La constelación del perro — El crepúsculo desvaído del último Ridley Scott
Ridley Scott adapta la elegía postapocalíptica de Peter Heller con su habitual músculo visual, pero vaciando el relato de toda herida humana. 💀
Crítica de La constelación del perro
A una edad en la que la inmensa mayoría de los cineastas de su generación disfrutan de un plácido retiro entre retrospectivas homenajes y libros de memorias, Sir Ridley Scott continúa operando con la ferocidad productiva y la implacable disciplina logística de un capataz del Renacimiento. Capaz de alternar batallas campales en el desierto numidio con duelos decimonónicos y fastos napoleónicos sin pestañear, el octogenario realizador británico rueda más rápido, con más cámaras simultáneas en batería y con un control de costes más quirúrgico que cualquier colega con la mitad de sus años. Esa apabullante solvencia técnica, sin embargo, enmascara desde hace más de una década un síntoma preocupante en su obra tardía: una alarmante frialdad dramática, una incapacidad casi patológica para interesarse de verdad por el destino de las criaturas humanas que deambulan por sus imponentes lienzos visuales.
La constelación del perro (The Dog Stars), adaptación de la novela homónima de Peter Heller firmada por el guionista Mark L. Smith (El renacido, Cielo de medianoche), era precisamente el tipo de materia prima que demandaba la respiración íntima y la pausa contemplativa de un cineasta dispuesto a mancharse de barro y melancolía. El punto de partida sitúa al espectador en un aeródromo desértico de Colorado una década después de que una letal pandemia viral de gripe haya borrado de la faz de la Tierra a más del noventa por ciento de la población. Allí sobrevive Hig (Jacob Elordi), un viudo desconsolado cuya única conexión con la vida son los paseos en su avioneta Cessna monomotor de 1956 y la compañía de su perro Jasper, obligados a convivir en un frágil pacto de no agresión con Bangley (Josh Brolin), un veterano de armas misántropo y letal que custodia el perímetro contra cualquier intruso.
Cuando una voz borrosa y entrecortada por las interferencias estáticas resuena a través de la radio de la avioneta desde una cordillera lejana, Hig decide arriesgarlo todo en una travesía aérea hacia lo desconocido para averiguar si queda alguien ahí fuera capaz de pronunciar su nombre. Lo que en la prosa lírica y fragmentaria de Heller constituía una hermosa elegía sobre el duelo, la pesca de truchas en ríos olvidados y la insoportable belleza de un planeta que sigue floreciendo tras el fin de la humanidad, en manos de Scott Free Productions se transmuta en un thriller de supervivencia seco, apresurado y formalmente acorazado contra la emoción.
Dirección y ritmo: La máquina de rodar de Scott contra la poesía de la desolación
Ridley Scott es genéticamente incapaz de componer un plano feo o desequilibrado. Apoyado en la dirección de fotografía de Erik Messerschmidt (Mank, El asesino), el filme regala algunos de los planos aéreos más majestuosos, nítidos y deslumbrantes que el cine postapocalíptico reciente ha conocido. La inmensidad de las Rocosas bañadas en la luz glacial del amanecer digital transmite con crudeza la sobrecogedora indiferencia del cosmos ante la tragedia humana.
El problema cardinal es que Scott no confía en el silencio. Su instinto de narrador comercial forjado en la tiranía del ritmo le impide dejar que la cámara repose en la soledad abisal de su protagonista. Cada vez que la narración amenaza con demorarse en la contemplación de un hangar ruinoso o en el ritual mecánico de reparar un motor con piezas de desguace, la realización inserta con furgón blindado una emboscada con merodeadores, un sobresalto pirotécnico o un tiroteo que devuelve el relato a los cauces más transitados del cine de acción de supervivencia.
El montaje resultante exhibe una paradójica urgencia que neutraliza la premisa. En lugar de sentir el peso asfixiante de diez años de aislamiento y monotonía, la película avanza a trompicones mediante una lista de tareas cumplimentadas con prisa funcionarial: vigilar el pozo de agua, abatir a los invasores, reparar la hélice, despegar y resolver el conflicto sentimental en el último tramo. El mundo se ha extinguido, pero el plan de rodaje de Scott debe cumplirse sin horas extras.
Interpretaciones y personajes: Josh Brolin y Jacob Elordi en el búnker del desencanto
Jacob Elordi continúa afianzando su estatus como uno de los actores jóvenes más magnéticos y comprometidos de su generación. Lejos del envoltorio de galán adolescente que le vio nacer mediáticamente, el intérprete australiano encarna a Hig con una vulnerabilidad física admirable, doblando sus casi dos metros de estatura para transmitir la pesadumbre de un hombre que camina pidiendo disculpas por seguir respirando. En los escasos pasajes donde el libreto le permite estar a solas con su perro o contemplar el horizonte desde la cabina, Elordi logra proyectar una soledad antigua y conmovedora.
A su lado, Josh Brolin despliega su habitual oficio de viejo zorro del desierto. Su Bangley es una mole de pragmatismo y pólvora, un francotirador que prefiere disparar primero y no preguntar jamás. La química entre la inocencia herida de Elordi y la sequedad amarga de Brolin constituye, con diferencia, el mayor acierto dramático de la cinta: dos supervivientes que se necesitan para respirar pero que se niegan a mirarse a los ojos para no admitir su propia fragilidad.
Lamentablemente, el tramo final de la historia dinamita estos aciertos. La irrupción de Margaret Qualley como Cima se produce de forma tan precipitada y el guion de Mark L. Smith resuelve su encuentro con tales atajos melodramáticos que el renacimiento de la esperanza parece un trámite de catálogo antes que un milagro cósmico. Actores de fuste como Guy Pearce o Allison Janney apenas tienen un puñado de planos fugaces antes de ser devorados por la vorágine de la resolución.
Fotografía y textura: El digital clínico de Messerschmidt que sofoca el alma
En el plano artesanal, la labor de Messerschmidt es de una pureza técnica innegable, pero ejemplifica el filo de doble filo de la cinematografía digital hiperdefinida. Todo luce excesivamente limpio, perfilado y quirúrgico. La mugre del mono de vuelo de Hig, el polvo del desierto y la sangre reseca parecen aplicados con pincel de maquillaje cinco minutos antes de rodar, desprovistos de esa densidad orgánica, grasienta y decadente que inmortalizó los universos táctiles del primer Ridley Scott en Alien o Blade Runner.
La partitura de Harry Gregson-Williams se refugia en drones atmosféricos y pasajes fúnebres de violonchelo que acompañan la travesía con elegancia, pero carece de un tema central con la potencia lírica necesaria para elevar el vuelo de la avioneta a la categoría de experiencia trascendente. Cuando estallan los disparos, el diseño de sonido atruena con una pegada hiperrealista impecable, pero la falta de calado emocional en los personajes hace que el estruendo resulte inocuo.
Lo mejor
- La verdad interpretativa de Jacob Elordi: Construye un protagonista doliente y creíble que trasciende el corsé del héroe postapocalíptico convencional.
- La prodigiosa fotografía aérea de Erik Messerschmidt: Composiciones panorámicas de las Rocosas que cortan el aliento y demuestran la indiscutible maestría visual de Scott.
- El pulso entre Elordi y Josh Brolin: La dialéctica entre el superviviente que aún conserva la poesía y el perro de presa militar que solo confía en el plomo.
Lo peor
- La frialdad emocional de la dirección: La máquina productiva de Ridley Scott arrolla la melancolía lírica de la novela en favor de una eficacia narrativa desalmada.
- El precipitado desenlace amoroso: El encuentro con Margaret Qualley carece del tiempo y la respiración necesarios para que el milagro dramático resulte creíble.
- Los peajes de acción comercial: Escaramuzas rutinarias con merodeadores introducidas artificialmente para satisfacer al público de multicine.
- Una textura visual desinfectada: El acabado digital luce demasiado pulcro para un mundo que lleva diez años pudriéndose al sol.
El Veredicto de Claqueta Ácida
La constelación del perro es una imponente catedral de cristal levantada en mitad de un páramo donde no sopla el viento. Ridley Scott demuestra que sigue siendo un titán imbatible a la hora de orquestar la logística de una gran producción y filmar aviones antiguos recortados contra cielos crepusculares, pero su legendario distanciamiento emocional le impide descender a tierra para palpar las cenizas de la pérdida. Jacob Elordi y Josh Brolin aportan sangre y corazón a un relato que se empeña en contemplar el apocalipsis desde diez mil pies de altura, blindado tras la ventanilla de un vuelo en primera clase. Deslumbrante como espectáculo plástico, pero gélida como la nieve que cubre sus cumbres mudas. 💀
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La constelación del perro: preguntas frecuentes
- ¿Qué nota tiene "La constelación del perro" en Claqueta Ácida?
- "La constelación del perro" tiene una nota de 5.8/10 en Claqueta Ácida según el análisis publicado por Lúa Ácida.
- ¿Merece la pena ver "La constelación del perro"?
- Con reservas. Le damos un 5,8/10 (Ácido Cítrico), nuestra categoría para obras irregulares que tienen algo que rescatar.
- ¿Quién dirigió la película "La constelación del perro"?
- "La constelación del perro" fue dirigida por Ridley Scott.
- ¿Dónde ver online "La constelación del perro"?
- "La constelación del perro" se encuentra disponible en: En cines (España).
Ficha de Daños Colaterales en Sala
Certificado de impacto psicofísico emitido por Lúa Ácida
3 bostezos continuados durante los extensos vuelos en avioneta sin diálogo del segundo acto.
Alguna consulta furtiva al móvil en el segundo acto. Nada que no se perdone.
Café de termo oxidado, bebido a la intemperie mientras se espera que pase la tormenta.
"El tiroteo forzado contra los merodeadores para que el público de multicine no exija la devolución de la entrada."
La réplica de Odin Lagbert (Gran Académico del Cinismo)
En desacuerdo frontal con la valoración emitida por Lúa Ácida.
“Lúa le reprocha a Scott su pulso de orfebre; pocos cineastas con casi noventa años son capaces de filmar el vuelo sobre un mundo extinto con semejante economía formal y majestuosidad plástica.
💬 El Veredicto de la Comunidad
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