Mother Mary
El videoclip de un exorcismo pop en la pasarela del dolor
Entrar a Mother Mary sin saber exactamente a qué clase de altar te estás acercando es la mejor forma de someterse a la experiencia. Tras haber conquistado la lírica existencialista de la memoria con la ya incontestable A Ghost Story y haber reimaginado el mito artúrico bajo un prisma verde, lisérgico e hipnótico en El caballero verde*, el cineasta tejano David Lowery regresa para firmar su propuesta más kamikaze, descarada y sensorialmente abrasadora. Olvidaos por completo de los biopics musicales complacientes estilo Hollywood, de los telefilmes sobre juguetes rotos o de los dramas convencionales sobre los estragos de la fama: lo que Lowery articula aquí es, lisa, llana y brutalmente, la filmación en alta fidelidad del videoclip de un exorcismo.
La arquitectura del trauma: El diseño de producción como templo pagano
Uno de los grandes aciertos de la película —y donde el sello de auteur de Lowery resulta aplastante— es su monumental diseño de producción, capitaneado por Francesca Di Mottola. Los espacios en Mother Mary no son meros decorados funcionales; son catedrales de la vanidad y santuarios litúrgicos donde el proceso creativo devora a sus propias sacerdotisas. La transición entre la asepsia casi quirúrgica de los atelieres de alta costura y la imponente escala de los escenarios pop construye un ecosistema opresivo a pesar de sus dimensiones gigantescas.
El eje vertebrador es el taller de trabajo de Sam (Michaela Coel): una monumental nave de 14 metros de altura rodeada de madera drenada de color y sombras densas, que transforma lo que debería ser un espacio artesanal diáfano en una jaula claustrofóbica donde los maniquíes inertes observan como testigos mudos. Di Mottola establece una brillante continuidad espacial: las vigas oscuras y la sobriedad del granero rural se replican mediante patrones de luz en los camerinos circulares de 360 grados cubiertos de espejos y en los estadios multitudinarios. No hay un solo objeto, superficie reflectante o pasarela colocada al azar; la arquitectura encierra la locura y fuerza la colisión inevitable de los egos.
La sastrería del dolor: Bina Daigeler y el vestuario como armadura y mortaja
Si la arquitectura edifica la celda, el vestuario firmado por la magistral Bina Daigeler (Tár, Volver) dicta el dolor de sus habitantes. En Mother Mary, la ropa no es atrezo de alta costura: es una armadura emocional, una manifestación física del trauma y una mortaja de sacrificio.
Daigeler concibe las creaciones de Sam (Michaela Coel) como piezas esculturales y opresivas. Hombreras afiladas, corsés rígidos que parecen corazas metálicas y cueros pesados aprisionan el cuerpo de la diva (Anne Hathaway) para contener su colapso psicológico. Sin embargo, conforme el "exorcismo pop" avanza, el vestuario se fractura hacia telas deshilachadas, gasas fluidas y tonos rojo sangre que transforman la elegancia en un atuendo sagrado de expiación. Cada costura que Coel ejecuta en pantalla se siente como una cicatriz; el acto de vestir o desvestir a la estrella es el terreno de batalla más visceral y sangriento de la cinta.
«David Lowery no rueda el éxito de una estrella pop; filma la destrucción acelerada de una identidad convertida en mito dentro de un altar de trapos, espejos, hormigón y neón.»
La cámara espectral: Fotografía anamórfica y expresionismo cromático
Si la película se siente como un trance febril, la responsabilidad visual recae sobre Andrew Droz Palermo, fotógrafo de confianza de Lowery. Palermo rueda en formato anamórfico 2x, inyectando una leve distorsión en los bordes del encuadre que simula las grietas psicológicas de las protagonistas.
El uso del color por parte de Palermo huye de lo puramente decorativo para trazar un mapa dramático radical:
- Sombras sobrias y tonos desaturados: En la intimidad del taller, la luz cae suave sobre la piedra y la madera, esculpiendo los rostros en penumbra y acentuando la gestualidad contenida de Michaela Coel.
- Fuego e hipnosis cromática: En los ensayos y conciertos, la fotografía muta hacia una paleta estruendosa de ámbares, dorados y focos blancos abrasadores.
Además, el uso recurrente del deep focus (gran profundidad de campo) mantiene el entorno gigante —el estadio o el taller— siempre presente detrás de las actrices, haciendo que sintamos el peso físico de las paredes aplastando a los personajes.
El ritual estético: Sonido, música y vestuario como armadura
El despliegue formal es deslumbrante. El diseño de sonido convierte el latido sintético de la pista de baile y el choque metálico de las telas en un murmullo litúrgico e insoportable. A su vez, el vestuario funciona como una sofisticada armadura ritual conceptualizada para contener el inminente colapso de la estrella. No hay un solo pliegue ni una costura en Mother Mary que carezca de sentido simbólico; en un entorno frívolo a priori como la moda global, el equipo artístico logra transformar cada diseño en una reliquia pagana orientada al sacrificio.
«David Lowery no rueda el éxito de una estrella pop; filma la destrucción acelerada de una identidad convertida en mito dentro de una catedral de espejos, hormigón y neón.»
A este asalto visual se le suma una banda sonora de una contundencia atronadora. Las composiciones orgánicas y melancólicas de Daniel Hart colisionan de frente con el pulso pop electrónico de Jack Antonoff y Charli XCX. La música aquí no acompaña suavemente a las escenas: es la fuerza invasora que posee a las actrices en pantalla, imponiendo un ritmo psicótico entre el delirium tremens y la catarsis mística.
El duelo de miradas: La contención volcánica frente al histrionismo
Pese a la vertiginosa puesta en escena, el guion sostiene el peso del relato en la colisión de sus intérpretes. Sorprende la maestría con la que la cinta mantiene una tensión angustiosa apoyándose, en esencia, en un triángulo dramático mínimo.
Por un lado tenemos a una Anne Hathaway desatada, firmando una de las entregas físicas y emocionales más viscerales de toda su carrera, desbordando rabia, neurosis y vulnerabilidad. Sin embargo, la auténtica revelación y el eje magnético que desbarata la película desde dentro es Michaela Coel.
Interpretando a Sam, la diseñadora de moda encargada de esculpir el nuevo icono de la diva, Coel despliega una presencia en pantalla sencillamente descomunal. Posee una mirada penetrante, jeroglífica, casi mitológica; te impide adivinar si su personaje encarna la salvación, el deseo carnal o una deidad antigua exigiendo tributo. Michaela Coel no necesita alzar la voz para dominar el plano: le basta un parpadeo, una postura pétrea o un silencio helado para eclipsarlo todo.
Completando este cosmos de egos fracturados gravita Hunter Schafer en el rol de Hilda. Schafer aporta una réplica indispensable que añade textura a la red de manipulaciones y devoción artística que une al trío. Con intervenciones cortantes e intensas, demuestra una madurez actoral insólita, funcionando como el único ancla posible entre el delirio creativo de la pasarela y la cruda realidad.
Catarsis psicodramática: ¿Dónde demonios ubicamos Mother Mary?
Para quienes se acerquen a la filmografía de David Lowery por primera vez con este título, la sensación de desorientación está garantizada. Mother Mary remite de inmediato a la fijación por la belleza caníbal de The Neon Demon de Nicolas Winding Refn, pero desprovista de su vacuidad nihilista. Mantiene, además, la deconstrucción de la diva herida vista en Vox Lux de Brady Corbet, pero sustituyendo el comentario social por un viaje puramente introspectivo e iconográfico.
Hay tramos de verdadero frenesí escénico que recuerdan al ritmo lisérgico e incansable de Climax de Gaspard Noé, mezclados con ese combate encarnizado de egos de Cisne Negro (Black Swan) de Darren Aronofsky. Y sin embargo, el sello de Lowery sigue siendo inconfundible: esa pausa poética intercalada en mitad de la tormenta, ese ritmo que se frena de golpe para dejar que el silencio desgarre más fuerte que los altavoces de un estadio a reventar.
Lo mejor
- Michaela Coel: La presencia espectral de Michaela Coel: Una interpretación hipnótica y magnética sustentada en una mirada imborrable que se clava en la retina.
- Apartado técnico: El diseño de producción y apartado técnico: La arquitectura de decorados de Francesca Di Mottola, la fotografía anamórfica de Andrew Droz Palermo, el vestuario y el sonido forman un altar litúrgico insuperable.
- Riesgo formal: El riesgo formal de David Lowery: Tratar la industria del pop y la alta costura como un ritual de exorcismo y purga espiritual.
- Anne Hathaway: La entrega kamikaze de Anne Hathaway: Un trabajo visceral, desbordante y sin red de seguridad.
Lo peor
- Narrativa críptica: Su naturaleza críptica y esquiva: Su narrativa poética e indeterminada provocará urticaria a quien busque un drama lineal o un biopic al uso.
- Exceso estético: Exceso de celo estético: En pasajes puntuales, la apabullante belleza de los escenarios amenazar con eclipsar la carga soterrada del guion.
El Veredicto de Claqueta Ácida
Mother Mary es una alucinación sensorial brillante, incómoda, excesiva y rotundamente fascinante. David Lowery firma un trance cinematográfico de altísimo voltaje donde el pop se tiñe de paganismo y la alta costura actúa como la mortaja perfecta para una colección de egos en pleno colapso. Con un diseño de producción impresionante que convierte atelieres y escenarios en santuarios de la paranoia, una fotografía anamórfica envolvente, una Michaela Coel arrebatadora y un despliegue sonoro que exige ser experimentado en una sala a oscuras, estamos ante un exorcismo en toda regla que confirma a su director como uno de los estetas más audaces y poéticos del panorama contemporáneo. Una pieza desgarradora para devorar con el estómago encogido y los altavoces retumbando al límite. 💀
🎬 Tráiler Oficial
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Ficha de Daños Colaterales en Sala
Certificado de impacto psicofísico emitido por Odin Lagbert
Cero. La pantalla absorbió cada segundo de atención disponible.
Ni una sola mirada al móvil.
Ninguna. Esta obra no necesita muletas estimulantes.
"No aplica. La obra se sostiene sola."
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