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Perros Verdes ⚡ Ácido Cítrico

¡La novia! o cómo Maggie Gyllenhaal nos regaló un Frankenstein postmoderno... con resaca de los 30

Maggie Gyllenhaal lleva a Frankenstein a los años 30: más maquillaje que sustancia, un romance que no calienta ni frío y un montaje que parece editado con tijeras de manicura. Aprobado sin brillar.

✍️ Por: Odin Lagbert
🎬 Director: Maggie Gyllenhaal
⏱️ Lectura: 12 min
⚡ Ácido Cítrico 6.1/10
Crítica y fotograma de la película ¡La novia! o cómo Maggie Gyllenhaal nos regaló un Frankenstein postmoderno... con resaca de los 30 en Claqueta Ácida
Póster y cartel oficial de la película ¡La novia! o cómo Maggie Gyllenhaal nos regaló un Frankenstein postmoderno... con resaca de los 30
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¡La novia! o cómo Maggie Gyllenhaal nos regaló un Frankenstein postmoderno... con resaca de los 30 0:00 / --:--

A las dos horas de The Bride!, en el Chicago de los años 30, Frankenstein (Christian Bale) y su científico de pacotilla (Peter Sarsgaard) levantan de entre los muertos a Jessie Buckley como si fueran dos albañiles construyendo un iglú con ladrillos de polvo y deseos frustrados. Maggie Gyllenhaal toma el mito universal del hombre que juega a ser Dios y lo filtra por el tamiz de su Obsesión»" data-acid-interlink="obsesion-el-hechizo-que-convirtio-el-amor-en-pesadilla-de-plastico">obsesión por el melodrama feminista de los 90, ese estilo que confundía profundidad con monólogos sobre el empoderamiento mientras el público se dormía de pie. No es que la película sea mala: es que huele a proyecto de cine universitario que de repente encontró 127 minutos de presupuesto en Warner Bros. y decidió que eso debía ser arte. Y entre el pretenciosismo y el presupuesto de una serie B, lo que queda es un Frankenstein que parece hecho con relleno de pollo barato: se mantiene en pie, pero nadie quiere morderlo dos veces.

La obsesión de Gyllenhaal por reescribir los clásicos con lupa de género no es nueva: ya lo intentó con La doncella (2021), donde convirtió a Lewinsky en una heroína de los cuentos de hadas feministas (y todos sabemos cómo terminó ese experimento). Aquí, sin embargo, el problema no es el tema —la Novia como símbolo de la mujer reducida a objeto traído a la vida por capricho masculino—, sino la ejecución: un guión que oscila entre el diálogo cursi («el amor no es posesión, es libertad») y la escena que parece sacada de un anuncio de jabón de los años 50, donde Jesse Buckley, con esos ojos que parecen estar a punto de llorar lágrimas de tinta china, recita réplicas que suenan a eslogan sindical de 1933. Y sin embargo... ahí está el detalle que salva el primer acto: el maquillaje. Lawrence Sher, el director de fotografía que hizo que Joker pareciera una pesadilla psicodélica, convierte los rostros de los personajes en máscaras de porcelana agrietada, como si la película estuviera filmada en un museo de cera bajo la luz de una bujía. El problema es que cuando te das cuenta de que el único elemento que tiene textura es la piel pintada de los actores, te das cuenta de que el resto es cartón piedra.

Pero hablemos del rodaje, porque siempre hay carne para el circo: según los rumores filtrados por el equipo técnico de Warner Bros., Maggie Gyllenhaal llegó al set con una idea fija: quería que la película pareciera un sueño húmedo de David Lynch dirigido por Douglas Sirk. El resultado es que entre toma y toma, los actores se abrazaban bajo la lluvia artificial mientras el sonidista gritaba «¡más viento!» como si estuvieran filmando Blade Runner en un supermercado. Christian Bale, que últimamente parece empeñado en coleccionar personajes que miran a cámara como si supieran el secreto del universo, aquí se pasa la película sonriendo con esa sonrisa de dentista que tiene desde que hizo The Dark Knight. Cuando no sonríe, frunce el ceño como si acabara de descubrir que el capitalismo es un invento de los Illuminati. Y Jessie Buckley, pobre alma, carga con el peso de ser la Novia literalmente: vestuario incluido. Los vestidos, por cierto, parecen diseñados por una committee de señoras de la alta sociedad que odiaban el cine, con tanto volantes y encaje que dan ganas de quemarlos en una hoguera purificadora.

¡La novia! still 1
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Dirección y puesta en escena

Maggie Gyllenhaal tiene un ojo para la belleza estática —ese encuadre fijo donde la cámara parece un espejo que refleja la vanidad de los personajes—, pero le falta el valor de romper la rigidez. La película avanza como un reloj de cucú alemán: preciso, pero cada vez que abre su puertecita, solo sale un disparate. El Chicago de los años 30 no es una ciudad, es un decorado de cartón piedra donde los obreros parecen figuritas de un belén y los bares huelen a ambientador barato. Hay un plano secuencia inicial donde la cámara recorre el laboratorio de Frankenstein como si fuera el pasillo de un museo de cera, pero en lugar de generar tensión, produce la sensación de estar viendo un atracción de feria mal montada. Gyllenhaal quiere que creamos que esto es Nosferatu con faldas largas y maquillaje de porcelana, pero solo logra que parezca el ensayo de una obra de teatro universitaria sobre la alienación industrial.

La dirección de actores, por su parte, oscila entre el histrionismo de Christian Bale (que parece estar interpretando a un actor de teatro isabelino en declive) y la contención de Jessie Buckley, que tiene momentos de auténtica presencia escénica. Cuando la Novia despierta y mira alrededor con esos ojos que parecen preguntar «¿dónde coño estoy?», hay un destello de humanidad que brilla como un cigarrillo encendido en la oscuridad. Pero luego llega Peter Sarsgaard, actor más versátil que un cinturón multiusos, y nos recuerda por qué es uno de los secundarios más infravalorados de Hollywood: en dos minutos de pantalla, convierte a un científico al borde de la locura en un personaje que roza lo sublime. El problema es que cuando Bale y Sarsgaard están en pantalla, la película se olvida de que tiene una trama.

¡La novia! still 2
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Guion: entre el molde y la originalidad

El guion de Maggie Gyllenhaal es como un pastel de boda: por fuera, parece elegante y sofisticado, pero al primer bocado te das cuenta de que el relleno es merengue y cartón. La historia de la Novia como símbolo de la mujer que rechaza su rol pasivo y se rebela contra su creador ya la hemos visto en Frankenstein de Mary Shelley, en Ex Machina y hasta en un episodio de Doctor Who. Gyllenhaal, en lugar de profundizar en el feminismo desde una perspectiva fresca, opta por el diálogo grandilocuente y la simbolización barata: cada vez que los personajes hablan de libertad, el plano corta a un pájaro volando; cada vez que mencionan la opresión, una cortina se mueve como en una película de terror de los 70.

Hay una escena donde la Novia y Frankenstein tienen una conversación en un parque que parece sacada de una novela de Jane Austen escrita por alguien que odiaba Jane Austen. Los diálogos son tan pomposos que uno espera que de repente aparezca Colin Firth con un bastón y un acento británico irreconocible para decir «la libertad es como un té: se sirve caliente o no se sirve». Y sin embargo... entre ese maremágnum de pretensiones, hay destellos de verdad. Cuando la Novia le dice a Frankenstein «no eres mi creador, eres mi carcelero», Jessie Buckley le da un tono de rabia contenida que suena a grito ahogado durante 80 años. El problema es que el guion no tiene la suficiente fuerza para sostener esa escena y, en lugar de desarrollar la tensión, la desinfla con un corte a un bar donde Christian Bale se toma un whisky como si esto fuera El gran Gatsby dirigido por Almodóvar.

Fotografía y diseño de producción: el maquillaje salva lo que el guión destruye

Lawrence Sher, el director de fotografía, merece un premio por salvar esta película de la ignominia del olvido. Los planos de los rostros de los actores, especialmente los de Jessie Buckley, son obras de arte en sí mismos: piel agrietada por el tiempo, maquillaje que parece una segunda piel, sombras que juegan con la luz como si fueran las manos de un titiritero. Hay un plano donde la Novia despierta en la mesa de operaciones y la cámara se acerca a su rostro como si fuera un cirujano examinando un órgano que no debería existir: es tan hermoso que duele, como mirar el sol a través de una rendija.

El diseño de producción, sin embargo, es una decepción anunciada. Los decorados del Chicago de los años 30 parecen sacados de una película de los 80 donde el presupuesto era de dos latas de atún y un sueño. Los vestidos, como ya he mencionado, parecen diseñados por un comité de señoras que odiaban la moda y amaban los corsés como instrumento de tortura. Los bares tienen ese aire de fantasía barata donde los hombres fuman puros como si fueran espías de novela pulp y las mujeres susurran sobre el futuro como si supieran algo que nosotros no. La música, compuesta por Colin Stetson, es otro elemento que merece mención honorífica. Usa instrumentos de viento y cuerda para crear una atmósfera que oscila entre lo gótico y lo circense, como si la película fuera un funeral que se celebra en un circo. Los temas principales suenan a himno de resistencia, pero la orquestación es tan densa que ahoga cualquier emoción que el guión intente transmitir.

El montaje, por su parte, es un desastre controlado. Hay escenas que duran demasiado —como esa conversación en el parque que parece eterna— y otras que se saltan eventos clave como si la película hubiera sido editada por un algoritmo de TikTok. El ritmo es peor que el de un tranvía en hora punta: avanza, se detiene, acelera en los momentos equivocados y frena en los críticos. Gyllenhaal quiere que esta sea una película de ideas, pero olvida que el cine, antes que nada, es una experiencia sensorial. Y aquí, los sentidos están demasiado ocupados lidiando con la incomodidad del asiento del cine que con sumergirse en la historia.

Actuaciones: el reparto que salva (y hunde) la película

Jessie Buckley es el único rayo de luz en este desastre controlado. Cuando la Novia despierta y mira alrededor con esa mezcla de terror y curiosidad, Buckley logra transmitir en 30 segundos más emoción que el resto del reparto en dos horas. Es como si, de repente, la película recordara que está haciendo cine y no un anuncio de yogur. Su actuación oscila entre la fragilidad y la furia contenida, y en los momentos en que el guion le da réplicas que valen la pena, brilla con una intensidad que recuerda a Isabelle Huppert en sus mejores días. El problema es que Gyllenhaal no confía en ella lo suficiente: la encierra en planos medios y la somete a un maquillaje que parece más una máscara que una cara.

Christian Bale, por su parte, está atrapado en su propio mito. Desde El caballero oscuro, Bale parece empeñado en interpretar personajes que miran a cámara como si supieran el secreto del universo, y aquí no es diferente. Frankenstein es un personaje que oscila entre la arrogancia y la vulnerabilidad, pero Bale lo interpreta como un villano de telenovela con complejo de Napoleón. Cuando sonríe, parece que está a punto de venderte un seguro de vida; cuando frunce el ceño, da miedo como un profesor de primaria decepcionado. Peter Sarsgaard, en cambio, es el único que parece entender qué es una película de estas características: su Dr. Euphronius es un hombre al borde de la cordura, y Sarsgaard logra transmitir esa locura con una mezcla de ironía y desesperación que roza lo genial.

Annette Bening y Jeannie Berlin, por su parte, son dos fantasmas que aparecen y desaparecen como si fueran personajes residuales de una obra de teatro que nadie terminó de escribir. Bening, especialmente, tiene momentos donde su presencia es tan etérea que uno espera que de repente se convierta en un hada madrina o en una bruja de cuento. Pero no: solo es una mujer que susurra verdades incómodas mientras alguien en off apaga las luces.

Lo mejor

  • La fotografía de Lawrence Sher: Una obra maestra de luz y sombra. Cada plano de los rostros de los actores parece un cuadro de Caravaggio moderno, con una textura que duele por su belleza.
  • Jessie Buckley como la Novia: Cuando la película se centra en ella, hay vida. Su transformación de muñeca de porcelana a mujer que rechaza su destino es el único momento donde crees que esto podría ser algo más que un ejercicio de estilo pretencioso.
  • La música de Colin Stetson: Usa instrumentos de viento y cuerda para crear una atmósfera que oscila entre lo gótico y lo circense, como si la película fuera un funeral que se celebra en un circo.
  • Peter Sarsgaard: El único actor que parece recordar qué es una película y no un anuncio de yogur. Su Dr. Euphronius es el único personaje que tiene peso dramático real.
  • El maquillaje y el vestuario: Aunque los vestidos parecen diseñados por un comité de señoras que odiaban la moda, el maquillaje de la Novia es tan detallado que parece una segunda piel. Es lo único que salva la película de ser un completo desastre visual.

Lo peor

  • El guión de Maggie Gyllenhaal: Un pastel de boda relleno de merengue y cartón. Diálogos cursis, simbolismo barato y una trama que se desinfla como un globo pinchado.
  • Christian Bale: Interpreta a Frankenstein como si estuviera en una obra de teatro isabelina en declive. Su sonrisa es más irritante que la del Joker de Heath Ledger.
  • El ritmo de la película: Avanza como un tranvía en hora punta: avanza, se detiene, acelera en los momentos equivocados y frena en los críticos.
  • Los decorados y el diseño de producción: El Chicago de los años 30 parece sacado de una película de los 80 con presupuesto de dos latas de atún y un sueño. Nada tiene textura ni vida.
  • Los momentos de falsa profundidad: Cada vez que un personaje habla de libertad o empoderamiento, la película corta a un pájaro volando o a una cortina moviéndose como en una película de terror de los 70. Es cursi, es barato y huele a desesperación por parecer profunda.

El Veredicto de Claqueta Ácida

¡La novia! es lo que pasa cuando Maggie Gyllenhaal intenta hacer un Frankenstein feminista pero termina con un guión que parece escrito en un bar de Nueva York a las 3 AM y un reparto que parece estar actuando en una obra de teatro universitaria. La película tiene momentos de auténtica belleza —especialmente en la fotografía y en la actuación de Jessie Buckley—, pero

🎬 Tráiler Oficial

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Ficha de Daños Colaterales en Sala

Certificado de impacto psicofísico emitido por Odin Lagbert

⚡ Desgaste Moderado
🥱 Bostezómetro

2 amagos en el tramo intermedio; pestañeo pesado en las transiciones más innecesarias.

⏱️ Miradas de Pánico al Reloj

Minuto 53 y minuto 85 (comprobando cuánto quedaba de suplicio).

😬 Índice de Cringe Ajeno 2.5/10
☕ Prescripción Terapéutica

1 espresso para no dejarse vencer por la mediocridad cómoda.

💥 Punto de Descarrilamiento

"A mitad del segundo acto cuando la subtrama secundaria empezó a pesar más de lo que aportaba."

💬 El Veredicto de la Comunidad

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