Lapönia — Cuando el turrón sabe a ceniza y el espíritu navideño huele a podrido
David Serrano convierte la Navidad en un vertedero emocional. Papá Noel no existe, pero lo peor es que esta película sí. 🎄🔥
Crítica de Lapönia
Lapönia llega como un regalo navideño envuelto en papel de seda, pero dentro solo hay carbón, ceniza y la certeza de que alguien en Mediapro Studio confundió «drama familiar» con «telefilme de sobremesa». David Serrano, el mismo tipo que nos trajo Días de fútbol y Una hora más en Canarias, se adentra en el gélido paisaje de Laponia con la sutileza de un reno en una cacharrería. La premisa es tan vieja como los villancicos de los 80: una familia se reúne en Navidad, los secretos salen a la luz, y un niño descubre que Papá Noel no existe. Spoiler: la película tampoco, al menos no como algo que merezca la pena recordar después de los créditos finales.
El problema no es que Lapönia sea predecible —lo es, hasta el punto de que podrías adivinar cada giro argumental con solo ver el tráiler—, sino que ni siquiera se molesta en disfrazar su falta de originalidad. Marc Angelet firma un guion que parece escrito con plantilla de Word: diálogos que suenan a chiste malo de monólogo, personajes que entran y salen de escena como actores en un casting fallido, y un conflicto central —la revelación sobre Papá Noel— que se resuelve con la profundidad emocional de un anuncio de turrón. Lo más triste es que, en medio de tanto cliché, hay destellos de algo que pudo ser interesante. Por ejemplo, el contraste entre la familia española y el personaje de Olavi, el noruego interpretado por Vebjørn Enger, que al menos intenta darle un toque de autenticidad al desastre. Pero hasta eso se diluye en un mar de tópicos sobre la Navidad, el perdón y la familia unida, como si alguien hubiera mezclado Love Actually con Aquí no hay quien viva y le hubiera añadido nieve falsa.
El rodaje, según las escasas crónicas que han trascendido, tuvo lugar en Rovaniemi (Finlandia) y en estudios de Barcelona, lo que explica por qué Laponia parece más un decorado de Ikea que un paisaje real. Joan Bordera, el director de fotografía, hace lo que puede con un material que no da para más: planos bonitos de nieve y luces navideñas, pero sin alma. La cámara se mueve como si tuviera miedo de quedarse quieta, como si supiera que, en el momento en que se detuviera, el espectador se daría cuenta de que no hay nada detrás. La banda sonora de Joan Martorell, por su parte, es tan invasiva que parece diseñada para tapar los agujeros del guion. Cada vez que un personaje dice algo mínimamente emotivo, suena un violín quejumbroso, como si la película no confiara en que el público sea capaz de sentir algo por sí mismo. Es el equivalente sonoro a que te den un abrazo con guantes de boxeo.
Y luego está el reparto. Natalia Verbeke y Julián López, dos actores con tablas suficientes para salvar cualquier naufragio, aquí parecen perdidos, como si alguien les hubiera dicho que estaban en un drama familiar cuando en realidad están en una comedia negra sin gracia. Ángela Cervantes, en el papel de Nuria, tiene momentos en los que casi logra que te creas su dolor, pero el guion la abandona en los peores momentos. El único que sale indemne es Vebjørn Enger, cuyo Olavi es el único personaje que parece haber llegado de otro planeta —o al menos de otra película—. Su presencia es tan extraña, tan fuera de lugar, que acaba siendo lo más interesante de todo. El resto del elenco, incluyendo a un José Luis Cartes que interpreta a un Papá Noel más falso que un billete de tres euros, se limita a recitar sus líneas como si estuvieran en un ensayo general y no en un rodaje de verdad.
Dirección: El frío que no congela
David Serrano dirige Lapönia como si estuviera al frente de un especial de Navidad de Antena 3: con prisa, sin riesgo y con la mirada puesta en el share. No hay un solo plano que sorprenda, ni una secuencia que se sienta viva. Todo está calculado para no molestar, para no incomodar, para no hacer pensar. Es el tipo de cine que se olvida antes de que termine la sesión, como un villancico que suena de fondo en un centro comercial. Lo peor es que Serrano sabe hacer algo mejor —sus primeras películas tenían un cierto encanto—, pero aquí parece haber renunciado a cualquier ambición artística en favor de un producto seguro, previsible y, sobre todo, barato. La puesta en escena es tan anodina que podrías cambiar los diálogos por los de cualquier otra comedia navideña y nadie notaría la diferencia.
El montaje, por su parte, es tan acelerado que parece diseñado para que el espectador no tenga tiempo de cuestionar lo que está viendo. Las escenas se suceden como diapositivas en una presentación de PowerPoint, sin transición, sin ritmo, sin tensión. Hay un momento en el que Nuria y Mónica (Natalia Verbeke) tienen una discusión en la cocina que podría haber sido emotiva, pero el montaje la corta en el peor momento posible, como si alguien hubiera pulsado el botón de avance rápido en un mando a distancia. Es como si la película tuviera miedo de que el público se aburriera, pero no se da cuenta de que lo que realmente aburre es su falta de valentía.
Actuaciones: El reparto que merecía algo mejor
Natalia Verbeke y Julián López son dos actores con una carrera sólida, pero aquí parecen estar en modo piloto automático. Verbeke, en el papel de Mónica, tiene momentos en los que casi logra transmitir la frustración de su personaje, pero el guion la obliga a recitar frases como «La Navidad es tiempo de perdón» con una seriedad que roza lo ridículo. López, por su parte, interpreta a Ramón, el típico cuñado pesado que dice lo que no debe en el peor momento. Su personaje es tan unidimensional que da pena ver a un actor de su nivel desperdiciado en un papel que podría haber interpretado cualquier extra de Sálvame.
Ángela Cervantes, como Nuria, es la que más sufre. Su personaje es el eje central de la trama, pero el guion la reduce a una colección de tópicos sobre la maternidad, el divorcio y la culpa. Hay un momento en el que llora desconsoladamente en el baño, y aunque Cervantes lo interpreta con convicción, el diálogo que le toca decir —«No sé cómo seguir adelante»— es tan genérico que suena a parodia. El único que se salva es Vebjørn Enger, cuyo Olavi es el único personaje que parece tener vida propia. Su acento noruego, su forma de moverse, incluso su manera de mirar a los demás personajes, transmiten una extrañeza que contrasta con la artificialidad del resto. Es como si Enger hubiera entendido algo que el resto del equipo no: que Lapönia no es una película sobre la Navidad, sino sobre la soledad.
Lo mejor
- Vebjørn Enger como Olavi: El único personaje que parece haber llegado de otra película, o al menos de otro planeta. Su Olavi tiene más matices que todo el guion junto, y su presencia es tan extraña que acaba siendo lo más interesante de la película.
- La fotografía de Joan Bordera en exteriores: Cuando la cámara se olvida de los personajes y se centra en los paisajes nevados de Laponia, hay momentos visualmente bonitos. Lástima que duren menos que un copo de nieve en el infierno.
- El diseño de producción en la casa de Romanievi: El interior de la casa familiar está bien ambientado, con detalles navideños que casi logran transmitir la calidez que el guion no consigue. Casi.
Lo peor
- El guion de Marc Angelet: Un compendio de tópicos navideños, diálogos de telefilme y conflictos que se resuelven con la profundidad de un charco. Si el objetivo era hacer una película predecible, misión cumplida.
- La banda sonora de Joan Martorell: Tan invasiva que parece diseñada para tapar los agujeros del guion. Cada vez que un personaje dice algo emotivo, suena un violín quejumbroso, como si la película no confiara en que el público sienta nada por sí mismo.
- La dirección de David Serrano: Sin riesgo, sin sorpresa, sin alma. Lapönia parece dirigida con el piloto automático puesto, como si el objetivo fuera terminar el rodaje lo antes posible y cobrar el cheque.
- Los personajes de Natalia Verbeke y Julián López: Dos actores con talento desperdiciados en papeles que parecen sacados de un culebrón de los 90. Verbeke merecía algo mejor, y López merecía un personaje con más de una dimensión.
- El montaje: Tan acelerado que parece diseñado para que el espectador no tenga tiempo de cuestionar lo que está viendo. Las escenas se suceden como diapositivas en una presentación de PowerPoint, sin ritmo ni tensión.
El Veredicto de Claqueta Ácida
Lapönia es el tipo de película que te hace preguntarte cómo es posible que, en pleno 2026, alguien siga creyendo que los tópicos navideños son suficientes para hacer cine. David Serrano y su equipo han convertido una premisa que podía ser tierna —o al menos entretenida— en un telefilme de sobremesa con nieve falsa y actores que parecen estar leyendo sus líneas por primera vez. Hay destellos de algo que pudo ser interesante, pero se ahogan en un mar de clichés, diálogos ridículos y una banda sonora que parece sacada de un anuncio de turrón. Si lo que buscabas era una película que te recordara por qué odias la Navidad, Lapönia cumple su objetivo. Si buscabas algo más, prepárate para una decepción tan grande como la de un niño que descubre que Papá Noel no existe. 💀
Lapönia: preguntas frecuentes
- ¿Qué nota tiene "Lapönia" en Claqueta Ácida?
- "Lapönia" tiene una nota de 3.2/10 en Claqueta Ácida según el análisis publicado por Dante Sangre.
- ¿Merece la pena ver "Lapönia"?
- No. Le damos un 3,2/10 (Ácido Sulfúrico), nuestra categoría para lo que no recomendamos.
- ¿Quién dirigió la película "Lapönia"?
- "Lapönia" fue dirigida por David Serrano.
Ficha de Daños Colaterales en Sala
Certificado de impacto psicofísico emitido por Dante Sangre
6 bostezos, 3 con quejido audible distribuidos con inquietante regularidad.
Más miradas al reloj que planos memorables, y ninguna trajo buenas noticias.
2 espressos triples o aceptar la derrota con dignidad.
"Desde el primer acto, cuando quedó claro que nadie en la sala de montaje había visto la película completa."
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