La muerte de Robin Hood — ¿Otro héroe que no supo jubilarse?
Hugh Jackman se pone el jubón por enésima vez, pero esta vez para morir... o eso dice el título. ¿Redención o autopsia de un mito?
Crítica de La muerte de Robin Hood
El problema con los mitos es que nunca saben cuándo callarse. Robin Hood, ese ladrón de pacotilla con complex de justiciero, lleva siglos colgado de los árboles del cine como un espantapájaros al que nadie se atreve a descolgar. Ahora, en pleno 2026, llega La muerte de Robin Hood, un título que suena a epitafio pero huele a último intento desesperado por sacarle jugo a un personaje que ya debería estar en una residencia de ancianos con un cartel que diga: "No más flechas, por favor". Michael Sarnoski, el director que nos regaló Pig (2021), una película tan extraña que parecía un experimento fallido de David Lynch, se sube al carro de los héroes cansados con un guion que promete redención, pero que huele más a autopsia que a resurrección. Hugh Jackman, ese hombre que parece tallado en mármol por un escultor con prisa, vuelve a enfundarse el jubón como si el tiempo no hubiera pasado, como si aún pudiera correr por el bosque sin que le crujieran las rodillas. Spoiler: no puede. Y ahí está el primer problema de esta película: nadie parece haberse dado cuenta de que Robin Hood ya no es un héroe, sino un anciano con problemas de próstata y una obsesión enfermiza por los arcos largos.
El castillo al que llega Robin Hood herido no es un lugar de curación, sino un purgatorio decorado con tapices caros y velas que huelen a incienso barato. Jodie Comer, la única actriz del reparto que parece haber entendido que esto no es una película de acción, sino un drama gótico con pretensiones de El séptimo sello, interpreta a la misteriosa mujer que le ofrece una última oportunidad de redención. Su actuación es lo único que salva a esta película de ser un ejercicio de nostalgia vergonzante. Porque, seamos honestos, ¿qué puede ofrecer un Robin Hood viejo y cansado que no hayamos visto ya? ¿Un monólogo sobre la culpa? ¿Un flashback de sus tiempos de gloria? ¿Un beso robado a Marian, que en esta versión ni siquiera aparece porque, seamos realistas, nadie se acuerda de ella? Sarnoski intenta darle un giro oscuro al mito, pero acaba tropezando con los mismos clichés que lleva décadas lastrando a este personaje: la violencia como purga, la redención como moneda de cambio, el bosque como escenario de un eterno retorno que ya no emociona a nadie.
El rodaje de La muerte de Robin Hood tuvo lugar en Rumanía, un país que se ha convertido en el plató low-cost de Hollywood para cualquier película que necesite un castillo gótico o un bosque que parezca sacado de un cuento de los hermanos Grimm. Pat Scola, el director de fotografía, hace lo que puede con un presupuesto que parece ajustado al milímetro: planos oscuros, contraluces dramáticos y una paleta de colores que oscila entre el marrón sepia y el verde musgo, como si la película estuviera teñida con té frío. El problema no es la fotografía en sí, que es competente, sino que no hay nada detrás de ella. Cada encuadre parece diseñado para esconder la falta de ideas, como si Sarnoski y Scola hubieran decidido que la oscuridad visual compensaría la ausencia de profundidad narrativa. Y no, no funciona. Porque por mucho que ilumines un cadáver, sigue siendo un cadáver.
El reparto secundario es un desfile de caras conocidas que no tienen mucho que hacer. Bill Skarsgård, ese actor que parece condenado a interpretar villanos con problemas de ira, hace de un sheriff de Nottingham que ya no da miedo, sino pena. Murray Bartlett, que en The White Lotus demostró que puede ser hilarante y perturbador a la vez, aquí se limita a pasear por el castillo como si estuviera en un tour guiado. Y Noah Jupe, ese niño actor que parece sacado de un anuncio de cereales, interpreta a un joven escudero que mira a Robin Hood con una admiración que ya no se sostiene. Es como si todos supieran que están en una película que no se atreve a ser lo que quiere ser: ni un drama de redención, ni un thriller gótico, ni una reflexión sobre la vejez de los héroes. Es un Frankenstein narrativo, cosido con retazos de otras películas mejores y rematado con un final que intenta ser emotivo pero acaba siendo predecible.
Dirección y puesta en escena: el purgatorio de los héroes cansados
Michael Sarnoski no es un mal director, pero La muerte de Robin Hood es una película que parece hecha por alguien que ha visto demasiadas películas sobre héroes en crisis. Cada escena está cargada de simbolismo obvio: las sombras que se alargan como dedos acusadores, los espejos que reflejan versiones distorsionadas de Robin Hood, los pájaros que graznan como si supieran que algo malo va a pasar. Es como si Sarnoski hubiera leído un manual de cine de autor y hubiera decidido aplicar todas las reglas al pie de la letra, sin darse cuenta de que el exceso de estilo acaba ahogando la sustancia. Hay un momento en el que Robin Hood, herido y débil, intenta disparar una flecha y falla. La cámara se detiene en su rostro sudoroso, en sus manos temblorosas, en el arco que se le escapa de los dedos. Es un plano efectivo, sí, pero también es un momento que hemos visto mil veces antes, en películas mejores y peores. La diferencia es que aquí no hay nada nuevo que decir.
El guion, escrito también por Sarnoski, intenta darle profundidad a un personaje que, seamos honestos, nunca la tuvo. Robin Hood no es Hamlet, ni siquiera es Macbeth. Es un tipo con un arco y una obsesión por robar a los ricos, y por mucho que le añadas monólogos sobre la culpa y la redención, sigue siendo un tipo con un arco. El problema no es que el guion sea malo, sino que es demasiado ambicioso para lo que es. Quiere ser El padrino pero acaba siendo un episodio alargado de Vikings. Hay diálogos que suenan profundos pero que, en realidad, son lugares comunes disfrazados de filosofía barata. "La violencia no es justicia", le dice Jodie Comer a Robin Hood en un momento dado. "¿Y qué es, entonces?", responde él. Y ahí se queda la conversación, como si Sarnoski hubiera querido dejar una pregunta en el aire pero no supiera cómo responderla. Spoiler: no lo hace.
Actuaciones: el último cartucho de un reparto perdido
Hugh Jackman sigue siendo Hugh Jackman. Es decir, un actor que parece incapaz de envejecer, con una mandíbula que podría cortar diamantes y unos bíceps que desafían las leyes de la física. Pero incluso él tiene sus límites, y en La muerte de Robin Hood se nota que está cansado. No físicamente, claro, porque el hombre sigue pareciendo un dios griego tallado en madera de roble, sino emocionalmente. Su Robin Hood es un hombre roto, sí, pero también es un personaje que ya no tiene nada que ofrecer. Jackman lo interpreta con una solemnidad que a veces roza lo ridículo, como si estuviera en una obra de teatro de secundaria y no en una película de Hollywood. Hay momentos en los que parece que está a punto de llorar, pero se contiene en el último segundo, como si supiera que un Robin Hood llorón no es exactamente lo que el público espera. Y tiene razón: no lo es.
Jodie Comer, en cambio, es la única que parece estar en otra película. Su personaje, una mujer misteriosa que podría ser una bruja, una santa o simplemente una enfermera con muy mala leche, tiene una presencia magnética. Cada vez que aparece en pantalla, la película parece cobrar vida, como si alguien hubiera abierto una ventana en una habitación llena de humo. Comer no necesita gritar ni hacer aspavientos para llamar la atención: le basta con una mirada, un gesto, una pausa en el diálogo. Es una actriz que entiende que el silencio a veces dice más que mil palabras, y en una película tan ruidosa como esta, su actuación es un oasis de calma. El problema es que el guion no le da suficiente material para trabajar. Su personaje es interesante, sí, pero también es un deus ex machina con patas: aparece de la nada, ofrece redención a Robin Hood y desaparece cuando ya no es necesaria. Es como si Sarnoski hubiera escrito su papel en el último momento, como un parche para tapar los agujeros de la trama.
El resto del reparto es, en el mejor de los casos, funcional. Bill Skarsgård hace lo que puede con un sheriff de Nottingham que ya no da miedo, sino pena. Murray Bartlett, que en The White Lotus demostró que puede ser hilarante y perturbador a la vez, aquí se limita a pasear por el castillo como si estuviera en un tour guiado. Y Noah Jupe, ese niño actor que parece sacado de un anuncio de cereales, interpreta a un joven escudero que mira a Robin Hood con una admiración que ya no se sostiene. Es como si todos supieran que están en una película que no va a ninguna parte, pero decidieran seguir adelante de todos modos, como actores en una obra de teatro que nadie quiere ver.
Lo mejor
- La actuación de Jodie Comer: No exagero si digo que salva la película de ser un desastre absoluto. Cada escena en la que aparece es un recordatorio de lo que el cine puede ser cuando los actores entienden a sus personajes.
- La fotografía de Pat Scola: Hay planos oscuros, contraluces dramáticos y una paleta de colores que oscila entre el marrón sepia y el verde musgo. No es revolucionaria, pero es competente y, en algunos momentos, incluso hermosa.
- El diseño de producción: El castillo en el que transcurre gran parte de la película es impresionante, con pasillos estrechos, escaleras de caracol y habitaciones que parecen sacadas de una pesadilla gótica. Da la sensación de que alguien se tomó en serio la ambientación.
- La banda sonora: No es memorable, pero cumple su función. Hay momentos en los que la música eleva las escenas, especialmente en los momentos más dramáticos.
Lo peor
- El guion de Michael Sarnoski: Intenta ser profundo, pero acaba siendo pretencioso. Hay diálogos que suenan a filosofía barata y una trama que parece cosida con retazos de otras películas mejores.
- La falta de originalidad: Robin Hood ya ha muerto mil veces en el cine, y esta versión no aporta nada nuevo. Es como ver un remake de un remake de un remake.
- Hugh Jackman fuera de su elemento: No es culpa suya, pero su Robin Hood es un personaje que ya no tiene nada que ofrecer. Su actuación es solemne hasta la extenuación, como si estuviera en una obra de teatro de secundaria.
- El ritmo desigual: La película empieza con fuerza, pero pierde fuelle a mitad de metraje. Hay escenas que se alargan innecesariamente y otras que parecen cortadas con prisa.
- El final predecible: No voy a spoilear nada, pero digamos que no es exactamente una sorpresa. Es el tipo de final que ves venir desde el primer acto y que, sin embargo, la película insiste en presentar como un giro impactante.
El Veredicto de Claqueta Ácida
La muerte de Robin Hood no es una mala película, pero tampoco es una buena película. Es, en el mejor de los casos, un ejercicio de estilo que no termina de encontrar su voz. Michael Sarnoski intenta darle un giro oscuro al mito, pero acaba tropezando con los mismos clichés que lleva décadas lastrando a este personaje. Hugh Jackman hace lo que puede con un papel que ya no tiene nada que ofrecer, y Jodie Comer salva los muebles con una actuación que demuestra, una vez más, que es una de las mejores actrices de su generación. El problema es que ni siquiera ella puede salvar una película que parece hecha por alguien que ha visto demasiadas películas sobre héroes en crisis. Al final, La muerte de Robin Hood es como su protagonista: un mito cansado que no sabe cuándo rendirse. 💀
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La muerte de Robin Hood: preguntas frecuentes
- ¿Qué nota tiene "La muerte de Robin Hood" en Claqueta Ácida?
- "La muerte de Robin Hood" tiene una nota de 6.5/10 en Claqueta Ácida según el análisis publicado por Dr. Cinismo.
- ¿Merece la pena ver "La muerte de Robin Hood"?
- Con reservas. Le damos un 6,5/10 (Ácido Cítrico), nuestra categoría para obras irregulares que tienen algo que rescatar.
- ¿Quién dirigió la película "La muerte de Robin Hood"?
- "La muerte de Robin Hood" fue dirigida por Michael Sarnoski.
Ficha de Daños Colaterales en Sala
Certificado de impacto psicofísico emitido por Dr. Cinismo
3 amagos en el tramo intermedio; pestañeo pesado en las transiciones más innecesarias.
Un par de miradas al reloj en el tramo intermedio, comprobando cuánto quedaba de suplicio.
2 espressos para no dejarse vencer por la mediocridad cómoda.
"A mitad del segundo acto cuando la subtrama secundaria empezó a pesar más de lo que aportaba."
💬 El Veredicto de la Comunidad
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