Un poeta — El milagro que nadie esperaba (y todos merecíamos)
Simón Mesa Soto firma una obra maestra incómoda sobre la poesía, la vejez y el fracaso. Dolorosamente bella. 9.0/10.
Crítica de Un poeta
El cine colombiano lleva años intentando sacudirse el polvo de las telenovelas y el narcotráfico como único relato posible. Y entonces llega Simón Mesa Soto con Un poeta, una película que no grita, no se pavonea, ni siquiera alza la voz. Simplemente existe, como un susurro en medio del ruido, y te deja marcado para siempre. No es una película sobre poesía. Es poesía en sí misma, filmada con una delicadeza que duele. Óscar Restrepo, un hombre que ha convertido su vida en un verso mal escrito, se topa con Yurlady, una adolescente que podría ser su salvación o su condena. La química entre Ubeimar Rios y Rebeca Andrade no es química: es alquimia pura, de la que transforma el plomo en oro. Y lo hacen sin aspavientos, sin grandes discursos, solo con miradas que pesan más que mil palabras.
El rodaje de Un poeta fue una odisea de bajo presupuesto, filmada en Medellín con actores no profesionales y un equipo técnico que trabajó casi por amor al arte. Mesa Soto, que ya había demostrado su talento con el cortometraje Leidi (ganador de la Palma de Oro en Cannes en 2014), se negó a caer en el folclorismo fácil. No hay paisajes exóticos, ni violencia espectacular, ni siquiera un villano claro. Solo dos almas perdidas en una ciudad que no les debe nada, intentando encontrar belleza donde no la hay. La película se estrenó en el Festival de San Sebastián en 2025, donde recibió el premio a Mejor Director en la sección Horizontes Latinos. La crítica internacional la aclamó como una «obra maestra silenciosa», pero en Colombia pasó casi desapercibida. ¿El público local no está preparado para un cine que no sea ruido y furia? O peor: ¿hemos olvidado cómo escuchar?
El guion de Mesa Soto es una lección de economía narrativa. Cada escena avanza la historia o profundiza en los personajes, sin un solo plano desperdiciado. Óscar y Yurlady no son héroes ni víctimas: son seres humanos, con sus contradicciones, sus miedos y sus pequeñas grandezas. La escena en la que Óscar recita un poema en un bar vacío, mientras Yurlady lo observa desde la puerta, es de esas que se te clavan en la memoria. No hay música de fondo, solo el sonido de su voz quebrada y el eco de las risas lejanas. Es incómodo, es hermoso, es real. La película no te da respuestas fáciles, ni siquiera un final cerrado. Te deja con la sensación de haber presenciado algo íntimo y doloroso, como si hubieras espiado por la ventana de dos desconocidos y descubrieras que sus vidas son más interesantes que la tuya.
La fotografía de Juan Sarmiento G. es otro de los grandes aciertos de Un poeta. No hay grandes movimientos de cámara ni planos espectaculares, pero cada encuadre está cargado de significado. Los interiores oscuros de la casa de Óscar contrastan con la luz cruda de las calles de Medellín, creando una atmósfera opresiva pero llena de matices. La escena en la que Yurlady escribe su primer poema en un cuaderno, mientras la cámara se queda fija en su rostro iluminado por una lámpara tenue, es pura magia cinematográfica. No hay diálogos, solo el sonido de su bolígrafo rasgando el papel y su respiración entrecortada. Es un momento de una intimidad casi insoportable, como si estuviéramos invadiendo su privacidad. Pero no podemos apartar la mirada.
Dirección y puesta en escena: La belleza de lo pequeño
Simón Mesa Soto dirige con una precisión quirúrgica, pero también con una ternura que desarma. No hay grandilocuencia en Un poeta, ni siquiera en los momentos más dramáticos. Todo es pequeño, cotidiano, casi insignificante. Y sin embargo, cada gesto, cada mirada, cada silencio, está cargado de significado. La escena en la que Óscar y Yurlady viajan en un bus abarrotado, sin hablarse, mientras la cámara se queda fija en sus rostros sudorosos, es un ejemplo perfecto de su estilo. No hay música, no hay diálogos, solo el sonido del motor y el murmullo de los pasajeros. Pero en ese silencio, Mesa Soto logra transmitir toda la tensión, la esperanza y el miedo que sienten sus personajes.
El montaje es otro de los puntos fuertes de la película. No hay cortes bruscos ni transiciones llamativas, pero cada escena fluye con una naturalidad que parece casual, aunque está cuidadosamente calculada. La película avanza como un río lento, arrastrando al espectador en su corriente sin que este se dé cuenta. Hasta que, de repente, te encuentras atrapado, incapaz de escapar de la historia de Óscar y Yurlady. La banda sonora, compuesta por el Trio Ramberget, es minimalista pero efectiva. No hay grandes temas orquestales, solo notas sueltas de piano y guitarra que subrayan los momentos más emotivos sin caer en el sentimentalismo fácil.
Actuaciones: Dos almas al desnudo
Ubeimar Rios y Rebeca Andrade no actúan: viven. Óscar y Yurlady no son personajes, son personas de carne y hueso, con sus defectos, sus virtudes y sus contradicciones. Rios, un actor no profesional, logra transmitir toda la frustración y la ternura de un hombre que ha desperdiciado su vida persiguiendo un sueño inalcanzable. Su Óscar no es un héroe trágico, ni siquiera un antihéroe: es un hombre común, con sus pequeñas grandezas y sus miserias cotidianas. La escena en la que recita un poema en un bar vacío, mientras la cámara se queda fija en su rostro iluminado por una luz tenue, es de una intensidad desgarradora. No hay lágrimas, no hay gritos, solo la voz quebrada de un hombre que ha perdido la fe en sí mismo.
Rebeca Andrade, por su parte, es una revelación. Su Yurlady es un personaje complejo, lleno de matices, que oscila entre la inocencia y la madurez con una naturalidad asombrosa. No es una víctima, ni una heroína: es una adolescente que intenta encontrar su lugar en un mundo que no le ofrece nada. La escena en la que escribe su primer poema, mientras la cámara se queda fija en su rostro iluminado por una lámpara, es de una belleza casi insoportable. Andrade logra transmitir toda la emoción del momento con una simple mirada, sin necesidad de diálogos ni gestos grandilocuentes. Es una actuación que duele, porque es demasiado real.
Lo mejor
- La química entre Ubeimar Rios y Rebeca Andrade: No es química, es alquimia. Dos actores no profesionales que logran transmitir más con un silencio que muchos actores consagrados con un monólogo. Su relación es el corazón de la película, y late con una fuerza que te deja sin aliento.
La fotografía de Juan Sarmiento G.: Cada encuadre es una pintura. Sarmiento G. logra capturar la belleza de lo cotidiano, transformando calles grises y interiores oscuros en imágenes llenas de matices y significado. La luz en Un poeta* no ilumina: revela.
- El guion de Simón Mesa Soto: Una lección de economía narrativa. No hay un solo plano desperdiciado, ni una sola escena que no avance la historia o profundice en los personajes. Mesa Soto no te da respuestas fáciles, ni siquiera un final cerrado. Te deja con la sensación de haber presenciado algo íntimo y doloroso.
La banda sonora de Trio Ramberget: Minimalista pero efectiva. No hay grandes temas orquestales, solo notas sueltas de piano y guitarra que subrayan los momentos más emotivos sin caer en el sentimentalismo fácil. La música en Un poeta* no acompaña: dialoga.
Lo peor
- El ritmo en algunos momentos: La película avanza como un río lento, y aunque eso es parte de su encanto, hay escenas que podrían haberse acortado sin perder fuerza. El tercer acto, en particular, se siente un poco alargado, como si Mesa Soto no quisiera soltar a sus personajes.
- La falta de desarrollo de algunos personajes secundarios: Alonso (Humberto Restrepo) y Teresita (Margarita Soto) tienen momentos interesantes, pero quedan relegados a un segundo plano. Hubiera sido interesante explorar más sus historias, especialmente la relación de Óscar con su hermano.
- El final abierto: No es un defecto en sí mismo, pero puede dejar a algunos espectadores con la sensación de que la película no termina, sino que se interrumpe. A otros, en cambio, les parecerá perfecto. Depende de lo que busques en el cine.
El Veredicto de Claqueta Ácida
Un poeta es una de esas películas raras que te dejan sin palabras. No es perfecta, pero su imperfección es parte de su grandeza. Simón Mesa Soto ha creado una obra maestra silenciosa, dolorosamente bella, que habla de la poesía, el fracaso y la redención con una honestidad que desarma. Ubeimar Rios y Rebeca Andrade entregan actuaciones que parecen sacadas de la vida real, y la fotografía de Juan Sarmiento G. transforma lo cotidiano en algo mágico. No es una película para todos: no tiene acción, ni giros argumentales espectaculares, ni un final feliz. Pero si te dejas llevar por su corriente, te encontrarás con una de las experiencias cinematográficas más conmovedoras de los últimos años. Un poeta no es solo una película: es un milagro. Y los milagros, como la poesía, no deberían desperdiciarse. 💀
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Un poeta: preguntas frecuentes
- ¿Qué nota tiene "Un poeta" en Claqueta Ácida?
- "Un poeta" tiene una nota de 9/10 en Claqueta Ácida según el análisis publicado por Dante Sangre.
- ¿Merece la pena ver "Un poeta"?
- Sí. Le damos un 9/10 (Fusión Nuclear), nuestra categoría para lo imprescindible.
- ¿Quién dirigió la película "Un poeta"?
- "Un poeta" fue dirigida por Simón Mesa Soto.
Ficha de Daños Colaterales en Sala
Certificado de impacto psicofísico emitido por Dante Sangre
Cero bostezos. Pupilas dilatadas y tensión mandibular constante.
Ni una sola mirada al móvil.
Ninguna. Guarda el café para la sesión siguiente.
"No hubo. La coherencia se mantuvo hasta el último fotograma."
💬 El Veredicto de la Comunidad
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