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El escritor — Un thriller político que desgasta la paciencia

La crítica de Claqueta Ácida sobre la película 'El escritor' de Roman Polanski, un thriller político que desgasta la paciencia

✍️ Por: Lúa Ácida
🎬 Director: Roman Polanski
⏱️ Lectura: 11 min
⚡ Ácido Cítrico 6.5/10
Crítica y fotograma de la película El escritor en Claqueta Ácida
Póster y cartel oficial de la película El escritor

Crítica de El escritor

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El escritor: Un thriller político que desgasta la paciencia 0:00 / --:--

Salí del cine con la sensación de haber asistido a un funeral de lujo. No el de un ser querido, sino el de mi propia paciencia, enterrada bajo capas de pretensión y un ritmo que avanzaba como si Polanski estuviera escribiendo las memorias él mismo, con un bolígrafo mojado en melaza. El escritor (2010) no es una película mala en el sentido tradicional —no es un desastre técnico, ni un insulto a la inteligencia como esas comedias románticas que vomitan los algoritmos de Netflix—. Es peor: es un ejercicio de autocomplacencia disfrazada de profundidad, un thriller político que confunde solemnidad con lentitud y misterio con aburrimiento. Y lo peor es que, en el fondo, sabes que Polanski podría haberlo hecho mejor. Después de todo, este es el hombre que nos dio El inquilino y Chinatown. Pero aquí, a sus 77 años, parece más interesado en demostrar que aún puede filmar un plano-secuencia que en contar una historia que valga la pena ser contada.

La premisa es prometedora, eso hay que reconocérselo. Un escritor en horas bajas (Ewan McGregor, con esa cara de perro apaleado que tan bien le sale) acepta el encargo de terminar las memorias del ex primer ministro británico Adam Lang (Pierce Brosnan, en su mejor imitación de Tony Blair después de tres whiskies). El problema es que el anterior ghostwriter murió en circunstancias sospechosas, y nuestro protagonista se instala en una mansión aislada en una isla de la costa este de EE.UU., donde Lang se esconde de la prensa y de las acusaciones de crímenes de guerra. Hasta aquí, todo bien: tenemos un escenario claustrofóbico, un misterio político y un protagonista con más dudas que certezas. Pero Polanski, en lugar de apretar el acelerador, decide que cada escena debe durar el tiempo suficiente para que el espectador memorice el patrón de las baldosas del suelo. La primera media hora es un manual de cómo no generar tensión: McGregor camina por pasillos, mira por ventanas, hojea papeles y, sobre todo, no hace nada que justifique que sigamos mirando. Es como si Polanski hubiera confundido el suspense con la capacidad de su protagonista para abrir y cerrar puertas.

Y luego está el tema de las actuaciones. McGregor hace lo que puede con un personaje que parece sacado de un taller de escritura creativa para principiantes: «Es un escritor bloqueado, pero con un pasado turbio… ¡y bebe whisky!». Su interpretación es correcta, incluso destacable en momentos puntuales, como cuando descubre que el anterior ghostwriter dejó pistas ocultas en el manuscrito. Pero el problema no es él, sino el guion, que lo obliga a pasar más tiempo mirando al vacío que interactuando con otros personajes. Pierce Brosnan, por su parte, está desperdiciado. Lang es un personaje que debería ser carismático y peligroso, pero Brosnan lo interpreta como si estuviera en un cóctel de la ONU, sonriendo demasiado y frunciendo el ceño lo justo para que sepamos que es el malo. La química entre ambos es inexistente, y eso en una película que depende tanto del diálogo es un pecado capital. Los secundarios, como Olivia Williams (la esposa de Lang) o Tom Wilkinson (un antiguo ministro con secretos), tienen momentos brillantes, pero sus apariciones son tan esporádicas que parecen cameos en lugar de piezas clave de la trama.

Pero hablemos de lo que duele de verdad: la dirección de Polanski. Hay algo profundamente triste en ver a un maestro del suspense caer en los mismos errores que critica en otros. El escritor está llena de planos preciosistas que no aportan nada: travellings innecesarios, encuadres simétricos que gritan «¡mira qué bonito soy!» y una obsesión por los espejos que roza lo paródico. En una escena, McGregor se mira en un espejo mientras habla por teléfono, y Polanski se regodea tanto en el reflejo que parece que estuviéramos viendo un anuncio de perfumes. El problema no es que sea pretencioso, sino que la pretensión no sirve para nada. No hay tensión, no hay ritmo, no hay ese algo que hace que una película de misterio te atrape. En su lugar, tenemos una sucesión de escenas que avanzan como un tren de cercanías: con paradas interminables y sin prisa por llegar a ningún sitio.

El escritor still 1
El escritor still 1

Dirección y puesta en escena: el arte de no decir nada con estilo

Polanski siempre ha sido un director visual, pero en El escritor su estilo se vuelve en su contra. La película está rodada con una elegancia que roza lo estéril, como si cada plano hubiera sido diseñado para colgar en una galería de arte en lugar de formar parte de una narrativa. Paweł Edelman, su director de fotografía de confianza, ilumina cada escena con una paleta de grises y azules fríos que refuerzan la sensación de aislamiento, pero también de vacío emocional. Es bonito, sí, pero ¿de qué sirve la belleza si no hay nada detrás?

Uno de los momentos más frustrantes llega cuando McGregor descubre que el anterior ghostwriter dejó anotaciones en el manuscrito. La escena está filmada con un primer plano de sus manos pasando las páginas, mientras la cámara se acerca lentamente a su rostro. Es un recurso clásico del suspense, pero aquí falla porque no hay nada en juego. No sentimos la urgencia, ni el peligro, ni siquiera la curiosidad. Es como si Polanski hubiera olvidado que el suspense no se construye con planos bonitos, sino con información. Y en El escritor, la información llega con cuentagotas, como si el director temiera que el espectador pudiera entender algo antes de tiempo.

El montaje, a cargo de Hervé de Luze, no ayuda. Las transiciones entre escenas son suaves, casi imperceptibles, pero eso solo sirve para que la película se sienta aún más lenta. Hay una secuencia en la que McGregor viaja en ferry a la isla, y Polanski decide alargarla lo suficiente para que el espectador tenga tiempo de preguntarse si el barco llegará alguna vez. Spoiler: llega, pero para entonces ya hemos perdido el interés.

El escritor still 2
El escritor still 2

Actuaciones: cuando el talento no es suficiente

Ewan McGregor es un actor con carisma, pero aquí está atrapado en un personaje que parece diseñado para un taller de guion de segundo año. El escritor es un tipo inteligente pero inseguro, con un pasado que no se revela hasta el final (y que, cuando se revela, no sorprende a nadie). McGregor hace lo que puede para darle profundidad, pero el guion lo obliga a pasar más tiempo reaccionando que actuando. Hay un momento en el que descubre que el manuscrito que está escribiendo tiene páginas en blanco, y su reacción es… quedarse mirando. No grita, no llora, no hace nada. Solo mira. Y así es como se siente gran parte de la película: como si estuviéramos viendo a un actor mirando cosas.

Pierce Brosnan, por su parte, tiene el carisma de un político en campaña, pero el guion no le da nada que hacer más allá de sonreír y fruncir el ceño. Lang debería ser un personaje complejo, un hombre atrapado entre su legado y sus crímenes, pero Brosnan lo interpreta como si estuviera en un episodio de The West Wing dirigido por alguien que odia el drama político. Olivia Williams, que interpreta a la esposa de Lang, tiene algunos de los mejores momentos de la película, especialmente en una escena en la que confronta a McGregor con una frialdad que hiela la sangre. Pero, como todo lo bueno en esta película, su aparición es demasiado breve.

El verdadero problema, sin embargo, no son los actores, sino el guion. Robert Harris, autor de la novela en la que se basa la película, coescribió el guion con Polanski, y se nota. Hay diálogos que suenan inteligentes, pero que en realidad no dicen nada. Frases como «La política es el arte de lo posible» o «El poder corrompe» se repiten como si fueran profundidades filosóficas, cuando en realidad son clichés que no aportan nada a la trama. Es como si Polanski y Harris hubieran confundido la ambigüedad con la profundidad, y el resultado es una película que parece más interesada en sonar inteligente que en serlo.

Apartado técnico: cuando lo bonito no es suficiente

La fotografía de Paweł Edelman es, sin duda, lo mejor de la película. Cada plano está compuesto con una precisión quirúrgica, y la paleta de colores fríos refuerza la sensación de aislamiento y paranoia. Pero, como ya he dicho, la belleza no es suficiente. Hay una escena en la que McGregor camina por la playa mientras la cámara lo sigue en un travelling lateral, y es tan bonita que duele. Duele porque sabes que, detrás de esa imagen perfecta, no hay nada. Es como ver un cuadro de un paisaje desolado: puedes admirar la técnica, pero no te emociona.

La banda sonora de Alexandre Desplat es otro punto fuerte. Su partitura, llena de cuerdas tensas y percusiones sutiles, refuerza la sensación de misterio, pero también cae en la trampa de sonar más importante de lo que es. Hay momentos en los que la música parece estar diciendo «¡esto es importante!», cuando en realidad no lo es. Es como si Desplat hubiera compuesto la banda sonora de una película que nunca existió, una versión mejor de El escritor en la que las cosas pasan.

El diseño de producción, a cargo de Albrecht Konrad, es impecable. La mansión en la que se desarrolla gran parte de la acción es un personaje más, con sus pasillos laberínticos y sus habitaciones llenas de secretos. Pero, una vez más, el problema no es la ejecución, sino la intención. La casa es bonita, pero no da miedo. Los pasillos son largos, pero no generan tensión. Es como si Konrad hubiera diseñado el escenario perfecto para una película de terror, pero Polanski hubiera decidido usarlo para un drama político aburrido.

Lo mejor

  • La fotografía de Paweł Edelman: Cada plano es una postal, pero una postal de un lugar al que no quieres ir. La paleta de grises y azules fríos refuerza la sensación de aislamiento, aunque también de vacío. Es bonito, pero duele.
  • La banda sonora de Alexandre Desplat: Una partitura que suena a thriller político, pero que en realidad es la banda sonora de una película que nunca existió. Tensa, elegante y, sobre todo, demasiado buena para lo que hay debajo.
Olivia Williams: La única que parece entender que está en una película de Polanski y no en un episodio de Downton Abbey*. Su frialdad es el único momento en el que la película se siente viva.
  • El diseño de producción: La mansión es un personaje más, con sus pasillos interminables y sus habitaciones llenas de secretos. Lástima que Polanski no supiera qué hacer con ella.

Lo peor

El ritmo: La película avanza como si Polanski estuviera escribiendo las memorias él mismo*, con un bolígrafo mojado en melaza. Cada escena dura el tiempo suficiente para que memorices el patrón de las baldosas del suelo.
  • El guion: Diálogos que suenan inteligentes pero no dicen nada, personajes que parecen sacados de un taller de escritura creativa para principiantes y una trama que confunde ambigüedad con profundidad. Es como si Polanski y Harris hubieran confundido el aburrimiento con la sofisticación.
  • Pierce Brosnan: Desperdiciado. Lang debería ser carismático y peligroso, pero Brosnan lo interpreta como si estuviera en un cóctel de la ONU. Sonríe demasiado, frunce el ceño lo justo y, sobre todo, no da miedo.
  • La falta de tensión: Hay una escena en la que McGregor descubre que el manuscrito tiene páginas en blanco, y su reacción es… quedarse mirando. Así es como se siente gran parte de la película: como si estuviéramos viendo a un actor mirando cosas.
  • La pretensión: Polanski llena la película de planos preciosistas, travellings innecesarios y encuadres simétricos que gritan «¡mira qué bonito soy!». Pero la belleza sin sustancia es solo decoración.

El Veredicto de Claqueta Ácida

El escritor es la prueba definitiva de que ni siquiera un maestro como Polanski está a salvo de la autocomplacencia. Es una película bonita, bien actuada y con momentos de brillantez técnica, pero también es lenta, pretenciosa y, sobre todo, aburrida. No es un desastre, pero es un recordatorio de que el talento no es suficiente si no hay una historia que valga la pena contar. Polanski nos dio Chinatown y El pianista, pero aquí parece más interesado en demostrar que aún puede filmar un plano-secuencia que en emocionarnos. Y eso, amigos, es un crimen peor que cualquier conspiración política. Nota: 4.5/10. Un thriller que se ahoga en su propia solemnidad. 💀

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El escritor: preguntas frecuentes

¿Qué nota tiene "El escritor" en Claqueta Ácida?
"El escritor" tiene una nota de 6.5/10 en Claqueta Ácida según el análisis publicado por Lúa Ácida.
¿Merece la pena ver "El escritor"?
Con reservas. Le damos un 6,5/10 (Ácido Cítrico), nuestra categoría para obras irregulares que tienen algo que rescatar.
¿Quién dirigió la película "El escritor"?
"El escritor" fue dirigida por Roman Polanski.
🩺

Ficha de Daños Colaterales en Sala

Certificado de impacto psicofísico emitido por Lúa Ácida

⚡ Desgaste Moderado
🥱 Bostezómetro

3 amagos en el tramo intermedio; pestañeo pesado en las transiciones más innecesarias.

⏱️ Miradas de Pánico al Reloj

Alguna consulta furtiva al móvil en el segundo acto. Nada que no se perdone.

😬 Índice de Cringe Ajeno 1.8/10
☕ Prescripción Terapéutica

1 espresso para no dejarse vencer por la mediocridad cómoda.

💥 Punto de Descarrilamiento

"A mitad del segundo acto cuando la subtrama secundaria empezó a pesar más de lo que aportaba."

💬 El Veredicto de la Comunidad

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Nota de Claqueta Ácida 6.5/10
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