Mr. Mercedes — Cuando el Thriller se Convierte en un Telefilme de Sobremesa
Brendan Gleeson intenta salvar un guion que huele a naftalina y un ritmo que avanza más lento que un Mercedes atascado en el tráfico de los 90.
El mundo del thriller televisivo tiene un problema recurrente: cree que la oscuridad se mide en filtros de Instagram y que el suspense se construye con silencios incómodos y miradas de reojo. Mr. Mercedes, esa criatura engendrada por la unión antinatural entre David E. Kelley —el mismo que nos regaló joyas como Ally McBeal y The Practice— y la novela de Stephen King, llega para recordarnos que el infierno está pavimentado con buenas intenciones y presupuestos ajustados. Porque, seamos honestos, cuando un proyecto nace con la ambición de ser True Detective pero acaba pareciendo un episodio alargado de Law & Order: Unidad de Víctimas Especiales, algo ha salido terriblemente mal. O, en este caso, terriblemente mediocre.
La serie se aferra a su premisa como un náufrago a un trozo de madera: un asesino en serie que usa un Mercedes para masacrar a una multitud de desempleados en una feria de empleo, y un policía jubilado, Bill Hodges (Brendan Gleeson), obsesionado con resolver el caso. Hasta aquí, todo suena a un thriller prometedor, de esos que huelen a café rancio y noches en vela. Pero aquí es donde Mr. Mercedes decide que su verdadero enemigo no es el psicópata al volante, sino la pereza narrativa y la falta de pulso cinematográfico. Kelley, un hombre que ha hecho carrera convirtiendo dramas judiciales en telenovelas de lujo, parece haber confundido el tempo de un thriller con el de un episodio de Boston Legal. El resultado es una serie que avanza más lenta que un coche de choque en una feria abandonada, donde cada cliffhanger se siente como si alguien hubiera pausado el DVD para ir a por palomitas.
Y es que Mr. Mercedes no es mala en el sentido tradicional del término —no es un The Room de los thrillers, donde cada escena es un crimen contra el cine—, sino que es insoportablemente anodina. Tiene todos los ingredientes de un plato gourmet: un asesino con motivaciones turbias, un detective atormentado, un elenco de secundarios pintorescos y hasta un toque de Stephen King para darle ese aroma a terror literario que tanto vende. Pero, como en esos restaurantes de moda donde la comida parece diseñada para Instagram y no para el paladar, todo sabe a cartón reciclado. El guion, escrito por Jonathan Shapiro, parece más preocupado por rellenar episodios que por construir una tensión real. Los diálogos suenan a transcripción de un manual de autoayuda para policías jubilados ("El mal nunca descansa, Bill"), y los giros argumentales son tan predecibles que podrías adivinarlos con los ojos vendados y un dado de veinte caras.
Pero no todo está perdido, porque en este páramo de mediocridad brilla, como un faro en la niebla, la actuación de Brendan Gleeson. El hombre tiene la capacidad de convertir hasta el guion más insulso en algo que, si no memorable, al menos es digerible. Gleeson no actúa; habita a Bill Hodges con una mezcla de cansancio existencial y terquedad irlandesa que hace que cada escena en la que aparece se sienta como un suspiro de alivio en medio de un mar de clichés. Es como si alguien hubiera recordado, en el último momento, que esta serie necesitaba al menos un actor que supiera lo que es interpretar y no simplemente recitar líneas. El resto del reparto, sin embargo, parece perdido en un limbo entre la sobreactuación y la indiferencia. Jharrel Jerome, que luego nos regalaría una actuación memorable en Moonlight, aquí parece un adolescente atrapado en el cuerpo de un psicópata en ciernes, y Holland Taylor —una actriz que merece algo mejor que esto— se limita a encarnar el arquetipo de la anciana sabihonda con más tics faciales que profundidad psicológica.
Dirección: Cuando el Suspense se Convierte en un Bostezo
Si hay algo que Mr. Mercedes demuestra con una claridad meridiana es que David E. Kelley no tiene ni idea de cómo dirigir un thriller. Su estilo, si es que puede llamarse así, se reduce a una sucesión de planos medios, primeros planos de miradas intensas y zooms digitales que parecen sacados de un tutorial de YouTube de 2005. La serie carece por completo de ritmo visual, de esa cadencia que hace que un thriller funcione como un reloj suizo. En lugar de eso, Kelley opta por un enfoque televisivo en el peor sentido de la palabra: estático, predecible y con una iluminación que oscila entre lo flat y lo directamente feo. No hay tensión en los encuadres, no hay juego con la luz y las sombras, no hay ese lenguaje cinematográfico que convierte una escena en algo más que dos personas hablando en una habitación. Es como si alguien hubiera decidido que el suspense se construye con diálogos expositivos y no con imágenes.
Y luego está el montaje, ese arte olvidado en la televisión moderna. Mr. Mercedes parece montada con tijeras de preescolar: los cortes son abruptos cuando deberían ser fluidos, y lentos cuando deberían ser rápidos. Las escenas de acción —porque sí, hay alguna que otra— son tan torpes que parecen coreografiadas por alguien que solo ha visto CSI en su vida. El clímax de cada episodio, en lugar de dejarte con el corazón en un puño, te deja preguntándote si el editor se quedó dormido en su silla. No hay pulsión narrativa, no hay ese momentum que hace que quieras devorar el siguiente episodio. En su lugar, hay una sensación de deber cumplido, como si Kelley y su equipo hubieran tachado casillas en una lista de "Cosas que debe tener un thriller" sin entender realmente por qué.
Actuaciones: Gleeson vs. El Resto del Mundo
Como ya hemos mencionado, Brendan Gleeson es el único faro en esta tormenta de mediocridad. Su Bill Hodges no es solo un policía jubilado obsesionado con un caso sin resolver; es un hombre roto por la vida, alguien que lleva el peso del fracaso en cada arruga de su rostro. Gleeson no necesita hacer grandes gestos para transmitir emoción; le basta con un levantamiento de ceja o un suspiro para que entiendas que este hombre ha visto demasiado y, sin embargo, sigue en pie. Es una actuación sobria, contenida y profundamente humana, y es lo único que impide que Mr. Mercedes se hunda en el olvido como otra serie más del montón.
El problema es que el resto del reparto no está a la altura. Jharrel Jerome, que interpreta al joven Jerome Robinson, tiene momentos en los que parece estar en otra serie completamente distinta, una donde los personajes tienen personalidad y no son simples muñecos de cartón al servicio del guion. Su química con Gleeson es lo único que salva sus escenas, pero incluso eso se siente forzado, como si alguien les hubiera dicho que debían llevarse bien porque el guion lo exigía. Holland Taylor, por su parte, se limita a encarnar el estereotipo de la anciana excéntrica con una sonrisa de oreja a oreja, como si estuviera en un sitcom de los 90 en lugar de en un thriller psicológico. Y luego está Harry Treadaway, que interpreta al asesino Brady Hartsfield, y que parece haber confundido la psicopatía con una mala imitación de Heath Ledger en The Dark Knight. Su actuación es tan sobreactuada que resulta casi cómica, como si alguien le hubiera dicho que los psicópatas deben reírse como hienas y hablar en susurros dramáticos.
Apartado Técnico: Cuando el Presupuesto se Nota (y no en el buen sentido)
Si hay algo que Mr. Mercedes hace bien —o al menos, menos mal— es su diseño de producción. La serie tiene un aire retro que encaja con su ambientación en una ciudad decadente de Estados Unidos, donde los centros comerciales abandonados y las casas de clase media parecen sacadas de un episodio de The X-Files. Sin embargo, ese mismo diseño de producción es víctima de un presupuesto ajustado, y se nota en los detalles. Los escenarios, aunque funcionales, carecen de esa textura que los haría memorables. Las localizaciones son genéricas, como si alguien hubiera alquilado los mismos decorados que se usaron en Dexter pero con menos cariño.
La fotografía, por su parte, es plana y funcional, sin ningún tipo de estilo o personalidad. No hay juego con la luz, no hay contrastes interesantes, no hay ese lenguaje visual que eleva una serie por encima de la mediocridad. Es como si el director de fotografía hubiera decidido que su trabajo consistía en iluminar las caras de los actores y nada más. La banda sonora, compuesta por David Buckley, es otro punto débil. En lugar de crear tensión o emoción, se limita a repetir los mismos temas una y otra vez, como si alguien hubiera olvidado que la música debe servir para algo más que rellenar silencios incómodos. Hay momentos en los que la partitura suena tan genérica que podrías estar viendo un episodio de NCIS y no notarías la diferencia.
El guion, por supuesto, es el gran talón de Aquiles de la serie. Escrito por Jonathan Shapiro, parece más preocupado por alargar la trama que por desarrollar personajes o crear tensión real. Los diálogos son planos y expositivos, como si estuvieran escritos para que hasta el espectador más despistado pueda seguir la trama. Los giros argumentales son tan predecibles que podrías adivinarlos con solo ver los primeros cinco minutos de cada episodio. Y lo peor de todo es que la serie no confía en su audiencia. En lugar de dejar que el espectador saque sus propias conclusiones, Mr. Mercedes se empeña en explicarlo todo, como si temiera que alguien pudiera perderse el subtexto más obvio del mundo.
Lo mejor
- Brendan Gleeson: Su actuación es lo único que salva a esta serie de ser un completo desastre. Gleeson aporta una profundidad y una humanidad a Bill Hodges que el guion no merece.
- La premisa inicial: La idea de un asesino que usa un Mercedes para cometer una masacre es interesante y tiene potencial para ser algo grande. Lástima que la ejecución no esté a la altura.
- El diseño de producción: Aunque ajustado, logra crear una atmósfera retro y decadente que encaja con la ambientación de la serie.
- Algunos momentos de tensión: Hay un par de escenas —como el primer encuentro entre Hodges y Brady— que logran generar algo de suspense, aunque sea fugaz.
Lo peor
- El ritmo: La serie avanza más lenta que un funeral bajo la lluvia. Cada episodio parece una eternidad, y los cliffhangers son tan predecibles que pierden todo su impacto.
- El guion: Plano, expositivo y lleno de clichés. Los diálogos suenan a transcripción de un manual de autoayuda, y los giros argumentales son tan obvios que resultan insultantes.
- La dirección: David E. Kelley demuestra que no tiene ni idea de cómo dirigir un thriller. La serie carece por completo de ritmo visual y de ese lenguaje cinematográfico que hace que una escena sea memorable.
- Las actuaciones secundarias: A excepción de Gleeson, el resto del reparto parece perdido en un limbo entre la sobreactuación y la indiferencia. Harry Treadaway, en particular, hace una interpretación del asesino Brady Hartsfield que roza lo cómico.
- La banda sonora: Genérica, repetitiva y completamente olvidable. No aporta nada a la atmósfera de la serie y, en muchos momentos, suena como música de ascensor.
- La falta de originalidad: Mr. Mercedes no aporta nada nuevo al género del thriller psicológico. Es una serie hecha con la fórmula del éxito, pero sin el talento necesario para ejecutarla bien.
El Veredicto de Claqueta Ácida
Mr. Mercedes es el tipo de serie que te hace preguntarte cómo algo con tanto potencial puede acabar siendo tan insulsa y predecible. Tiene todos los ingredientes para ser un thriller memorable —un asesino carismático, un detective atormentado, un elenco con talento—, pero carece de la dirección, el guion y el ritmo necesarios para convertir esos ingredientes en algo más que un plato de sopa recalentada. Brendan Gleeson hace todo lo posible por salvar el barco, pero incluso él parece consciente de que está remando en un océano de mediocridad. La serie no es mala en el sentido tradicional; no es un desastre épico como The Room ni un insulto a la inteligencia como Sharknado. Simplemente es aburrida, olvidable y profundamente decepcionante, como ese restaurante que prometía mucho pero que al final solo te deja con hambre y una sensación de haber perdido el tiempo. Si buscas un thriller psicológico que te mantenga en vilo, sigue buscando. Mr. Mercedes no es más que un Mercedes atascado en el tráfico de la mediocridad televisiva. 💀
¿Qué significa el final de Mr. Mercedes?
Ficha de Daños Colaterales en Sala
Certificado de impacto psicofísico emitido por Dante Sangre
3 amagos en el tramo intermedio; pestañeo pesado en las transiciones más innecesarias.
Minuto 42 y minuto 69 (comprobando cuánto quedaba de suplicio).
1 espressos para no dejarse vencer por la mediocridad cómoda.
"A mitad del segundo acto cuando la subtrama secundaria empezó a pesar más de lo que aportaba."
💬 El Veredicto de la Comunidad
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