Así en la Tierra como en el Infierno — Un Descenso al Infierno de la Mediocridad
Un análisis detallado de la película que llega a lo más profundo de la mente humana, sacando a la luz los demonios que regresan para perseguirnos con un festival de clichés y un guión desesperado.
Crítica de Así en la Tierra como en el Infierno
El celuloide se desenrolla con un crujido siniestro, como si las propias catacumbas de París susurraran al oído del proyector: «Bienvenidos a un viaje al infierno… pero sin salir de la butaca». Así en la Tierra como en el Infierno (2014) es una de esas películas que nacen bajo el signo de la promesa traicionada, un thriller que huele a sudor frío y a guion escrito en una noche de insomnio con una botella de whisky barato y un manual de Cómo escribir un éxito de terror en 10 pasos abierto por la página equivocada. Dirigida por John Erick Dowdle, un tipo que ya nos había regalado joyas como Quarantine (2008) —un remake que al menos tenía la decencia de sudar miedo— y The Poughkeepsie Tapes (2007) —una pesadilla enlatada que olía a VHS mohoso—, esta cinta se presenta como un homenaje a los clásicos del terror subterráneo, pero acaba siendo un recordatorio de que, a veces, lo único que hay bajo tierra es… basura bien iluminada.
El contexto industrial de esta película es tan predecible como el salto de susto de un jump scare mal ejecutado. Estamos en 2014, una época en la que Hollywood había descubierto que el terror podía ser un negocio rentable si se le añadía un toque de «realismo» y un escenario lo suficientemente claustrofóbico como para que el espectador se sintiera atrapado entre el miedo y el aburrimiento. Las catacumbas de París, ese laberinto de huesos y sombras que ya había inspirado a poetas malditos y a turistas con ganas de selfies macabras, se convertían en el escenario perfecto para una película que prometía revivir el espíritu de The Descent (2005) pero con menos arañas y más clichés. El problema es que, mientras Neil Marshall entendía que el terror no se construye con monstruos, sino con la tensión de saber que algo —o alguien— te observa desde la oscuridad, Dowdle parece creer que basta con encender una linterna y gritar «¡Boo!» para que el público salte de la butaca. Spoiler: no funciona.
El guion, escrito a cuatro manos por el propio Dowdle y su hermano Drew Dowdle, es un Frankenstein narrativo cosido con retazos de Saw, The Blair Witch Project y un episodio perdido de Expediente X que alguien encontró en el cajón de los descuentos. La premisa es tan vieja como el cine de terror: un grupo de exploradores urbanos, mezcla de arqueólogos con complejo de Indiana Jones y youtubers con ganas de likes, se adentra en las catacumbas de París para descubrir un misterio que, oh sorpresa, está mejor dejado donde está. Lo que sigue es una sucesión de escenas que oscilan entre lo predecible y lo ridículo, con diálogos que suenan como si hubieran sido escritos por un algoritmo de Netflix diseñado para generar contenido genérico. «¿Qué es ese ruido?», «No deberíamos separarnos» o «Esto no es lo que parece» son frases que resuenan en la sala como ecos de un déjà vu cinematográfico. Si el infierno existe, seguro que tiene una sala de proyección donde pasan en bucle todas las películas que han abusado de estos clichés.
Pero no todo es culpa de los Dowdle. La industria del terror ha convertido el género en una cadena de montaje donde lo importante no es innovar, sino repetir la fórmula hasta que el público deje de distinguir entre una película y un trailer extendido. Así en la Tierra como en el Infierno es el producto perfecto de esta era: un filme que huele a focus group, a test screenings y a productores que miran el reloj mientras preguntan: «¿Cuándo aparece el monstruo?». Y cuando el monstruo aparece, claro está, es tan genérico que podría haberse colado desde cualquier otra película de terror de los últimos veinte años. No hay identidad, no hay personalidad, solo el esqueleto de una idea que alguien olvidó rellenar con algo de carne… o, en este caso, con algo de miedo.
Dirección: El pulso de un director que se ahoga en su propia sombra
Si la dirección de John Erick Dowdle en esta película tuviera que describirse con una metáfora visual, sería la de un hombre que intenta encender una cerilla en medio de un huracán. Hay destellos de talento —momentos en los que la cámara se mueve con una intención casi hitchcockiana, planos que recuerdan al mejor David Fincher en su etapa más claustrofóbica—, pero al final, el viento de la mediocridad lo apaga todo. Dowdle demuestra que sabe cómo crear atmósfera, cómo jugar con la oscuridad y cómo usar el espacio para generar incomodidad. El problema es que, una vez creada esa atmósfera, no sabe qué hacer con ella. Es como construir una casa encantada perfecta… para luego llenarla de payasos de circo.
La película comienza con una secuencia de apertura que promete mucho: un plano secuencia en las catacumbas que recuerda al inicio de Enter the Void (2009) de Gaspar Noé, pero sin su audacia visual ni su locura narrativa. La cámara se desliza entre los huesos apilados como si fuera un fantasma curioso, y por un momento, crees que estás a punto de presenciar algo memorable. Pero entonces, la trama se pone en marcha, y con ella, llega la decepción. Dowdle parece más interesado en seguir las reglas del thriller convencional que en romperlas, y eso es un pecado capital en un género que vive de la transgresión. Los jump scares son tan predecibles que podrías programar un reloj con ellos, y las escenas de tensión se resuelven con la gracia de un elefante en una cacharrería. Hay un momento en el que un personaje se esconde detrás de una pared de huesos, y la cámara se acerca lentamente, como si estuviera a punto de revelar algo aterrador. Pero lo único que revela es la falta de imaginación del director.
El mayor error de Dowdle, sin embargo, es su incapacidad para desarrollar a sus personajes más allá de los arquetipos más básicos. Tenemos al líder carismático pero con secretos, a la mujer fuerte pero emocionalmente frágil, al gracioso que siempre hace el chiste equivocado en el momento equivocado y al tipo que solo está ahí para morir primero. Son personajes de manual, tan planos que podrían haberse recortado en cartón y pegado en el escenario. Y cuando los actores intentan darles algo de profundidad, el guion los sabotea con diálogos que suenan como si hubieran sido escritos por un robot con síndrome de Tourette. «¡No podemos dejarla aquí!» o «¡Algo nos está siguiendo!» son frases que resuenan en el vacío, como si incluso los propios personajes supieran que no tienen sentido.
Actores: Un reparto perdido en el laberinto de la mediocridad
El elenco de Así en la Tierra como en el Infierno es como un grupo de turistas perdidos en las catacumbas: todos saben que deberían estar asustados, pero al final, lo único que sienten es confusión y un poco de vergüenza ajena. Perdita Weeks, en el papel de Scarlett, es la única que logra escapar del naufragio con algo de dignidad. Su actuación tiene momentos de auténtica intensidad, especialmente en las escenas en las que su personaje se enfrenta a sus propios demonios —literales y metafóricos—. Weeks logra transmitir una mezcla de determinación y vulnerabilidad que hace que, al menos, te importe un poco lo que le pase. Es una lástima que el guion no le dé más oportunidades para brillar, porque cuando lo hace, recuerda a las grandes heroínas del terror clásico, como Sigourney Weaver en Alien (1979) o Jamie Lee Curtis en Halloween (1978). Pero, claro, esto no es Alien, y Scarlett no es Ellen Ripley. Aquí, su mayor enemigo no son los monstruos de las catacumbas, sino los diálogos de cartón piedra que tiene que recitar.
El resto del reparto, sin embargo, es un desfile de oportunidades perdidas. Ben Feldman, en el papel de George, es el clásico comic relief que solo sirve para recordarte que, en el infierno, no hay lugar para el humor. Sus chistes caen como piedras en un pozo sin fondo, y su actuación oscila entre lo irritante y lo directamente insoportable. Es como si alguien hubiera tomado a Rainn Wilson en su peor momento y lo hubiera metido en una coctelera con un manual de Cómo ser molesto en situaciones de vida o muerte. Edwin Hodge, por su parte, hace lo que puede con el papel de Benji, el experto en catacumbas que, oh sorpresa, resulta no ser tan experto como parecía. Su actuación es correcta, pero el guion lo condena a ser poco más que un plot device con patas. Y luego está François Civil, que interpreta a Papillon, el líder del grupo. Civil tiene carisma, pero su personaje es tan genérico que podrías reemplazarlo con un maniquí y nadie notaría la diferencia.
Lo más frustrante del reparto es que, en conjunto, no hay química. Los actores parecen estar en películas diferentes, como si cada uno hubiera recibido instrucciones de un director distinto. Hay momentos en los que parecen estar improvisando, y no en el buen sentido —como en Cloverfield (2008)—, sino en el sentido de «Dios mío, ¿qué hacemos ahora?». La escena en la que el grupo discute si deben seguir adelante o no es un ejemplo perfecto: parece más un ensayo de teatro amateur que una conversación entre personas atrapadas en un infierno subterráneo. Si el objetivo era transmitir desesperación, lo único que transmiten es indiferencia.
Apartado Técnico: Cuando la fotografía salva lo que el guion condena
Si hay algo que salva a Así en la Tierra como en el Infierno de ser un desastre total, es su fotografía. Léo Hinstin, el director de fotografía, logra convertir las catacumbas de París en un personaje más de la película, un laberinto de sombras y huesos que respira y observa. Las escenas subterráneas están iluminadas con una paleta de grises y azules fríos que recuerdan al trabajo de Roger Deakins en Skyfall (2012), pero con un toque más sucio, más orgánico. Hay planos que son auténticas postales del terror: la luz de las linternas cortando la oscuridad como cuchillos, los huesos apilados formando patrones que parecen susurrar secretos, los reflejos del agua en las paredes que crean un efecto casi onírico. Hinstin demuestra que sabe cómo usar la luz para crear tensión, cómo jugar con las sombras para esconder —o revelar— lo que el guion no se atreve a mostrar.
Pero incluso la fotografía tiene sus límites. Hay momentos en los que la película cae en el error de iluminar demasiado las escenas, como si temiera que el público no entendiera lo que está pasando. Es una pena, porque cuando Hinstin se deja llevar por la oscuridad, la película alcanza cotas de auténtica belleza macabra. La secuencia en la que los personajes descubren una sala llena de esqueletos dispuestos en forma de círculo es un ejemplo perfecto: la cámara se mueve lentamente, como si estuviera explorando un lugar sagrado, y la iluminación es tan precisa que cada hueso parece tener vida propia. Es una lástima que, justo cuando la película parece estar a punto de despegar, el guion la arrastre de vuelta a tierra con un jump scare barato o un diálogo ridículo.
El diseño de producción, a cargo de Stanislas Reydellet, es otro de los puntos fuertes de la película. Las catacumbas están recreadas con un nivel de detalle que roza lo obsesivo: los huesos, las inscripciones en las paredes, los túneles que parecen extenderse hasta el infinito… Todo está diseñado para hacerte sentir como si estuvieras allí abajo, respirando el aire viciado y sintiendo el peso de la historia sobre tus hombros. Pero, una vez más, el guion no sabe qué hacer con todo este potencial. Las catacumbas acaban siendo poco más que un escenario bonito para una historia que no está a la altura.
La música, compuesta por Nathan Whitehead, es otro de esos elementos que podrían haber salvado la película si se hubiera usado con más inteligencia. Hay momentos en los que la partitura logra crear una atmósfera de auténtico terror, con coros que suenan como si estuvieran cantando desde el fondo de un pozo. Pero, al igual que con la fotografía, el problema es que la música se usa de manera demasiado obvia, como un leitmotiv que anuncia cada jump scare con la sutileza de un martillo neumático. En lugar de integrarse en la narrativa, acaba siendo un elemento más del sound design genérico que parece sacado de una biblioteca de sonidos de terror de los años 90.
El montaje, a cargo de Elliot Greenberg, es funcional, pero poco más. Hay momentos en los que la película parece acelerarse sin razón, como si el editor hubiera decidido que era mejor pasar rápido por las escenas aburridas en lugar de intentar darles ritmo. Y luego están los flashbacks, que son tan innecesarios como un paraguas en el infierno. No aportan nada a la trama, y solo sirven para recordarte que, en el fondo, esta película no tiene nada nuevo que decir.
Lo mejor
- La fotografía de Léo Hinstin: Un trabajo visual que convierte las catacumbas en un personaje más de la película, con una iluminación que oscila entre lo poético y lo terrorífico. Hay planos que parecen sacados de un cuadro de Francis Bacon, pero con menos esperanza.
- El diseño de producción de Stanislas Reydellet: Las catacumbas están recreadas con un nivel de detalle obsesivo, hasta el punto de que casi puedes oler el moho y la humedad. Es el único elemento que logra transmitir la sensación de estar atrapado en un lugar que no es de este mundo.
- La premisa: Las catacumbas de París son un escenario perfecto para una película de terror, y la idea de explorar sus misterios es intrigante. Lástima que el guion no esté a la altura.
- Algunos momentos de tensión: Hay un par de escenas —como la del círculo de esqueletos— que logran crear una atmósfera de auténtico terror, aunque sea por unos segundos.
Lo peor
El guion: Un desastre de proporciones épicas, lleno de clichés, diálogos ridículos y personajes que parecen sacados de un fanfic de Supernatural*. Es como si los hermanos Dowdle hubieran escrito la historia en una servilleta durante un viaje en metro.
Los jump scares predecibles: Si puedes adivinar cuándo va a aparecer el siguiente susto, es que la película no está haciendo bien su trabajo. Aquí, los jump scares* son tan obvios que podrías programar una alarma para ellos.
Ben Feldman: Su interpretación de George es tan irritante que hace que quieras unirte a los monstruos de las catacumbas solo para que alguien lo haga callar. Es el comic relief* más innecesario desde Jar Jar Binks.
La falta de originalidad: La película no aporta nada nuevo al género. Es como ver The Descent* (2005) pero con menos arañas, menos tensión y más diálogos de manual de autoayuda.
Los personajes planos: Todos los personajes son arquetipos sin profundidad, tan genéricos que podrías reemplazarlos con muñecos de Lego* y nadie notaría la diferencia. Ni siquiera Scarlett, que es la única con algo de potencial, logra escapar del estereotipo.
El ritmo desigual: La película oscila entre momentos de tensión bien construidos y escenas que parecen sacadas de un episodio de Scooby-Doo*. El montaje no ayuda a dar coherencia a todo esto.
- El final: Sin spoilers, pero digamos que es tan anticlimático que te dan ganas de volver a las catacumbas solo para buscar algo que valga la pena.
El Veredicto de Claqueta Ácida
Así en la Tierra como en el Infierno es una película que merecía ser enterrada en las mismas catacumbas que retrata. Un thriller que promete terror, suspense y una experiencia inolvidable, pero que acaba siendo poco más que un tour guiado por los clichés del género, con un guion que suena a mad libs escrito por un algoritmo de Netflix y un reparto que parece estar improvisando en lugar de actuando. La fotografía y el diseño de producción salvan los muebles, pero ni siquiera el talento de Léo Hinstin o Stanislas Reydellet pueden redimir una historia que huele a focus group y a oportunidades perdidas.
Si lo que buscas es una película de terror que te haga saltar de la butaca, hay opciones mejores —como The Descent o As Above, So Below (2014), que, irónicamente, también transcurre en las catacumbas de París y sí sabe lo que hace—. Si lo que quieres es ver cómo un director con talento desperdicia una premisa interesante, entonces esta es tu película. Pero si lo que deseas es una experiencia cinematográfica que te deje con los pelos de punta y la sensación de haber visto algo único, entonces Así en la Tierra como en el Infierno es como un mapa del tesoro que solo te lleva a un montón de huesos viejos. No es el infierno, pero se le parece mucho. 💀
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¿Qué significa el final de Así en la Tierra como en el Infierno?
Así en la Tierra como en el Infierno: preguntas frecuentes
- ¿Qué nota tiene "Así en la Tierra como en el Infierno" en Claqueta Ácida?
- "Así en la Tierra como en el Infierno" tiene una nota de 5.8/10 en Claqueta Ácida según el análisis publicado por Maximiliano Z..
- ¿Merece la pena ver "Así en la Tierra como en el Infierno"?
- Con reservas. Le damos un 5,8/10 (Ácido Cítrico), nuestra categoría para obras irregulares que tienen algo que rescatar.
- ¿Quién dirigió la película "Así en la Tierra como en el Infierno"?
- "Así en la Tierra como en el Infierno" fue dirigida por John Erick Dowdle.
- ¿Cómo termina "Así en la Tierra como en el Infierno"?
- Con spoilers, en el final explicado de Así en la Tierra como en el Infierno .
Ficha de Daños Colaterales en Sala
Certificado de impacto psicofísico emitido por Maximiliano Z.
2 amagos en el tramo intermedio; pestañeo pesado en las transiciones más innecesarias.
El reloj aparece en escena justo cuando la subtrama secundaria pide paciencia.
2 espressos para no dejarse vencer por la mediocridad cómoda.
"A mitad del segundo acto cuando la subtrama secundaria empezó a pesar más de lo que aportaba."
💬 El Veredicto de la Comunidad
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