Lo inevitable — El apocalipsis que no salvó ni al guion
Fercks Castellani nos regala un fin del mundo enlatado: cuatro paredes, cinco actores y un salvador que huele a sermón barato. ¿Arte? Ni en el Juicio Final.
Crítica de Lo inevitable
El fin del mundo nunca había sido tan aburrido. Ni siquiera cuando Dios se tomó un café y se olvidó de apagar el sol. Lo inevitable, el último engendro de Fercks Castellani, llega con la pompa de un thriller existencial y la profundidad de un charco después de la lluvia. Promete tensión, fe y redención, pero entrega cuatro paredes, cinco actores y un guion que parece escrito en una servilleta de bar entre tragos de Fernet. No es cine de apocalipsis; es un reality show religioso donde el premio es no morir… o algo así. Spoiler: nadie gana.
Castellani no es ningún novato, pero aquí parece empeñado en demostrar que el infierno no son los otros, sino su propia dirección. Con un presupuesto que huele a crowdfunding y una productora (Lunfardo Films) que suena a grupo de teatro amateur, el director argentino nos mete en una casa de campo que podría ser cualquier Airbnb de provincia. Las paredes sudan clichés: crucifijos colgando como decoración de Halloween, velas que parpadean más que las neuronas de los personajes y un silencio que no es opresivo, sino incómodo, como cuando tu tío empieza a hablar de política en Navidad. La premisa es simple: el mundo se acaba, una familia se esconde y un intruso llega diciendo que es «el salvador». ¿El problema? Que ni el intruso se lo cree.
La fotografía de Eduardo Pinto es lo único que salva a esta película de ser un snuff film de la paciencia. Pinto, que ya demostró oficio en La cordillera, juega con sombras alargadas y tonos terrosos que recuerdan a los westerns de Clint Eastwood, pero en versión low cost. Hay un plano secuencia al inicio, cuando la familia entra en la casa, que es pura elegancia: la cámara se mueve como un fantasma, iluminando rostros tensos y objetos que parecen cargados de significado. Lástima que ese significado se diluya en cuanto Luciano Cáceres abre la boca. Porque aquí, amigos, el guion es el verdadero anticristo.
El diálogo es tan forzado que parece sacado de un taller de escritura creativa para adolescentes. Frases como «¿Y si todo esto es una prueba?» o «Dios no nos abandonaría» suenan a sermón de telepredicador, no a conversaciones entre seres humanos al borde del apocalipsis. Castellani, que también firma el guion, parece obsesionado con la idea de que la fe se mide en frases grandilocuentes, no en acciones. Y así, los personajes se pasan 85 minutos debatiendo si el intruso es un mesías o un psicópata, mientras el mundo se desmorona fuera de plano. Literalmente: el sonido de explosiones lejanas es tan genérico que podría ser el audio de un videojuego de los 90.
Dirección: El apocalipsis según PowerPoint
Fercks Castellani dirige como si tuviera miedo de que la cámara le muerda. Los planos son estáticos, los encuadres predecibles y el montaje tan conservador que parece editado por un funcionario de Hacienda. Hay una escena clave, cuando el «salvador» (Javier Godino) revela su verdadera naturaleza, que debería ser un momento de tensión máxima. En lugar de eso, Castellani opta por un primer plano de Godino sonriendo como un vendedor de enciclopedias, mientras la música de Nicolas Iaconis IV —que suena a banda sonora de telenovela turca— inunda la escena. El resultado es tan ridículo que da risa. No la risa buena, la de cuando ves a un tipo resbalar con una cáscara de plátano, sino la risa incómoda, la de «¿en serio esto es lo mejor que tienes?».
El problema no es la premisa, sino la ejecución. El cine de apocalipsis psicológico tiene grandes ejemplos: Take Shelter de Jeff Nichols, The Mist de Frank Darabont o incluso El día de la bestia de Álex de la Iglesia. Todas comparten una cosa: la tensión se construye con detalles, no con discursos. Castellani, en cambio, prefiere que sus personajes suelten monólogos como si estuvieran en un concurso de oratoria. Hay un momento en el que Juana Viale, interpretando a la matriarca de la familia, grita «¡No podemos rendirnos!» mientras agarra un crucifijo. La escena es tan sobreactuada que parece un meme de WhatsApp. Y lo peor es que no hay ironía. Castellani se lo toma en serio. Demasiado en serio.
El diseño de producción es otro punto flaco. La casa donde transcurre la acción parece sacada de un catálogo de Ikea: muebles funcionales, cuadros abstractos que nadie entiende y una cocina que huele a revival de los 70. No hay nada que indique que estamos en el fin de los tiempos. Ni polvo, ni suciedad, ni siquiera una maldita grieta en la pared. Es como si el apocalipsis hubiera pasado por alto esta casa en particular, como un repartidor de Glovo que se equivoca de dirección. Hasta el vestuario es decepcionante: los personajes visten como si fueran a un brunch dominical, no como si el mundo estuviera a punto de acabarse. Daryna Butryk, que interpreta a la hija adolescente, lleva unos jeans ajustados y una camiseta de band que parece sacada de un after de festival indie. ¿Dónde está el drama? ¿Dónde está la suciedad? ¿Dónde está el pathos?
Actuaciones: Cinco actores y un guion que los odia
El reparto hace lo que puede con lo que tiene, que no es mucho. Luciano Cáceres, un actor con más carisma que un influencer de fitness, intenta darle profundidad a su personaje, un padre de familia que oscila entre la fe y la desesperación. Pero el guion lo condena a repetir frases como «Tenemos que confiar» con la convicción de un político en campaña. Hay un momento en el que Cáceres mira por la ventana y susurra «Dios mío», y por un segundo crees que va a romper la cuarta pared y decir «¿En serio, Castellani?». Pero no. Sigue adelante, como un soldado en una guerra que ya perdió.
Juana Viale, por su parte, parece salida de una telenovela de las 3 de la tarde. Su personaje, la madre, es una mezcla de beata y yogui new age, con frases como «El universo nos está poniendo a prueba». Viale actúa con la intensidad de quien está leyendo un script por primera vez, y el resultado es tan artificial que duele. Cuando llora, lo hace con la misma emoción con la que una influencer llora en un unboxing de maquillaje. No hay verdad en su dolor, solo técnica. Y mala.
El único que parece estar en otra película es Carlos Portaluppi. Su personaje, un tío escéptico y cínico, es el único que suena humano. Portaluppi, con esa mirada de «yo he visto cosas que vosotros no creeríais», le da un toque de realismo a un elenco que parece perdido en un escape room mal diseñado. Hay una escena en la que Portaluppi le dice al «salvador»: «Si eres el mesías, ¿por qué no tienes barba ni sandalias?». Es el único momento de la película en el que el humor funciona, porque es involuntario. Castellani no se da cuenta de que está haciendo una broma, pero el público sí. Y eso, queridos lectores, es lo más triste de todo.
Javier Godino, como el intruso, es el peor parado. Su personaje es una mezcla de Jesucristo y un coach motivacional, con una sonrisa que parece pegada con superglue. Godino intenta darle misterio, pero el guion lo traiciona: cada vez que abre la boca, suena a infomercial de madrugada. «El fin no es el fin, es un nuevo comienzo», dice en un momento. Sí, Javier. Y el cine argentino también necesita uno.
Lo mejor
- La fotografía de Eduardo Pinto: Pinto salva lo que puede con una paleta de colores terrosos y sombras alargadas que recuerdan al mejor cine de suspense. Hay un plano secuencia al inicio que es pura elegancia, y algunos encuadres de los rostros de los actores logran transmitir más tensión que todo el guion.
- Carlos Portaluppi: El único que parece haber entendido que esto es una película, no un sermón. Su escepticismo es el único antídoto contra el melodrama barato del resto del elenco.
Lo peor
El guion: Frases grandilocuentes, diálogos de autoayuda y un «salvador» que suena a estafa piramidal. Castellani escribe como si el apocalipsis fuera un TED Talk*.
Las actuaciones: Juana Viale y Luciano Cáceres parecen perdidos en un reality* de supervivencia. Solo Portaluppi logra escapar del naufragio.
La música de Nicolas Iaconis IV: Suena a banda sonora de telenovela turca. Cada vez que aparece el «salvador», la música se vuelve tan invasiva que parece un jingle* de supermercado.
El diseño de producción: La casa parece un showroom* de muebles suecos. Ni una grieta, ni una mancha, ni un detalle que indique que el mundo se está acabando.
- El ritmo: 85 minutos que se sienten como tres horas. Castellani no sabe construir tensión, así que opta por alargar las escenas hasta que el público se duerma.
El Veredicto de Claqueta Ácida
Lo inevitable es el tipo de película que te hace preguntarte si el apocalipsis no sería, al fin y al cabo, una bendición. Fercks Castellani tenía una oportunidad de oro para explorar la fe, el miedo y la redención en un contexto extremo, pero optó por el camino fácil: diálogos de cartón, actuaciones de casting de feria y un final que no salva ni a la productora. La fotografía de Eduardo Pinto es lo único que brilla en este lodazal de buenas intenciones y malas decisiones. Si el infierno existe, seguro que proyectan esta película en bucle. Y lo peor es que ni siquiera es tan mala como para ser divertida. Es simplemente… inevitable. 💀
Lo inevitable: preguntas frecuentes
- ¿Qué nota tiene "Lo inevitable" en Claqueta Ácida?
- "Lo inevitable" tiene una nota de 4.2/10 en Claqueta Ácida según el análisis publicado por Valeria Von Doom.
- ¿Merece la pena ver "Lo inevitable"?
- No. Le damos un 4,2/10 (Ácido Sulfúrico), nuestra categoría para lo que no recomendamos.
- ¿Quién dirigió la película "Lo inevitable"?
- "Lo inevitable" fue dirigida por Fercks Castellani.
Ficha de Daños Colaterales en Sala
Certificado de impacto psicofísico emitido por Valeria Von Doom
6 bostezos, 2 con quejido audible distribuidos con inquietante regularidad.
Más miradas al reloj que planos memorables, y ninguna trajo buenas noticias.
2 espressos triples o aceptar la derrota con dignidad.
"Desde el primer acto, cuando quedó claro que nadie en la sala de montaje había visto la película completa."
💬 El Veredicto de la Comunidad
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