V/H/S — El found footage que no sabía que era una antología hasta que fue demasiado tarde
Ocho directores, un formato maldito y un guion que parece escrito en una servilleta de bar. ¿Arte o accidente? Silvia Mordaz lo disecciona con bisturí y ácido.
Crítica de V/H/S
El found footage había tocado fondo. O eso creíamos. En 2012, cuando el subgénero ya olía a naftalina y los sustos de cámara en mano se habían convertido en un chiste recurrente de Scary Movie, llegó V/H/S como un intento desesperado por insuflarle vida a un cadáver. Ocho directores, un presupuesto de miseria (se rumorea que rondaba los 300.000 dólares) y una premisa tan simple que daba vergüenza ajena: un grupo de matones encuentra una cinta maldita en una casa abandonada, y cada segmento de la película es un fragmento de ese VHS. Suena a excusa barata para juntar cortos de terror, y en parte lo es. Pero lo peor no es la falta de originalidad, sino que algunos de esos cortos ni siquiera parecen cortos, sino ideas a medio cocinar que alguien decidió estirar hasta el límite de lo soportable.
El problema de V/H/S no es su ambición, sino su ejecución. La película nace de un colectivo de directores asociados a Radio Silence y Bloody Disgusting, una web que en su día fue el epicentro del terror indie. El proyecto huele a camaradería más que a visión artística: «Oye, ¿y si hacemos una película entre todos?». El resultado es un Frankenstein de tonos, estilos y calidades que oscila entre lo brillante y lo patético en cuestión de minutos. Hay segmentos que funcionan, como el de Adam Wingard, donde el found footage se usa para algo más que gritos baratos: hay humor negro, hay tensión bien construida y hasta un giro final que sorprende. Pero luego llega el de Ti West, y te preguntas si el hombre se durmió en el rodaje. O el de Joe Swanberg, que parece un sketch de Saturday Night Live dirigido por alguien que nunca ha visto una película de terror.
El formato de antología siempre ha sido un arma de doble filo. Cuando funciona, como en Creepshow o The Twilight Zone, es porque hay una coherencia estilística o temática que une los segmentos. En V/H/S, lo único que los une es el formato VHS y la promesa de que algo va a salir mal. Pero esa promesa se cumple a medias. Hay momentos en los que la película logra transmitir esa sensación de suciedad y caos que tanto busca, como cuando el segmento de Glenn McQuaid se convierte en un viaje psicodélico por el infierno de los 80. Pero luego hay otros, como el de Justin Martinez, que parecen sacados de un proyecto de fin de curso de una escuela de cine. La falta de uniformidad no sería un problema si al menos hubiera un mínimo de calidad en todos los segmentos, pero aquí el listón está tan bajo que hasta el espectador más indulgente acaba agotado.
Y luego está el marco narrativo, ese hilo conductor que supuestamente da sentido a todo. Un grupo de matones entra en una casa, encuentra un VHS y, en lugar de salir corriendo como haría cualquier persona con dos dedos de frente, se sientan a ver la cinta entera. ¿Por qué? No lo sabemos. ¿Para qué? Menos aún. Es el tipo de decisión narrativa que solo se justifica porque alguien pensó: «Oye, necesitamos algo que una estos cortos». El resultado es un marco que no aporta nada, que no genera tensión y que, en más de una ocasión, parece un relleno incómodo entre un segmento y otro. Si esto es lo mejor que se les ocurrió para dar cohesión a la película, es mejor no preguntarse qué descartaron.
Dirección: Ocho cocineros en una cocina demasiado pequeña
La dirección en V/H/S es un ejercicio de esquizofrenia controlada. Cada segmento tiene su propio estilo, su propio ritmo y, en algunos casos, su propia calidad. Adam Wingard se lleva la palma con un corto que mezcla terror y humor negro de manera inteligente, usando el formato found footage para algo más que gritos baratos. Su segmento, Tape 56, es el único que parece entender que el terror no tiene por qué ser solemne: hay momentos en los que la película se ríe de sí misma, y eso la hace más aterradora. El plano en el que la cámara se queda fija en un pasillo mientras algo se arrastra fuera de cuadro es de lo mejor que ha dado el found footage en años.
Pero luego está el segmento de Ti West, Second Honeymoon, que parece dirigido por alguien que ha oído hablar del terror pero nunca lo ha sentido. Es lento, aburrido y, lo peor de todo, predecible. West, que en otras películas como The House of the Devil ha demostrado que sabe construir tensión, aquí parece perdido. El corto avanza sin rumbo, con diálogos que suenan a relleno y un final que no sorprende a nadie. Es como si West hubiera decidido hacer un corto de terror sin sustos, solo por cumplir. Y luego está Joe Swanberg, cuyo segmento, The Sick Thing That Happened to Emily When She Was Younger, es tan amateur que cuesta creer que sea del mismo director que Drinking Buddies. Swanberg intenta mezclar terror psicológico con found footage, pero el resultado es un desastre de actuaciones sobreactuadas y un guion que parece escrito en cinco minutos.
El resto de los segmentos oscilan entre lo olvidable y lo risible. Glenn McQuaid intenta algo diferente con Tuesday the 17th, un corto que mezcla found footage con animación y efectos prácticos, pero el resultado es confuso y, en ocasiones, ridículo. Justin Martinez, por su parte, entrega 10/31/98, un segmento que parece sacado de una película de estudiantes: hay ideas interesantes, pero la ejecución es tan torpe que cuesta tomárselo en serio. Y luego está el marco narrativo, dirigido por David Bruckner, que es tan innecesario como predecible. Los matones que ven la cinta no tienen personalidad, no tienen motivación y, lo peor de todo, no tienen miedo. Son meros espectadores de su propia película, como si los directores hubieran olvidado que el found footage se basa en la inmersión.
Actuaciones: Sobreactuación y desidia en partes iguales
Las actuaciones en V/H/S son un reflejo de su guion: algunas funcionan, otras son un desastre y la mayoría pasan sin pena ni gloria. Adam Wingard, que además de dirigir actúa en su propio segmento, es el único que parece entender que el found footage no es sinónimo de gritar como un poseso. Su interpretación es contenida, casi naturalista, y eso hace que los momentos de terror sean más efectivos. Cuando Wingard grita, lo hace porque realmente parece asustado, no porque el guion se lo ordene.
Pero luego están los demás. Lane Hughes, en el segmento de Swanberg, es el ejemplo perfecto de lo que no hay que hacer en una película de terror. Su interpretación es tan exagerada que parece sacada de una parodia. Cada línea de diálogo suena a falso, cada reacción es demasiado grande para la pantalla. Es como si Hughes hubiera decidido que, como es una película de terror, tenía que actuar como si estuviera en una obra de teatro del siglo XIX. Y luego está Sophia Takal, que en el mismo segmento parece perdida, como si no supiera muy bien qué está haciendo allí. Su personaje es tan plano que cuesta creer que alguien haya escrito un guion pensando en ella.
El resto del reparto no destaca ni para bien ni para mal. Calvin Lee Reeder y Kentucker Audley, en el marco narrativo, son meros espectadores de su propia película, como si los directores hubieran olvidado que sus personajes también deberían tener algo que decir. Simon Barrett, que interpreta a uno de los matones, al menos intenta darle un poco de personalidad a su personaje, pero el guion no se lo pone fácil. En general, las actuaciones en V/H/S son un recordatorio de que el found footage no es un género para actores mediocres: cuando no hay efectos especiales ni decorados elaborados, lo único que queda es la interpretación, y aquí esa interpretación brilla por su ausencia.
Guion: Ideas a medio cocinar y diálogos de relleno
El guion de V/H/S es un collage de ideas que nunca terminan de cuajar. Hay segmentos que prometen, como el de Wingard, donde el humor negro y el terror se mezclan de manera inteligente. Pero luego hay otros, como el de Swanberg, donde los diálogos suenan a relleno y las situaciones son tan predecibles que cuesta mantener el interés. El problema no es la falta de originalidad, sino la falta de coherencia: cada segmento tiene su propio tono, su propio ritmo y, en algunos casos, su propia calidad. Es como si los guionistas hubieran escrito cada corto por separado y luego alguien hubiera decidido unirlos sin pensar en cómo encajaban.
El marco narrativo es el peor ejemplo de esto. Los matones que ven la cinta no tienen motivación, no tienen personalidad y, lo peor de todo, no tienen miedo. Son meros espectadores de su propia película, como si los guionistas hubieran olvidado que el found footage se basa en la inmersión. ¿Por qué ven la cinta entera? ¿Por qué no salen corriendo en cuanto ven algo raro? Son preguntas que el guion no se molesta en responder, porque no le interesan. El marco narrativo es un relleno incómodo, un intento desesperado por dar cohesión a una película que no la necesita.
Y luego están los diálogos. En el mejor de los casos, son funcionales. En el peor, son risibles. El segmento de Swanberg es el peor ejemplo de esto: cada línea de diálogo suena a falso, como si los personajes estuvieran recitando un guion que no entienden. «¿Qué está pasando aquí?» es una pregunta que se repite una y otra vez, como si los guionistas hubieran olvidado que el terror se basa en lo que no se dice, no en lo que se grita. En general, el guion de V/H/S es un recordatorio de que el found footage no es un género para guionistas perezosos: cuando no hay efectos especiales ni decorados elaborados, lo único que queda es el diálogo, y aquí ese diálogo brilla por su ausencia.
Apartado técnico: El VHS como excusa para la mediocridad
El apartado técnico de V/H/S es un arma de doble filo. Por un lado, el formato VHS le da a la película un aire de autenticidad que funciona en algunos segmentos. La fotografía granulada, los colores desaturados y los cortes bruscos entre escenas le dan un toque retro que, en manos de directores como Wingard, puede ser efectivo. Pero por otro lado, ese mismo formato se convierte en una excusa para la mediocridad. Cuando un segmento no funciona, los directores pueden esconderse detrás del «es que parece un VHS de los 80», como si eso justificara la falta de tensión o los efectos especiales cutres.
La fotografía, a cargo de Eric Branco, es desigual. En el segmento de Wingard, los planos están bien compuestos y la iluminación es efectiva, creando una atmósfera de suciedad y caos que encaja con el tono de la película. Pero en otros segmentos, como el de Swanberg, la fotografía es tan plana que parece sacada de un vídeo casero. No hay encuadres interesantes, no hay juego con la luz y la sombra, solo planos fijos que parecen grabados con una cámara de seguridad. El montaje, por su parte, es caótico. Hay cortes bruscos que funcionan, como en el segmento de McQuaid, donde la edición se usa para crear una sensación de desorientación. Pero en otros momentos, como en el marco narrativo, el montaje es tan torpe que cuesta seguir la acción.
El sonido es otro de los puntos débiles. En algunos segmentos, como el de Wingard, el diseño sonoro es efectivo, usando ruidos ambientales y silencios para crear tensión. Pero en otros, como el de Swanberg, el sonido es tan malo que parece grabado con un micrófono de móvil. Los diálogos suenan distorsionados, los efectos de sonido son cutres y la música brilla por su ausencia. En general, el apartado técnico de V/H/S es un recordatorio de que el formato no lo es todo: por mucho que una película parezca un VHS de los 80, si no hay una dirección sólida detrás, el resultado será un desastre.
Lo mejor
- El segmento de Adam Wingard: El único que parece entender que el found footage puede ser sucio, divertido y aterrador al mismo tiempo. Wingard mezcla humor negro y terror de manera inteligente, usando el formato para algo más que gritos baratos. El plano en el que la cámara se queda fija en un pasillo mientras algo se arrastra fuera de cuadro es de lo mejor que ha dado el subgénero en años.
- La fotografía en algunos segmentos: Cuando funciona, como en el corto de Wingard, la fotografía granulada y los colores desaturados le dan a la película un aire de autenticidad que encaja con el formato VHS. Los planos están bien compuestos y la iluminación es efectiva, creando una atmósfera de suciedad y caos.
- El intento de innovar: Aunque no siempre funcione, hay segmentos que intentan algo diferente, como el de Glenn McQuaid, que mezcla found footage con animación y efectos prácticos. Es confuso y, en ocasiones, ridículo, pero al menos hay un intento de salir de la fórmula.
Lo peor
El segmento de Joe Swanberg: Un desastre de actuaciones sobreactuadas y un guion que parece escrito en cinco minutos. Swanberg intenta mezclar terror psicológico con found footage, pero el resultado es un sketch de Saturday Night Live* dirigido por alguien que nunca ha visto una película de terror.
- El marco narrativo: Innecesario, predecible y mal interpretado. Los
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V/H/S: preguntas frecuentes
- ¿Qué nota tiene "V/H/S" en Claqueta Ácida?
- "V/H/S" tiene una nota de 6.2/10 en Claqueta Ácida según el análisis publicado por Silvia Mordaz.
- ¿Merece la pena ver "V/H/S"?
- Con reservas. Le damos un 6,2/10 (Ácido Cítrico), nuestra categoría para obras irregulares que tienen algo que rescatar.
- ¿Quién dirigió la película "V/H/S"?
- "V/H/S" fue dirigida por David Bruckner, Chad Villella, Adam Wingard, Tyler Gillett, Glenn McQuaid, Justin Martinez, Joe Swanberg, Ti West, Matt Bettinelli-Olpin.
Ficha de Daños Colaterales en Sala
Certificado de impacto psicofísico emitido por Silvia Mordaz
1 amago en el tramo intermedio; pestañeo pesado en las transiciones más innecesarias.
El reloj aparece en escena justo cuando la subtrama secundaria pide paciencia.
1 espressos para no dejarse vencer por la mediocridad cómoda.
"A mitad del segundo acto cuando la subtrama secundaria empezó a pesar más de lo que aportaba."
💬 El Veredicto de la Comunidad
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