Posesión infernal — El despertar — O cómo vender el mismo exorcismo en un apartamento de lujo
Lee Cronin resucita a los demonios de Sam Raimi con más presupuesto y menos alma. ¿Secuela o estafa? Claqueta Ácida disecciona el cadáver.
Llevo tres décadas viendo cómo Hollywood exhuma cadáveres cinematográficos para venderlos como novedades. Posesión infernal: El despertar no es la excepción, pero al menos tiene la decencia de no esconder sus intenciones bajo un disfraz de «reinvención». Lee Cronin, el director irlandés que nos regaló The Hole in the Ground (2019), un thriller de terror con más atmósfera que sustos, se enfrenta aquí a un monstruo sagrado: la trilogía original de Evil Dead de Sam Raimi. Y lo hace con la misma reverencia que un fontanero ante la Capilla Sixtina. Hay respeto, sí, pero también un destornillador en la mano y cero idea de por dónde empezar a reparar el techo sin que se caiga todo a pedazos.
El problema no es que Evil Dead Rise sea una secuela tardía —el cine de terror vive de la nostalgia como los vampiros de la sangre—. El problema es que Cronin confunde «homenaje» con «fotocopia en color». La película transcurre casi íntegramente en un apartamento de lujo en un rascacielos de Los Ángeles, un escenario que grita elevated horror pero que huele a desesperación por diferenciarse de la cabaña maldita de la saga original. ¿El resultado? Un Hereditary sin la locura de Ari Aster, un The Exorcist sin la profundidad teológica, y un Evil Dead sin el humor negro que convertía a Ash Williams en un antihéroe memorable. Aquí, los demonios no son criaturas del bosque, sino vecinos molestos con muy mala leche y un gusto cuestionable por la decoración de interiores.
El rodaje, según declaraciones del propio Cronin, se desarrolló en Nueva Zelanda e Irlanda con un presupuesto que, aunque modesto para los estándares de Hollywood (unos 15-17 millones de dólares, según Variety), se nota en cada plano. No es que la película sea barata —el diseño de producción es impecable, con un apartamento que parece sacado de un catálogo de IKEA posapocalíptico—, pero sí se percibe esa tensión típica de las producciones que saben que no pueden permitirse un error. El director de fotografía, Dave Garbett, opta por una paleta de colores fríos y azules metálicos que contrastan con los rojos sangrientos del gore, una elección estética que funciona a ratos pero que, en su afán por ser «moderna», termina diluyendo el caos visual que hacía única a la saga original. En Evil Dead (1981), la cámara temblorosa y los planos imposibles de Raimi convertían el terror en una experiencia física. Aquí, todo está demasiado pulido, como si el miedo se hubiera pasado por el filtro de Instagram.
Y luego está el guion. Oh, el guion. Cronin, que también firma el libreto, parece obsesionado con demostrar que puede escribir diálogos «realistas» para sus personajes, como si eso fuera a compensar la falta de ideas. Tenemos a Beth (Lily Sullivan), una tatuadora con problemas de ira que llega a Los Ángeles para visitar a su hermana Ellie (Alyssa Sutherland), una madre soltera que cría a tres hijos en un apartamento que, por supuesto, esconde un libro maldito en el sótano. Los diálogos entre ellas suenan a transcripción de una terapia familiar, con frases como «No puedo con esto» o «¿Por qué siempre me haces lo mismo?» que podrían funcionar en un drama indie, pero que aquí chocan con el tono de la película. Cuando los demonios aparecen, el guion se olvida de la humanidad de sus personajes y se limita a repetir la misma estructura una y otra vez: grito, sangre, plano de reacción, chiste malo. El humor negro de Raimi, ese que convertía a Evil Dead II en una obra de culto, brilla por su ausencia. En su lugar, tenemos intentos de comedia que caen como un ladrillo en un estanque, como cuando uno de los niños pregunta si los demonios son «como los de Fortnite» y el guion no sabe si reírse o llorar.
Dirección: El arte de matar una mosca con un cañón
Lee Cronin no es un mal director. De hecho, su trabajo en The Hole in the Ground demostró que sabe crear atmósferas opresivas y manejar el suspense con solvencia. Pero Evil Dead Rise es como ver a un chef con estrella Michelin intentando recrear una hamburguesa con queso: puede que los ingredientes sean de primera, pero el plato final no sabe a lo que debería. Cronin opta por un enfoque visual que mezcla el found footage (en una secuencia particularmente innecesaria) con planos estáticos y movimientos de cámara calculados, como si quisiera demostrar que puede hacer algo más que terror de bajo presupuesto. El problema es que, en su afán por impresionar, olvida lo más importante: el terror no se construye con planos bonitos, sino con tensión.
Hay momentos en los que la película parece recordar de qué va la saga. La secuencia en la que Ellie, poseída, ataca a su familia con una motosierra es pura esencia Evil Dead: caos, sangre y un sentido del humor macabro que, por fin, funciona. Pero estos destellos son demasiado breves. Cronin prefiere alargar escenas de diálogo insustanciales o repetir jump scares que ya hemos visto mil veces en películas peores. El clímax, en el que los personajes se enfrentan a una versión demoníaca de Ellie que parece sacada de un episodio de American Horror Story, es visualmente impactante, pero carece de la locura y la inventiva que hacían inolvidables a los demonios de Raimi. Aquí, los posesos son poco más que muñecos de carne con la boca llena de sangre, sin personalidad ni carisma.
El montaje, a cargo de Bryan Shaw, intenta mantener un ritmo ágil, pero el guion no le da suficiente material para trabajar. La película dura 96 minutos, pero se siente más larga porque Cronin insiste en alargar escenas que no aportan nada. Hay un subtexto sobre la familia disfuncional y el peso de la maternidad que podría haber dado profundidad a la historia, pero el guion lo abandona en cuanto los demonios aparecen. Es como si Cronin hubiera escrito dos películas distintas —un drama familiar y un slasher— y luego las hubiera pegado con cinta adhesiva.
Actuaciones: Cuando el reparto merece mejor material
Si hay algo que salva a Evil Dead Rise del olvido total, son las actuaciones. Lily Sullivan y Alyssa Sutherland hacen lo que pueden con un guion que les da más clichés que matices, pero logran transmitir una química fraternal creíble. Sullivan, conocida por su papel en Picnic at Hanging Rock (2018), aporta una vulnerabilidad a Beth que contrasta con su actitud de «no me toques los ovarios». Sutherland, por su parte, roba cada escena en la que aparece, especialmente cuando su personaje se convierte en la villana. Su interpretación de Ellie poseída es lo más cercano a un homenaje a los papeles de Bruce Campbell, con una mezcla de patetismo y ferocidad que recuerda a los mejores momentos de la saga original.
El resto del reparto, sin embargo, queda relegado a un segundo plano. Morgan Davies, que interpreta a Danny, el hijo adolescente de Ellie, tiene algunos momentos memorables, como cuando intenta razonar con su madre poseída como si estuviera negociando con un cliente difícil. Pero el guion no le da suficiente espacio para desarrollar su personaje, y termina siendo poco más que un saco de gritos. Gabrielle Echols y Nell Fisher, que interpretan a las hijas menores de Ellie, tienen aún menos suerte: sus personajes son arquetipos sin profundidad, diseñados únicamente para generar jump scares o escenas de ternura forzada.
El verdadero problema no son los actores, sino el material que tienen entre manos. Cronin parece más interesado en los efectos prácticos y el diseño de producción que en darles a sus personajes algo que hacer más allá de correr y gritar. Hay una escena en la que Beth y Danny intentan escapar del apartamento a través de los conductos de ventilación que podría haber sido emocionante, pero el guion la resuelve con un deus ex machina que deja a los personajes —y al espectador— con la sensación de que todo ha sido una pérdida de tiempo.
Lo mejor
Alyssa Sutherland: La actriz australiana se come la pantalla cada vez que aparece, especialmente en su versión poseída. Su Ellie es una mezcla de tragedia griega y slasher* ochentero, y logra que el espectador sienta algo más que indiferencia por su destino.
- El diseño de producción: El apartamento de lujo, con sus pasillos estrechos y su iluminación fría, es un personaje más en la película. Los detalles, como los mensajes escritos con sangre en las paredes o los cadáveres colgando del techo, demuestran que alguien se tomó en serio la estética de la saga.
Los efectos prácticos: El gore es espectacular, con mutilaciones y posesiones que recuerdan a los mejores momentos de Tom Savini. La escena de la motosierra es un homenaje descarado a Evil Dead II*, pero está ejecutada con tanto cariño que es imposible no disfrutarla.
- La banda sonora: Stephen McKeon compone una partitura que mezcla coros gregorianos con sonidos electrónicos, creando una atmósfera opresiva que funciona especialmente bien en las escenas de posesión.
Lo peor
- El guion: Cronin escribe diálogos que suenan a transcripción de una terapia familiar y luego espera que el espectador se crea que estos personajes están luchando contra demonios. La falta de humor negro y la repetición de clichés hacen que la película se sienta más larga de lo que es.
La falta de locura: Evil Dead siempre fue una saga que abrazaba el caos y la exageración. Evil Dead Rise es demasiado seria, demasiado pulida, demasiado preocupada por encajar en el elevated horror* como para ser divertida.
Los personajes secundarios: Danny, Bridget y Kassie son poco más que arquetipos sin desarrollo. El guion les da líneas de diálogo genéricas y los usa como carne de cañón para los jump scares*.
- El ritmo: La película dura 96 minutos, pero se siente más larga porque Cronin insiste en alargar escenas que no aportan nada. Hay demasiados diálogos insustanciales y muy poco terror efectivo.
El intento de found footage: Una secuencia en la que los personajes graban su huida con un teléfono móvil es innecesaria y rompe con el tono del resto de la película. Parece sacada de una película de Paranormal Activity* y no encaja con el estilo visual del resto.
El Veredicto de Claqueta Ácida
Posesión infernal: El despertar es lo que pasa cuando el terror elevated se encuentra con una franquicia que nunca pidió ser elevada. Lee Cronin demuestra que sabe manejar el suspense y los efectos prácticos, pero el guion es un Frankenstein de clichés que no logra capturar el espíritu de la saga original. Alyssa Sutherland salva lo que puede, pero ni siquiera su actuación es suficiente para compensar la falta de ideas y el exceso de seriedad. La película tiene momentos memorables —la escena de la motosierra es pura esencia Evil Dead— pero son destellos en un mar de mediocridad. Si Sam Raimi hubiera dirigido esto, habría sido una obra maestra. Tal como está, es poco más que un remake caro y aburrido. 💀
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Ficha de Daños Colaterales en Sala
Certificado de impacto psicofísico emitido por Dr. Cinismo
1 amago en el tramo intermedio; pestañeo pesado en las transiciones más innecesarias.
Minuto 52 y minuto 66 (comprobando cuánto quedaba de suplicio).
2 espressos para no dejarse vencer por la mediocridad cómoda.
"A mitad del segundo acto cuando la subtrama secundaria empezó a pesar más de lo que aportaba."
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