Oldboy (2013) — El remake que nunca debió ser, o cómo Spike Lee se cargó un clásico con estilo
Spike Lee adapta 'Oldboy' y logra lo imposible: hacer aburrido un filme de venganza coreano. Josh Brolin sufre, pero no tanto como el espectador. 🔪💔
Salí del cine con la misma sensación que cuando te das cuenta de que has pagado veinte euros por una hamburguesa que sabe a cartón reciclado: decepción absoluta disfrazada de respeto por el nombre del chef. Spike Lee, un director que ha firmado joyas como Do the Right Thing y Malcolm X, decidió en 2013 que el mundo necesitaba un remake de Oldboy, la obra maestra de Park Chan-wook que en 2003 redefinió el cine de venganza con una mezcla de brutalidad, poesía visual y un giro final que dejaba al espectador con la boca abierta y el estómago revuelto. ¿El resultado? Un filme que parece una versión low-cost de sí mismo, como si alguien hubiera tomado el guion original, lo hubiera pasado por Google Translate y luego lo hubiera reescrito en una servilleta de bar durante un apagón. Josh Brolin, un actor que suele brillar incluso en proyectos mediocres, aquí parece un hombre perdido en un laberinto de clichés, condenado a repetir los mismos gestos de rabia y desesperación una y otra vez, como si alguien le hubiera dicho que la venganza consiste en gritar mucho y golpear cosas hasta que se rompan. Y no es culpa suya: el guion de Mark Protosevich es tan predecible que podrías adivinar cada giro con los ojos cerrados y un manual de Cómo escribir un thriller en 10 pasos de los que regalan en los aviones.
El problema no es que Spike Lee no entendiera el material original —aunque hay momentos en los que parece que lo ha visto una sola vez, en un iPad, mientras comía palomitas—. El problema es que decidió suavizarlo. Donde Park Chan-wook era visceral, Lee es pulcro. Donde el coreano jugaba con la ambigüedad moral y la violencia como herramienta narrativa, el estadounidense opta por un enfoque más palomitero, como si temiera que el público se fuera a ofender si el protagonista no tuviera un momento de redención o si el villano no tuviera una motivación tan profunda como un charco. El pulpo, ese elemento icónico del original que se convirtió en un símbolo de la crueldad del filme, aquí es reemplazado por una escena que intenta ser impactante pero acaba siendo ridícula, como si alguien hubiera dicho: "Oye, ¿y si en vez de un pulpo vivo usamos uno de goma y lo pintamos de rojo para que parezca más real?". Y así, con detalles como este, el remake se va desinflando poco a poco, como un globo pinchado con un alfiler de corbata.
El elenco, eso sí, hace lo que puede. Josh Brolin carga con el peso de la película como Joe Doucett, el ejecutivo publicitario secuestrado durante veinte años que sale al mundo real con más preguntas que respuestas. Brolin es un actor que sabe transmitir dolor con solo una mirada, pero aquí le han dado un personaje tan plano que parece sacado de un episodio de CSI: Miami. Elizabeth Olsen, en el papel de Marie Sebastian, la trabajadora social que se enamora de él, tiene la misma química con Brolin que un yogur caducado con una cuchara de plástico. Y luego está Sharlto Copley, que interpreta a Adrian Pryce, el villano de la función. Copley, un actor que suele brillar en papeles excéntricos, aquí parece estar en un concurso de ¿Quién puede poner la voz más aguda sin reírse?. Su interpretación es tan exagerada que en algunos momentos parece que está compitiendo por un premio a Mejor Villano de Telenovela, con una peluca rubia que parece sacada de un catálogo de disfraces de los 80 y una sonrisa que oscila entre lo siniestro y lo ridículo. Samuel L. Jackson, en un papel secundario, aparece y desaparece como un fantasma, dejando tras de sí un rastro de diálogos que suenan más a chiste malo que a amenaza creíble.
El rodaje de Oldboy (2013) no estuvo exento de polémicas. Según se rumorea en los foros de Reddit y en entrevistas con el equipo, el guion sufrió múltiples reescrituras durante la producción, y Spike Lee llegó a quejarse públicamente de la interferencia de los productores, que querían un filme más comercial y menos arriesgado. El presupuesto, que rondaba los 30 millones de dólares, se nota en algunos aspectos técnicos —la fotografía de Sean Bobbitt es competente, aunque fría—, pero también en decisiones narrativas que parecen más preocupadas por no ofender que por contar una historia interesante. El montaje, a cargo de Barry Alexander Brown, es funcional pero anodino, como si alguien hubiera decidido que lo mejor era no llamar demasiado la atención. La banda sonora de Roque Baños, que en otras películas ha demostrado ser capaz de elevar escenas enteras, aquí suena genérica, como si hubiera sido compuesta con un algoritmo que mezcla thrillers de los 90 con dramas judiciales de la CBS.
Dirección y puesta en escena: Spike Lee en modo piloto automático
Spike Lee es un director que ha construido su carrera sobre la capacidad de capturar la esencia de un momento, ya sea la tensión racial en Do the Right Thing o la paranoia urbana en Inside Man. En Oldboy, sin embargo, parece que ha decidido aparcar su estilo para hacer una película que no moleste a nadie. La puesta en escena es correcta, pero carece de la audacia visual que caracterizaba al original. Donde Park Chan-wook jugaba con los planos secuencia, los encuadres imposibles y una paleta de colores que oscilaba entre lo onírico y lo grotesco, Lee opta por un enfoque más convencional, casi televisivo. Las escenas de acción, que en el original eran coreografías brutales y poéticas, aquí parecen sacadas de un videojuego de segunda categoría, con golpes que suenan a foley barato y un montaje que no logra transmitir la sensación de caos y desesperación que debería acompañar a un hombre que lleva veinte años planeando su venganza.
Hay un momento en el que Joe Doucett, tras ser liberado, camina por las calles de Nueva York con una mirada de incredulidad, como si el mundo hubiera cambiado demasiado mientras él estaba encerrado. La escena podría haber sido emotiva, incluso poética, pero Lee la resuelve con un plano medio y un diálogo explicativo que le quita toda la magia. Es como si el director hubiera olvidado que el cine es un medio visual y hubiera decidido contarnos todo con palabras, en lugar de mostrárnoslo con imágenes. Y eso, en una película que debería vivir de sus imágenes, es un pecado capital.
Actuaciones: Josh Brolin sufre en silencio (y nosotros con él)
Josh Brolin es, sin duda, el mejor aspecto de esta película. El actor logra transmitir la rabia, la confusión y el dolor de un hombre que ha sido privado de su libertad durante dos décadas, pero lo hace a pesar del guion, no gracias a él. Hay momentos en los que Brolin parece estar en otra película, una en la que su personaje tiene matices y motivaciones complejas, pero el guion de Mark Protosevich se empeña en reducirlo a un arquetipo: el hombre roto que solo quiere venganza. Elizabeth Olsen, por su parte, tiene la difícil tarea de interpretar a Marie Sebastian, una trabajadora social que se enamora de Joe Doucett. El problema es que su personaje es tan plano que parece un plot device con patas, una excusa para que el protagonista tenga a alguien con quien hablar en sus momentos de debilidad. Olsen hace lo que puede, pero su química con Brolin es inexistente, como si alguien hubiera olvidado decirles que sus personajes deberían tener algo en común más allá de la conveniencia narrativa.
Pero si hay un actor que merece un capítulo aparte, ese es Sharlto Copley. Su interpretación de Adrian Pryce es tan exagerada que en algunos momentos parece que está haciendo una parodia de sí mismo. Copley, que ha demostrado ser un actor versátil en películas como District 9 o Elysium, aquí parece estar en un concurso de ¿Quién puede ser más ridículo sin romper el tono de la película?. Su peluca rubia, sus gestos afectados y su sonrisa de psicópata de feria son tan distractores que en algunos momentos cuesta tomar en serio la trama. No es culpa suya: el guion le da un villano que parece sacado de un episodio de Los Simpson, con motivaciones tan absurdas que parecen escritas por alguien que nunca ha interactuado con un ser humano real. Samuel L. Jackson, en un papel secundario, aparece y desaparece como si estuviera en otra película, dejando tras de sí un rastro de diálogos que suenan más a chiste malo que a amenaza creíble.
Apartado técnico: Lo que funciona (y lo que no)
La fotografía de Sean Bobbitt es, sin duda, uno de los aspectos más destacados de la película. Bobbitt, que ya había trabajado con Lee en Inside Man, logra capturar la frialdad de un Nueva York que parece más un decorado que una ciudad real, con una paleta de colores que oscila entre los tonos apagados y los rojos intensos, como si la película estuviera bañada en sangre seca. Los planos nocturnos, en particular, tienen una atmósfera opresiva que contrasta con la falta de tensión narrativa, como si alguien hubiera puesto una banda sonora de thriller a un documental sobre la vida en una prisión. El diseño de producción, a cargo de Sharon Seymour, es competente pero anodino, como si alguien hubiera decidido que lo mejor era no llamar demasiado la atención. Los escenarios, desde la celda de Joe Doucett hasta el apartamento de Adrian Pryce, parecen sacados de un catálogo de IKEA para villanos, con muebles que intentan ser elegantes pero acaban siendo genéricos.
El montaje, a cargo de Barry Alexander Brown, es funcional pero poco inspirado. Las escenas de acción, en particular, sufren de un montaje acelerado que no logra transmitir la brutalidad que deberían tener. Es como si alguien hubiera decidido que lo mejor era cortar rápido para que el espectador no tuviera tiempo de darse cuenta de lo ridículas que son algunas coreografías. La banda sonora de Roque Baños, por su parte, es tan genérica que podría pertenecer a cualquier thriller de los últimos veinte años. Baños, que ha demostrado ser un compositor capaz de elevar escenas enteras en películas como El hoyo o Regression, aquí parece haber decidido que lo mejor era no arriesgar, optando por una partitura que suena más a música de ascensor que a acompañamiento para una historia de venganza.
Lo mejor
- La fotografía de Sean Bobbitt: Logra capturar la frialdad de un Nueva York que parece más un decorado que una ciudad real, con una paleta de colores que oscila entre lo onírico y lo grotesco.
- Josh Brolin: El actor hace lo que puede con un guion que no le da ni un solo momento de profundidad real, pero su presencia salva escenas enteras.
- Algunos momentos de tensión: Hay un par de escenas, como la liberación de Joe Doucett o el enfrentamiento final, que logran transmitir algo parecido a la desesperación del original.
Lo peor
- El guion de Mark Protosevich: Un desastre predecible que parece escrito por alguien que vio el original una vez, en una pantalla pequeña, mientras hacía scroll en su teléfono.
- La falta de química entre los actores: Elizabeth Olsen y Josh Brolin parecen estar en películas diferentes, y la relación entre sus personajes es tan forzada que duele.
- El montaje de las escenas de acción: Corta tan rápido que parece que alguien tiene miedo de que el espectador se dé cuenta de lo mal coreografiadas que están.
- La banda sonora de Roque Baños: Genérica hasta el aburrimiento, como si alguien hubiera decidido que lo mejor era no arriesgar y usar música de ascensor.
El Veredicto de Claqueta Ácida
Spike Lee tenía en sus manos la oportunidad de hacer algo grande, de demostrar que un remake podía ser tan impactante como el original. En lugar de eso, nos dio una película que parece un thriller de los 90 dirigido por alguien que ha visto demasiados episodios de CSI. Josh Brolin sufre, Sharlto Copley se pasa de rosca y el guion es tan predecible que podrías adivinar el final en los primeros veinte minutos. Hay momentos en los que la película parece que va a despegar, pero al final siempre acaba estrellándose contra el muro de la mediocridad. No es el peor remake de la historia —ese honor sigue reservado para Psicosis de Gus Van Sant—, pero es un recordatorio doloroso de que, a veces, lo mejor es dejar las cosas como están. Si Park Chan-wook te dio una obra maestra, Spike Lee te da un meh con pretensiones. Y eso, queridos lectores, es un crimen peor que la venganza. 💀
🎬 Tráiler Oficial
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Ficha de Daños Colaterales en Sala
Certificado de impacto psicofísico emitido por Silvia Mordaz
7 bostezos sonoros distribuidos con inquietante regularidad.
Minuto 17, 35, 46, 68 y varios momentos indistinguibles entre sí.
3 espressos triples o aceptar la derrota con dignidad.
"Desde el primer acto, cuando quedó claro que nadie en la sala de montaje había visto la película completa."
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