Vieja loca — Un KO técnico
Una crítica demoledora a la película Vieja loca
Crítica de Vieja loca
Vieja loca no es una película, es un exorcismo. Un exorcismo de esos que te dejan la garganta en carne viva y los ojos como dos huevos fritos. Martín Mauregui, ese tipo que hasta ahora solo había demostrado que sabía filmar un plano secuencia sin que pareciera un ejercicio de escuela de cine, ha decidido que era el momento de soltar toda la bilis acumulada durante años de ver cómo el cine argentino se ahogaba en su propia autocomplacencia. Y vaya si lo ha conseguido. Esto no es una crítica a la vejez, ni siquiera es una comedia negra sobre la soledad. Es un puñetazo en la mesa con un guante de boxeo hecho de recuerdos podridos y risas que saben a vinagre. Desde el primer plano, cuando la cámara se acerca lentamente al rostro de Carmen Maura como si fuera un depredador oliendo sangre, sabes que no vas a salir ileso de la sala. Esto duele, y duele bien.
El contexto no podría ser más irónico. Estrenada en un momento en el que el cine argentino parece obsesionado con mirarse el ombligo —ya sea desde el realismo más gris o desde el costumbrismo edulcorado—, Vieja loca llega como un elefante en una cristalería. Mauregui, que venía de rodar cortos y un par de largometrajes indie que pasaron sin pena ni gloria, ha decidido que su tercera película sería su declaración de guerra. Y no una guerra metafórica, no: una guerra con balas de verdad, de esas que dejan cicatrices. El presupuesto, según fuentes de la producción, no superó los 800.000 dólares, una miseria incluso para los estándares argentinos. Pero Mauregui y su equipo han convertido esa limitación en una virtud, rodando en locaciones reales, con actores que parecen dispuestos a quemarse en pantalla y una fotografía que no necesita efectos digitales para parecer peligrosa. El resultado es una película que huele a sudor, a cigarrillos apagados en ceniceros de lata y a esa clase de desesperación que solo se siente cuando te das cuenta de que el tiempo se te ha escapado entre los dedos.
La historia es sencilla hasta lo insultante: una mujer mayor, interpretada por Carmen Maura, decide que ya está harta de ser invisible. Así que, en un arranque de lucidez demencial, secuestra a un joven (Daniel Hendler) y lo obliga a ser su cómplice en una serie de pequeños delitos que van escalando en absurdidad y violencia. Lo que empieza como un juego macabro —robar un supermercado, humillar a un exnovio— se convierte en algo mucho más oscuro. Y aquí es donde Mauregui demuestra que no es un simple provocador: sabe exactamente cuándo apretar el gatillo y cuándo dejar que el silencio haga el trabajo sucio. Hay una escena, hacia el final del primer acto, en la que Maura y Hendler discuten en un coche estacionado. La cámara está fuera, filmando a través del parabrisas empañado, y lo único que se oye es el sonido de sus respiraciones entrecortadas. No hay música, no hay diálogos superfluos. Solo dos personas al borde del abismo, preguntándose cómo han llegado hasta ahí. Es el tipo de momento que te deja sin aliento, no por lo que pasa, sino por lo que no se dice.
Dirección y puesta en escena: el arte de no pestañear
Martín Mauregui no dirige, desolla. Cada plano de Vieja loca parece diseñado para incomodar, para recordarte que estás viendo algo que no deberías estar viendo. No es solo que la película tenga un ritmo implacable —que lo tiene—, sino que cada encuadre, cada movimiento de cámara, cada corte, está calculado para que sientas que estás invadiendo un espacio privado. Mauregui utiliza planos medios y primeros planos como si fueran cuchillos: no para cortar, sino para hurgar en la herida. Hay una secuencia en particular, rodada en un solo plano secuencia, en la que Maura y Hendler entran en un bar de mala muerte. La cámara los sigue mientras se mueven entre las mesas, esquivando a los clientes borrachos, hasta que se sientan en una esquina. No hay cortes, no hay trucos de montaje. Solo dos actores y una cámara que no parpadea. Es incómodo, es brillante, y es exactamente lo que el cine debería ser: un acto de voyeurismo consentido.
Pero lo más impresionante de la dirección de Mauregui es cómo maneja el tono. Vieja loca podría haber sido una comedia negra al uso, de esas que se ríen de la vejez y la soledad con un guiño cómplice al espectador. Pero Mauregui no tiene paciencia para guiños. Aquí, el humor es ácido, corrosivo, y siempre está a un paso de convertirse en algo mucho más oscuro. Hay una escena en la que Maura obliga a Hendler a disfrazarse de mujer para distraer a un guardia de seguridad. Lo que empieza como una situación ridícula —Hendler con peluca y vestido, tartamudeando como un adolescente— se convierte en algo casi siniestro cuando Maura lo mira con una sonrisa que no llega a los ojos. No es gracioso, es aterrador, y es exactamente lo que hace que la película funcione. Mauregui no te da respiro, no te permite reírte sin sentirte culpable. Es como si te obligara a mirar directamente al sol: sabes que te va a quemar, pero no puedes apartar la vista.
El montaje, a cargo de Alberto Ponc, es otro de los puntos fuertes de la película. No hay un solo plano superfluo, ni un solo corte que no esté justificado. Ponc trabaja con un ritmo que recuerda al de los thrillers de los 70, pero con un toque moderno, casi punk. Los cortes son secos, abruptos, y a menudo llegan cuando menos los esperas. Hay una escena en la que Maura y Hendler están en un apartamento vacío, discutiendo. La cámara los filma en un plano medio, pero de repente, sin aviso, el montaje salta a un primer plano de las manos de Maura, que están temblando. No hay música, no hay diálogo. Solo el sonido de su respiración y el temblor de sus dedos. Es un momento pequeño, casi insignificante, pero es exactamente el tipo de detalle que hace que Vieja loca sea una película inolvidable.
Actuaciones: el infierno tiene nombre y apellido
Carmen Maura no actúa en Vieja loca. Se desangra. Es una de esas actuaciones que te dejan exhausto, no porque sea histriónica o exagerada, sino porque es tan real que duele. Maura interpreta a una mujer que ha pasado de ser el centro de atención a ser invisible, y lo hace con una mezcla de rabia, tristeza y humor negro que es difícil de describir. Hay una escena en la que su personaje, después de secuestrar a Hendler, se sienta frente a un espejo y se maquilla como si fuera a salir de fiesta. No dice nada, no hace nada dramático. Solo se maquilla, con movimientos lentos, casi ritualísticos. Pero la forma en que Maura mira su propio reflejo —con una mezcla de desprecio y nostalgia— es suficiente para partirte el corazón. No es una actuación, es un documento.
Daniel Hendler, por su parte, está a la altura de las circunstancias. Su personaje es el contrapunto perfecto al de Maura: joven, inseguro, pero con una rabia contenida que estalla en los momentos menos esperados. Hendler tiene una escena en la que, después de ser humillado por Maura, rompe a llorar en un baño público. No es un llanto dramático, de esos que parecen sacados de una telenovela. Es un llanto feo, de esos que te dejan la cara hinchada y los ojos rojos. Es incómodo de ver, y es exactamente lo que la película necesita. Hendler no tiene miedo de parecer vulnerable, y eso es lo que hace que su actuación funcione.
Pero si hay alguien que roba todas las escenas en las que aparece, es Agustina Liendo. Su personaje, una vecina cotilla que se ve arrastrada a la locura de Maura y Hendler, es una de las sorpresas de la película. Liendo tiene una presencia física imponente, y Mauregui lo sabe. La filma como si fuera una bomba de relojería: nunca sabes cuándo va a explotar, pero sabes que lo hará. Hay una escena en la que Liendo y Maura discuten en un pasillo estrecho. La cámara las filma en un plano medio, pero Liendo se acerca tanto a Maura que casi la toca. No dice nada, solo la mira con una sonrisa que es mitad amenaza, mitad complicidad. Es un momento pequeño, pero es uno de esos detalles que hacen que Vieja loca sea una película que se queda contigo.
Apartado técnico: cuando el oficio se convierte en arte
La fotografía de Julián Apezteguia es, sencillamente, una obra maestra. No es una fotografía bonita, ni siquiera es una fotografía que llame la atención por sí misma. Es una fotografía que sirve a la historia, y lo hace con una precisión quirúrgica. Apezteguia utiliza una paleta de colores fríos, casi metálicos, que reflejan la frialdad emocional de los personajes. Los azules y los grises dominan la película, pero hay destellos de rojo —un vestido, una puerta, un cartel— que actúan como advertencias. Es como si la película te estuviera diciendo: "Esto va a doler, y no hay nada que puedas hacer para evitarlo."
El diseño de producción, a cargo de María Eugenia Sueiro, es otro de los puntos fuertes de la película. Sueiro ha creado un mundo que es a la vez realista y onírico, un lugar donde la suciedad y la decadencia conviven con destellos de belleza inesperada. Los escenarios —un apartamento destartalado, un bar de mala muerte, un supermercado vacío— están llenos de detalles que refuerzan la sensación de que estás viendo algo real. Hay una escena en la que Maura y Hendler están en un almacén abandonado. Las paredes están cubiertas de grafitis, el suelo está lleno de basura, y hay una luz tenue que entra por una ventana rota. No es un escenario bonito, pero es exactamente el tipo de lugar donde esta historia podría pasar.
La banda sonora, compuesta por Diego Vainer, es minimalista pero efectiva. No hay grandes temas orquestales, ni melodías pegadizas. Solo una serie de sonidos ambientales —el zumbido de un fluorescente, el ruido de un motor al arrancar, el sonido de unos pasos en un pasillo vacío— que refuerzan la sensación de tensión constante. Hay una escena en la que Maura y Hendler están en un coche, conduciendo de noche. La música es casi imperceptible, solo un zumbido bajo que va creciendo en intensidad hasta que, de repente, se corta. Es un momento pequeño, pero es exactamente el tipo de detalle que hace que la película funcione.
Lo mejor
- La actuación de Carmen Maura: No es una actuación, es un exorcismo. Maura no interpreta a su personaje, lo habita. Cada mirada, cada gesto, cada silencio, está cargado de una verdad que duele. Es una de esas actuaciones que te dejan exhausto, no porque sea histriónica, sino porque es tan real que parece que estás invadiendo la intimidad de alguien.
- La dirección de Martín Mauregui: Mauregui no tiene miedo de incomodar. Cada plano, cada corte, cada movimiento de cámara, está diseñado para que te sientas como un intruso. No es una película que te invite a entrar, es una película que te arrastra dentro a la fuerza. Y eso, en un cine que cada vez se parece más a un parque temático, es un soplo de aire fresco.
- La fotografía de Julián Apezteguia: No es una fotografía bonita, pero es una fotografía honesta. Apezteguia utiliza una paleta de colores fríos y metálicos que reflejan la frialdad emocional de los personajes. Cada plano parece diseñado para recordarte que estás viendo algo que no deberías estar viendo.
- El montaje de Alberto Ponc: Ponc trabaja con un ritmo que recuerda a los thrillers de los 70, pero con un toque moderno. Los cortes son secos, abruptos, y a menudo llegan cuando menos los esperas. No hay un solo plano superfluo, ni un solo corte que no esté justificado.
- La química entre Carmen Maura y Daniel Hendler: No es una química romántica, ni siquiera es una química amable. Es una química tóxica, peligrosa, de esas que te dejan con la sensación de que algo malo va a pasar. Y eso es exactamente lo que hace que funcione.
Lo peor
- El final: No es que sea malo, pero es un poco abrupto. Después de una hora y media de tensión constante, el final llega como un jarro de agua fría. No es un mal final, pero es un final que te deja con la sensación de que podrías haber tenido algo más.
- Algunos diálogos: Hay momentos en los que los diálogos suenan un poco forzados, como si los personajes estuvieran diciendo cosas solo para avanzar la trama. No es algo que arruine la película, pero es un detalle que se nota.
- La duración: Con 90 minutos, Vieja loca es una película corta. Pero hay momentos en los que se siente un poco apresurada, como si Mauregui tuviera miedo de que el espectador se aburriera. Una película como esta podría permitirse el lujo de respirar un poco más.
El Veredicto de Claqueta Ácida
Vieja loca es una de esas películas que te dejan sin aliento, no porque sea perfecta, sino porque es honesta. Honesta hasta la médula. Martín Mauregui ha creado una obra que no se parece a nada de lo que se está haciendo hoy en día, una película que no tiene miedo de incomodar, de doler, de dejarte con la sensación de que has visto algo que no deberías haber visto. Carmen Maura está sublime, la fotografía es una obra de arte, y el montaje es implacable. No es una película para todos, ni siquiera es una película que vayas a querer ver dos veces. Pero es una película que, una vez que la ves, no puedes olvidar. Y eso, al final, es lo único que importa. 💀🎬 Tráiler Oficial
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Vieja loca: preguntas frecuentes
- ¿Qué nota tiene "Vieja loca" en Claqueta Ácida?
- "Vieja loca" tiene una nota de 7.5/10 en Claqueta Ácida según el análisis publicado por Camilo K.O..
- ¿Merece la pena ver "Vieja loca"?
- Con reservas. Le damos un 7,5/10 (Ácido Cítrico), nuestra categoría para obras irregulares que tienen algo que rescatar.
- ¿Quién dirigió la película "Vieja loca"?
- "Vieja loca" fue dirigida por Martín Mauregui.
Ficha de Daños Colaterales en Sala
Certificado de impacto psicofísico emitido por Camilo K.O.
2 amagos en el tramo intermedio; pestañeo pesado en las transiciones más innecesarias.
El reloj aparece en escena justo cuando la subtrama secundaria pide paciencia.
2 espressos para no dejarse vencer por la mediocridad cómoda.
"A mitad del segundo acto cuando la subtrama secundaria empezó a pesar más de lo que aportaba."
💬 El Veredicto de la Comunidad
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