablo mismo estuviera detrás de la cámara."
El lago brilla bajo la luna como un espejo roto, y Drew Hancock nos invita a mirarnos en él. La acompañante no es solo una película; es un conjuro. Un fin de semana en una finca junto al agua, un multimillonario muerto, y un grupo de amigos que descubren demasiado tarde que los bosques guardan secretos más antiguos que el dinero. Hancock, un nombre que hasta ahora solo resonaba en círculos indie por su trabajo en cortometrajes, debuta en el largo con una propuesta que huele a tierra mojada, a hierbas quemadas y a algo que no debería estar ahí. No es Midsommar, ni The Witch, pero bebe de la misma fuente: el folk horror como excusa para explorar la podredumbre bajo la piel de la amistad y el capitalismo. El problema es que, a veces, se queda en la superficie, como si tuviera miedo de mancharse las manos de verdad.
El rodaje, según declaraciones del propio Hancock, se desarrolló en una localización real junto al lago Tahoe, en Nevada. Un lugar tan hermoso que duele, pero también tan aislado que los actores confesaron sentir una incomodidad genuina al pasar las noches allí. «No eran solo los mosquitos», bromeó Sophie Thatcher en una entrevista. «Era como si el bosque nos estuviera observando». Esa sensación de paranoia colectiva se filtra en cada plano, gracias en parte a la fotografía de Eli Born, un colaborador habitual de directores como Ari Aster. Born no se limita a iluminar; esculpe la oscuridad, haciendo que cada sombra parezca un presagio. Pero hay un detalle curioso: el presupuesto, aunque modesto (se estima que rondó los 5 millones de dólares), no se nota en la pantalla. No hay efectos digitales baratos ni decorados de cartón piedra. Todo respira autenticidad, desde los muebles de la casa hasta la ropa de los personajes, que parece sacada de un mercadillo de los 70. New Line Cinema, que produce, ha dado libertad creativa, pero también ha impuesto límites. Y se nota.
El guion, escrito por el propio Hancock, tiene momentos de brillantez. La muerte del multimillonario no es solo un macguffin; es el detonante de una serie de revelaciones que van desnudando a los personajes hasta dejarlos en carne viva. Iris (Sophie Thatcher) es la acompañante del título, una joven que trabaja para el difunto y que guarda un vínculo extraño con la finca. No es una heroína, ni una villana; es un espejo en el que los demás se miran y no les gusta lo que ven. Thatcher, que ya demostró su talento en The Boogeyman y Yellowjackets, borda el papel. Hay una escena en la que, bajo la luz de una lámpara de aceite, su rostro se transforma en algo casi sobrenatural. No es un truco de maquillaje; es pura actuación. El problema es que el resto del reparto no siempre está a su altura. Jack Quaid y Lukas Gage hacen lo que pueden con personajes que, en ocasiones, parecen sacados de un manual de clichés del cine indie: el escéptico, el bromista, la que siempre tiene razón. Harvey Guillén, en cambio, roba cada escena en la que aparece, aunque su papel sea secundario. Su personaje, un empleado de la finca con un pasado turbio, es el único que parece tener capas.
Pero La acompañante no es solo una película de personajes. Es una experiencia sensorial. El sonido, diseñado por un equipo que trabajó en Hereditary, juega con los silencios y los ruidos ambientales para crear una atmósfera opresiva. El viento entre los árboles, el crujido de las ramas, el zumbido de los insectos... Todo está amplificado, como si el bosque mismo respirara. El montaje, en cambio, es irregular. Hay secuencias que fluyen con una elegancia casi hipnótica, como el plano secuencia en el que Iris camina por el bosque al amanecer, pero otras se sienten apresuradas, como si Hancock tuviera miedo de que el espectador se aburriera. Es una lástima, porque cuando la película se toma su tiempo, es cuando más duele.
Dirección y puesta en escena: el bosque como personaje
Drew Hancock demuestra que sabe lo que hace detrás de la cámara, pero también que aún le falta pulir algunos detalles. Su mayor acierto es convertir el bosque en un personaje más, casi como si fuera una extensión de Iris. No es un escenario; es un organismo vivo, que respira, que juzga. Hay un plano en el que la cámara se queda fija en un árbol mientras los personajes discuten a sus espaldas. No es un recurso nuevo, pero Hancock lo usa con una intención clara: recordarnos que, pase lo que pase, la naturaleza siempre gana. El problema es que, en ocasiones, la dirección se vuelve demasiado literal. Hay un momento en el que uno de los personajes encuentra un símbolo tallado en un árbol, y la cámara se detiene en él como si fuera un cartel de neón. Es como si Hancock no confiara en que el espectador vaya a captar la metáfora.
El trabajo con los actores es desigual. Sophie Thatcher es una fuerza de la naturaleza, pero el resto del reparto parece perdido en comparación. Jack Quaid, por ejemplo, tiene momentos en los que su actuación roza lo caricaturesco, como si estuviera en una película completamente distinta. Lukas Gage, en cambio, logra transmitir una vulnerabilidad que contrasta con su físico imponente. El verdadero descubrimiento, sin embargo, es Megan Suri, que interpreta a la amiga racional del grupo. Su personaje es el más humano de todos, y Suri lo dota de una profundidad que el guion no siempre le da.
Guion: entre lo poético y lo predecible
El mayor problema de La acompañante es que, en su afán por ser poética, a veces se olvida de ser original. Hay diálogos que suenan a folk horror de manual («El bosque siempre pide algo a cambio»), y giros argumentales que se ven venir a kilómetros de distancia. Hancock tiene buenas ideas, pero le falta valentía para desarrollarlas hasta sus últimas consecuencias. Por ejemplo, hay una subtrama sobre el pasado de la finca que podría haber dado mucho juego, pero se resuelve de manera apresurada, como si el director tuviera prisa por llegar al clímax. Eso sí, cuando el guion acierta, acierta de lleno. Hay una escena en la que Iris y el personaje de Rupert Friend tienen una conversación junto al lago, y es tan tensa que parece que el agua misma va a empezar a hervir. Friend, por cierto, está magnífico en su papel de hombre misterioso y peligroso. No es un villano al uso; es alguien que ha hecho las paces con sus demonios, y eso lo hace aún más aterrador.
Lo mejor
- La fotografía de Eli Born: Cada plano es una pintura. Born juega con la luz natural de una manera que parece magia, haciendo que el bosque parezca un lugar de ensueño y pesadilla a la vez. Hay un momento en el que Iris camina entre los árboles al atardecer, y la luz dorada se filtra entre las hojas como si fuera miel. Es hipnótico.
- Sophie Thatcher: No es solo que actúe bien; es que transforma cada escena en la que aparece. Hay una mirada suya, cuando descubre algo en el bosque, que me puso los pelos de punta. Thatcher no interpreta a Iris; la encarna, como si llevara años esperando para contar esta historia.
- El diseño de sonido: El equipo de sonido ha creado una banda sonora ambiental que es casi tan importante como la música. El viento, los insectos, el crujido de las ramas... Todo está diseñado para ponerte los nervios de punta. Hay una escena en la que el silencio es tan absoluto que parece que el mundo se ha detenido.
La atmósfera: La acompañante* no es una película de sustos fáciles, pero su atmósfera es tan densa que se te queda pegada a la piel. Es como si el aire mismo estuviera cargado de algo maligno, algo que no puedes ver pero que sabes que está ahí.
Lo peor
- Personajes secundarios: Con la excepción de Harvey Guillén y Megan Suri, el resto del reparto parece sacado de un taller de guion para principiantes. Jack Quaid, en particular, tiene momentos en los que su actuación roza lo ridículo. Es como si estuviera en una comedia romántica en lugar de un thriller folk.
- Ritmo irregular: Hay secuencias que se sienten apresuradas, como si Hancock tuviera miedo de que el espectador se aburriera. El montaje no ayuda, con cortes que a veces rompen la tensión en lugar de aumentarla. Es una lástima, porque cuando la película se toma su tiempo, es cuando más duele.
Final predecible: Sin spoilers, el clímax de La acompañante* es exactamente lo que esperabas que fuera. Hancock tiene buenas ideas, pero le falta valentía para subvertir las expectativas. Es como si hubiera escrito el final pensando en lo que el público quería ver, en lugar de en lo que la historia necesitaba.
Algunos diálogos: Hay frases que suenan a folk horror de manual, como si Hancock hubiera visto The Witch* demasiadas veces. «El bosque siempre pide algo a cambio» es un ejemplo perfecto. Es un diálogo que podría funcionar en otro contexto, pero aquí suena a cliché.
El Veredicto de Claqueta Ácida
La acompañante es una de esas películas que te dejan con un sabor agridulce. Drew Hancock demuestra que tiene talento, que sabe crear atmósferas y que puede dirigir a actores como Sophie Thatcher hasta llevarlos a otro nivel. Pero también es una película que se queda a medio camino, como si tuviera miedo de mancharse las manos de verdad. No es una obra maestra, ni falta que le hace, pero sí es una muestra de que el folk horror sigue vivo, aunque a veces cojee un poco. Si buscas una película que te erice la piel y te deje pensando, aquí la tienes. Si buscas algo revolucionario, sigue buscando. El bosque siempre pide algo a cambio, pero en este caso, lo único que te quita es un par de horas de tu tiempo. Y vaya si las merece. 💀
🎬 Tráiler Oficial
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Ficha de Daños Colaterales en Sala
Certificado de impacto psicofísico emitido por Lúa Ácida
3 amagos en el tramo intermedio; pestañeo pesado en las transiciones más innecesarias.
Minuto 49 y minuto 73 (comprobando cuánto quedaba de suplicio).
1 espressos para no dejarse vencer por la mediocridad cómoda.
"A mitad del segundo acto cuando la subtrama secundaria empezó a pesar más de lo que aportaba."
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