Vox Lux — El precio de la fama - La oscuridad detrás del escenario
Una cantante de pop y su ascenso a la fama en 'Vox Lux: El precio de la fama'. ¿A qué precio?
Salí del cine con la sensación de que Brady Corbet había intentado estrangularme con una cinta de cassette de Britney Spears. No es una metáfora. Vox Lux no es una película, es un exorcismo mal ejecutado donde el director parece creer que gritar «¡fama!» mientras Natalie Portman se retuerce en un escenario es suficiente para ganar un Oscar. Spoiler: no lo es. Corbet, ese niño prodigio que pasó de actuar en Mysterious Skin a dirigir películas pretenciosas como The Childhood of a Leader, vuelve a caer en el mismo error: confundir solemnidad con profundidad. Aquí, el resultado es un pastiche de A Star Is Born mezclado con Black Swan, pero sin la gracia de Bradley Cooper ni el genio de Darren Aronofsky. Solo un montón de escenas oscuras, un guion que se cree más listo de lo que es, y una Natalie Portman que, por enésima vez, demuestra que puede hacer cualquier cosa… excepto salvar esta película.
La premisa es prometedora: una estrella del pop, Celeste, cuya vida se ve marcada por una tragedia nacional (un tiroteo en su escuela, porque en el cine de autor estadounidense todo debe llevar su dosis de trauma). La película salta entre su infancia, su adolescencia y su vida adulta, como si Corbet hubiera visto Moonlight y Bohemian Rhapsody en el mismo fin de semana y hubiera decidido que podía fusionarlas. El problema es que, mientras Barry Jenkins usaba el tiempo como un río emocional y Bryan Singer (sí, ese Bryan Singer) al menos sabía cómo montar un concierto, Corbet se limita a cortar entre escenas con la delicadeza de un hacha. Hay un momento en el que la joven Celeste (Raffey Cassidy, una actriz que merece algo mejor) canta en un funeral con una voz angelical, y de repente, corte seco, estamos en un camerino donde la Celeste adulta (Portman) se mete cocaína como si fuera azúcar glass. ¿El mensaje? La fama corrompe. Vaya, qué original. Si Corbet hubiera pagado derechos de autor por cada cliché sobre el mundo del espectáculo que repite, esta película habría costado 200 millones de dólares.
Pero hablemos de Natalie Portman, porque es lo único que salva a Vox Lux de ser un episodio alargado de Behind the Music. La mujer lleva años demostrando que puede interpretar desde una bailarina obsesiva hasta una asesina en Leon, pasando por una científica en Annihilation. Aquí, se come el escenario (literalmente, en una escena donde mastica chicle como si fuera su último acto de rebeldía). Su Celeste es una mezcla de vulnerabilidad y ferocidad, una mujer que ha construido un imperio sobre su dolor pero que, en el fondo, sigue siendo esa niña que cantaba en un funeral. Hay un plano secuencia en el que Portman camina por un pasillo de hotel, con la cámara siguiéndola como si fuera un documental de la BBC, y en ese momento, la película casi funciona. Casi. Porque justo después, Corbet la hace cantar una canción pop ridícula escrita por Sia (sí, esa Sia) que suena como si Lady Gaga y Lana Del Rey hubieran tenido un bebé en un laboratorio de música deprimente. El contraste entre la actuación de Portman y la música es tan forzado que parece una broma interna entre el director y su terapeuta.
Dirección y puesta en escena: El arte de hacer que lo pretencioso parezca profundo
Brady Corbet dirige Vox Lux como si estuviera resolviendo un cubo de Rubik con los ojos vendados. Cada plano parece calculado para decir: «Mira qué artista soy», pero termina diciendo: «Mira qué poco sé de ritmo». Hay una escena en la que la cámara gira 360 grados alrededor de Celeste mientras canta, como si Corbet hubiera visto Enter the Void una vez y hubiera decidido que eso era «cine de autor». El problema es que, mientras Gaspar Noé usaba ese recurso para sumergirte en un viaje psicodélico, Corbet lo usa para que no te duermas durante los diálogos interminables sobre la industria musical. La fotografía de Lol Crawley, que debería ser el punto fuerte de la película, oscila entre lo hermoso y lo pretencioso. Hay planos oscuros, llenos de sombras, que recuerdan al mejor trabajo de Roger Deakins, pero luego te encuentras con escenas iluminadas como si fueran un videoclip de los 2000, con luces de neón que parecen sacadas de un remake de Tron. Es como si Corbet y Crawley no se hubieran puesto de acuerdo en si querían hacer The Neon Demon o Manchester by the Sea.
El montaje es otro desastre. La película salta entre tres líneas temporales (la infancia de Celeste, su adolescencia y su vida adulta) sin ninguna lógica aparente. Hay momentos en los que parece que Corbet está jugando al memory con las escenas, como si hubiera olvidado que ya había mostrado esa parte de la historia. Y luego está el narrador, Willem Dafoe, cuya voz en off suena como si estuviera leyendo un ensayo universitario sobre la fama. «La fama es un monstruo que devora a sus hijos», dice en un momento, y tú te quedas pensando: «Sí, Willem, pero ¿por qué suenas como si estuvieras leyendo el menú de un restaurante vegano?». Dafoe, un actor que ha dado vida a algunos de los personajes más memorables del cine (The Lighthouse, Spider-Man), aquí parece un profesor de literatura aburrido. Su narración no añade nada, solo subraya lo obvio con la sutileza de un martillo.
Actuaciones: Natalie Portman salva los muebles (y poco más)
Natalie Portman es la razón por la que Vox Lux no se hunde como el Titanic. Su actuación es intensa, visceral, y en varios momentos, incómoda de ver. Hay una escena en la que Celeste, borracha y drogada, discute con su hermana (Stacy Martin, que hace lo que puede con un personaje escrito como un plot device), y Portman logra transmitir tanto dolor y rabia que casi olvidas que estás viendo una película sobre una cantante pop. Casi. Porque luego la película te recuerda que, oh sí, esto es una película sobre una cantante pop, y te lanza una secuencia musical que parece sacada de un episodio de Glee dirigido por David Lynch. Raffey Cassidy, que interpreta a la joven Celeste, también hace un trabajo notable. Tiene una escena en la que canta Wrapped Up (sí, esa canción que suena como si Sia hubiera escrito una nana para un asesino en serie) con una inocencia que contrasta con la oscuridad de la letra. Es el único momento en el que la película parece entender lo que está haciendo.
El resto del reparto es, en el mejor de los casos, olvidable. Stacy Martin, que ha demostrado en películas como Nymphomaniac que puede ser una actriz fascinante, aquí se limita a seguir las órdenes del guion como si fuera un robot. Jude Law, en un papel secundario como el manager de Celeste, parece estar en otra película. Su actuación es tan plana que te preguntas si Corbet le pagó en bitcoins y se arrepintió a mitad de rodaje. Y luego está Jennifer Ehle, que interpreta a la madre de Celeste. Ehle es una actriz fantástica, pero aquí su personaje es tan genérico que podrías reemplazarla con un maniquí y nadie notaría la diferencia. El guion de Corbet (coescrito con Mona Fastvold) tiene la profundidad emocional de un tweet de Donald Trump: repite los mismos temas una y otra vez (la fama es mala, el arte es sufrimiento, la familia es complicada) sin añadir nada nuevo. Es como si Corbet hubiera visto All About Eve y The Devil Wears Prada en un maratón y hubiera decidido que ya sabía todo lo que hay que saber sobre la industria del entretenimiento.
Apartado técnico: Cuando el estilo no puede salvar al fondo
La fotografía de Lol Crawley es, sin duda, lo mejor de Vox Lux. Hay planos que son pura poesía visual: la joven Celeste cantando en un funeral, iluminada por velas; la Celeste adulta en un camerino, con la luz de neón filtrándose por las cortinas; o ese momento en el que la cámara se aleja lentamente de Portman mientras canta en un estadio, como si el mundo entero se detuviera para escucharla. Crawley logra capturar la dualidad de la fama: la belleza y la fealdad, la luz y la oscuridad. Pero incluso su trabajo se ve lastrado por la falta de coherencia visual de Corbet. Hay escenas que parecen sacadas de un thriller psicológico, otras de un drama indie, y otras de un videoclip de los 90. Es como si Corbet hubiera tirado todos los estilos que le gustaban en una coctelera y hubiera servido el resultado sin filtrar.
La música, compuesta por Sia y Scott Walker (sí, ese Scott Walker), es otro punto conflictivo. Las canciones de Sia suenan como lo que son: música pop genérica escrita para una película. No tienen la chispa ni la originalidad de, por ejemplo, las canciones de A Star Is Born. Y luego está la partitura de Walker, que suena como si alguien hubiera grabado el sonido de un frigorífico roto y lo hubiera mezclado con coros gregorianos. Hay momentos en los que la música parece estar compitiendo con los diálogos, como si Corbet no hubiera decidido si quería hacer un musical o un drama. El diseño de sonido, por otro lado, es impecable. Los silbidos de las balas en la escena del tiroteo, los ecos de los conciertos, el sonido de la respiración de Celeste en los momentos más íntimos… todo está diseñado para sumergirte en el mundo de la película. Lástima que ese mundo sea tan confuso.
El diseño de producción, a cargo de Amy Silver, es otro aspecto que merece mención. Los escenarios, desde el apartamento de Celeste hasta los estadios donde actúa, están llenos de detalles que reflejan su personalidad: cuadros abstractos, muebles minimalistas, ropa que parece diseñada para una pasarela de París. Pero, una vez más, el problema es la falta de coherencia. Hay escenas que parecen sacadas de un biopic de Amy Winehouse, otras de un drama de los 70, y otras de un episodio de Euphoria. Es como si Corbet hubiera querido hacer una película sobre todos los aspectos de la fama, pero sin decidir cuál le interesaba más.
Lo mejor
- La actuación de Natalie Portman: No es solo que Portman se meta en la piel de Celeste, es que parece vivir dentro de ella. Hay una escena en la que, borracha y enfadada, discute con su hermana, y la rabia que transmite es tan real que duele. Es el tipo de actuación que te hace olvidar que estás viendo una película.
- La fotografía de Lol Crawley: Crawley logra capturar la esencia de la fama en imágenes: la luz y la oscuridad, la belleza y la decadencia. Hay planos que son pura poesía visual, como ese momento en el que la cámara se aleja de Celeste mientras canta en un estadio, como si el mundo entero se detuviera para escucharla.
- La química entre Natalie Portman y Raffey Cassidy: La conexión entre la Celeste adulta y la joven es palpable. Cassidy, en particular, hace un trabajo increíble interpretando a una versión más inocente de Celeste, y su escena cantando en el funeral es uno de los momentos más emotivos de la película.
- El diseño de sonido: Aunque la música no siempre funciona, el diseño de sonido es impecable. Los ecos de los conciertos, los silbidos de las balas, el sonido de la respiración de Celeste… todo está diseñado para sumergirte en el mundo de la película.
Lo peor
- El guion de Brady Corbet y Mona Fastvold: Es pretencioso, repetitivo y superficial. Corbet parece creer que gritar «¡fama!» una y otra vez es suficiente para hacer una película profunda, pero en realidad solo demuestra que no tiene nada nuevo que decir sobre el tema.
- El ritmo: La película es lenta, confusa y, en varios momentos, aburrida. Corbet no parece entender que el tiempo en el cine no es solo una cuestión de minutos, sino de tensión narrativa. Hay escenas que se alargan innecesariamente, mientras que otras se resuelven de manera abrupta.
- El narrador de Willem Dafoe: Dafoe es un actor increíble, pero aquí su narración suena como si estuviera leyendo un ensayo universitario. No añade nada a la historia, solo subraya lo obvio con la sutileza de un martillo.
- Las canciones de Sia: Suenan genéricas, como si Sia hubiera escrito música pop para una película sin molestarse en adaptarla al personaje de Celeste. No tienen la chispa ni la originalidad necesarias para elevar las escenas musicales.
- Los personajes secundarios: Son planos, genéricos y, en algunos casos, directamente olvidables. Stacy Martin, Jude Law y Jennifer Ehle hacen lo que pueden, pero el guion no les da nada con lo que trabajar.
El Veredicto de Claqueta Ácida
Vox Lux: El precio de la fama es como un pastel de lujo que sabe a cartón: parece impresionante a primera vista, pero en cuanto lo pruebas, te das cuenta de que algo falla. Brady Corbet tiene ambición, eso está claro, pero la ambición sin dirección es como un coche sin volante: vas a toda velocidad, pero no sabes hacia dónde. Natalie Portman salva lo que puede con una actuación que roza lo obsesivo, y Lol Crawley demuestra una vez más que es uno de los directores de fotografía más talentosos de su generación. Pero el guion es un desastre pretencioso, el ritmo es irregular, y las canciones de Sia suenan como si las hubieran compuesto en un taller de música pop para principiantes. Si lo que buscas es una película sobre la fama que no sea A Star Is Born, quizá Vox Lux te interese. Si lo que buscas es cine de verdad, sigue buscando. 💀🎬 Tráiler Oficial
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Ficha de Daños Colaterales en Sala
Certificado de impacto psicofísico emitido por Héctor Veneno
3 amagos en el tramo intermedio; pestañeo pesado en las transiciones más innecesarias.
Minuto 46 y minuto 66 (comprobando cuánto quedaba de suplicio).
2 espresso para no dejarse vencer por la mediocridad cómoda.
"A mitad del segundo acto cuando la subtrama secundaria empezó a pesar más de lo que aportaba."
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